Hoy le damos la palabra a Tolkien

Queridos somnianos:

Aquí somos muy de Tolkien. ¡El gran Tolkien! En esta página se le venera, se le ama con una energía indomable. Y de vez en cuando, hay que darle la palabra. Él es, por encima de todos, el maestro de la fantasía épica. El renovador. La referencia.

Podríamos traer muchos textos de Tolkien al blog, dedicar páginas y páginas a su obra y a su vida, ejemplos ambas de grandeza, magia y devoción. Pero vamos a ofreceros algo diferente: Tolkien fue un gran escritor de cartas. Se conservan de él muchísimas, y con no poca valía literaria y personal. Hay ediciones muy cuidadas de sus cartas relativas a sus obras, y también de las que escribió a los lectores que se ponían en contacto con él, porque siempre dedicó mucho tiempo y amor a quienes se interesaron y se sintieron interpelados por su obra. Fue, en esto, como en todo lo demás, un modelo a seguir.

La carta que os trascribimos fue escrita a principios de la década de los años 50 del pasado siglo. Está destinada a Milton Waldman. En esta versión, incluye una introducción previa del editor y hasta notas al pie. Si os gusta «El Señor de los Anillos», os la recomendamos mucho, porque es una carta preciosa e inspiradora.


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Carta a Milton Waldman

Introducción:

Tolkien “completo” (aún faltaban las revisiones finales y los apéndices) El Señor de los Anillos a finales de 1949 y tenía muchas ganas de verlo publicado junto con El Silmarillion, aunque en aquel entonces solo existían algunas partes transcritas de esta obra. Aproximadamente por ese tiempo, a Tolkien le fue presentado Milton Waldman, miembro directivo de la editorial londinense Collins. Como Allen & Unwin no habían aceptado El Silmarillion cuando Tolkien se los ofreció en 1937, pensó en la posibilidad de cambiar de editorial; por tanto, mostró a Waldman las partes de El Silmarillion de las que había buenas copias. Waldman dijo que le gustaría publicarlo si Tolkien lo terminaba. Éste le enseñó luego El Señor de los Anillos. Waldman volvió a mostrarse entusiasta, y también se ofreció a publicarlo. Después que Allen & Unwin, presionados por Tolkien a decidirse, declinaron de mala gana publicar El Señor de los Anillos junto con El Silmarillion, Tolkien confiaba en que Milton Waldman, de Collins, publicaría ambos libros a la brevedad bajo el sello de imprenta de su empresa. En la primavera de 1950, Waldman le dijo a Tolkien que esperaba empezar la composición tipográfica el siguiente otoño. Pero hubo demoras, principalmente por los frecuentes viajes de Waldman a Italia y por su mala salud. Paso más de un año y aun no se había llegado a ningún acuerdo definitivo para la publicación, y Collins empezaba a inquietarse por la sumada longitud de ambos libros. Aparentemente, fue por sugerencia de Waldman que Tolkien escribió esta carta con la intención de demostrar que El Señor de los Anillos y El Silmarillion eran ínter dependientes e indivisibles. La Carta no está fechada, pero probablemente se escribió a finales de 1951. En el momento de la redacción de esta carta, Tolkien todavía tenía intención de incluir un Epílogo al final de El Retorno del Rey.

Mi estimado Milton: 

Me pide un breve esbozo de mi material que esté relacionado con mi mundo imaginario. Es difícil decir algo sin decir demasiado: el intento de decir unas pocas palabras abre una compuerta de entusiasmo, el egoísta y el artista a la vez desean expresar cómo se ha desarrollado el material, cómo es y qué quiere decir (según él lo piensa) o está tratando de representar con todo eso. He de infligirle algo de lo mencionado; pero agregaré un mero resumen de su contenido, que es (quizá) todo lo que necesita o para lo cual tiene tiempo o disponibilidad. 

En orden de tiempo, desarrollo y composición, este material empezó conmigo; aunque no creo que esto tenga interés para nadie, salvo para mí. Quiero decir, no recuerdo que haya habido un tiempo en que no estuviera edificándolo. Muchos niños inventan, o empiezan a inventar, lenguas imaginarias. Yo me dediqué a ello desde que empecé a escribir. Pero nunca dejé de hacerlo y, por supuesto, como filólogo profesional (interesado especialmente en la estética lingüística), he cambiado de gusto, mejorado en teoría y, quizás, en habilidad. Tras mis historias hay ahora un nexo de lenguas (en general, sólo esbozadas estructuralmente). Pero a esas criaturas que en inglés llamo equívocamente Elves1 [Elfos] se les asignan dos lenguas emparentadas más completas, cuya historia está escrita y cuyas formas (que representan dos aspectos diferentes de mi propio gusto lingüístico) están deducidas científicamente de un origen común. Con el material de esas lenguas están hechos casi todos los nombres que figuran en mis leyendas. Esto da cierto carácter (una coherencia, una consistencia de estilo lingüístico y una ilusión de historicidad) a la nomenclatura, o así me lo parece, que falta de modo notorio en otras creaciones comparables. No todos considerarán esto tan importante como yo, pues padezco la maldición de una sensibilidad aguda para tales asuntos.

Pero una pasión mía igualmente fundamental ab initio es la que siento por el mito (¡no por la alegoría!) y, sobre todo, por la leyenda heroica a caballo entre el cuento de hadas y la historia, de la que no hay bastante en el mundo (que me sea accesible) para mi apetito. No me había graduado todavía cuando el pensamiento y la experiencia me revelaron que éstos no eran intereses divergentes -polos opuestos de la ciencia y la novela- sino integralmente relacionados. No soy «erudito»2 en las cuestiones del mito y los cuentos de hadas, sin embargo, porque en tales casos (en la medida en que me son conocidas) he estado siempre buscando material, cosas de un cierto tono y aire, y no simple conocimiento. Además -y espero no parecer aquí absurdo-, desde mis días tempranos me afligió la pobreza de mi propio amado país: no tenía historias propias (vinculadas con su lengua y su suelo), no de la cualidad que yo buscaba y encontraba (como ingredientes) en leyendas de otras tierras. Las había griegas, célticas, en lenguas romances, germánicas, escandinavas y finlandesas (que me impresionaron profundamente); pero nada inglés, salvo un empobrecido material barato. Por supuesto, se disponía y se dispone de todo el mundo arturiano; pero, aunque poderoso, está imperfectamente naturalizado, asociado con el suelo de Bretaña, pero no con el inglés; y no reemplaza lo que siento ausente. Por empezar, lo «feérico» es en él demasiado pródigo y fantástico, incoherente y repetitivo. Pero lo que es aún más importante: está implicado en la religión cristiana y explícitamente la contiene.

Por razones que no he de argumentar, eso me parece fatal. El mito y el cuento de hadas, como toda forma de arte, deben reflejar y contener en solución elementos de moral y verdad (o error) religiosa, pero no de manera explícita, no en la forma conocida del mundo primordialmente «real». (Estoy hablando, por supuesto, de nuestra presente situación, no de los antiguos días paganos precristianos. Y no repetiré lo que intenté decir en mi ensayo, que usted ha leído).

¡No se ría! Pero una vez (mi cresta hace mucho que ha caído desde entonces) tenía intención de crear un cuerpo de leyendas más o menos conectadas, desde las amplias cosmogonías hasta el nivel del cuento de hadas romántico -lo más amplio fundado en lo menor en contacto con la tierra, al tiempo que lo menor obtiene esplendor de los vastos telones de fondo-, que podría dedicar simplemente a Inglaterra, a mi patria. Debía poseer el tono y la cualidad que yo deseaba, algo fresco y claro, impregnado de nuestro «aire» (el clima y el terreno del Noroeste, Bretaña y las partes más altas de Europa, no Italia ni el Egeo, todavía menos el Este); y aunque poseyera (si fuera capaz de lograrla) la sutil belleza evasiva que algunos llaman céltica (aunque rara vez se la encuentra en los verdaderos objetos célticos antiguos), debería ser «elevado», purgado de bastedad y adecuado a la mente más adulta de una tierra ahora hace ya mucho inmersa en la poesía. Trazaría en plenitud algunos de los grandes cuentos, y muchos los dejaría esbozados en el plan general. Los ciclos se vincularían en una totalidad majestuosa, y dejaría márgenes para que otras mentes y manos hicieran uso de la pintura, la música y el teatro. Absurdo. 

Por supuesto, un propósito tan abrumador no se desarrolló todo de una vez. Los cuentos fueron lo primero. Me surgían en la mente como «dados», y a medida que iban presentándose, los eslabones crecían. Un trabajo absorbente, aunque de continúo interrumpido (especialmente porque, aparte de las necesidades de la vida, la mente se trasladaba al polo opuesto y se centraba en la lingüística); no obstante, tuve siempre la sensación de registrar lo que estuvo siempre «allí», en alguna parte, no de «inventar».

Por cierto, concebía y aun escribía un montón de otras cosas (especialmente para mis hijos). Algunas escapaban de los zarcillos de este vasto tema ramificado, pues no guardaban ninguna relación con él: Hoja de Niggle y Egidio, el granjero, por ejemplo, las únicas dos que fueron publicadas. El Hobbit, que tiene en sí mismo mucha más vida esencial, fue concebido de manera del todo independiente; no sabía, cuando lo empecé, que pertenecía al conjunto fundamental. Pero resultó ser el medio por el que se descubrió el acabamiento de la totalidad, su modo de descenso a la tierra y su inmersión en la «historia». Así como las elevadas Leyendas del comienzo, según se supone, consideran las cosas a través de las mentes élficas, el cuento medio del Hobbit adopta virtualmente el punto de vista humano, y el último cuento los mezcla.

Me disgusta la Alegoría -la alegoría consciente e intencional-; sin embargo, todo intento de explicar el contenido de un mito o de un cuento de hadas, debe recurrir al lenguaje alegórico, (Y, por supuesto, cuanta más «vida» tiene un cuento, más susceptible será de interpretaciones alegóricas; al tiempo que cuanto mejor hecha esté una alegoría, más fácilmente será aceptable como historia). De cualquier modo, todo este material3 trata sobre todo de la Caída, la Mortalidad y la Máquina. De la Caída, inevitablemente, y ese motivo se da de diversos modos. De la Mortalidad, especialmente en cuanto afecta el arte y el deseo creador (o, como yo diría, subcreador), que no parece tener función biológica ni formar parte de las satisfacciones de la vida biológica corriente, con la cual, en nuestro mundo, está por cierto generalmente en contienda. Este deseo, a la vez, se relaciona con un apasionado amor por el mundo primordial real y, por tanto, pleno del sentido de la mortalidad, aunque insatisfecho de él. Tiene varias oportunidades de «Caída». Puede volverse posesivo, adherirse a las cosas que ha hecho «como propias»; el subcreador desea ser el Señor y Dios de su creación privada. Se rebelará contra las leyes del Creador, especialmente en contra de la mortalidad. Ambas cosas (juntas o separadas) conducirán al deseo de Poder, para conseguir que la voluntad sea más prontamente eficaz, y, de ese modo, a la Máquina (o la Magia). Por esto último entiendo toda utilización de planes y proyectos externos (aparatos) en lugar del desarrollo de las capacidades o talentos inherentes internos, o aun la utilización de estos talentos con el corrupto motivo del dominio: intimidar al mundo real o reprimir otras voluntades. La Máquina es nuestra forma más evidente de hacerlo, aunque más estrechamente relacionada con la Magia de lo que suele reconocerse. 

