Capítulo XX de Canción Eterna

Queridos somnianos:

Hoy os traigo un documento extraño y curioso. No sé si a vosotros os ha pasado alguna vez, pero yo me he preguntado muchas veces si esos grandes escritores que tanto admiro redactaban sus textos de una vez, digamos todo de corrido, y luego los corregían, o si quizás nunca los volvían a tocar, una vez escritos; y cuáles serían las diferencias entre las primeras versiones de sus textos y las definitivas que resultaban publicadas. ¿Nunca lo habéis pensado?

Voy a responder a esa pregunta, al menos en lo que toca a mí mismo. Por eso, hoy os traigo, como os he dicho, algo especial y curioso. Se trata de la versión originaria de uno de los capítulos de Canción Eterna, que luego sería corregido y modificado en la versión impresa. Si tenéis esta, podréis apreciar mejor los cambios y hasta los errores (que los hay). No todos los escritores se prestan a un ejercicio como este, ¿eh? Yo os reto a que encontréis las erratas y que me digáis que modificaciones se pueden comprobar que finalmente tuvo el texto. En el manuscrito originario, este era el capítulo XVIII, pero terminó siendo el XX, porque inserté dos nuevos antes de él.

Personalmente, es uno de los capítulos que más me gustan de Canción Eterna. Cuenta tres historias a la vez. ¿Sois capaces de advertirlas?


<<Los días pasaban despacio en el castillo, y Dik se sentía más encerrado que protegido. Poco a poco las guardias se hicieron más tensas, poco a poco llegaron más refugiados, poco a poco las noticias eran más negativas. A él nadie le decía “haz esto” o “haz lo otro”, pero tampoco nadie se ocupaba de él. Desde que su padre se había marchado, no tenía a otra persona con quien pasar los días, que no fuera el anciano monje. Y aunque hubiera preferido estar con la princesa, con quien le unía además la afinidad de la coetaneidad, la joven permanecía encerrada en sus habitaciones, con la sola compañía de sus criadas y de su madre, la reina. Varios guardias impedían el paso a todo aquel que fuera ajeno a la intimidad de la princesa. Podía burlarlos o podía evitarlos, tomando caminos más difíciles (escalar nunca se le había dado mal del todo); pero ¿de qué hubiera servido, una vez llegado ante ella? La joven lo miraría con curiosidad, mas también con desprecio. Ella ni siquiera se había fijado en él. Era probable que ni siquiera se acordase de su nombre.

¿Qué podía hacer para matar las horas? Decidió leer un poco. No era precisamente su ocupación preferida. Él era un hombre, hijo de un señor de Albia, príncipe con señoríos y poder, servidor del rey de Somnia, escudero todavía, un día caballero, creyente de los verdaderos dioses, un guerrero, un luchador, un capitán. No obstante, su padre le había enseñado a leer, personalmente, y se había encargado de su educación, con la ayuda posterior de un criado que había crecido en un templo. Siempre había querido que no solo supiera manejar el arma, sino que pudiera descollar entre los demás jóvenes de su edad por sus conocimientos. “Si eres listo, además de valiente, tu rey y señor te elegirá para su servicio personal, por delante de otros”, le había dicho en una ocasión.

Cierto era que no había ejercitado mucho la facultad de leer en los últimos tiempos, pero había hecho estúpidos intentos de escribir una carta de amor, y también algunos versos apasionados. El fuego los había consumido a ambos, no tanto por desprecio o insatisfacción con su calidad literaria, como por miedo a que alguien los leyera. Se sentía desvalido y desnudo en tales escritos; imaginaba que había cogido su corazón, lo había sacado de su pecho, lo había abierto como una pipa de girasol, le había arrancado su interior más valioso y lo había expuesto ante la mirada de todos, sin tamices ni cortinas ni intermediarios. Aquellos inventos suyos habían visitado el fuego consumidor tan rápido como la tinta se había secado. Y habían ardido con fuerza en la chimenea de su habitación, crepitando y elevándose como su propio amor.

La biblioteca estaba abierta y nadie la custodiaba. Era extraño porque contenía textos muy antiguos, que valdrían una fortuna. Dik aprovechó la ocasión para adentrarse en aquel ambiente oscuro y seco sin tener que dar explicaciones a nadie. Si era raro que nadie estuviera en la puerta, más raro podía resultar que un escudero visitara una biblioteca. Los demás escuderos se pasaban los días sirviendo a sus señores, entrenando con espadas romas, haciendo tareas de todo tipo, normalmente las que requerían de mucha confianza y mucho secreto, y cuando estaban libres, bebiendo, riendo y perdiendo el tiempo con otros escuderos. Pero no había ninguno más en la fortaleza. Solo él. Así que los libros podían ser una interesante compañía, o no. Todo dependía de los libros que encontrara.

Allí había de todo. Cientos de manuscritos copiados durante años en aquel lenguaje tan complicado, compuesto de signos que a él le había costado muchas lecciones aprender en toda su extensión. Puntos, incisiones, pequeñas rayitas de tinta, dibujos que semejaban animales o personas o astros, todos aparentemente formando una amalgama sin sentido, pero que en realidad transmitían un mensaje, oculto en su ordenado caos. Cientos de manuscritos depositados sobre estantes polvorientos, amenazando caerse a cada instante, pero inmóviles a pesar de todo; carentes de vida, pero continentes de conocimientos y saberes, y quizás narraciones que pudieran hacer las delicias de un muchacho como él. Todo estaba cubierto de una capa fina de polvo, hacía mucho tiempo que nadie se ocupaba de limpiar la estancia. Los muebles, dispuestos para que quien fuera pudiera leer los textos abriéndolos sobre mesas amplias de piedra, y con grandes y ornadas sillas como guardias impasibles, mostraban la languidez de un largo sueño. Sobre las mesas, había varios manuscritos abiertos, abandonados.

