Amor en tiempos de pandemia

Queridos somnianos:

La cosa no está fácil. Me refiero al tema amoroso, a la ancestral práctica consistente en encontrarse con otro ser humano por esos andurriales, tirarle la ficha, los tratos o la casa entera encima, bailar la coreografía impostada de la coquetería, representar un papel en esa recreación del movimiento de los astros y, al fin, rematar la faena por todo lo alto, o lo bajo. Ligar, en resumen, en serio o sin más pretensiones que pasar un rato. Da igual la intención última, pues quitémonos la careta: ambos sexos buscan lo mismo, y está en esta misma frase; la intención última a veces se transforma en primera, y de ella nace una nueva y más prolongada intención, un nuevo y más persistente sentimiento: el enamoramiento; he aquí la clave de todas las búsquedas. Sí, amigos, sí; todos queréis entrar en la churrería, comprar churros y chocolate y mojaros los morros con el dulce amargor del sagrado líquido. Pero, en el fondo, lo que buscáis es otra cosa. Lo que buscáis es el amor.

Ahora bien, seamos serios: el amor no se reduce a la coyunda. Hay amores muy distintos, y todos contienen una sublime gota de hermosura. Contemplemos también todos ellos en esta meditación, puesto que no hay más que una sola forma de representar el amor: con el corazón. Y del corazón nacen todas intensas brasas que incendian la vida: la familia, la amistad, la admiración, y cualquier otra forma de afecto que brotar pudiera del interior de este ser pequeño y sublime que llamamos hombre.

Pero la cosa está difícil, queridos somnianos. Y no porque haya menos personas, ni menos necesidad de amor, ni menos belleza, ni menos soledad. Está difícil porque hemos perdido el romanticismo. Ya definiremos el romanticismo, pero no caigáis en el error de identificarlo con la mera conquista sexual. Ser romántico es algo muy superior y más amplio. Esta es la tragedia de lo que hemos extraviado. Porque sí, amigos, lo hemos perdido, no tú o yo, sino la sociedad en general. No esas señoras que leen novelas de amor barato que siempre ocurren en lugares idílicos entre personas con historias personales rotas y perdidas, sino la sociedad en su conjunto. No lo han perdido esos privilegiados que siguen viajando en coches que no conducen, que siguen viviendo en mansiones junto a la playa o con piscinas lo suficientemente grandes como para recrear su propia playa, o que siguen cenando en restaurantes donde la luz es tibia, el ambiente es silencioso y la comida es deliciosa, escasa y, por supuesto, cara; sino la sociedad en su totalidad.

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¿Hemos abandonado el romanticismo? No del todo, al menos su recuerdo. Sigue ahí, en algún lugar de nuestra mente, pero oculto y aplastado. Por eso lo hemos perdido. ¿Sabéis cuándo se pierde una cosa? No cuando ha desaparecido, sino cuando ya no está ante nuestra vista. Quizás esté ahí, seguramente está ahí, pero no la vemos. A veces, incluso la tenemos delante de los ojos, pero no nos damos cuenta. La buscamos, tanteamos el terreno, pero no topamos con ella. ¿Dónde está? Nos ponemos nerviosos, nos volvemos locos, nos desesperamos. ¡La hemos perdido! Y, entonces, solo entonces, notamos que no está con toda la crudeza posible. Únicamente en ese instante percibimos la desgracia de su ausencia. Mientras tanto, no habíamos caído en la cuenta. A lo mejor esa cosa llevaba mucho tiempo perdida, pero nosotros creíamos que seguía ahí, en su lugar, disponible, accesible. Y cuando fuimos a echar mano, cuando acudimos al sitio donde nuestra memoria nos dictaba que estaría, segura y protegida, ¡voilà! Ni rastro de ella. Entonces, como decía Jesús, es el llanto y el rechinar de dientes.