No he empleado la «magia», coherentemente, y, por cierto, la reina de los Elfos, Galadriel, se ve obligada a reconvenir a los Hobbits por el empleo confuso que hacen de la palabra tanto en relación con las invenciones y las operaciones del Enemigo, como con las de los Elfos. Yo no lo he hecho, porque no existe palabra para designar a las últimas (pues todas las historias humanas han sufrido de la misma confusión). Pero los Elfos han de demostrar (en mis cuentos) la diferencia. Su «magia» es Arte, despojada de muchas de sus limitaciones humanas: más fácil, más rápida, más completa (el producto y la intuición en una correspondencia sin tacha). Y su objetivo es el Arte, no el Poder; la subcreación, no el dominio y la reforma tiránica de la Creación. Los «Elfos» son «inmortales», al menos en lo que a este mundo respecta; y de ahí que se centran preferentemente en los dolores y las cargas de la inmortalidad en el tiempo y el cambio que en la muerte. El Enemigo, en formas sucesivas, se centra siempre «naturalmente» en el mero Dominio, y es también el Señor de la magia y las máquinas; pero he aquí el problema: que este espantoso mal puede surgir, y de hecho surge, de una raíz buena en apariencia, el deseo de beneficiar al mundo y a los demás4 -velozmente y de acuerdo con los propios planes del benefactor-, que es un motivo recurrente.

Los ciclos empiezan con un mito cosmogónico: la Música de los Ainur. Se revelan Dios y los Valar (o poderes anglificados como dioses). Éstos son, como si dijéramos, poderes angélicos cuya función consiste en ejercer la autoridad en sus esferas (de regencia y gobierno, no de creación, hechura o rehechura). Son «divinos», es decir, estaban originalmente «fuera» y existían «antes de» la creación del mundo. Su poder y sabiduría derivan del Conocimiento que tienen del drama cosmogónico, que percibieron al principio como drama (es decir, como percibimos una historia hecha por algún otro) y luego como «realidad». Desde el punto de vista de la mera narración, por supuesto, esto tiene por fin procurar seres del mismo orden de belleza, poder y majestad que los «dioses» de la más alta mitología, que puede todavía ser aceptada… bueno, diremos sin mucho acierto por una mente que cree en la Santísima Trinidad.

La narración avanza luego velozmente a la Historia de los Elfos o El Silmarillion propiamente dicho; al mundo tal como lo percibimos, pero, por supuesto, transfigurado de un modo aún semimítico: vale decir, trata de criaturas racionales encarnadas de estatura más o menos comparable con la nuestra. El conocimiento del Drama de la Creación era incompleto: incompleto por parte de cada uno de los «dioses» individuales e incompleto, aunque el conocimiento del panteón entero se amalgamara. Puesto que el Creador (en parte para dar nueva dirección al mal provocado por Melkor, el rebelde; en parte para el acabado de todo con fineza de detalle) no lo había revelado todo. La hechura y la naturaleza de los Hijos de Dios eran los dos principales secretos. Todo lo que los dioses sabían era que vendrían en el momento designado. Los Hijos de Dios, pues, están primordialmente relacionados y emparentados, y esencialmente son diferentes. Dado que también son algo del todo «otros» que los dioses, en cuya hechura éstos no tuvieron parte alguna, son objeto del deseo y el amor especiales de los dioses. Ellos son los Primeros Nacidos, los Elfos, y los Seguidores, los Hombres. El hado de los Elfos es ser inmortales, amar la belleza del mundo, llevarla a pleno florecimiento mediante sus dones de delicadeza y perfección, durar mientras ella dure, no abandonarla nunca ni aun cuando se los «mata», sino retornar; y, sin embargo, cuando los Seguidores llegan, enseñarles, abrirles camino, «desvanecerse» a medida que los Seguidores crecen y absorben la vida de la que ambos proceden. El Hado (o Don) de los Hombres es la mortalidad, la libertad de los círculos del mundo. Como el punto de vista del ciclo entero es el élfico, la mortalidad no se explica en mitos: es un misterio guardado por Dios, del que nada más se sabe que «lo que Dios ha propuesto para los Hombres permanece oculto»: motivo de dolor y de envidia para los Elfos inmortales.

Como digo, el Silmarillion es peculiar y difiere de todas las cosas similares que conozco, en cuanto no es antropocéntrico. Su centro de visión y de interés no son los Hombres, sino los «Elfos». Los Hombres intervinieron de manera inevitable: después de todo, el autor es un hombre, y si ha de tener una audiencia, se constituirá de Hombres, y los Hombres deben incluirse en nuestros cuentos como tales, y no meramente transfigurados o parcialmente representados como Elfos, Enanos, Hobbits, etcétera. Pero permanecen como periféricos: venidos tardíamente, y aunque van cobrando mayor importancia, no son los principales.

En la cosmogonía hay una caída: una caída de Ángeles, deberíamos decir. Aunque, por supuesto, muy distinta en cuanto a la forma de la del mito cristiano. Estos cuentos son «nuevos», no derivan en forma directa de otros mitos y leyendas, pero inevitablemente deben contener en gran medida motivos o elementos antiguos ampliamente difundidos. Después de todo, creo que las leyendas y los mitos encierran no poco de «verdad»; por cierto, presentan aspectos de ella que sólo pueden captarse de ese modo; y hace ya mucho se descubrieron ciertas verdades y modos de esta especie que deben siempre reaparecer. No puede haber ningún «cuento» sin caída -todos los cuentos son en última instancia acerca de la caída-, cuando menos, no para las mentes humanas tal como las conocemos y las tenemos.

Así pues, prosiguiendo, los Elfos tienen una caída antes de que su «historia» pueda volverse histórica. (La primera caída del Hombre, por las razones explicadas, no se registra en parte alguna; los Hombres no aparecen en escena hasta mucho después de que eso haya sucedido, y sólo se rumorea que, por algún tiempo, cayeron bajo el dominio del Enemigo, y que algunos se arrepintieron de ello). El cuerpo principal del cuento, el Silmarillion propiamente dicho, trata de la caída de los más dotados de entre los Elfos; su exilio de Valinor (una especie de Paraíso, el hogar de los Dioses) en el lejano Oeste; su reentrada en la Tierra Media, la tierra de su nacimiento, desde largo tiempo bajo la égida del Enemigo, y su lucha con él, el poder del Mal todavía visiblemente encarnado. Recibe su nombre porque los acontecimientos se entretejen todos de acuerdo con el destino y la significación de los Silmarilli («radiación de luz pura») o Joyas Primordiales. La función subcreadora de los Elfos se simboliza principalmente por la hechura de gemas, pero los Silmarilli eran algo más que meros objetos de belleza como tales. Había la Luz. Había la Luz de Valinor, hecha visible en los Dos Árboles de Plata y de Oro5. Éstos recibieron la muerte por acción maliciosa del Enemigo, y Valinor quedó a oscuras, aunque de ellos, antes de morir por completo, derivan las luces del Sol y de la Luna. (Hay aquí una pronunciada diferencia entre estas leyendas y la mayor parte de las demás, pues el Sol no constituye un símbolo divino, sino algo segundo en excelencia, y la «luz del Sol» -el mundo bajo el sol- se convierte en condición de un mundo caído y fuente de una dislocada visión imperfecta). Pero el principal artífice de entre los Elfos (Fëanor) había encerrado la Luz de Valinor en tres joyas supremas, los Silmarilli, antes de que los Árboles fueran mancillados o muertos. Esta Luz vivió así, en adelante, sólo en estas gemas. La caída de los Elfos se produce por la actitud posesiva de Fëanor y sus hijos en relación con estas gemas. El Enemigo se apodera de ellas, las engarza en su Corona de Hierro y las guarda en su fortaleza impenetrable. Los hijos de Fëanor hacen un voto terrible y blasfemo de enemistad y venganza contra cualquiera, aun contra los dioses, que clamen derecho de posesión sobre los Silmarilli. Pervierten a la mayor parte de sus parientes, que se rebelan contra los dioses, abandonan el paraíso y parten a una guerra sin esperanzas contra el Enemigo. El primer fruto de su caída es la guerra en el Paraíso, la matanza de Elfos por Elfos; y esto y su maligno voto tiñen todos sus posteriores heroísmos, generando traiciones y malogrando todas las victorias. El Silmarillion es la historia de la Guerra de los Elfos Exiliados contra el Enemigo, que tiene lugar en el noroeste del mundo (la Tierra Media). En ella se incluyen varios cuentos de victoria y tragedia; pero termina en la catástrofe y el final del Mundo Antiguo, el mundo de la larga Primera Edad. Las joyas son recobradas (por la final intervención de los dioses) sólo para ser definitivamente perdidas por los Elfos: una en el mar, otra en las profundidades de la tierra y la última para convertirse en una estrella del cielo. Este legendarium acaba con una visión del fin del mundo, su rotura y reconstrucción y la recuperación de los Silmarilli y la «luz antes del Sol», después de una batalla final que, supongo, más debe a la visión escandinava de Ragnarök, que a ninguna otra cosa, aunque no se parece mucho a ella.