Dik se acercó a uno de ellos con cuidado para que la vela que llevaba en la mano no quemara aquel material tan delicado. La luz que entraba por los ventanales altos permitía moverse con facilidad entre los objetos, pero la letra escrita era tan pequeña y estaba tan gastada que era necesario acercar una llama para poder interpretarla. Lo único importante era que la cera y la llama no se derramaran. Inclinado sobre el manuscrito, Dik comenzó a leer con cierta dificultad:

“Grande es Anup y nada hay fuera de él que pueda o deba ser conocido. Grandes son sus obras, infinita su sabiduría. Su mente todo lo penetra, su voluntad todo lo vence, puso por obra sus designios. En el principio, cuando ni siquiera había principio, estaba Él. ¿Quién le mostró el camino? ¿Quién le dijo: haz esto o haz aquello? Su sabiduría está por encima de los hombres; sus planes son misteriosos, no son como los planes de los hombres, siempre torcidos, siempre egoístas.

Grande es Anup y en él reside la soberanía. El hombre no puede nada por sí mismo, si Anup no se lo permite, si Anup no se lo manda. Por eso, no juzgues a tu hermano, pues si comete el mal, es que Anup se lo permite. Él sabrá por qué; no pretendas conocer sus planes. Pues su mente nadie puede abarcarla ni sus planes nadie puede comprenderlos.

Tomó del elixir de la vida antes de que ninguna otra vida existiera. Creó la luz de un rayo de su propio corazón, antes de que nadie supiera siquiera qué es la luz y qué es la oscuridad. Por eso, todo el que es de la luz ama a Anup; porque la luz nació de su propio corazón.

No hay tiempo fuera de Él: Él es el tiempo. Él es el bien. Él es la vida. Él es la verdad. Todo lo que el hombre desea vanamente en esta vida, es perfecto y real en Anup. Para los hombres, no puede haber en este mundo mayor bien que participar en Anup. Por Él, todas las cosas son bendecidas.

¿Creéis que sabéis algo? Es porque Anup os lo ha inculcado. ¿Creéis que podéis algo? Es porque Anup os lo ha otorgado. ¿Creéis que tenéis vida? Es porque Anup os la ha insuflado. Nada existe fuera de él. Nadie vive fuera de él. Él es el agua en que los peces que somos nadamos, de la que respiramos, de la que nos alimentamos. Está por todas partes, aunque nos hayamos acostumbrado de tal manera a su presencia, que ya no seamos capaces de advertirla. Anup es el Dios escondido. Es aquel que deja su universo, que El creó, para que nosotros tengamos un patio de recreo. Por eso mi deleite son las obras de Anup, que están repartidas por el mundo entero. Suyas son tanto la bella mariposa como la astuta serpiente; tanto el fiel perro como la sanguinaria araña que acecha en la noche.

En la retirada del poder de Anup, como el deshielo que produce ríos y pantanos, surgió la vida, de las semillas que su presencia fue dejando sembradas, para que florecieran en tiempo favorable, para que germinaran en tiempo provechoso. Esas semillas somos nosotros, que llevamos en nuestro corazón la imagen de nuestro creador. Somos nosotros, hombres mortales, y todas las cosas mortales e inmortales que ha habido, que hay y que habrá. Porque una cosa es segura: el universo es mayor de lo que el hombre puede entender. Se extiende hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados, hacia fuera y hacia dentro. Lo habitan seres de todo tipo y condición y naturaleza. Y todos surgieron porque Anup los concibió en su seno y dejó en la creación la semilla de su ser. Uno fue el acto de la creación; múltiples, sus frutos.

Pero la ausencia de Anup no es un alejamiento, sino para aquellos que lo aman. Por eso, estamos llamados a entregarnos a su bondad y fundirnos con Él. En su alma hemos sido creados como almas amantes. Y los demás dioses no son sino una faceta de su ausencia, una semilla de su futura unidad”.

Hasta aquí leyó Dik. La lectura era hermosa, pero acababa resultando algo empalagosa. Dio la vuelta al rollo buscando el título del texto. El Libro de las Canciones Prohibidas. Lo conocía: era un viejo texto espiritual que muchos leían en los castillos o en los templos.

Pero la espiritualidad no era lo suyo. Creía en los dioses y adoraba a Anup y a otros en las grandes fiestas, por supuesto. Así se lo habían enseñado y no lo ponía en duda. Mas era joven y estaba a la vez enamorado y desesperado y aburrido. Y un espíritu joven puesto en esta tesitura busca más el entretenimiento que la meditación. Por eso se movió de mesa y buscó otro rollo.

Extendió sus bordes y dejó la vela cerca. Comenzó a leer. ¡Aquello era otra cosa! Reconoció enseguida uno de los nombres. ¡Yilga! Se trataba del héroe mitológico que fundó la dinastía Sum, los reyes antiguos que fundaron Albia cuando la tierra estaba sumida en tinieblas, y levantaron las murallas blancas como la leche, que reflejaban la poca luz como un poderoso faro, para guiar a los perdidos hacia el orden y la civilización. Fueron ellos los que trajeron al mundo la escritura, la rueda y el cultivo de plantas que dan alimento a hombres y a animales. Dik se enfrascó con ardor en la lectura:

“Entonces Yilga vio las hordas de los guerreros-sombra que los dioses habían enviado sobre Inkumanú, su amigo, que rodeado de enemigos seguía luchando, hacha en mano, subido a una montaña de cadáveres, con el rostro, el cuello y los brazos manchados de sangre. Yilga azuzó a su caballo, pero aún estaba lejos y muchos enemigos se interponían entre su amigo y él. El resto del ejército había muerto, pues nadie podía oponerse a los guerreros-sombra, salvo Yilga e Inkumanú.

Aquellos guerreros-sombra eran las almas malditas de todos los guerreros caídos en batalla, que habían ido a parar al Heelmen, el lugar reservado para las almas sangrientas; ya no conservaban su propia voluntad, pero sí el aspecto que tenían cuando murieron. Yilga e Inkumanú mataron allí a muchos grandes guerreros que las historias aún recordaban, y a muchos otros que ya no eran nombrados. Pero reconocieron sus rostros. Y por eso ambos lloraban, pues para salvar la vida tenían que volver a matar a hombres grandes, a caballeros renombrados y famosos de probada maestría.