Yo defiendo que hemos perdido el romanticismo como sociedad. Ya, ya sé, me diréis que hemos perdido muchas más cosas. Pero no seamos idealistas: muchas de esas cosas nos importan un pimiento en nuestra vida diaria, y solo nos acordamos de ellas cuando nos ponemos filosóficos. Mas el amor… ¿quién puede vivir sin él? Nos obsesionamos con él. Lo hacemos todo por él. Nos produce alegría, desazón, placer, miedos, angustia, sonrisas… y colma la vida, como el vino la copa, parafraseando a Tagore. El amor es el pensamiento universal, la preocupación psicológica principal de todos los seres de la tierra. Un niño querido no temerá nada. Un hombre amado perseguirá cualquier objetivo sin miedo. Un anciano apreciado no se sentirá solo. Un enfermo acompañado luchará y tendrá esperanza. El amor es la única conquista personal y comunitaria que nos aporta seguridad, estabilidad y fascinación al mismo tiempo. Solo el miedo puede comparársele en fuerza. Pero ni siquiera el miedo puede igualarlo en dominio, realización y nostalgia.

¿Qué pasa, pues? ¿Qué es el romanticismo? Es el enamoramiento del amor. Es el encantamiento del amor. Es la belleza del amor, de la conquista, de la belleza misma, que encandila el espíritu, que sojuzga el entendimiento, que encadena la apreciación y la sensibilidad, las cuales a partir de ese instante se entregan con placer y fruición a la búsqueda de la belleza en sí misma considerada, sin otra finalidad ni propósito, sin otra vocación ni querencia. El romanticismo está en las palabras, está en las formas artísticas, está en las preferencias estilísticas, incluso está en los gustos y los usos sociales. No es una simple tendencia al amor, ni una necesidad de él, atributos que pueden apreciarse incluso en el ser humano más frío y solitario de todos, puesto incluso él ama algo y se siente vacío cuando no es así; puede amar incluso la ausencia del amor, que no sino otra forma de amor por el amor. El romanticismo es mucho más, y por ello se define: es el gusto por lo desconocido, la búsqueda de la aventura, el diálogo de los seres en lo secreto, la cálida armonía de la elegancia y la amabilidad, la coquetería con sentido y dulzura, la memoria de las grandes gestas, la apreciación de la poesía y la música, el triunfo de las artes, el desecho del mal gusto y lo bajo, y la entrega a las pasiones con la energía de un terremoto y la educación de un aristócrata.

No hay romanticismo apenas en el siglo XX. Muchos menos en el siglo XXI, que es un siglo de ceniza, sangre y pancarta, por un lado; y por otro, de mitología, fantasía y evasión. No hay hueco para el verdadero romanticismo en estos tiempos. Las aventuras de Indiana Jones, las historias de mundos perdidos como King Kong, o las revistas pulp representaron la mayor aproximación al ideal romántico en los últimos tiempos, y ellas mismas son solo un pobre remedo del bestiario propio del romanticismo gótico, tardío y decadente que tanto atraía a la sociedad puritana, una especie de deformación del romanticismo en una época en la que aún los abuelos eran románticos, pero ya se renegaba de lo que ellos supusieron.

El romanticismo es ya tan ajeno a nuestra mentalidad que no lo entendemos. Es algo anacrónico. Es Larra. Es Espronceda. Es Bécquer. ¿Alguno de vosotros los ha leído? Estoy seguro de que no. ¿Sabe alguno por qué Bécquer padeció tanto y tan joven y cómo trató de escapar de la anodina vida cotidiana, y que no publicó nada, y tuvieron que ser sus amigos los que después de su muerte compilaran y editaran sus versos? ¿Alguno de vosotros sabe que Larra se descerrajó un tiro y se suicidó, él que se había hartado de poner negro sobre blanco los defectos de la sociedad en que vivía, con una acidez y una ironía que ninguno antes había sabido poner de manifiesto? ¿Alguno de vosotros ha leído los poemas de Espronceda, donde habla de la paz de los cementerios y celebra la locura y la embriaguez de una orgía, en una vida vivida sin sentido, siempre hacia delante, en la que solo queda el poso del dolor y la desesperación de la pérdida y del desamor? ¡No tenéis ni idea de romanticismo, del verdadero, del sentido y experimentado en la vida propia, ese romanticismo que obligaba a Bécquer a escribir versos en papeles de oficina!

