El hijo del rey

(Relato de amistad)

Todos los grandes hombres parecen estar rodeados de un aura de distinción que, a la larga, les deshumaniza. El paso de la historia, además, acrecienta la imagen de grandeza. Semejan entonces figuras de mármol que no hubieran tenido sentimientos, debilidades u obsesiones.

Sabemos que no es así. Conocemos la materia del hombre, y estamos seguros de que no está hecho de mármol. No obstante, a veces, al bucear un tanto la vida de un personaje del pasado, lo que descubrimos puede deslumbrarnos por inesperado. Esto acontece con la vida del rey David, el hombre que llevó la corona del pueblo de Israel.

En cierta ocasión, uno de sus hijos, todavía niño, le hizo una extraña pregunta:

-Papi -le dijo-, la nodriza me ha hablado de mi tío Jonatán. No lo conozco… ¿Quién es?

David lo miró pensativo y su respuesta fue un tanto esquiva.

-Era un gran hombre, hijo.

-¿Se ha muerto, papá? -preguntó el niño.

-Hace mucho tiempo, hijo mío -respondió el rey. -Mejor es no hablar de ello.

En ese instante, el hijo mayor del rey se acercó hasta ellos e intervino en la conversación.

-¡Vamos, padre! Cuéntanoslo. La gente nos habla de él y no sabemos quién fue. A mí me han dicho que no era en realidad mi tío, sino el hijo del rey Saúl.

-Ambas cosas, hijo mío, pues era, en efecto, descendiente de Saúl y, por tanto, príncipe de Israel; pero también mi protector, mi amigo y, por el gran afecto que me mostraba, un auténtico hermano.

-¿Qué pasó con él?

-Dejadme que comience la historia de nuestra amistad desde el comienzo…

-Sí, por favor, padre.

-Empiezo, está bien… Yo tenía muy pocos años, solo algunos más de los que tienes tú ahora, Salomón, y el doble que tú, mi pequeñín. El profeta Samuel me había bendecido, enviado por Dios. Y ordenó que me fuera junto al rey Saúl.. Nuestro Señor ya había previsto apartarlo del trono a su debido momento, aunque yo no podía imaginar lo que aquello significaría para mí, y lo que tendría que pasar por su voluntad.

-¿El rey Saúl quiso matarte? -preguntó Salomón.

-Al principio no -contestó David. -Supongo que le caí bien, y me tomó a su servicio. Quizás él creía que yo no era más que una marioneta de Samuel y que si no le daba más importancia pronto el pueblo se olvidaría de mí. Yo tocaba el arpa para él, pues tenía buena voz; le cantaba cuando se encontraba cansado. Luego, con el tiempo, aprendió a confiar en mí, al ver que yo me mostraba humilde, y comenzó a encomendarme misiones más importantes.

-¿Fue entonces cuando conociste a Jonatán?

-Exactamente, hijo. Tenía mi misma edad. Su padre lo amaba casi tanto como yo a vosotros. Enseguida congeniamos y nos confiamos nuestros secretos.

-¿Tenías secretos, papá? -Quiso saber Salomón.

-Los mismos que todos los jóvenes, hijo. Nada especial. Una joven que me gustaba. Un arma que quería comprar. O quizás un sueño de juventud. A menudo es más sencillo confiar tus secretos a tus amigos que a tus padres.

-¿Jonatán era bueno, papá? -preguntó el pequeño.

-¡Por supuesto, hombrecito! Era la persona más dulce y honesta que he conocido. Ojalá yo fuera como él. Si amaba a su padre con ternura, mucho amaba al Señor y sus preceptos. Y de no ser por él, su padre habría cometido actos mucho peores.

-Pero Saúl intentó matarte a pesar de todo -comentó Salomón. -Mamá nos lo contó.

-Sí, pero eso fue mucho más adelante. Al principio, creo que Saúl tomó todo aquello como una broma, como una tontería de un viejo loco, y consideró que Samuel solo era un falso profeta. Aun así, aceptó que yo me quedara en la corte porque era un joven apuesto y, como os dije, le caía bien.

-Entonces, ¿por qué cambió de opinión?

-Supongo que fueron los acontecimientos mismos, hijo. La credibilidad de la profecía de Samuel estaba unida a mis propias capacidades; y conforme el Señor me fue coronando de éxito en variadas misiones, Saúl se fue convenciendo de que Samuel no mentía ni jugaba. Yo me convertí entonces en un peligro para su trono, aunque nunca tramé nada personalmente contra él. ¡Es normal que pretendiera ensartarme en la pared!

-Pero ¡se oponía a la voluntad de Dios! -exclamó Salomón.

-Él creía que todo era un ardid tramado entre Samuel, mi padre y yo -respondió David, con mucha calma. -No podía entender que Dios lo hubiera rechazado. Al fin de cuentas, era él mismo quien lo había consagrado y elegido. Lo cual debe enseñaros una cosa, hijitos (esto lo dijo acariciando el pelo de su pequeño retoño): todos los actos tienen consecuencias, sean buenas o malas.

Al decir eso, su hijo le cogió la mano, y la apretó, haciéndose el fuete, y riendo. Él lo tomó en brazos y lo sentó en sus rodillas.

-Entonces vuestro tío Jonatán se convirtió en mi protector. Primero convenció a Saúl que era mejor tenerme como aliado que como enemigo. Y Saúl, queriendo ganarse i afecto, me ofreció en matrimonio a Mical, hija suya.

-Entonces ya sí que Jonatán era tu hermano de verdad, padre.

-Exacto, Salomón. Fue una idea muy buena. Pero a pesar de ello, ya Saúl estaba dominado por la locura, y ni si quiera el hecho de tenerme por yerno frenó sus raptos asesinos.

(continuará)

Publicado por Somnia

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