Inkumanú luchó como nadie había luchado hasta entonces. Luchó con un corazón de montaña y un brazo de tormenta, y en sus ojos había el fuego de un volcán, pero sus enemigos iban cercándole, cada vez más solo, mientras sus compañeros caían a su alrededor, subido en la cima de una colina creada con los cuerpos de quienes caían bajo su hacha. Yilga, acorralado por todas partes, olvidaba el peligro que corría su vida para ir a socorrer a su amigo. Pero finalmente los guerreros-sombra cayeron sobre Inkumanú y ya no hubo más amigo para Yilga, y no hubo más canciones ni fiestas ni abrazos, pues su amigo había muerto bajo los filos sombríos de aquellas almas malditas que los dioses habían enviado contra él. Y todo por culpa de Yilga, ya que había sido él quien se había rebelado contra los dioses, quien había sacrificado el toro sagrado para satisfacer su propia mesa en lugar del ara divina; quien había retado a los dioses a enviar una plaga que pudiera acabar con la prosperidad de su ciudad. Inkumanú, el amigo fiel, había perecido y se había unido a los guerreros-sombra, como un condenado más.

Yilga vio que Inkumanú se lanzaba a carrera contra él, atropellando a sus recientes aliados. Sintió por primera vez el temor, pues conocía el terrible poder del brazo de Inkumanú. Pero lo que más temía era tener que matarlo él mismo de nuevo, para salvar la propia vida; pues amaba a su Inkumanú sin límite. Huyó, pues, del campo de batalla, y puso largas leguas entre su amigo muerto y su propia espada.

Así acabó la batalla de los dioses. Yilga desterrado y desposeído de la soberanía de sus reinos, oculto en los desiertos, comiendo saltamontes, serpientes y escorpiones, durmiendo bajo las estrellas lejanas, tiritando de frío y de soledad. Su ciudad había sido devastada. Los palacios donde un día se solazó y en los que recibió a los reyes y señores de todo el mundo, destruidos y pasados a fuego. Las riquezas y piezas de oro que había acumulado a lo largo de los años, saqueadas. Sus criados y esclavos, muertos o secuestrados. Todos sus familiares, incluso sus hijos, asesinados o perdidos. Sus esposas, denigradas o enterradas. Yilga lloró su pérdida durante muchas lunas. Pero la pérdida que más lloró fue la del amigo fiel, por quien la ciudad de Eal se había unido a su guerra, que ahora vagaba quizás por el mundo buscándolo, como animal hambriento, intentado devorarlo.

Por años cuya cuenta nadie conoce, Yilga deambuló bajo las estrellas lejanas, y sobre desiertos cada vez más áridos. Las montañas de arenisca eran su morada. Las dunas, sus únicas compañeras. En manantiales escondidos profundamente en la tierra, que nadie más conoció, calmaba su sed. Y bajo rocas que amenazaban caerse con la brisa de la mañana tomaba la sombra, para aliviar el calor sofocante. Su nombre cayó en el olvido. Su recuerdo se perdió en la oscuridad. Solo algunos guardaban memoria de lo que fue, memoria de lo que hizo, de sus pecados y de su grandeza.

Incluso él mismo perdió los recuerdos.

Un día sintió los rigores de la senectud, y percibió con claridad cómo la vejez se filtraba poco a poco por los poros de su piel, como un humo invisible que se apoderara de sus pulmones y lo ahogara. Sus miembros, otrora poderosos como para matar un caballo con su puño y para escalar montañas con la facilidad con que otros se sientan a la hora de la cena, se quejaban ahora por el mínimo esfuerzo y habían permutado su vigor indomable a cambio de la molicie y el silencio. Entonces algo prendió dentro de él y sintió añoranza por el pasado y su grandeza; y tuvo de nuevo deseos de vivir. Rememoró las riquezas de su casa y los honores que todos los pueblos del mundo le tributaban. Recordó el olor del pelo y el color de los ojos de sus esposas. Vino a él la sensación de tener a sus hijos pequeños en sus fuertes brazos, recién nacidos a este valle de dolor. Y se incendió por última vez su corazón en ansias de vida y de amor, de felicidad, de hombría y de lucha; y clamó a los dioses por su crueldad y pidió que apartaran de él la condena de la desesperada, necesaria e inevitable senda hacia la consunción, el cansancio y la desaparición a causa de la ancianidad, mal que a todos nos espera y que a todos nos humilla. Solo el hombre, entre todos los seres, queda convertido en su vejez en una caricatura de lo que fue en su edad adulta, más lento, más bajo, más débil y finalmente, anhelando que llegue la muerte para poner fin a la imparable pérdida en medio de la vida.

Entre los dioses, Yilga aún tenía aliados. A muchos había ofendido, sin duda, pero no todos eran rencorosos. Y algunos todavía amaban la magnífica figura en que aquel hombre se había convertido. Fue así como sus oraciones y sus lágrimas llegaron a lo alto, a oídos de Maenah, diosa del consuelo y compañera de las viudas, los desdichados y los moribundos. Por eso se presentó ante su padre Anup, que reposaba en su trono sagrado, en el límite del mundo, y le dijo apenada pero llena de valor:

– Padre, escondes tu rostro y tapas tu oído ante los llantos y las lamentaciones de ese gran hombre que fue Yilga, hacedor de reinos, conquistador de largas tierras; y dejas que se consuma lentamente en la ancianidad y la soledad, para así aplacar tu justicia con su vejez, que se le hace cada vez más pesada. Pero ¿no tendrás piedad tú de ese pobre mortal?

A lo que Anup, despertando de su siesta, respondió:

– Maenah, hija mía, despertar a un dios que duerme poco por una razón tan insignificante es demasiado atrevido. Aparta de mí esas peticiones y abandona tu propósito. Yilga es pasado. Está viejo y pronto morirá. Para eso lo hicimos mortal cuando lo concebimos. Es cierto: ascendió y se hizo el mayor de los hombres nacidos de mujer. Mas ha llegado su hora, pues la Necesidad es una diosa implacable. Si ella no gobernara todas las cosas, sería el caos de nuevo. Ha de prepararse para volver a mí.

