No encajo

Ya hacía tiempo que no escribía algo personal en el blog. Reconozco que lo tengo un poco abandonado, en parte por desánimo de escritor. Desánimo porque estamos en tiempos de desierto: vivimos como anguilas abandonadas sobre una duna, revolviéndonos a un lado y al otro, agitándonos espasmódicamente, al ritmo de músicas venidas de tierras remotas que nos incitan a la violencia y a la coyunda ciega, con expresiones soeces, pero secos por dentro y por fuera; tiempos de oscuridad y decadencia, en los que un artista que, siglos atrás, habría alcanzado renombre mundial y gloria imperecedera, hoy vivirá atrapado en un empleo basura, dará a luz sus obras en su tiempo libre, con premura, soledad y silencio, y se encontrará con un muro indestructible, creado por la misma sociedad a la que el artista pertenece, que oculta a la vista el arte y que eleva hasta las alturas de sus almenas, de sus frágiles torres de cristal, a payasos, danzarines, meretrices y pantomimas; tiempos de fealdad y caos, en los que los hombres ensalzan la destrucción de sus modelos y cánones, como el gran logro de una nueva civilización, una civilización sin modelos pero con censuras, sin cánones pero con gurús, sin tradición pero imperativa. ¿Qué puede hacer un simple escritor como yo, si publica extractos de su novela magna, y que al hacerlo se encuentra con la más absoluta indiferencia? ¿Qué os habría parecido que, en el pasado, Leonardo da Vinci mostrara una esquina de su Última Cena y los hombres hubieran pasado por delante sin mirarlo siquiera? ¿Qué os habría parecido que se anunciara una pronta obra de Shakespeare y los viandantes hubieran ignorado por completo su estreno? ¿Qué os habría parecido que Fidias hubiera solicitado al pueblo de Atenas ayuda para esculpir la más hermosa y magnífica estatua de Atenea, y que el pueblo lo hubiera tratado a él mismo como a una estatua muda, invisible, pidiendo en las calles sin ser escuchado, rogando en las casas sin ser admitido, suplicando en los templos sin ser atendido? Si en el pasado los hombres hubieran actuado así, hoy no habría Fidias, ni Shakespeare, ni da Vinci, ni tantos otros…

Así me siento. Algún días las sociedades del futuro mirarán atrás, contemplarán nuestras actitudes y las despreciarán. Despreciarán aquello en lo que nos hemos convertido. Despreciarán nuestras «redes sociales». Despreciarán a los niñatos estúpidos y vacíos, tan vacíos y estúpidos como el humo, que se enriquecen con millones de visitas en los portales de vídeo, y que miran por encima del hombro a quienes estudian, a quienes se preparan su doctorado, a quienes trabajan cada día por salarios miserables… Despreciarán a tantas «modelos de pacotilla» que se dedican a mostrarse ligeras de ropa por unos miles de «me gusta». Despreciarán a los políticos que viven como reyes y aristócratas de una democracia en la que no creen, de unos ciudadanos a los que explotan como vacas lecheras cuya leche nunca se acabara, hartos de tanto atiborrarse de recursos, impuestos, tasas, subvenciones, transferencias, presupuestos, comisiones, planes, escaños… mientras discurren discursos que arrojan sobre ellos cadenas de eslabones tan finos que apenas son perceptibles, prisiones de oro para súbditos dormidos, para mentes-ganado. Despreciarán a las gentes que viven como si la muerte no existiera, que mueren como si la vida no importara, y en general a cuantos pasan por este mundo sin preocuparles dejar una huella, o al menos adaptarse y acomodarse a las huellas de otros. Despreciarán nuestra adicción a las drogas, las mentiras que todo el mundo acepta como si fueran «normales», la afición por los entretenimientos pueriles y pasivos; la subversión de la moral sexual, la pansexualización de la vida personal, la increencia generalizada en religión, sustituida por otras «religiones» sin dioses, pero con preceptos morales intransigentes, como el veganismo, el animalismo, el feminismo y tantas otras; despreciarán la conformación de grandes estratos sociales pasivos y dados a la vagancia, que viven literalmente de las transferencias estatales, que, por supuesto, proceden de una deuda pública descontrolada y creciente y del consiguiente expolio a quienes crean riqueza con sus innovaciones, con sus servicios al resto de la sociedad y con la producción o mercadeo de bienes. Despreciarán que, en la época en más libros se publican, menos se leen en proporción. Despreciarán nuestra infinita vanidad, y se indignarán al ver cómo nos consideramos mejores que los que vinieron antes y, sin embargos, estamos huecos por dentro y hemos construido una sociedad de ilusiones y espejismos. Dirán: «¿Cómo pudieron vivir así? ¡Estaban enfermos de locura y contradicciones!».

Así me siento. Esto no es una condena a mi propio mundo. Es una lamentación por demasiadas cosas horribles que se esconden debajo del maquillaje de nuestros autorretratos. Es tanta la suciedad que tratamos de esconder, que no hay «selfie» que resista. Ya no cabe más mierda bajo la alfombra. Y yo no me reconozco en todo eso. No encajo en este puzzle. Quiero salirme de esta rueda que gira y gira.

Esto nos afecta a todos. Pero, como escritor, no soporto más este mundo. Pero sé que hablo para los granos de arena. Nadie me leerá. Y si alguien lo hace, dudo que cambie lo más mínimo por mis disertaciones. Esta es otra característica del mundo de hoy: los corazones son de piedra. Nada los conmueve. Ni el amor, ni el odio, ni la vida, ni la muerte. Nadie cambia. Nadie escucha.

Diréis que todo esto es un sermón de un escritor insignificante, anacrónico o conservador. Pero necesitaba decirlo. Necesitaba soltarlo. Es un lastre que me estaba hundiendo estos días atrás. Ahora que cada uno piense lo que quiera. El beneficio de ser un autor insignificante, anacrónico y conservador es que me importa una mierda lo que los demás opinen, y que puedo decir (mientras no me corten la lengua o me callen la boca) lo que me venga en gana, guste a quien guste, moleste a quien moleste.

Publicado por Somnia

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