A medida que los cuentos se van volviendo menos míticos y más parecidos a los cuentos y las novelas, los Hombres se integran en ellos. En su mayoría son «Hombres buenos»: familias y sus jefes que, rechazando el servicio del Mal y oyendo rumores de los Dioses del Oeste y de los Altos Elfos, huyen hacia el occidente y entran en contacto con los Elfos Exiliados en medio de su guerra. Los Hombres que aparecen pertenecen sobre todo a los de las Tres Casas de sus Padres, cuyos capitanes se vuelven aliados de los Señores de los Elfos. El contacto de los Hombres con los Elfos prefigura ya la historia de las Edades posteriores, y un tema recurrente es la idea de que en los Hombres (tal como son ahora) hay una partícula de «sangre» o herencia proveniente de los Elfos, y que el arte y la poesía de los Hombres dependen en gran parte de ella o es ella la que las modifica6.  Hay así dos matrimonios de mortales con elfos, que se unen posteriormente en la parentela de Eärendil, representada por Elrond, el Medio Elfo que aparece en todas las historias, aun en El Hobbit. La principal de las historias del Silmarillion y una de las más plenamente tratadas es la Historia de Beren y Lúthien, la Doncella Elfo7. Aquí encontramos, entre otras cosas, el primer ejemplo del motivo (que se vuelve dominante entre los Hobbits) de que los grandes cursos de la historia, «las ruedas del mundo», a menudo no son trazados por los Señores o los Gobernantes, ni siquiera por los dioses, sino por los aparentemente desconocidos y débiles, como consecuencia de la vida secreta que hay en la creación, y la parte desconocida para toda otra sabiduría, salvo para la Única, que reside en las intromisiones de los Hijos de Dios en el Drama. Es Beren, el mortal proscrito, el que tiene buen éxito (con ayuda de Lúthien, una mera doncella, si bien perteneciente a la nobleza élfica) allí donde los ejércitos y los guerreros habían fracasado: penetra en la fortaleza del Enemigo y arranca uno de los Silmarilli de la Corona de Hierro. De este modo obtiene la mano de Lúthien y se lleva a cabo el primer matrimonio entre mortales e inmortales. 

Como tal, la historia es una novela de hadas heroica (hermosa y vigorosa, según creo) comprensible en sí misma con sólo un vago y general conocimiento del entorno. Pero es también un eslabón fundamental en el ciclo, privado de su plena significación fuera del lugar que ocupa en él. Pues la recuperación del Silmaril, una suprema victoria, conduce al desastre. El voto de los hijos de Fëanor se vuelve operativo, y el deseo de la obtención del Silmaril lleva a la ruina a todos los reinos de los Elfos.

Hay otras historias tratadas casi de modo tan cabal e igualmente independientes, y, sin embargo, vinculadas con la historia general. Está los Hijos de Húrin, el cuento trágico de Túrin Turambar y su hermana Níniel, de la que Túrin es el héroe: figura de la que podría decirse (por gente que gusta de ese tipo de relaciones, aunque no sirven de nada) que deriva de ciertos elementos de Sigurd el Volsung, Edipo y el Kullervo finlandés. Está la Caída de Gondolin: la principal fortaleza élfica. Y el cuento, o cuentos, de Eärendil el Errabundo8. Resulta importante como la persona que lleva el Silmarillion a su culminación y que, con su descendencia, proporciona los principales eslabones con los cuentos de la Edades posteriores y con sus personajes. Su función, como representante de ambas razas, los Elfos y los Hombres, es hallar un camino en el mar de regreso a la Tierra de los Dioses y, como embajador, persuadirlos de que tengan en cuenta otra vez a los Exiliados, que sientan piedad por ellos y los rescaten del Enemigo. Su esposa Elwing desciende de Lúthien y posee todavía el Silmaril. Pero la maldición aún está en actividad, y la casa de Eärendil es destruida por los hijos de Fëanor. Pero esto procura la solución: Elwing, arrojándose al Mar para salvar la Joya, llega al encuentro de Eärendil, y con el poder de la gran Gema llegan por fin a Valinor y cumplen su cometido. El precio que deben pagar por ello es que nunca más se les permite volver o vivir otra vez entre los Elfos o los Hombres. Los dioses entonces se ponen en movimiento otra vez, y un gran poder llega del Oeste, y la Fortaleza del Enemigo es destruida; y él mismo [es] arrancado del Mundo y arrojado al Vacío, para que jamás vuelva a aparecer allí en forma encarnada. Los dos Silmarils restantes son recuperadas de la Corona de Hierro, sólo para volver a perderlas otra vez. Los dos últimos hijos de Fëanor, obligados por su voto, las roban y son destruidos por ellas, por lo que se arrojan al mar y a los fosos de la tierra. El barco de Eärendil, adornado con la última Silmaril, se lanza a navegar por el cielo y se convierte en la estrella más brillante. Así terminan El Silmarillion y los cuentos de la Primera Edad. 

El próximo ciclo trata (o debería tratar) de la Segunda Edad. Pero reina en la Tierra una edad oscura y no se cuenta (o no es necesario contar) mucho de su historia. En las grandes batallas contra el Primer Enemigo, las tierras quedaron deshechas y en ruinas, y el Oeste de la Tierra Media fue una tierra de desolación. Nos enteramos de que a los Elfos Exiliados, si bien no se les ordenó, se les aconsejó severamente que volvieran al Oeste y allí se quedaran en paz. No debían morar permanentemente en Valinor otra vez, sino en la Isla Solitaria de Eressëa, a la vista del Reino Bendecido. A los Hombres de las Tres Casas se los recompensó por su valor y por la fidelidad que mostraron con su alianza, permitiéndoseles habitar «al extremo oeste de todos los mortales», en la gran isla «Atlantis» de Númenóre9. Los dioses, por supuesto, no pueden cancelar el hado o el don de la mortalidad concedido por Dios, pero los númenóreanos disfrutan de una larga vida. Se hicieron a la vela, abandonaron la Tierra Media y establecieron un gran reino de marineros en lo más lejano que alcanza la vista desde Eressëa (pero no de Valinor). La mayor parte de los Altos Elfos volvieron también al Oeste. Pero no todos. Algunos Hombres emparentados con los númenóreanos permanecen en la tierra no lejos de las costas del Mar. Algunos de los Exiliados no han de regresar o demoran su regreso (porque el camino hacia el oeste está siempre abierto para los inmortales y en los Puertos Grises los barcos están permanentemente listos para navegar por siempre). Tampoco los Orcos (trasgos) y otros monstruos criados por el Primer Enemigo han sido del todo destruidos. Y está Sauron. En el Silmarillion y los Cuentos de la Primera Edad, Sauron era un ser de Valinor pervertido y transformado en sirviente del Enemigo, de quien se convierte en su principal capitán y asistente. Se arrepiente atemorizado cuando el Primer Enemigo es derrotado por completo, pero al final no hace lo que se le ordena: volver para ser juzgado por los dioses. Se demora en la Tierra Media. Se convierte muy lentamente, comenzando por buenos motivos: la reorganización y rehabilitación de las ruinas de la Tierra Media, «olvidada por los dioses», en la reencarnación del Mal y en una criatura que anhela el Completo Poder, y, por tanto, se consume por siempre jamás en un odio feroz (especialmente por los dioses y los Elfos). A lo largo del crepúsculo de la Segunda Edad, la Sombra crece en el Este de la Tierra Media y avanza más y más sobre los Hombres, que se multiplican a medida que los Elfos empiezan a debilitarse. Los tres temas principales son, pues, los Elfos que se Demoran en la Tierra Media; la conversión de Sauron en un nuevo Señor Oscuro, amo y dios de los Hombres, y Númenor-Atlantis. Se los trata analíticamente y en dos Cuentos o Crónicas: Los Anillos del Poder y la Caída de Númenor. Ambos constituyen el marco esencial de El Hobbit y su continuación. 

En el primero vemos una especie de segunda caída o, cuando menos, «error» de los Elfos. No había nada de malo esencialmente en que se demoraran a pesar de los consejos recibidos, todavía entristecidos en las tierras mortales de sus antiguas hazañas heroicas. Pero querían comerse el pastel y conservarlo al mismo tiempo. Querían la paz, la beatitud y la perfecta memoria del «Oeste», y permanecer, sin embargo, en la tierra ordinaria donde su prestigio como pueblo, por encima del de los Elfos salvajes, los enanos y los Hombres, era mayor que el que ocupaban en el fondo jerárquico de Valinor. Así pues, los obsesionó la idea de la «mengua», el modo en que percibían los cambios del tiempo (la ley del mundo bajo el sol). Se volvieron tristes, su arte (lo diremos así) se convirtió en la obra de un anticuario, y sus esfuerzos todos, en una especie de embalsamamiento; aunque también conservaron el antiguo motivo de su especie, el adorno de la tierra y la curación de sus heridas. Oímos de un reino demorado más o menos en el extremo Noroeste de lo que quedaba de las antiguas tierras de El Silmarillion, bajo Gil-galad; y de otros asentamientos, como Imladris (Rivendel), casa de Elrond; y uno muy grande en Eregion, al pie occidental de las Montañas Nubladas, junto a las Minas de Moria, el mayor reino de los Enanos durante la Segunda Edad. Por primera y única vez, surgió una amistad entre los pueblos por lo general hostiles (de los Elfos y los Enanos), y la herrería alcanzó su más alto punto de desarrollo. Pero muchos Elfos escucharon a Sauron. En aquellos primeros tiempos, sus intenciones eran todavía buenas, y sus motivos y los de los Elfos parecían coincidir en parte: la curación de las tierras desoladas. Sauron encontró su punto débil al sugerir que, ayudándose los unos a los otros, harían del Oeste de la Tierra Media un lugar tan hermoso como Valinor. Era, en realidad, un ataque velado contra los dioses, una incitación a intentar hacer un paraíso separado e independiente. Gil-galad rechazó todas estas proposiciones y también lo hizo Elrond. Pero en Eregion se iniciaron grandes obras, y nunca estuvieron los Elfos tan cerca de sucumbir ante la «magia» y las maquinarias. Con la ayuda de la ciencia de Sauron construyeron los Anillos de Poder («poder» es una palabra ominosa y siniestra en todos estos cuentos, salvo cuando se aplica a los dioses).

El principal poder (de todos los anillos por igual) era el de evitar o disminuir la velocidad del deterioro (es decir, el «cambio» visto como algo lamentable), la preservación de lo que se desea o se ama, o la de su apariencia: éste es más o menos el motivo élfico. Pero destacaban también los poderes naturales del poseedor, acercándose así a la «magia», un motivo que fácilmente puede corromperse y volverse malvado, como un deseo de dominio. Y finalmente tenían otros poderes más directamente derivados de Sauron («el Nigromante»: así se lo llama cuando arroja una sombra flotante de malos augurios en las páginas de El Hobbit), tales como volver invisible el cuerpo material o volver visibles las cosas del mundo invisible.

