Punto y final

Somnianos, hoy nos visita una buena amiga del blog, la autora Jennifer Mbuña, que hace poco ha publicado, además, la novela digital Un príncipe azul que no destiñe, que podéis encontrar más abajo en su perfil, y nos trae un relato corto muy interesante. Démosle la palabra.


woman typing on laptop

Como cada mañana, mi despertador suena sacándome de mi placido sueño. No tengo nada que hacer, excepto ir a la cafetería de la esquina, con mi portátil y robarles el Wifi, mientras me tomo un café, que seguramente me dará diarrea, y revisar mi bandeja de correo electrónico a la espera de ese mensaje: “el mensaje”. Hace ya más de dos meses que envié mi manuscrito a la editorial que me recomendó Pedro, mi agente literario. No sé por qué no lo hace él, es su puto trabajo, aunque no le pago —oye, él se ofreció—. Pero no hay respuesta. Joder, ¿qué más les dará contestar con un «señorita Swan deje de intentarlo. No pierda más su tiempo, su manuscrito ha sido rechazado»? ¿Cuesta tanto, joder?

Pienso todo esto mientras me revuelvo entre el nórdico y las sábanas que llevo enredadas entre mis piernas. Grito, grito de pura frustración.

—¡Maldita sea Drew, levántate de la puta cama, joder!

Voy al baño. Me cepillo los dientes, me lavo la cara. No me desmaquillo; porque la almohada me ha ahorrado la mitad del trabajo. Solo me quito los chorretes de eye-liner que acentúan aun más mis prominentes ojeras haciéndolas ver más oscuras.

Los años empiezan a acelerar. Los veo venir desde el espejo de mi minúsculo baño como un tren a vapor. Veo el humo de las chimeneas a lo lejos. Me siento como si estuviera atada a las vías del tren gritando, desgañitándome la voz, pidiendo ayuda a la gente que va y viene de la estación. Nadie me ve, nadie me escucha.

Me pongo lo primero que veo en mi insulso y pobre armario; unos vaqueros viejos y desgastados, un top blanco de tirantes. Me ato el cabello en una cola de caballo alta (mal hecha) y me coloco mi único artículo de lujo que poseo, unas Converse blancas que me compré en las rebajas de junio del año pasado junto con mi amiga Tanya, que está a veinticuatro horas de casarse por tercera vez. «A la tercera va la vencida… dicen, ¿no? Dos veces se ha casado. No la entiendo que necesidad tiene de casarse, que se vaya a vivir antes y que compruebe si es o no es su príncipe azul, su media naranja, su compañero de baile y de vida. ¿Para qué cojones tiene que casarse?». Pienso que lo hace para fastidiarme a mí; no a mí directamente, sino más bien a mi bolsillo, porque cada vez que se casa tengo que comprarme ropa nueva, ya que a mi amiga no le gusta que repita ropa y a mí no me gusta tenerla encima mío como si fuera la madre que me parió, recordándome todos los días que busque un puñetero trabajo de verdad, que esto de las letras no da de comer, que no es un oficio, que es un hobby, que madure… «Me lo dice la que va por el tercer matrimonio, a Dios ruego que sea el último y el definitivo, aunque vaticino que este acabará como el rosario de la aurora porque Tanya esta enchochada; no me atrevo a decir enamorada porque mentiría. De lo que mi amiga está enamorada es de los más de seis ceros que preceden a los veinte que tiene Sammuel en su cuenta bancaria (pobre Sam)».

Termino de vestirme y perfumarme (porque nunca se sabe lo que te vas a encontrar), cojo mi portátil, lo meto en mi bolso y salgo a la calle. Lo primero que me encuentro es la limpiadora de la escalera que me mira con el ceño fruncido. El suelo aún está húmedo, paso agarrándome a la pared de puntillas y pidiendo perdón como un reo nazi al que a punto están de pegarle un tiro, conteniendo el aliento. Cuando desaparezco de su vista veo que mueve los labios seguramente maldiciéndome en ruso porque es rusa, y con muy mala leche, por cierto.

Camino unos pasos. El día está despejado, ni una nube que manche el cielo azul de este julio caluroso y abrasador, y mientras camino, recuerdo. Recuerdo mi verano, el único verano en el que fui feliz, el verano en el que creí conocer el amor. Un amor que se esfumó como la estación veraniega, llevándose con ella mi corazón. Desde entonces no he vuelto a sentir con la misma intensidad y empiezo a tener mono de amor furtivo y pasional; de follar en plena calle, en la playa y que se te meta arena en el coño, de meter la mano en el pantalón de tu chico mientras ves una película en el cine y hacerle una paja sin que nadie se de cuenta, correr por las calles de madrugada y dejar que el tiempo se paralice. Pienso en Jake, puto Jake… 

Llego a la cafetería y en vez de ser recibida como lo haría cualquier cliente que entra en el establecimiento, con una sonrisa y un «Buenos días, ¿qué desea?», me reciben con un «¿Lo mismo de siempre, ladrona de Wifi?». Es Caty, la dueña.

—Lo mismo, y no te robo el Wifi, ¿vale? Porque te pago el café.

—Y ¿hasta cuándo podrás hacerlo? 

Miro a Caty con cara de sorpresa.

—Porque hasta donde yo sé, la editorial aún no te ha contestado. 

—Lo harán, Caty, lo harán…, y entonces lo sabrás, y ese día no solo te pagaré el café, sino también esos deliciosos croissants de mantequilla que haces —digo y me relamo. 

Caty sonríe y me da uno.

—A este, invita la casa.

Lo cojo sin quejarme, estoy famélica.

—Feliz cumpleaños, por cierto.

Fulminó a Caty con la mirada y me voy a mi mesa, junto al gran ventanal con el nombre de la cafetería dibujado a mano por el marido de Caty, Stephen, un pintor de brocha fina al que una mala crítica lo confinó en su estudio, que queda justo encima de la cafetería. Y sí, hoy es mi cumpleaños… cuarenta años, cuarenta primaveras y veinte veranos sin Jake. «Maldita sea, Drew, deja de pensar en Jake. ¿Quién cojones sabe? Igual está muerto. ¡Ay, no por Dios! No pienses así, joder». Pensar en esa posibilidad me revuelve el estómago. Jake no puede morir sin explicarme por qué me dejó sin más, sin dejar una maldita nota, un SMS o un correo electrónico. Aún le escribo a su correo electrónico. Lo sé, soy una puta acosadora cibernética del amor.

Abro el correo electrónico. 

«¡Qué lento va! Cada día más lento, tengo que comprarme otro».

Mientras espero desbloqueo el móvil y deslizo el dedo por la pantalla. Me entra una notificación del banco. Un hormigueo se cuela en mi estómago. «Mierda». Han devuelto la factura de internet. «Trixie va a matarme». 

¿Qué? ¿No os he hablado de Trixie? ¡Ay, dios mío, qué despistada! Ella es mi hija, tiene diecinueve años. Sí, no echéis cuentas: Trixie es hija de Jake.


Jennifer Mbuña
Jennifer Mbuña

Escribiendo sin parar…

Publicado por Somnia

Blog literario y magazine cultural

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