– Padre, tú lo puedes todo -insistió Maenah, de rodillas ante el trono-, y estoy segura de que tendrás compasión de mi medio hermano. Hallarás en tu corazón amor para privarle de sus dolores y su destino aciago.

Intervino entonces el dios de muchos rostros, hijo de la noche, amante del caos, agente de la destrucción, que gustaba sentarse a los pies de Anup, contándole historias para divertirle. Siempre enemigo de los hombres, a quienes consideraba débiles y estúpidos, no perdía ocasión de procurar su ruina y hablar en su contra. Vástago de Anup con la noche eterna, es multiforme y astuto, y se disfraza de bien y de rectitud, a pesar de ser de corazón oscuro. Es conocido por los hombres y otras criaturas por muchos apelativos y nombres: Tulil, Peifón, Grunf… Pero en Sum se lo conocía como Amhesmu, nombre que conserva todavía entre quienes lo recuerdan.

– ¡Es hora de que ese pecador pague por sus pecados, Padre! -dijo el dios, riendo con malicia-. Todos los hombres son mortales, y nadie puede oponerse a esa ley. Lo que tras la muerte les espera, según el peso de sus corazones, nadie entre ellos puede saberlo. Pero perdurar eternamente no les es dado a ellos, ni tampoco a nosotros los dioses nos está permitido concederlo. Además, Padre, acuérdate de todas las almas inocentes que ese brazo belicoso envió, antes de su hora natural, al seno del abismo, donde penan en un eterno descanso sin alegría, por culpa de la ambición desmedida de este hombre que se creyó un dios. Ha de recibir su justo castigo. Mi hermana, creo, suplica por él porque una vez se enamoró de su bello rostro, y está turbado por eso su entendimiento divino.

Maenah no se dejó amedrentar por el violento discurso de su hermano.

– Grandes males deja tras de sí, en ocasiones, quien desea hacer grandes bienes y construir grandes obras. ¿No son acaso necesarios miles de trabajadores cuando un rey quiere construir un palacio cuya magnificencia, belleza o fortaleza serán la admiración de los tiempos venideros? ¿Se le culpará y se tendrá en su contra que algunos de esos trabajadores murieran en la construcción? ¿No tendrá acaso su legado un valor mayor que perdurará en la historia y hará grande su nombre, inspirando a otros hombres y llenando de estupor y deleite a generaciones enteras? ¿Acaso no vale eso los pequeños errores que pudiera haber cometido? Pues de la misma forma esta gran alma, en su conquista del mundo, pudo haber caído en pecados, mas no pesan éstos ni la undécima parte de lo que pesan sus logros, y la iridiscente figura que deja tras de sí y que habrá de alumbrar a la humanidad durante milenios. Porque él será grande para otros hombres, tú lo sabes, Padre. Y aún lo será más y ejercerá para ellos un ejemplo más vivificador, si conservas en tu interior amor para este insigne hijo y concedes que pueda escapar a la miseria y la humillación de la vejez y la desaparición por ancianidad.

– Amor hay en mí, Maenah -terció Anup-, pero no escucharé tu súplica. ¡No pongas esa cara ofendida! Cierto es que mucho bien podría su recuerdo hacer a la humanidad en el futuro; y mi poder no ha de violentar ese suceso. Cierto es que cometió grandes males, pero no menos cierto es que alcanzó inmensos logros. Tuvo orgullo y se levantó contra los dioses, pero reconozcámoslo: mientras los hombres sean hombres, se rebelarán; está en su naturaleza. Les dimos la libertad: ahora hemos de aceptar que la usen contra nosotros. Sin embargo, lo que pides no puede concederlo por mí mismo. No puede violarse la ley de los mortales por uno solo de ellos, ni siquiera por el más poderoso y famoso de los reyes caídos en desgracia. Todos los hombres mueren. Todos los hombres envejecen si no mueren antes por enfermedad o accidente o herida. Y la vejez los lleva a la tumba. Ni siquiera por ti puedo violar la ley de la mortalidad ni privar del sufrimiento a Yilga, pues el sufrimiento no es una prueba ni un regalo ni un castigo, sino un producto de la ley de la Necesidad, que mira con ojos ciegos a todos los mortales. Solo uno, de entre todos los nacidos de mujer, ha escapado al hado de los sometidos a la carne.

– ¿Quién fue, padre, ése de quien hablas? Sorprendida me hallo de tu revelación.

– Tiempo ha ya que se le concedió el don de escapar al castigo del Diluvio, en una era que los hombres ya solo recuerdan como leyendas. Su nombre es Napist, y fue el hombre más piadoso y bondadoso que encontré sobre la faz de la tierra; el único adicto a mis mandatos, el único caro a mi corazón. Por él, salvé a la humanidad entera, y le concedí aquello que tú hoy me pides. Pero lo envié a vivir tan lejos y tan protegido que ningún otro ser humano, fuera de su propia familia, que lo acompaña, supiera de su existencia y pudiera conocer el secreto de la inmortalidad. Pues si ellos lo conocieran, amada mía, pronto todos escalarían las montañas de nuestra morada y vendrían a aposentarse bajo nuestras balaustradas y dinteles, esperando habitar estas moradas eternas.

– Oh Padre, bienaventurado aquel que sigue tus preceptos. Entonces sé que no tengo nada que hacer aquí y que mi súplica no ha sido atendida. Pero no me molestaré, sino que aprenderé más de aquel a quien llamas Napist, y procuraré asistir a los hombres mejor a partir de ahora, para que no abandonen tus caminos.

– Hija -le dijo Anup-, siempre fuiste inteligente y sabia. Toma mis palabras y actúa en el sentido en que creas conveniente. Pero no me acuses a mí de tus decisiones.

Anup calló y se recostó de nuevo en su trono, y se durmió con la misma rapidez con que se despertó. Amhesmu se convirtió de pronto en serpiente y desapareció tras las escaleras que subían al trono.