Los Elfos de Eregion hicieron Tres anillos de supremo poder y belleza partiendo casi exclusivamente de su propia imaginación, dirigidos a la preservación de la belleza: no conferían la invisibilidad. Pero secretamente, en el Fuego subterráneo, en su propia Tierra Tenebrosa, Sauron hizo el Único Anillo, el Anillo Regente, que contenía los poderes de todos los demás y los gobernaba, de modo que quien lo llevara podía ver los pensamientos de los que usaban los anillos menores, controlar todo lo que hacían y, en última instancia, esclavizarlos por completo. No contaba, sin embargo, con la sabiduría y la sutil percepción de los Elfos. En el momento en que él dispuso del Único, tuvieron conocimiento de ello y de sus propósitos secretos, y tuvieron miedo. Escondieron los Tres Anillos, de modo que ni siquiera Sauron descubriera nunca dónde estaban, y permanecieron sin mácula. A los otros trataron de destruirlos.

En la guerra resultante entre Sauron y los Elfos de la Tierra Media, especialmente en el oeste, la ruina fue todavía mayor. Eregion fue tomada y destruida, y Sauron se apoderó de muchos Anillos de Poder. Para su definitiva corrupción y sometimiento, se los dio a los que los aceptaban (por ambición o codicia). De ahí el «antiguo poema» que aparece como leit-motiv en El Señor de los Anillos: 

Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo. 

Siete para los Señores Enanos en casas de piedra. 

Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir. 

Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro 

en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.

Sauron se volvió así una fuerza casi suprema en la Tierra Media. Los Elfos perduraron en lugares secretos (todavía no revelados). El último Reino Élfico de Gil-galad se mantiene de manera precaria en las costas del extremo oeste, donde están los puertos de los Barcos. Elrond el Medio Elfo, hijo de Eárendil, mantiene una especie de santuario encantado en Imladris (en inglés, Rivendel), en el extremo oriental de las tierras occidentales10. Pero Sauron domina todas las hordas crecientes de los Hombres que no han entrado en contacto con los Elfos e, indirectamente, con los verdaderos Valar y dioses que nunca han caído. Gobierna un imperio creciente desde la gran torre oscura de Barad-dûr, en Mordor, cerca de la Montaña de Fuego, esgrimiendo el Único Anillo. 

Pero para lograr esto, se había visto obligado a permitir que gran parte de su propio poder inherente (un motivo frecuente y muy significativo en el mito y en el cuento de hadas) pasara al Único Anillo. Mientras lo llevaba, su poder en la tierra de hecho aumentaba. Pero aun si no lo llevaba puesto, ese poder existía y estaba en «relación» con él: no quedaba «disminuido». A no ser que otro lo cogiera y fuera su poseedor. Si eso sucedía, el nuevo poseedor (si era lo bastante fuerte y de naturaleza heroica) podía retar a Sauron, volverse amo de todo lo que había aprendido o hecho desde la fabricación del Único Anillo y, por tanto, derrocarlo y ocupar su lugar. Ésta era la debilidad esencial que había introducido en su situación en el esfuerzo (en gran parte inútil) por esclavizar a los Elfos y en el deseo de establecer el control de las mentes y las voluntades de sus sirvientes. Había otra debilidad: si el Único Anillo realmente se deshacía, era aniquilado, su poder entonces se disolvería, el mismo ser de Sauron disminuiría hasta convertirse en un punto de fuga y quedaría reducido a una sombra, al mero recuerdo de una voluntad maliciosa. Pero nunca contempló esa posibilidad, ni la temía. El Anillo no era destructible por herrería alguna que no fuera la suya. Ningún fuego podía disolverlo, salvo el inmortal fuego subterráneo en el que había sido forjado… y era imposible aproximarse a él, pues estaba en Mordor. Además, tan grande era el poder de deseo del Anillo, que cualquiera que lo llevara puesto quedaba dominado por él; estaba más allá de la fuerza de cualquier voluntad (aun la suya propia) dañarlo, deshacerse de él o no tenerlo en cuenta. Así lo creía. De cualquier modo, estaba en su dedo.

Así pues, mientras la Segunda Edad avanza, tenemos un gran Reino y una maligna teocracia (pues Sauron es también el dios de sus esclavos) que crece en la Tierra Media. En el Oeste -en realidad el Noroeste es la única parte claramente considerada en estos cuentos- están los precarios refugiados de los Elfos, mientras que los Hombres de aquellos sitios permanecen más o menos incorruptos, aunque ignorantes. La mejor y más noble especie de Hombres está constituida, de hecho, por los parientes de los que habían partido a Númenor, pero permanecen en un simple estado «homérico» de vida patriarcal y tribal.

Entretanto, Númenor ha crecido en riqueza, sabiduría y gloria bajo el linaje de grandes reyes de larga vida, descendientes directos de Elros, el hijo de Earendil, hermano de Elrond. La Caída de Númenor, la Segunda Caída del Hombre (o el Hombre rehabilitado, pero todavía mortal), es causa del final catastrófico no sólo de la Segunda Edad, sino del Viejo Mundo, el mundo primordial de la leyenda (concebido plano y limitado). Después de lo cual empezó la Tercera Edad, una Edad Crepuscular, un Médium Aevum, el primero del mundo quebrantado y cambiado; el último del prolongado dominio de Elfos visibles plenamente encarnados, y también el último en el que el Mal asume una única forma dominante encarnada.

La Caída es en parte el resultado de una debilidad interior de los Hombres, consecuencia, si se quiere, de la primera Caída (sin registro en estos cuentos), sobre la que hubo arrepentimiento, pero no curación definitiva. ¡En la tierra es más peligrosa la recompensa que el castigo! La Caída es consecuencia de la astucia de Sauron, capaz de explotar esta debilidad. El tema central es (inevitablemente, creo, en una historia acerca de Hombres) una Proscripción, una Prohibición.

Los númenóreanos moran apenas a la vista de la tierra «inmortal» del más extremo oriente, Eressëa; y como los únicos hombres que hablan una lengua élfica (aprendida en los días de su Alianza), están en constante comunicación con sus antiguos amigos y aliados, sea en la beatitud de Eressëa o en el reino de Gilgalad, en las costas de la Tierra Media. Se vuelven así, en apariencia y aun en las capacidades de la mente, apenas distinguibles de los Elfos, pero siguen siendo mortales, aunque recompensados por un triple, o aún más de un triple, número de años. Esta recompensa es su ruina o, al menos, el medio por el que son tentados. Su larga vida contribuye a los logros que obtienen en arte y sabiduría, pero alimenta la actitud posesiva que adquieren en relación con esas cosas, y se les despierta el deseo de disponer de más tiempo para disfrutar de ellas. Previendo esto en parte, los dioses impusieron a los númenóreanos desde un principio la Proscripción de no navegar nunca hacia Eressëa, ni hacia el oeste hasta perder de vista su propia tierra. Podían ir a su gusto en cualquier otra dirección. No debían poner pie en las tierras «inmortales» y de ese modo enamorarse de una inmortalidad (en el mundo) que estaba en contra de la ley que los regía, el hado o el don especial de Ilúvatar (Dios), y que su naturaleza, de hecho, no podía soportar11

Hay tres fases en su caída del estado de gracia. Primero, consentimiento, obediencia que es libre y voluntaria, aunque sin cabal comprensión. Luego, durante largo tiempo, obedecen de forma involuntaria, murmurando cada vez más abiertamente. Por último, se revelan, y se produce una pequeña fisura entre los rebeldes hombres del Rey y la pequeña minoría de los Fieles perseguidos.

En la primera etapa, siendo hombres de paz, su coraje se consagra a los viajes por mar. Como descendientes de Eärendil, se convierten en supremos marineros, y por estar proscritos del Oeste, navegan hasta el máximo posible hacia el norte, el sur y el este. Sobre todo, llegan a las costas occidentales de la Tierra Media, donde ayudan a los Elfos y a los Hombres en contra de Sauron e incurren en su odio imperecedero. En aquellos días llegaban al encuentro de los Hombres Salvajes casi como benefactores divinos, cargados de obras de arte y conocimientos, que se marchaban luego otra vez y dejaban tras de sí muchas leyendas de reyes y dioses salidos del crepúsculo.

En la segunda etapa, durante los días de Orgullo y Gloria y de rencor por la Proscripción, empiezan a buscar la riqueza antes que la beatitud. El deseo de escapar de la muerte dio origen a un culto a los muertos, y prodigaron riqueza y arte sobre tumbas y monumentos recordatorios. Se asentaron entonces en las costas occidentales, pero éstas fueron más bien fortificaciones y «fábricas» de señores en busca de riqueza, y los númenóreanos se convirtieron en recolectores de impuestos que transportaban por mar en sus grandes barcos cada vez mayor número de bienes. Los númenóreanos empezaron la forja de armas y maquinarias. 

Esta fase acabó, y empezó la última con el ascenso al trono del decimotercer12 rey del linaje de Elros, Tar-Calion el Dorado, el más poderoso y orgulloso de todos los reyes. Cuando se enteró de que Sauron había adoptado el título de Rey de Reyes y Señor del Mundo, resolvió derrocar al «pretencioso». Se dirige magnífico y majestuoso a la Tierra Media, y tan vastos son sus armamentos y tan terribles son los númenóreanos en los días de su gloria, que los servidores de Sauron no los enfrentan. El mismo Sauron se humilla, rinde homenaje a Tar-Calion, y es llevado a Númenor como rehén y prisionero. Pero allí se eleva fácilmente, por su astucia y conocimientos, desde la situación de sirviente a la de máximo consejero del rey, y con sus mentiras seduce a éste y a la mayoría de los señores y a las gentes del pueblo. Niega la existencia de Dios, diciendo que el Único es una mera invención de los celosos Valar del Oeste, el oráculo de sus propios deseos. El principal de los dioses es el que habita en el Vacío, quien vencerá al final y erigirá en el vacío infinitos reinos para sus servidores. La proscripción es sólo un recurso mendaz del miedo para impedir que los Reyes de los Hombres adquieran vida imperecedera y rivalicen con los Valar.

Bajo Sauron nace una nueva religión, la veneración de la Oscuridad con su propio templo. Los Fieles son perseguidos y sacrificados. Los númenóreanos trasladan su mal también a la Tierra Media y se vuelven allí crueles y malvados señores de la nigromancia que matan y atormentan a los hombres; y las viejas leyendas se entretejen con oscuras historias de horror. Esto no ocurre en el Noroeste; porque allí, por causa de los Elfos, sólo llegan los Fieles que siguen siendo amigos de los Elfos. El puerto principal de los númenóreanos bondadosos está cerca de la desembocadura del gran río Anduin. Desde allí la influencia todavía beneficiosa de Númenor remonta el Río y a lo largo de la costa llega hasta el reino de Gil-galad al norte, a medida que se difunde una Lengua Común.

