De nuevo Halloween. Memento mori

Queridos somnianos:

Esta noche es la Noche de Difuntos. Esta noche es Halloween.

Photo by Alberlan Barros on Pexels.com

Hace un año, amigos somnianos, apenas un año (aunque parezca tanto tiempo), publicaba aquí mismo un artículo sobre Halloween titulado «Halloween es literatura», que podéis leer aquí.

De aquel artículo, vamos a rescatar unos párrafos:

<<¿Existiría Halloween sin el relato, sin la literatura, impregnando cada una de las manifestaciones de lo horripilante, en cualquiera de sus formas? Evidentemente, no. Halloween no solo no existiría sin la gran mentira colectiva de la leyenda que se cuenta infinidad de veces y que se asienta en la gran verdad de la muerte, sino que ella misma es literatura. Y, por eso mismo, es tan atractiva. Aquí está su contradictorio éxito: parece celebrar lo peor de la vida (su fin, y expresamente su doloroso fin), pero en realidad se basa en su pura y absoluta existencia, porque la literatura siempre afirma lo que niega, lo quiera o no. Negando la vida, la afirma. Celebrando la muerte, exalta la vida. Imaginando el dolor, idealiza el placer.

En realidad, todo en Halloween es relato. No existen las brujas, no existen los fantasmas (al menos, no como los imaginan las historias, seguramente); no existen las calabazas ni los esqueletos parlantes, no existen los hombres-lobo, no existen los zombis (y menos si llevan raquetas o bailan rumba), no existen los monstruos que hablan, no existe Drácula, no existe Frankenstein, no existe la Momia… La imaginación domina el mundo. La imaginación mueve el dinero. La imaginación se enseñorea de la sociedad, que gira en torno a sus peores pesadillas y las toma como son: pesadillas, y se ríe de ellas, y hace fiesta con ellas.

Y luego dicen que los libros ya no son importantes… Pero yo os digo: la literatura está tan intrincada y mezclada con nuestra vida, que ni siquiera nos damos cuenta. Está ahí, como la sangre en nuestras venas; y nadie puede arrancarla sin arrancarnos una parte de nuestro ser, y quizás provocarnos un dolor terrible. Y quizás incluso esto fuera en vano, puesto que, después de intentar arrebatárnosla, al final de todo, solo lograría instalar en su lugar otras historias, otros nombres y otros sueños. La literatura lo es todo, estamos hechos del tejido del que se tejen los sueños. Incluso puede que nosotros mismos no seamos sino parte de una inmensa historia imaginada por alguien mayor. ¿Quién sabe?>>


Esto decíamos hace un año. Y nada ha cambiado. Veo con estupor ingenuo que el mundo de los hombres sigue sumido en el mismo relato inmarcesible e inabarcable, que todo lo domina, que está presente en todo hombre, dictándole lo que tiene que decir y hacer, dictándole cómo tiene que vivir. ¡Nos preocupamos tanto por naderías, mientras se nos escapa lo importante! ¡Pensamos tan poco en la muerte, y por eso también poco en la vida! Porque sí, amigos míos, la muerte es lo importante.

El sello de la muerte da valor a la moneda de la vida; solo lo que se puede comprar con la vida es verdaderamente valioso

(Los pájaros perdidos. Rabindrantath Tagore)

Por este camino de la vida, siempre lleno de ilusiones, como un sendero que transcurriera entre abismos en los cuales flotaran nuestros propios sueños y pesadillas, vamos andando los seres humanos, sin saber muy bien a ciencia cierta a qué atenernos. La muerte, siempre la muerte, y los sueños que acompañan a la vida, nuestra extraña percepción del mundo, nuestras creencias, a menudo aprendidas de otros, nuestras frustraciones y hasta nuestras mentiras propias, que consuman el ayuntamiento con nuestra memoria como un extraño simbionte que pudiera penetrar en su cautivo y cambiar su propia estructura interna.