Maenah se alejó de Anup y atravesando el espacio infinito y las blancas y espesas nubes, se presentó ante Yilga en forma de joven hermosa y bella que conducía un rebaño de ovejas, todas ellas inmaculadas como la nieve y bien nutridas. Se presentó ante Yilga cuando éste descansaba en el oasis de Mbré, en medio del desierto, a la hora en que las cigarras cantan en las ramas de los árboles, cuando el mundo parece hervir y el aire es del color y el tacto de los sueños. Yilga la vio desde lejos y le hizo señas. Cuando se hubo acercado lo suficiente, Yilga le dijo:

– Si he hallado gracia ante ti, no pases de largo sin compartir el agua y la comida con este pobre anciano.

Ella se sentó a su lado y bebió agua de su odre de piel de buey; y comieron dátiles secos. Y durante un buen rato estuvieron sin decir nada, entre el silencio del desierto, el viento entre las dunas y las palmeras, y la cigarra cantarina.

– No quiero morir -musitó Yilga bajo la sombra-. Sé que todos los hombres han de traspasar esa puerta, más allá de la cual nadie ha vuelto, pero mi corazón se niega a abandonar estos lugares y esta carne. He rogado a los dioses día y noche, con lágrimas y ayunos. Creía que no sería escuchado. Ya noto los años pesar sobre mi esqueleto. He aprendido a lo largo de mi vida que, cuando un hombre nota ese peso, suele quedarle poco tiempo. ¿Cuánto me queda a mí? Y sobre todo, ¿cómo puedo escapar a este destino?

La diosa se apiadó entonces de él y comenzó a sollozar mientras le hablaba con ternura:

– En verdad has tenido una vida larga y extrema. Pero en todos tus años nadie te ha contado que tienes más que ver conmigo de lo que crees. Yo soy Maenah, diosa del dolor y del consuelo, de la desdicha y del descanso, y he unido mis oraciones a las tuyas para que el Padre de todos te conceda el don de la inmortalidad. Esta es la respuesta, Yilga. Yo soy la respuesta.

– ¿Entonces es cierto? -exclamó Yilga cayendo de rodillas ante ella, exhalando gemidos y llorando como si fuera un recién nacido-. ¿Entonces es verdad que hay un secreto para vivir para siempre y que, después de tanto sufrimiento, y de perder a todos los que amaba, los dioses se han apiadado de mi carne y de mi espíritu contrito, y van a concederme el deseo de mi corazón?

Ella le cogió las manos.

– Yilga, nuestro padre Anup no quiere violentar por sí mismo lo que el Destino ha querido para todo ser humano. Los hombres son mortales. Esta es la ley. Da igual su nombre, su origen, sus merecimientos o sus pérdidas. Todos los hombres han de morir. Así está escrito. Mas hubo uno que no murió; y por él, sus hijos y su esposa, y las esposas de sus hijos. Ese hombre aún vive, en algún lugar escondido y fuertemente guardado, por orden de mi padre. Se llama Napist. Él sabe cuál es el secreto de la inmortalidad. Sobrevivió al Diluvio que mi Padre ordenó. Desde entonces vive con su familia, y nadie conoce la cuenta de sus años. Búscalo, encuéntralo y aprende de él el secreto para no morir. Si lo logras, serás inmortal. Es todo lo que he podido sacar a mi Padre.

– Pero ¿dónde está ese Napist? ¿Cómo lo encontraré? Soy viejo ya, mis miembros se cansan con facilidad y son lentos. ¿De dónde sacaré las fuerzas para esa búsqueda? ¡Oh en realidad los dioses son crueles si así me dan lo que deseo sin otorgármelo!

– Los dioses dan con una mano y quitan con la otra, Yilga. A estas alturas deberías saberlo. Pero consuélate: al menos tu grandeza pasada ha arrancado un rayo de piedad del corazón de Anup. Con ningún otro hombre habría revelado quién posee el secreto de la inmortalidad.

– ¿Qué haré? ¿Por dónde empezaré?

La diosa lo miraba con ternura.

– Ciertamente he pensado en ello. Regresa a tu ciudad. Busca en la Gran Biblioteca. Allí quizás encuentres algún resto que contenga el viejo relato del Diluvio. Y quizás en ese resto halles la pista que buscas para empezar. Pero no será ésta la única ayuda que te preste. Toma este objeto -era duro, pequeño, frío, negro y sin embargo brillante, y se lo puso al cuello con una cadena que traía-. Se lo robé a mi Padre mientras dormía. Pero tranquilo, no creo que se enfade. Él nunca hace nada en vano. Este objeto que cuelga de tu cuello te dará energía y te protegerá frente a los maleficios y hechizos indeseables. Pero es mucho más que eso: es el Guardián de los Dioses, el Teoz. Cuando más lo necesites, vendrá en tu ayuda en una forma que nadie puede prever, pues es diferente para cada ser que lo empuña. Háblale, trátale como a un amigo, para que te conozca y pueda asistirte en el momento del peligro, en un modo adecuado a tus circunstancias. Pero sobre todo no permitas que se te extravíe.

– El Teoz -musitó Yilga mientras lo acariciaba junto a su pecho-. El Guardián de Dioses. ¿Guardará a un mortal?

– Tú eres mucho más que un mortal, Yilga -le dijo Maenah-. Pase lo que pase, nadie borrará tu memoria jamás. En esto, quizás seas más privilegiado que los propios dioses.

Dicho esto, la joven desapareció, y con ella el rebaño de inmaculadas ovejas que pastaban junto al oasis. Yilga miró en su zurrón y lo halló lleno de provisiones para el camino. De modo que se levantó, aunque era lo más riguroso de la tarde, y se puso en camino, con la ayuda de su cayado. Se dirigió a la antaño poderosa ciudad de **”.