Pero al final la estratagema de Sauron alcanza su culminación. Tar-Calion siente que la vejez y la muerte se aproximan y escucha las últimas incitaciones de Sauron y, formando la más grande de todas las armadas, se hace a la vela hacia el Oeste, desobedeciendo la Proscripción; y declara la guerra a los dioses, dispuesto a arrancarles «la vida sempiterna dentro de los círculos del mundo». Enfrentados con esta rebelión de espantable locura y blasfemia, y también con un verdadero peligro (pues los númenóreanos dirigidos por Sauron podrían haber llevado la ruina a la misma Valinor), los Valar deponen el poder que se les había delegado, apelan a Dios y reciben la capacidad y el permiso para tratar esta situación; el viejo mundo se rompe y cambia. Se abre un cisma en el mar, y Tar-Calion y su armada se hunden en él. La misma Númenor, al borde de la hendidura, se derrumba y desaparece para siempre en el abismo con toda su gloria. Desde entonces no hay morada visible divina o inmortal en la tierra. Valinor (o el Paraíso) y aun Eressëa desaparecen, y sólo quedan en la memoria de la tierra. Los Hombres pueden navegar ahora hacia el Oeste si quieren, tan lejos como les sea Posible sin acercarse jamás a Valinor o al Reino Bendecido, para volver siempre al este; porque el mundo es redondo y finito, y un círculo inevitable… salvo por mediación de la muerte. Sólo los «inmortales», los Elfos demorados, pueden todavía, si así lo quieren, fatigados del círculo del mundo, embarcarse y encontrar el «camino recto» que lleva al antiguo o Verdadero Oeste, y permanecer allí en paz.

De modo que la Segunda Edad avanza por una fundamental catástrofe, pero no ha terminado del todo todavía. Hay sobrevivientes del cataclismo: Elendil el Hermoso, jefe de los Fieles (su nombre significa Amigo de los Elfos), y sus hijos Isildur y Anárion. Elendil, figura de Noé, que se ha mantenido apartado de la rebelión y cuyos barcos tripulados y provistos se hallan en la costa este de Númenor, huye ante la abrumadora corriente desatada por la ira del Oeste, y es transportado en lo alto de olas como torres que llevan la ruina al oeste de la Tierra Media. Él y los suyos son arrojados como exiliados sobre las costas. Allí establecen los reinos númenóreanos de Arnor, en el norte, cerca del reino de Gil-galad, y de Gondor, alrededor de las desembocaduras del Anduin, más hacia el sur. Sauron, como que es inmortal, a duras penas escapa a la ruina de Númenor y vuelve a Mordor, donde al cabo de un tiempo cobra fuerzas suficientes como para desafiar a los exiliados de Númenor.

La Segunda Edad culmina con la Ultima Alianza (de los Elfos y los Hombres) y el gran sitio de Mordor. Termina con el derrocamiento de Sauron y la destrucción de la segunda encarnación visible del mal. Pero a un alto precio y con un desastroso error. Gil-galad y Elendil reciben la muerte en el acto de matar a Sauron. Isildur, hijo de Elendil, corta el anillo de la mano de Sauron, que pierde sus poderes y su espíritu huye a las sombras. Pero el mal empieza a actuar. Isildur reclama el Anillo como de su propiedad, como «indemnización por la muerte de su padre», y se niega a arrojarlo al Fuego que arde a su lado. Se marcha, pero se ahoga en el Gran Río, y el Anillo se pierde sin que nadie sepa adonde ha ido a parar. Pero no se deshace, y la Torre Oscura que se ha levantado con su ayuda aún está en pie, vacía, pero no destruida. Así termina la Segunda Edad con la llegada de los reinos númenóreanos y la desaparición del último reinado de los Altos Elfos.

La Tercera Edad se centra sobre todo en el Anillo. El Señor Oscuro ya no está en su trono, pero sus monstruos no han quedado del todo destruidos, y sus espantosos servidores, esclavos del Anillo, perduran como sombras entre las sombras. Mordor está vacío, y también la Torre Oscura, y se mantiene la vigilancia de las fronteras de la tierra maligna. Los Elfos tienen todavía refugiados escondidos: en los Puertos Grises, donde están sus barcos, en la Casa de Elrond y aun en otros sitios. Hacia el sur, frente al Gran Río Anduin, están las ciudades y los fuertes del reino númenóreano de Gondor, con reyes del linaje de Anárion. A lo lejos (en relación con estos cuentos), en el Sur y en el Este, se encuentran los países y los reinos sin cartografiar de los hombres salvajes o, malvados, sólo iguales en el odio que sienten por el Oeste, heredado de Sauron, su amo; pero Gondor y su poder les obstruye el camino. El Anillo se ha perdido, para siempre según se espera; y los Tres Anillos de los Elfos, en posesión de guardianes secretos, resultan operativos por cuanto preservan el recuerdo de la belleza de antaño, mantienen enclaves encantados de paz donde el Tiempo parece haberse detenido y el deterioro no avanza: una imagen de la beatitud del Verdadero Oeste.

Pero, en el norte, Arnor decae, se quiebra en pequeños principados y finalmente se desvanece. El resto de los númenóreanos se convierte en un Pueblo errante escondido, y aunque su verdadero linaje de Reyes de los herederos de Isildur nunca se interrumpe, esto es sólo sabido en la Casa de Elrond. En el sur, Gondor se eleva a la cúspide del poder y llega a ser casi un reflejo de Númenor; luego va menguando lentamente hasta alcanzar una deteriorada Edad Media, una especie de Bizancio orgullosa y venerable, aunque cada vez más impotente. La vigilancia de Mordor se debilita. La presión de los orientales y los sureños aumenta. El linaje de Reyes se interrumpe, y la última ciudad de Gondor, Minas Tirith («Torre de Vigilancia»), es gobernada por Mayordomos hereditarios. Los Jinetes del Norte, los Rohirrim o Jinetes de Rohan, aliados perpetuos, se instalan en las verdes llanuras ahora despobladas que fueron otrora la parte norte del reino de Gondor. Sobre el gran bosque primitivo, el Gran Bosque Verde, al este del curso superior del Gran Río, se proyecta una sombra que crece, convirtiéndose en el Bosque Negro. Los Sabios descubren que procede de un Hechicero («El Nigromante» de El Hobbit) que posee un castillo secreto en el sur del Gran Bosque13

En medio de esta Edad aparecen los Hobbits. Su origen es desconocido (aun para sí mismos)14, pues escaparon a la atención de los grandes, o los pueblos civilizados que guardaban registros, mientras que ellos no los guardaban salvo vagas tradiciones orales, hasta que hubieron emigrado desde las fronteras del Bosque Negro, huyendo de la Sombra, y avanzaron hacia el oeste hasta ponerse en contacto con los últimos restos del Reino de Arnor. 

Su principal asentamiento, donde todos los habitantes son hobbits y se mantiene una vida rural ordenada y civilizada, aunque sencilla, es la Comarca, originalmente los huertos y bosques de la heredad real de Arnor, concedida como feudo; pero el «Rey», hacedor de leyes, hace ya mucho que ha desaparecido, salvo de la memoria, antes que tengamos muchas noticias de la Comarca. Es en el año 1341 de la Comarca (o 2941 de la Tercera Edad, es decir, en su último siglo) cuando Bilbo -El Hobbit y héroe de ese cuento- inicia su «aventura».

En esa historia, que no es preciso resumir, no se explica ni la naturaleza ni la situación de los hobbits, sino que se las sobreentiende, y lo poco que se dice de ellas adquiere la forma de alusiones casuales a algo que se conoce. La totalidad de la «política mundial», esbozada arriba, está por supuesto en mente, y también se hace referencia a ella en ocasiones como a algo registrado cabalmente en otro sitio. Elrond es un personaje importante, aunque su dignidad, altos poderes y linaje se silencian de forma moderada y no se revelan en pleno. También hay alusiones a la historia de los Elfos, la Caída de Gondolin, etcétera. Las sombras y el mal del Bosque Negro, aunque en el estilo aminorado del «cuento de hadas», procuran una de las partes más importantes de la aventura. Sólo en un punto actúa esta «política mundial» como parte del mecanismo de la historia. Gandalf el Mago15 parte, pues ha sido llamado para atender importantes asuntos -el intento de poner solución a la amenaza que constituye el Nigromante-, de modo que deja al Hobbit sin ayuda o consejo en medio de su «aventura», obligándolo a tenerse sobre sus propias piernas y volverse un héroe según su propio estilo. (Muchos lectores han observado este punto y han supuesto que el Nigromante debía tener un lugar destacado en una continuación o en algunos otros cuentos de este tiempo).

El tono y el estilo en general diferentes de El Hobbit son consecuencia de que lo haya considerado en su punto de partida como material del gran ciclo susceptible de ser tratado como «cuento de hadas» para niños. Algunos de los detalles de tono y tratamiento son, creo ahora, aun sobre esta base, equivocados. Pero no querría cambiar mucho. Es en realidad el estudio de un hombre del todo corriente que no es artista, ni noble, ni heroico (aunque en él lleva las dormidas semillas de esas cualidades) en un marco grandioso; y de hecho (como lo observó un crítico) el tono y el estilo cambian con el desarrollo del Hobbit, pasando del cuento de hadas a la nobleza y elevación, para recaer otra vez luego del regreso.

La Búsqueda del Oro del Dragón, el tema principal del cuento en concreto de El Hobbit, es, en relación con el ciclo general, del todo periférica e incidental, conectada con él sobre todo mediante la historia del Enano, que nunca resulta fundamental en estos cuentos, aunque a menudo es importante16. Pero durante el curso de la Búsqueda, el Hobbit toma posesión, aparentemente por «accidente», de un «anillo mágico» cuyo principal y único poder inmediato evidente es volver invisible a quien lo lleva. Aunque para este cuento un accidente, imprevisto y sin ocupar lugar alguno en el plan de la búsqueda, resulta esencial para el buen éxito de la jornada. Al regresar el Hobbit, con amplitud de visión y sabiduría aumentadas, aunque inalterado en cuanto a lenguaje, retiene el anillo como secreto personal.