Halloween es la forma que la cultura posmoderna tiene de actualizar el viejo dicho romano: memento mori. Cierto es que esta fiesta tiene orígenes en la Antigüedad y en que se afianzó y modeló en la Edad Media, bebiendo de las tradiciones celtas que suponían o integraban la Samhain o festividad de fin del verano. Pero no es menos cierto que hoy ya poco tiene que ver, salvo en la fecha y en los aspectos más tétricos, con aquellas celebraciones paganas. No es posible regresar al paganismo. El cristianismo lo imbuyó todo de tal forma, y la modernidad lo ha modificado todo de tal manera, que no queda nada de las viejas tradiciones, salvo la añoranza… y la muerte. Halloween sigue siendo una especie de comunión con los muertos, con el más allá, que se nos hace patente al menos una vez al año para que comprendamos que sigue estando ahí; lo cual, por otra parte, es una obviedad. Lo importante no es el recuerdo de la muerte, sino el mensaje que se transmite con ese recuerdo. Por eso Halloween suscita a la vez afición y rechazo, porque su mensaje sobre la muerte es puramente inmanente y está repleto de ese fatalismo de los pueblos del pasado, que parecían incapaces de escapar a la desesperación, aunque tocaran con los dedos, casi llegaran a agarrar, el báculo de la esperanza.

La vida y la muerte. Los muertos y los vivos. Halloween y Todos los Santos. La Noche de Difuntos y la Noche de Brujas. Paganismo y cristianismo. Modernismo y publicidad. Terror y fe. Diversión y patetismo. Todo se mezcla en una fiesta horrorosa y atractiva a la vez. No vamos a sentar aquí cátedra sobre su conveniencia o no, ni sobre su sentido histórico. Doctores tiene la Iglesia, que se decía antiguamente.

Yo la recuerdo comprando algún artilugio de disfraz, algún complemento de decorado, pero lo que más valoro de ella es tu toque puramente literario que tiene, pues en una noche como esta se cuentan más historias de terror que nunca. Esto no quiere decir que el resto del año no se cuenten; en realidad, más que contarse, se viven. Porque la vida en sí misma puede ser una historia de terror. Los que mueren en los hospitales, abandonados y sin remedio. Los que caen en las guerras. Las mujeres violadas o abusadas o agredidas de mil formas. Los niños que mueren en el vientre de sus madres. Los que viven una vida entera de enfermedad. Los trabajadores humillados, explotados. Los matrimonios rotos. Los hijos sin padre ni padre. Los ancianos que ya no tienen a nadie. ¡Hay tantas historias de terror que los seres humanos viven todo el año, todos los días! Pero estas historias no se cuentan. Es necesario que llegue una noche como esta, una noche especial, para que nos paremos un instante y nos estremezcamos ante el dolor, ante el mal, ante la soledad, ante la muerte, en formas grotescas, horríficas, tenebrosas, que nos asustan, pero que sobre todo nos tocan por dentro porque nosotros también somos grotescos, horríficos, tenebrosos.

Y con la muerte, la vida. ¡Yo quiero vivir! La noche de Halloween es para mí la impresión cercana y viva de que le tengo miedo a la muerte y que quiero vivir para siempre. Por eso tengo fe. O quiero vivir porque tengo fe, no lo sé. ¿Qué más da? El ansia de vivir está metida en mi alma, clavada, como una cruz en la tierra, en una tumba abandonada, pero real, sin que pueda arrancarla. El alma me pide vida. Reclama, grita, por una vida interminable. Y yo, que soy cristiano, pero que valoro lo que no lo es, porque para Dios todo lo humano es importante, aspiro a una vida en la eternidad y veo en la fiesta pagana de la muerte, en ese anhelo de reencontrarse con los muertos, un grito desesperado contra la muerte y a favor de la vida.

Cuando leo a los autores muertos, los leo como si me hablaran, todavía con la sangre corriéndoles por las venas, tan cercanos e íntimos como mi propia alma. ¡La vida! Siempre la muerte y siempre la vida. ¡Que vengan los muertos, yo los recibo! ¡Yo los invoco! Ellos, los santos, los héroes, los maestros, los modelos, los mejores, los que dejaron para la posteridad todo aquello que aprendieron y que merecía la pena conservarse. Como escritor, mis amigos son los muertos, y hablo desde mi mortalidad. Pues soy consciente de que, con la mejor de las suertes, los hombres me leerán cuando yo mismo ya me halle en ese otro mundo del que quisiéramos que nuestros seres queridos regresaran y que sigue siendo un enigma estremecedor para cada célula de nuestros seres.

¡No, no os opongáis que a los hombres hagan memoria de que son mortales! Porque el enigma de la muerte es lo único que da valor al sueño de la vida.

Echado está por tierra el fundamento

que mi vivir cansado sostenía.

¡Oh cuánto bien se acaba en solo un día!

¡Oh cuántas esperanzas lleva el viento!

(Garcilaso de la Vega, soneto XXVI)

Publicado por Somnia

Blog literario y magazine cultural

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