En ese momento, sonó la campana que llamaba a la comida. Dik salió de sus ensoñaciones. Sus tripas emitieron los rugidos de rigor. Se desperezó y se dejó llevar lentamente por sus pies hacia el comedor. Comió a toda prisa, por las ganas inmensas que tenía de seguir leyendo la historia del famoso Yilga. Muchas veces había escuchado el relato de sus aventuras, pero ahora que tenía ante él la narración completa, veía que era mucho más oscura, más íntima y más dramática de lo que había imaginado. Antes se le figuraba como un héroe grandilocuente e invencible que se proponía, como último reto de su vida de héroe, alcanzar lo que ningún otro había logrado, y conquistar de esta forma la inmortalidad. Yilga, empero, era mucho más que eso. Era un hombre sumido en la desesperación, un rey caído y desposeído de su poder, un guerrero vencido que huía para salvar su vida, y que había dejado atrás solo un mundo plagado de cadáveres, ruina y abandono. Aun así, no había perdido un último reducto de esperanza. Y de las cenizas de su vida, cuando todo parecía perdido, había resurgido como un fulgurante relámpago de valentía, honor y grandeza.

De alguna forma, Albia era Yilga. Lo supo de repente. Como se saben las cosas importantes en la vida. Sin intermediarios y sin necesidad de largas explicaciones.

“Yilga partió y recorrió el desierto interminable en largas jornadas de sol a sol, incluso de noche, deteniéndose solo a dormir lo suficiente, muchas veces a la absoluta intemperie. De las penalidades y desventuras de Yilga en su camino por el desierto, que está mucho más poblado de lo que parece, no se hablará aquí, pero mucho se dice en el Cantar de los días perdidos bajo el sol, que el propio Yilga dictó a su escriba Ieogoe años después, ya bajo la sombra y la paz de su sicomoro preferido, mientras bañaba sus pies en el estanque de peces donde solía solazarse cada tarde.

Al fin Yilga logró abandonar el sofocante abrazo de las dunas y se internó en tierras plagadas de bestias sedientas, de hierbas altas, de árboles solitarios pero imponentes y de noches de ruidos que hielan la sangre. Allí fue donde se enfrentó al león de Uffa, el terrorífico animal que gobernaba la sabana con su colmillo afilado y sus enormes zarpas, colmadas de sangre; y le clavó una vara de fresno en el centro del corazón, mientras peleaban como dos monstruos salidos del abismo. El león se rindió y antes de expirar le dijo a Yilga:

– ¡Te saludo, rey! Los dioses te aman. Con la vista en el abismo te digo: Inkumanú te ruega que no te olvides de él.

Entonces el león expiró y Yilga tomó su piel, negra y dorada, y se la puso como atuendo de guerra, y la visión de su figura salvaje atemorizaba a cuantos lo veían de lejos, pues reconocían la melena oscura del león de Uffa, agigantada con la enorme de estatura de Yilga.”

Alguien entró de improviso en la biblioteca y Dik se sobresaltó. El libro se le cayó de las manos. La vela estuvo a punto de perder el equilibrio. Un cabello largo y bien peinado, y una figura esbelta y grácil atravesaron el filo de luz que entraba por la puerta y se situaron en la penumbra. Pero Dik la había reconocido al instante.

– Siento haberte molestado -dijo la princesa.

Tenía una voz preciosa. Pura. Animada. Cadenciosa. Sonaba como si el mundo se alegrase al escucharla. Se parecía a la música del universo en el primer amanecer, si hubiera habido alguien para escucharla. Como una lluvia fría en medio del verano. Como una primavera inesperada. Como una plácida y lánguida tarde de otoño. 

– No esperaba que hubiera nadie en la biblioteca -añadió la princesa, mostrándose a la luz.

Dik la miraba arrobado, sin poder decir palabra. Durante un momento hubo un silencio incómodo. Pero Dik solo la veía a ella; estaba ensimismado en su contemplación. Loco de alegría, por estar tan cerca de ella, y entusiasmado y a la vez aterrado, pues no esperaba que aquel milagro se produjera en esta vida. Había llegado incluso demasiado pronto…

– Y ya veo que sigue sin haber nadie -bromeó ella, ante el mutismo de Dik-. Eres el escudero, ¿verdad?

¡Lo había reconocido! Dik casi se sentía mareado. Al fin, al comprobar que ella aguardaba una respuesta, saltándose cualquier protocolo respondió:

– Sí, sí, hay alguien. Y no, no, tranquila, no me ha molestado. Solo que estaba leyendo tan concentrado que no me salían las palabras…

– Ya, no te salían las palabras -replicó ella con una sonrisa-. Pues no quiero interrumpirte. Sigue leyendo.

– Sí, claro.

– ¿Qué estás leyendo? -Ella se acercó rápidamente y el corazón de él comenzó a batir con furia, como en una batalla naval-. ¡Oh! “Yilga inmortal” ¡Este libro me encanta! ¿Querrás leérmelo?

El tambor retumbaba. Bum bum bum. Se debía de oír en toda la sala. Hasta le dolían las costillas de la fuerza con la que golpeaba su pecho.

– ¿Eh? ¡Ah sí! Verás, no soy muy bueno leyendo. Leo en voz alta, y me da un poco de vergüenza.

La princesa se acordó de repente de algo que le había contado su doncella. Dio gracias por la penumbra del lugar.

– Puedo leer yo si quieres. 

En realidad, no sabía por qué lo había dicho. Añadió algo para equilibrar las cosas

– Pero luego leerás tú también. La historia es muy larga.

– Está bien, será un honor para mí -dijo Dik, sin aclarar en qué sentido: si leer para ella o escucharla, o ambas cosas.

Se sentaron juntos. Dik se preguntaba cómo era posible que ella no escuchara el estruendo de su corazón, que golpeaba cual titán contra las puertas de su prisión.

Kyra comenzó la lectura de su parte.

“Yilga pasó muchos otros peligros y aventuras. Finalmente, vestido de león y con el Teoz a su cuello, se aproximó a su ciudad, Warqa. Al ver sus murallas agujereadas, sus palacios derrumbados, sus calles inundadas de escombros, sus gentes muertas y sus cadáveres dispersos entre las ruinas, todo repleto de fieras carroñeras, y los tesoros y grandes obras de Warqa destruidos o robados, se le encogió el corazón y deseó no haber nacido para contemplar aquel día aciago. Pero recordó el propósito que le había llevado de vuelta a su ciudad. Cuando hubo quemado los huesos de cuantos pudo apilar en la gran plaza central, que antaño había sido la mayor de toda Sum, se dirigió a lo alto de la colina de Arap, en la que estaba el Tribunal Real, y adosado a él, pero con más altura, el Templo del dios Beariht, con la Gran Biblioteca como hermana menor. Hubo un rumor estruendoso, y Yilga se asustó. Pero era solo una pared del Tribunal que se derrumbaba, calcinada desde su base. Los enemigos habían prendido fuego a casi todo. Si las llamas habían llegado a la Gran Biblioteca, se habría perdido toda esperanza para Yilga.