La continuación, El Señor de los Anillos, mucho más voluminosa, y espero que proporcionalmente la mejor del ciclo completo [que también incluye El Silmarillion], concluye toda la narración; se intenta incluir en ella y liquidar todos los elementos y motivos de lo que ha precedido: elfos, enanos, los Reyes de los Hombres, heroicos jinetes «homéricos», orcos y demonios, los terrores de los Servidores del Anillo y la Nigromancia, y el vasto horror del Trono Oscuro; aun en estilo incluye el coloquialismo y la vulgaridad de los Hobbits, poesía y el más elevado estilo en prosa. Hemos de ver el derrocamiento de la última encarnación del Mal, la destrucción del Anillo, la partida final de los Elfos y el regreso en magnificencia del verdadero Rey, que se hace cargo del Dominio de los Hombres, heredando todo lo que puede transmitirse de los Elfos a través de su alto matrimonio con Arwen, hija de Elrond, como también la línea de realeza de Númenor. Pero, así como los primeros Cuentos son vistos a través de ojos élficos, por así decir, este último gran cuento, bajado a tierra desde el mito y la leyenda, es visto sobre todo a través de los ojos de los Hobbits: de este modo se vuelve de hecho antropocéntrico. Pero a través de los Hobbits, no los llamados Hombres, porque el último Cuento ha de ejemplificar con el máximo de claridad un tema recurrente: el lugar que ocupan en la «política mundial» los actos imprevistos e imprevisibles de la voluntad y las virtuosas hazañas de los aparentemente pequeños, insignificantes, olvidados en el lugar de los Sabios y Grandes (tanto buenos como malvados). Una moraleja de la totalidad (después del simbolismo básico del Anillo como mera voluntad de poder que intenta volverse objetiva mediante la fuerza y el mecanismo físicos y, por tanto, también mediante mentiras) es la evidente de que sin lo elevado y lo noble, lo simple y lo vulgar son por completo mezquinos; y sin lo simple y lo corriente, lo noble y lo heroico carecen por completo de significado.

No es posible, ni siquiera muy extensamente, resumir El Señor de los Anillos en un párrafo o dos …. Fue empezado en 1937 y cada una de sus partes ha sido reescrita muchas veces. No hay prácticamente ninguna palabra, en sus 600.000 o más, que no haya sido considerada. Y la ubicación, el tamaño, el estilo y la contribución a la totalidad de los detalles, incidentes y capítulos han sido escrupulosamente meditados. No digo que esto sea una recomendación de la obra. Es muy probable, lo advierto, que me engañe, perdido en una red de vanas imaginaciones de no gran valor para los demás, a pesar del hecho de que unos pocos lectores la han encontrado buena en su conjunto. Pero como a cada cual le ha disgustado esto o aquello, descubriría (si considerara todas las críticas juntas y las obedeciera) que me queda muy poco y se me obliga a llegar a la conclusión de que una obra tan grande (en extensión) no puede ser perfecta y aun si lo fuera, no podría gustarle enteramente a ningún lector. Lo que intento decir es esto: no puedo alterar la obra de manera sustancial. La he terminado, me la he «quitado de la mente»: el trabajo ha sido colosal; y ahora debe sostenerse o caer prácticamente tal cual está.

El Señor de los Anillos comienza en el mismo lugar que El Hobbit, unos 60 años después. El primer capítulo, cuyo estilo es similar, es un reflejo deliberado del primer capítulo del libro anterior tanto por el título («Una reunión muy esperada») como por el contenido. Bilbo tiene ahora ciento once años; una edad madura para un hobbit [La esperanza de vida normal de los hobbits se representa más o menos como la proporción de 100 años relativos a nuestros ochenta años]. Ha adoptado como heredero a su pariente favorito, Frodo, de una generación más joven. Por lo general se le tiene envidia por su prosperidad y buena salud, que aparentemente no empeora con los años; pero una conversación entre Bilbo y Gandalf revela que no todo está bien con el viejo hobbit: su vida le resulta «diluida» y cansina. Gandalf muestra cierta curiosidad, mezclada con preocupación, por el anillo de Bilbo.

La introducción termina con la repentina desaparición del Hobbit, Bilbo, en mitad de la celebración de su propio cumpleaños. Nunca volverá a ser visto en la Comarca y es la última vez que usa el anillo. Gandalf le induce dejarlo en manos de su heredero, Frodo. Se lleva todos los demás trofeos de su primera aventura y parte: a un «destino desconocido» (que resulta ser la casa de Elrond, naturalmente, de la que tenía recuerdos placenteros del pasado).

Transcurre unos diecisiete años. Frodo ya tiene la misma edad que tenía Bilbo cuando se marchó en busca de una Aventura. También preserva su juventud, pero le aflige el desasosiego. Los rumores de problemas en el vasto mundo exterior llegan hasta los Hobbits, sobre todo del nuevo ascenso al poder del Enemigo o Señor Oscuro. Gandalf, tras largas ausencias debido a peligrosos viajes de reconocimiento, regresa y revela que el anillo de Bilbo es el Anillo, el Único; que el Enemigo es consciente de su existencia y sabe, probablemente por la perfidia de Gollum, donde está. Se esboza una breve historia del Anillo (sobre todo acerca de cómo llegó «accidentalmente» a las manos de Gollum).

Frodo hace planes para huir secretamente a la Casa de Elrond. Deciden volver a verse en otoño pero Gandalf no aparece, [Más tarde se descubre que esto se debe a la traición de Saruman, el mago mayor que intenta retener a Gandalf y obligarle a unirse al bando del Enemigo] y Frodo y su sirviente hobbit Sam, junto con otros dos parientes más jóvenes, parten en solitario hacia las tierras salvajes; justo a tiempo, en el momento en que los Jinetes Negros de Mordor (los Nueve Esclavos del Anillo, enmascarados) llegan a la comarca. A lo largo de las 400 millas de camino hasta Elrond les persigue este terror, y consiguen llegar solo gracias a la ayuda de un extraño hombre que se encuentran en una posada, conocido por algunos como Trancos. Su importancia y poder se manifiestan solo con el tiempo. Frodo recibe una herida atroz provocada por el Capitán de los Jinetes Negros, y está a las puertas de la Muerte cuando al final los fugitivos se escapan y llegan a casa de Elrond. El Primer Libro termina con la destrucción de los Jinetes Negros (bajo esa forma) y el recibimiento del portado del Anillo por parte de Elrond.

El Segundo Libro (que debe, tal y como se ha explicado antes, empezar con una pausa antes de un cambio total de sentido, tras un proceso de curación, recuperación y obtención de sabiduría) comienza con la curación de Frodo, el reencuentro entre Frodo y Bilbo, el concilio de los Sabios, y la elaboración del plan para la Misión Final: la destrucción del anillo. Al final del año, en el solsticio de invierno (el momento menos esperado) la Compañía del Anillo parte en la dirección menos esperada: hacia la tierra del Enemigo.

La Compañía de los Nueve, como contrapartida de los Nueve Jinetes y en representación de todos los elementos principales de la resistencia al Poder Oscuro, consta de Gandalf; los cuatro Hobbits; Boromir, un noble señor de Gondor; Trancos, que ha sido revelado como Aragorn, heredero de Isildur y pretendiente escondido de la Antigua Corona; un Elfo y un Enano. Sus aventuras comienzan en un plano y un estilo que recuerdan a los de El Hobbit, pero vuelven a ascender hacia un nivel más elevado. La naturaleza y el cambio de todos los personajes se revelan poco a poco. 

Hay una sensación constante de que alguien vigila sus movimientos sin dejarse ver, una hostilidad siempre presente incluso por parte de los animales y cosas inanimadas. La Compañía se ve obligada a intentar el paso a través de las ominosas Minas de Moria y allí Gandalf cae en un abismo mientras salva a los demás de una trampa. Aragorn les guía a través de Lórien, una tierra Élfica protegida (en cuyo momento realizo un peligroso y difícil intento de retratar en detalle el aire del atemporal encantamiento Élfico) y proceden bajando por el Río Grande, hasta que entran por vía acuática en el antiguo reino de Gondor. Tras un largo viaje hacen una parada a la altura de los vastos Saltos de Rauros desde donde casi pueden ver la Tierra Negra al este, y la última Ciudad de Gondor al oeste. Ahora deben tomar una decisión, largamente propuesta, sobre cómo proceder, porque con la pérdida de Gandalf muchos de los planes y propósitos de éste se mantienen desconocidos incluso para Aragorn.

El Segundo Libro termina en desastre, con la disolución de la Compañía (por obra secreta del Anillo, que excita el deseo de Boromir de Gondor). Frodo y Sam parten en solitario rumbo al este con la desesperada misión de llevar el Anillo al país del propio Enemigo, para arrojarlo al Fuego. Aragorn debe hacer frente a un dilema. Puede seguir el rastro de Frodo, con pocas esperanzas de encontrarlo, o incluso de poder ayudarlo, y abandonar a los dos hobbits que han sido capturados por los Orcos, los soldados de los enemigos. O si no, puede rescatar a los Hobbits y dejar que Frodo y Sam sigan con su desesperado cometido. A lo largo del libro se han ido multiplicando las señales de vigilancia por parte de espías. También se hace evidente, por fin, que el propio Gollum les ha encontrado y sigue los pasos del portador del Anillo. Al final los Jinetes Negros vuelven a aparecer bajo una forma aún más terrible, como jinetes alados que se desplazan por el aire. El libro termina con la muerte de Boromir mientras lucha contra los Orcos en un esfuerzo por redimirse tras la caída (había intentado quitarle el Anillo a Frodo por la fuerza).

El Tercer Libro trata sobre el destino y las aventuras de todos los Compañeros salvo Frodo y Sam, que están más allá de todo ayuda y de quienes no se sabe nada. Relata las aventuras de los dos jóvenes hobbits capturados por los Orcos, y de cómo los hobbits se elevan hacia el heroísmo; y el desesperado intento de Aragorn, el Elfo y el Enano por alcanzarlos y rescatarlos. Pero también explica al lector la política global de la defensa del oeste y las preparaciones para la última guerra y batalla contra Sauron. Se presenta la dificultad añadida de la guerra menor contra Saruman, el principal de los Sabios que se ha entregado al mal y busca la dominación, haciéndole un favor (más o menos consciente) al Señor Oscuro. Nos encontramos con los nobles Jinetes de Rohan, los Rohirrim y con su Rey en el Castillo de Oro; y el libro termina con la destrucción de la fortaleza de Saruman en Isengard y el reencuentro de todos los compañeros (salvo Frodo y Sam). Gandalf vuelve a aparecer (cambiado y más claramente superhumano tras su combate en el abismo). El libro termina con la aparición de un gran Nazgûl (Jinete Negro del Aire), una señal de que la mayor y última guerra está a punto de comenzar. Una gran oscuridad emana de Mordor y se cierne sobre todas las tierras. Gandalf, con un hobbit, cabalga como el viento a Gondor.