Todo eso está perdido.

Pero no irremisiblemente.

Aún quedamos algunos a los que nos nace el alma desde lo profundo, y que pisamos la existencia con las botas del espíritu, y no con las veleidades, estrecheces, traumas y evasivas de la rutina, el oficio siempre activo, el cálculo de costes, el erotismo crudo, el refrito mental, la ignorancia letrada de los adictos a Google, o la torcida, monosilábica y estrábica expresión de la insensatez moderna, entregada a la adicción a la música de bote, la comida procesada y el ejercicio de salón.

¿Y qué ha tenido que ver la pandemia del Covid-19 con esto?

Hay mucho que decir sobre esto. Pero creo que todos lo apreciamos. Si algo nos ha demostrado esta pandemia, es que estamos expuestos al caos y la enfermedad, la decadencia y la muerte, de la forma más grotesca, pueril e invisible que pueda haber. Aquellos que amamos nos contagian de una enfermedad que muchos niegan y nadie conoce. O peor, nosotros contagiamos a aquellos que amamos, y perecen. Ayer estaban vivos y sanos; fuimos a verlos; los abrazamos; les hablamos… y fuimos la causa de su perdición. ¿No veis lo terrible de amar? ¡El amor ha sido la causa de muchas muertes! Una causa ciega, una causa involuntaria… pero causa, al fin y al cabo, por lo menos como motivación del acto terrible y prohibido de entrar en contacto y tocarse, y acercarse, y mirarse a los ojos. El virus ha entrado por la autopista del afecto. La muerte ha penetrado por la vía del cariño. Nos confiamos, creímos que nada pasaría, fuimos a ver a nuestros abuelos, a nuestros padres, a nuestros amigos, a nuestra pareja… y luego sobrevino el desastre, ante nuestros ojos atónitos, ante nuestra razón estupefacta. ¿Qué haríamos, si hemos vivido algo así? Si pudiéramos, ¿no mantendríamos la distancia, no negaríamos el amor, no renunciaríamos a la visita, al abrazo, al beso, para mantener con vida a aquellos que hicimos perderse para siempre en la fosa? Si nos dieran la opción de regresar a aquel maldito momento en que decidimos, ignorantes de las terribles consecuencias de nuestros actos, pasar el día con aquel abuelo, o comer con aquella amiga, o pasar a ver a aquel padre, ¿no daríamos todo por negarnos aquel día, y el resto de la pandemia, a verlos, a estar con ellos? ¡Claro que lo haríamos!

De esta forma, la pandemia nos ha enseñado que el amor puede ser peligroso, y que lo verdaderamente importante del amor no es la presencia, sino el pensamiento; este es lo que lo hace puro, incólume, valioso. Pensar a la persona amada, sabiendo que está ahí, aunque no esté con nosotros, pero que se encuentra bien, es la auténtica esencia del amor romántico. Hay algo aquí de lo que la tradición llamó amor platónico. El amor de la idea. El amor de lo puro. El amor de la existencia misma. El amor de la belleza. Esto, y no otra cosa, es el éxtasis, la esencia, la culminación del amor: amar sin esperar nada a cambio, amar incluso renunciando a estar con la persona amada, amar por la mera belleza de la idea de amar, y hacerlo sin remordimiento, sin renuncia, sin miedo a perderla.

Esto nos lleva a la idea de belleza. Todo se resume en ella. O la idea de bien, que es lo mismo, pero dicho de otra forma. Belleza y bien son las dos formulaciones de la misma realidad, igual que septiembre es parte verano y parte otoño, y hay días que no son ni una cosa ni otra, y las dos a la vez.

Pero de esto hablaremos otro día, os lo prometo.

Espero vuestros comentarios.

Publicado por Somnia

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