Se apresuró entonces, pero le invadió la desesperación, pues al llegar al edificio vio que todo estaba en el suelo. No parecía haber ardido su interior, mas no quedaba un solo estante en pie. La biblioteca se había convertido en polvo. Las piedras reposaban en un océano revuelto de mármol junto con miles de papiros doblados, retorcidos, partidos, aplastados, destruidos. No había ni uno solo que hubiera sobrevivido intacto. De todas formas, muchos estaban apiñados y compactados unos contra otros, por la tremenda fuerza del derrumbe. Quizás fuera posible rescatar incluso páginas enteras. Yilga no se detuvo a llorar, sino que aprovechó las pocas horas de sol que le quedaban de aquel día; y continuó su labor al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente… Allí halló bellos volúmenes decorados con dibujos elaborados. Leyó tomos que creyó perdidos para siempre. Topó con ejemplares de los que jamás oído hablar, que narraban secretos ya perdidos. Y tuvo en sus manos obras de un valor que mortal alguno ha podido calcular jamás. Pero no encontró el que estaba buscando.

Casi había perdido totalmente la esperanza cuando, al final, debajo de todos los demás, como suele suceder cuando buscamos algo que nos es muy querido, descubrió unas palabras que le llamaron la atención, pues entre ellas acertó el leer el nombre “Napist”. Entonces supo que había encontrado el tesoro que había estado buscando. Cogió en sus grandes manos los pliegos a punto de desmoronarse, y leyó a la luz del atardecer:

«- Aquí estás, Napist. ¿Ningún otro hombre ha sobrevivido a la inmensa ola?

– Sabes bien que ningún otro, salvo mi familia y yo, oh Dios que estás en lo alto y dominas los elementos.

– Entonces bienvenido seas. Esta tierra que pisas y que ha sido la primera en secarse es la tierra que te entrego para ti y para tus descendientes. Pero ningún otro hombre entrará aquí y saldrá para contarlo, o perderá todas sus facultades. En ella vivirás eternamente, tal como eres ahora, con una vida interminable, tú solo entre todos los hombres de la historia; y por ti tu esposa, tus hijos, y las esposas de tus hijos. Pues solo tú has sido hallado digno de tal dádiva. Al resto de los hombres del mundo se les quitará la larga vida de que han gozado hasta ahora, y después de que el resto de las tierras se sequen, vivirán vidas cortas y sometidas a toda clase de dolores y pesares. En cambio, tú permanecerás siempre en tu edad actual, pero tus conocimientos crecerán, y te recrearás con todo lo que existe; y cuando me llames vendré a ti y hablaré contigo como ahora, en la forma de un anciano bondadoso y sin embargo fuerte.

– Gracias, Anup. ¿Cómo podría ser yo digno de tantos obsequios? En verdad eres un dios generoso y clemente, pues así lo estás mostrando con este siervo tuyo. Pero, dime, mi señor, ¿estaré siempre solo aquí, en esta tierra hermosa pero confinada en el fin del mundo, más allá de los desiertos del oriente y de las últimas islas habitadas por los hombres amarillos?

– Ciertamente aquí te quedarás, si quieres gozar de mi amistad. Pero si quieres, puedes rechazar mi don. Pues nunca impongo nada al hombre cuando se trata del bien. Puedes preferir morir como un hombre cualquiera.

– Tus regalos no se han de rechazar, mi señor. A tus preceptos me he sometido toda mi vida, y en mi vejez lo haré con más gozo aún, pues has bajado hasta mi miseria y has demostrado tu clemencia con tu siervo. Solo una cosa más te pido.

– Pide, y se te concederá a tu bien conviene.

– Que mi perro Ólif permanezca conmigo, pues es muy querido. Así podré pasear con él por estas costas orientales sin temor a sentirme jamás solo ni apenado.

– Sea -concluyó Anup, el señor Todopoderoso, y desapareció a su vista, y las aguas se retiraron y dejaron a la vista una isla hermosa, remota, con un gran y distante pico cubierto de nieve en el centro, y rodeado de bosques serenos y playas en las que el tiempo se demora y jamás se apresura.

Un río torrencial y fresco nace en la alta montaña y desemboca en el océano, y de él beben todos los seres que en la isla moran. Y de éstos hay una riqueza infinita, como un paraíso en el que se conservaran todas las clases de animales que antes de la gran ola hubieran habitado en el mundo creado por la mano bendecida de Anup. Y en un extremo de la isla, una colina pelada, cubierta de césped, donde una mansión de madera, amplia, de dos pisos, coronada de un pequeño torreón piramidal, albergaba a Napist y su familia. La casa miraba al oeste. Detrás, el sol nacía tras el horizonte, inmenso, tan cercano que parecía que allí mismo, en aquellas aguas, tenía su nocturna morada».

Yilga sintió que su corazón se alegraba y que recobraba el vigor. En aquel fascículo se describía, si no la ubicación exacta de Napist, al menos sí la dirección en la que debía continuar su viaje. Con las fuerzas renovadas tras una noche de profundo sueño, en que ninguna imagen ni recuerdo perturbó su calma, partió hacia el este, hacia el oriente”.

Aquí se detuvo la voz prístina de la princesa, que tenía el poder de crear ante la imaginación aquello que pronunciaba. La visión se esfumó. Dik salió de su ensimismamiento. Y tomando el libro en sus manos comenzó su lectura, lento, parsimonioso, inquieto pero concentrado, procurando no equivocarse ante su magnífica oyente.