El Cuarto Libro, trata sobre los peligros y labores de Frodo y Sam. Gollum vuelve a aparecer y es «domado» por Frodo: es decir, mediante el poder del Anillo se ve reducido a una servidumbre parecida a la de Caliban17 al principio, pero poco a poco Frodo despierta el lado bueno, largamente escondido de Gollum, quien comienza a querer a Frodo como a un amo bueno y amable. Esta regeneración se ve constantemente obstaculizada por las sospechas y la aversión del fiel Sam. Al final se ve frustrada por una reprimenda impaciente e impulsiva de Sam en un momento crítico, cuando Gollum se encontraba al filo del arrepentimiento. Gollum vuelve a caer en el odio y la traición. Sin embargo, es esencial: los hobbits sólo pueden acercarse a la Tierra Negra gracias a su ayuda como guía. Atraviesan las Ciénagas de los Muertos. Llegan hasta la desolación delante de la Puerta Negra de Mordor. Es infranqueable. Gollum les guía hacia el sur hasta un paso secreto en los muros occidentales de aquella tierra. Se encuentran con Faramir de Gondor, el hermano de Boromir, quien realiza peligrosos ataques a la Fuerzas de Sauron y presta ayuda a los hobbits. Al final entran en los Montes de la Sombra, y aquí se ven metidos en una trampa debido a la traición de Gollum. El Libro termina en aparente desastre. A Frodo le pica una monstruosa Araña (guardiana del paso) y yace como si estuviera muerto. Sam comienza su ascenso hacia una estatura heroica suprema. Lucha con la Araña, rescata el cuerpo de su amo, asume la terrible carga del Anillo y se prepara para seguir su tambaleante camino en solitario en un intento de llevar a cabo la imposible tarea. Pero en el último momento llegan unos Orcos, que se llevan el cuerpo de su querido amo, y la lealtad principal a su amo se impone. Los persigue, descubre que Frodo sólo está aturdido por los efectos del veneno y se arroja, desesperado, contra la puerta de bronce los Orcos cuando ésta se cierra, hasta perder el sentido. Así finaliza el libro. 

El Quinto Libro vuelve al mismo punto en el que se terminaba el Libro Tres. Gandalf, montado en su imponente caballo (junto con el Hobbit, Peregrin Tuk) cabalga a lo largo del «camino del norte» rumbo al sur, hasta Gondor. Ahora llegamos a la ciudad bizantina, que se encuentra medio en ruinas, de Minas Tirith, y encontramos a su severo soberano, el viejo Senescal Denethor, de aspecto parecido a un mago. Se prepara para una guerra y un asedio desesperado. Los últimos reclutas de sus feudos entran marchando. Llega la gran oscuridad. Los Nazgûl cabalgan en el aire, oprimiendo los corazones de todos. Poco a poco comienza el asalto y se extiende el terrible fuego. Denethor se suicida. El Rey Brujo, Capitán de los Jinetes Negros, revienta las puertas Indestructibles de la Ciudad. El único capaz de hacerle frente es Gandalf. 

El asedio se rompe en último momento por la llegada de los Jinetes de Rohan, encabezados por su anciano rey Théoden. La carga de sus jinetes cambia la suerte. Entonces comienza la gran batalla de los Campos del Pelennor. Théoden cae. La victoria parece ser del Enemigo, pero Aragorn aparece con una flota por el Río Grande, llegando, al igual que los númenóreanos de los tiempos antiguos, como surgido del Mar, y eleva por primera vez en muchas edades el Estandarte del Rey. Tras la victoria (y la destrucción del Capitán de los Jinetes Negros) el libro termina con la ultima y desesperada hazaña del Oeste. Para atraer la atención del enemigo, por si Frodo ha podido alcanzar la tierra de Sauron, y también porque acabaría siendo desastroso permanecer en una fortaleza sin moverse, toda la gente que se pueda reunir de entre los Hombres de Rohan y Gondor marchan abiertamente hacia la misma puerta de Mordor para atacar. En las últimas páginas de este Libro presenciamos la desesperada derrota de la última esperanza. El hobbit que se encuentra entre ellos (Peregrin) cae bajo el peso de los caídos, y cuando pierde el conocimiento parece oír la llamada de «Las Águilas». Sin embargo, recuerda que aquél fue el punto de inflexión en la historia de Bilbo, que él conocía bien; riéndose de su propia ocurrencia deja volar su espíritu y no recuerda nada más. 

El Sexto y Último Libro comienza donde termina el Cuarto. Ahora tenemos la proeza de Sam, su heroísmo supremo, llano y obstinado, lleno de sentido común, para ayudar a su amo. No puedo resumir estos capítulos en los que he narrado (incluso creo que he conseguido hacerlo creíble, a su modo) cómo rescato a su amo, cómo lo guio y ayudó a través de los horrores y peligros mortales de Mordor, hasta que en el mismo filo de la muerte (por hambre, sed y miedo, y por la cada vez más pesada carga del Anillo) alcanzan el Monte del Destino y la alta cámara del Fuego (todavía perseguidos por el incansable Gollum, sobre quien el Anillo, que ya no posee, tiene un poder que solo la muerte puede curar).

Llegamos al borde del Fuego y todo el plan falla. El Anillo gana. Frodo no es capaz de destruirlo. Renuncia a su Misión, reclama el Anillo para sí, y se lo pone en el dedo. El Señor Oscuro de repente se fija en él y se da cuenta de todo el plan. Toda su espantosa voluntad abandona la batalla de la Puerta y se concentra en la Montaña (visible desde su trono). Gollum aparece y lucha en el borde con Frodo por la posesión del Anillo. Con sus dientes arranca el dedo con el Anillo y profiere gritos triunfales, pero en medio de sus alocadas cabriolas cae al abismo, terminando así su vida. De modo que el Anillo se destruye después de todo (e incluso la traición de Gollum ha jugado un papel en ello, tal y como predijo Gandalf).

Los Hobbits casi se ven aplastados por el cataclismo resultante. Desde lejos pueden entrever, a través de las nubes, la catastrófica caída de la Torre Oscura y la desintegración de Sauron. La montaña entra en erupción. Al final acaban en el suelo, ahogados por los gases y con llamas a su alrededor, en una última isla rocosa en medio de un mar de lava derretida.

La escena cambia y volvemos al momento exacto en que finalizaba el Libro V. Ahora vemos y oímos, desde lejos, la misma ruina en convulsión. Las fuerzas de Sauron, privadas de cualquier dirección y voluntad (cual termitas con una reina muerta), huyen y se desintegran. La vasta figura de Sauron se asoma de fondo, «terrible pero impotente», antes de diluirse con el viento, una sombra que nunca más volverá a asumir otra forma. La llamada de «las Águilas» realmente se oye. Vienen volando con el viento desde el Norte y, tras recibir instrucciones de Gandalf, recogen los cuerpos de Frodo y Sam y los sacan de la ruina de Mordor.

La historia llega a su fin (¡en cuanto a relato de hobbits!) con la celebración de la victoria en la que los Ocho Compañeros vuelven a juntarse. En la escena en la que todas las huestes del Oeste se unen para rendir homenaje y elogiar a los dos humildes hobbits, Frodo y Sam, llegamos a «eucatástrofe» de todo el romance: es decir, el repentino giro y cumplimiento de la esperanza, lo opuesto a la tragedia, que debe ser la seña de identidad de un «cuento de hadas» de tono elevado o bajo; la resolución y justificación de todo lo que ha sucedido antes. Llegué a las lágrimas al escribirlo y todavía me conmueve, y no puedo dejar de creer que se trata de un momento supremo a su manera.

Pero no es el final del «Sexto Libro», ni de El Señor de los Anillos en su totalidad. Por varias razones. La principal razón artística es que no se puede apagar la música en el momento culminante. También porque la historia se deja en el aire, inacabada. También porque me gusta atar cabos sueltos, y los odio en los libros de otros; me gusta llevar las pistas a su resolución, como es el caso también no sólo de los niños, sino de la mayoría de la gente con un apetito sano. De nuevo, la historia comenzó en la sencilla región de los Hobbits, la Comarca, y debe terminar allí, de vuelta a la vida normal y la tierra (el fundamento más importante). A fin de cuentas, y de manera contundente, la función de la larga coda es mostrar el precio de la victoria (como siempre) y mostrar que ninguna victoria, ni siquiera a una escala de convulsión global, es final. La guerra continuará, tomando otras formas.

Para ello, pasamos a resolver los asuntos de Gondor, donde presenciamos la Coronación del Rey y su matrimonio con la dama alta y bella, la hija de Elrond, destinada a ser la reina del restituido trono. Y los Compañeros parten, marchándose uno tras otro en una sucesión de despedidas a lo largo del viaje de vuelta a la Casa de Elrond, para finalmente regresar hacia el Oeste y la Comarca. En el camino alcanzan a Saruman el Grande, convertido en un mendigo quejicoso y malicioso. En Rivendel se despiden del viejo Hobbit Bilbo, adormilado y esperando su fin ahora que el poder del Anillo destruido se desvanece; ha sido liberado de su antinatural prolongación vital. Los Hobbits, que todavía son hobbits en cuanto a estatura y modo de expresarse, pero que ahora van vestidos con las armas y los atuendos de la alta aristocracia del Sur, impávidos y ennoblecidos, se aproximan a la comarca y Gandalf y se despide de ellos. Continúan hasta descubrir que los tentáculos del mal de aquellos tiempos incluso han alcanzado su amada tierra durante su ausencia. La avaricia y la ambición han tocado incluso a los Hobbits, y un pariente de Frodo ha intentado hacerse con toda la riqueza y el poder de la comunidad. Levaba mucho tiempo en secreta comunión con Saruman, sólo para verse engañado: porque en realidad los Hombres malvados, los sirvientes de Saruman, son los que le han usurpado a él, gobernando todo mediante saqueos y fuerza bruta. Las barrancas desfiguran los pueblos, los árboles han sido talados por todas partes, los ríos están contaminados y los molinos han sido convertidos en máquinas. El «saneamiento de la Comarca», que termina con la última batalla librada allí, ocupa un capítulo. Le sigue una segunda primavera, una maravillosa restauración y realce de la abundancia, efectuado sobre todo por Sam (con la ayuda de los regalos que recibió en Lórien). Pero Frodo no puede ser curado. Para poder preservar la Comarca se ha sacrificado a sí mismo, incluso su salud, y no es capaz de disfrutar. Sam debe elegir entre el amor por su amo y el amor por su esposa. Al final acompaña a Frodo en un último viaje. De noche en el bosque donde Sam encontró por primera vez a los elfos en el viaje de ida, se encuentran con una crepuscular procesión montada que viene de Rivendel. Los Elfos, los Tres Anillos y Gandalf (el guardián de la Tercera Edad) se dirigen a los Puertos Grises para zarpar rumbo al Oeste, para no volver nunca. Bilbo está con ellos. A Bilbo y a Frodo se les concede la gracia especial de poder ir con los Elfos a los que amaban (un final artúrico en el que, claro está, no se hace explícito si se trata de una «alegoría» de la muerte o de un modo de curación y restauración que lleva a un regreso). Cabalgan a los Puertos Grises, donde embarcan la Nave: Gandalf con el Anillo Rojo, Elrond (con el Azul) y la mayoría de los miembros de su casa, y Galadriel de Lórien con el Anillo Blanco, y con ellos también parten Bilbo y Frodo. Se da a entender que llegan a Eressëa. Sin embargo, Sam, abatido en el muelle de piedra, sólo ve cómo la nave blanca se desliza por el estuario gris y se desvanece en la penumbra del Oeste. Se queda mucho tiempo allí, inmóvil, escuchando el rumor del Mar contra las orillas del mundo.