La historia continuaba y continuaba durante páginas y páginas. Al fin, la luz que entraba por las ventanas se apagó, y aunque las velas no parecían suficientes para alumbrar los diminutos signos en que el viejo manuscrito estaba redactado, la historia fue leída por completo y terminada en plena noche. Los jóvenes se miraron, con la historia inconclusa, y Dik preguntó, con más retórica que curiosidad:

– ¿Es así como son todas las historias, sumidas en la oscuridad, con esperanza y dolor y a la vez?

– No lo sé -dijo Kyra, profundamente impresionada-. Supongo que esta historia es como la vida misma. Hay quienes logran grandes cosas, pero siempre a costa de grandes sacrificios. Y a veces lo que más amamos es precisamente lo que perdemos. Mi madre me dice a menudo que una reina no ha de olvidar nunca que su poder está asentado sobre la miseria de los demás hombres: que lo que unos pierden es el sustento de lo que nosotros, los poderosos, ostentamos. Y que por ello la alegría nunca puede ser completa en el mundo. Unos lloran, otros ríen. No lo sé. Es demasiado complejo para mí.

– Supongo que tienes razón, princesa. Nunca había pensado en esas cosas. Creo que son muy confusas.

– ¿Desde cuándo un escudero piensa en algo que no sea la bebida o las chicas? -la risa de la princesa era tan jovial como su belleza.

– Supongo que no soy más que un pobre escudero, aunque a veces me siento llamado a cosas más importantes -Dik estaba a punto de declararle su amor, pero al mismo tiempo sentía que no podía hacerlo, que no era el momento-. No sé, no tengo derecho a aspirar a nada más. Me dicen que soy un estúpido.

– Un pobre escudero… ¿Por qué dices eso? Yo creo que no eres un pobre escudero. Eres escudero de la reina. En realidad, eres muy importante. Y ¿quién sabe a qué puedes aspirar? Yo no me atrevería a decírtelo. ¿Quién te dice esas cosas, que te odia tanto?

– Agradezco vuestras palabras, alteza -de pronto, Dik cambió su forma de hablar, sin darse cuenta; pero al decirlo se dio cuenta, y lo dejó así, sin decir nada más, porque pensó que al menos no la había perdido del todo.

– Para ti no soy alteza -dijo ella-. Soy Kyra, a secas. Puedes llamarme así.

– Gracias, Kyra -replicó él, emocionado-. Yo soy Dik. Soy escudero de vuestra madre y del castillo, aunque ella nunca me manda nada, y estoy aquí, ocioso, leyendo viejos libros de aventuras. Y si me lo permites, también soy tu escudero -dijo levantándose para enseguida hacer una gran reverencia ante ella.

– ¡No soy digna de tal honor! -respondió ella, riendo alegre, y replicando la reverencia, como mandaba el protocolo. Tomó entonces sus manos en las suyas propias y dijo el juramento de fidelidad como mejor supo: -Te tomo como escudero y seré tu señora y te protegeré de todo peligro. ¿Me servirás fielmente toda tu vida?

– Así será, mi señora -contestó Dik, sintiendo unas ganas irrefrenables de declararle lo que sentía-. Con este corazón os guardaré fidelidad, con estas manos os serviré y con estos pies os seguiré donde vayáis.

– Entonces salgamos, escudero mío -concluyó la princesa con algarabía-, y vayamos a cenar. ¡Te ordeno que me traigas mi plato de las cocinas! -dijo riendo como deben de reír los ángeles.

O al menos, eso le parecía a Dik.

Tomaron ambos el camino del gran comedor del castillo. Allí les esperaban los miembros de la servidumbre que quedaban. Todos se levantaron al ver a la princesa. Pero ella les pidió que se sentaran y que siguieran con la cena como si ella no estuviera. Dik le fue a buscar un gran plato caliente de sopa de puerro y tomate, y ella cenó con ellos aquella noche, y todas las que siguieron desde entonces, ganándose completamente su amor y su predilección.

Dik no podía quitar los ojos de ella y sonreía como si hubiera llovido sobre su corazón agostado y flores hubieran brotado en él. Es decir, sonreía constantemente y como un tonto.

Estaba enamorado. Y puede que ella lo supiera, después de todo, con esa intuición que tienen las mujeres para las cosas del corazón. Pero no dijo nada.

Así es como sucede siempre en la vida. No me digáis que no habéis visto más de una vez este mismo cuadro. Puede que incluso hayáis pasado por este trance. Uno de los dos ama; el otro calla. Y el tiempo pasa. Y la felicidad huye. Y el que amaba llora y luego olvida a duras penas; llevará siempre en el corazón una cicatriz, tanto más visible y dolorosa cuanto mayor fue la herida. Y el que calla sigue y un día siente una añoranza extraña de no sabe bien qué, pero que le infringe un sentimiento sordo y permanente de pérdida y lamentación que recorre el tiempo; nota que la falta algo y no sabe bien qué, y lo achaca a miles de cosas diferentes. Y la vida continúa; hasta que un día se termina. Oportunidad perdida. ¿Quién tiene la culpa? Puede que uno; puede que ambos; puede que nadie. ¿Qué más da? La realidad es que estamos puestos en este mundo, a modo de fugitivos y exiliados, extraños en un universo que nos acosa, y llevamos dentro un agujero difícil de llenar; solo el amor puede hacerlo, y no de continuo, sino como un manantial que primero corriera desbordante; pero que al llegar las estaciones más cálidas, fuera secándose poco a poco, hasta que quedar tan solo un hilillo de agua que ya no calma la sed, pero que al menos impide morir por ella. Así el amor, único sustento que tenemos en esta extranjera tierra, nos colma, como la cerveza el cuenco, en los días de abundancia, transportándonos de vuelta a nuestro hogar en mente y alma; y cuando llegan los malos tiempos, nos sirve de soporte y sustento básico, aunque ya no nos haga vibrar en cada fibra. Y por eso, negarse al amor o rechazarlo es el mayor pecado del hombre sobre la tierra; un pecado contra su propia persona y la posibilidad de ser feliz durante un breve instante en el correr infinito del universo.>>

Publicado por Somnia

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