Después cabalga a casa; su esposa le da la bienvenida y se sienta al lado del fuego con su primera hija, diciendo, simplemente, «Bueno, estoy de vuelta». Hay un breve epílogo en el que vemos a Sam entre sus hijos, un atisbo de su amor por Elanor (el nombre élfico de una flor en Lórien), su hija mayor que, por un don extraño tiene el aspecto y la belleza de una joven elfa: en ella, todo su amor y deseo de Elfos se resume y se consume. Está atareado y feliz, le eligen alcalde de la Comarca muchas veces y lucha por terminar El Libro Rojo, empezado por Bilbo y casi terminado por Frodo, en el que todos los acontecimientos (narrados en El Hobbit y El Señor) quedan reseñados. Todo termina con Sam y su esposa a las puertas de su casa de Bolsón Cerrado, mientras los niños duermen, contemplando las estrellas de una fresca noche de primavera. Sam expresa su gozo y felicidad y entra en casa, pero mientras cierra la puerta, oye el murmullo del Mar sobre las Orillas del mundo.

Éste es un largo, aunque escueto resumen. Muchos personajes que tienen importancia para la historia ni se mencionan siquiera. Hasta se omiten invenciones enteras como los notables Ents, las más antiguas de las criaturas racionales, los Pastores de los Árboles. Puesto que ahora intentamos tratar la «vida corriente» que mana siempre inextinguible bajo el pisoteo de los acontecimientos y la política mundiales, intervienen historias de amor, o el amor de modos diversos, del todo ausentes en El Hobbit. Pero con respecto a la más alta de las historias de amor, la de Aragorn y Arwen, hija de Elrond, sólo se alude a ella como a algo conocido. Se la cuenta en otro sitio en un cuento corto, De Aragorn y Arwen Undómiel. Creo que el simple amor «rústico» de Sam y su Rosie (no elaborado en sitio alguno) es absolutamente esencial para el estudio de este personaje (el del héroe principal), y para el tema de la relación entre la vida ordinaria (respirar, comer, trabajar, engendrar), las misiones, el sacrificio, las causas y el «anhelo de los Elfos» y la mera belleza. Pero no diré más ni defenderé el tema del amor equivocado percibido en Eowyn y su primer amor por Aragorn. No creo ahora que se pueda hacer mucho por enmendar las faltas de este largo cuento que abarca tanto, o volverlo «publicable» si no lo es ya ahora. Una ligera revisión (ya llevada a cabo) de un punto crucial de El Hobbit por la que se clarifica el carácter de Gollum y su relación con el Anillo, me posibilitará reducir el capítulo II del Libro I, «La Sombra del Pasado», simplificarlo y apresurarlo; y también simplificar un tanto el debate con que empieza el Libro II. Si el material restante, «El Silmarillion», y algunos otros cuentos o eslabones como La Caída de Númenor se publican, sería posible prescindir de muchas explicaciones sobre el medio en que se desarrolla la historia, especialmente el del Concilio de Elrond (Libro II). Pero en total apenas alcanzaría a la eliminación de un único capítulo largo (de unas 72 páginas). 

Me pregunto (aun cuando resulte legible) si leerá alguna vez todo esto.

NOTAS:

1) Con la intención de que la palabra se comprenda en sus antiguas significaciones, que continuaron hasta Spenser…, malditos sean Shakespeare y sus condenadas telarañas.

2) Aunque he pensado en ellas no poco

3) Concierne fundamentalmente, supongo, al problema de las relaciones del Arte (y la Subcreación) y la Realidad Primaria.

4) No es el Iniciador del Mal: la suya fue una Caída subcreadora, de ahí que los Elfos (los representantes de la subcreación por excelencia) fueran peculiarmente sus enemigos y el objeto especial de su deseo y su odio, y que también estuvieran expuestos a su engaño. La de ellos era una Caída a la posesividad y (en un menor grado) a la perversión de su arte para la obtención de poder.

5) En la medida en que todo esto tiene significación simbólica o alegórica, la luz es un símbolo fundamental de tal índole en la naturaleza del Universo, que apenas puede analizarse. La Luz de Valinor (derivada de la luz antes de que tuviera lugar caída alguna) es la luz del arte no divorciado de la razón, que ve las cosas a la vez de manera científica (o filosófica) e imaginativa (o subcreativa) y «dice que son buenas» … y hermosas. La Luz del Sol (o de la Luna) deriva de los Árboles sólo después de haber sido éstos mancillados por el Mal.

6) Por supuesto, en realidad esto sólo significa que mis «elfos» son una representación o aprehensión de una parte de la naturaleza humana, pero ése no es el modo legendario de hablar.

7) Existe en verdad como un poema de considerable extensión, del que la versión en Prosa que figura en El Silmarillion es sólo una versión reducida.

8) Su nombre es de origen anglosajón: eärendel, «rayo de luz», que se aplica a veces a 1ª estrella de la mañana, un nombre de conexiones mitológicas ramificadas (ahora en amplia medida oscuras). Pero eso es meramente una «nota erudita». En realidad, su nombre es élfico y significa el Gran Marinero o Amante del Mar.

9) Nombre que Lewis ha tomado de mí, y me es imposible prohibirle su empleo; lo escribe equivocadamente Numinor. Númenóre significa en «élfico» simplemente Oesternesse o Tierra del Oeste, y no se relaciona con numen «inmaterial» o n o u m e n o n. [Noumenon, forma neutra del participio presente de voélv (noein), «aprehender», «concebir»; concepto introducido por Kant, en contraste con «fenómeno», al que se le da la significación de «un objeto de intuición puramente intelectual, desprovisto de todo atributo fenoménico»]

10) Elrond simboliza la tradición antigua, y su cara representa la sabiduría común, la preservación reverente de todas las tradiciones referidas a la bondad, el conocimiento y la belleza. No es una escena de acción sino de reflexión. Es por tanto un lugar de paso para todos los hechos o «aventuras». Puede encontrarse en el curso del camino, pero quizá sea necesario tomar un rumbo totalmente inesperado. Así ocurre en El Señor de los Anillos: habiendo escapado Elrond de la persecución inminente del mal, el héroe parte en una dirección completamente nueva, decidido a enfrentar el mal en sus orígenes.

11) Se adopta el punto de vista (como claramente reaparece más tarde en el caso de los Hobbits que tienen el Anillo en su poder por un tiempo) de que cada «Especie» tiene sus esperanzas de vida, que se integran en su naturaleza biológica y espiritual. Ésta no puede incrementarse cualitativa o cuantitativamente; de modo que la prolongación en el tiempo es como estirar un alambre que se vuelve cada vez más tenso o «extender la mantequilla cada vez más delgada»: se convierte en un tormento intolerable.

12) En esta carta todavía era válido el desarrollo original de la historia de Númenor en el cual Tar-Calion (Ar-Pharazôn) era el decimotercer rey y no el vigésimo quinto, como pasó a ser después. 

13) Sólo en el tiempo transcurrido entre El Hobbit y su continuación se descubre que el Nigromante es Sauron Redivivas, que ha crecido de prisa hasta alcanzar forma visible y adquirir poder nuevamente. Escapa y vuelve a Mordor y la Torre Oscura.

14) Los Hobbits, por supuesto, representan realmente una rama de la raza específicamente humana (ni Elfos ni Enanos); de ahí que las dos especies puedan vivir juntas (como en Bree), y se llaman simplemente la Gente Grande y la Gente Pequeña. Están totalmente privados de poderes sobrehumanos, pero se los representa como en contacto más íntimo con la «naturaleza» (la tierra y otras criaturas vivientes, las plantas y los animales) y anormalmente libres, según lo que es corriente en los humanos, de ambiciones o la codicia de riqueza. Se los hace pequeños (tienen poco más de la mitad de la estatura de un hombre, Pero decrecen con la edad) en parte para exhibir la mezquindad del hombre, del hombre estrecho de miras y poco imaginativo, aunque no con la pequeñez ni el salvajismo de Witt, y sobre todo para mostrar en criaturas de muy escasa potencia física el asombroso e inesperado heroísmo de los hombres ordinarios «en casos de apuro».

15) En ningún sitio se explica plenamente el lugar de origen o la naturaleza de «los Magos». Su nombre, relacionado con los Sabios, es una anglificación de su nombre élfico, y en todo momento se emplea como enteramente diferente de Hechicero o Brujo. Se descubre finalmente que eran, como podría decirse en el contexto de estos cuentos, el equivalente más cercano de los Ángeles, Ángeles Guardianes. Sus poderes se centran primordialmente en alentar a los enemigos del mal, y estimular su ingenio y valor para que se unan y resistan. Aparecen siempre como ancianos y sabios, y aunque en el mundo ellos mismos sufren (enviados por las potestades del Verdadero Oeste), su edad aumenta sólo muy lentamente y sus cabellos grises apenas cambian. Gandalf, cuya función es específicamente vigilar los asuntos humanos (de los Hombres y los Hobbits), continúa su marcha a través de todos los cuentos.

16) La hostilidad de los Enanos y los Elfos (aun de los buenos), un motivo que aparece con frecuencia, deriva de las leyendas de la Primera Edad; las Minas de Moría, las guerras de los Enanos y los Orcos (trasgos, la soldadesca del Señor Oscuro) se refieren a la Segunda Edad y a principios de la Tercera.

17) Caliban es un personaje de la obra de teatro La tempestad (1611) de William Shakespeare.>>

Publicado por Somnia

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