Adiós, padrino

Queridos somnianos:

Hoy han enterrado a mi padrino de bautismo.

Murió ayer.

«Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en la mar,

que es es el morir»,

dijo con voz maestra Manrique.

Anoche soñé que habían rapado a mi hermano pequeño cuando era tan solo un niño, y que no había parado de buscarlo, hasta que me volvía a encontrar con él de anciano, y que lo llamaba con todas mis fuerzas, pero la voz salía débil de mi garganta. Cuando nos volvimos a ver, los dos estábamos tan exultantes que solo sabíamos bailar, sin poder palabra, pero éramos muy viejos, tanto, que el encuentro nos producía alegría, pero también dolor, porque nuestra vida había pasado y no habíamos podido compartirla. La habíamos perdido para estar juntos. Sé que era solo un sueño, pero me dejó un mal cuerpo y una tristeza.

Mi padrino murió ayer, y hoy le han enterrado. El hombre que se comprometió a cuidarme ante Dios, si mis padres faltaban. Ya está bajo tierra. Frío. Rígido. Ya se fue. Y aunque nunca tuvimos un trato muy intenso, debido a que muy pronto me fui del pueblo y él era hombre de campo, ahora siento que un tiempo muy antiguo ha desaparecido, que una era se ha esfumado. Siento la ausencia del pasado. Siento el dolor de la pérdida. Noto que llega un tiempo muy recio y contrario: que se acercan épocas en que habrá más despedidas. ¿Sabéis lo que quiero decir? El tiempo es el gran enemigo, y, sin embargo, todos estamos sometidos a él. Solo que algunos lo hacen desde la desesperación, y otros pensamos que del otro lado hay algo más que silencio y recuerdos.

Se llamaba Emiliano. Hoy le he pedido a nuestro Padre Dios que lo reciba con él. Me hubiera gustado despedirme. Pero creo en la comunión de los santos. Si está en alguna parte mejor que esta, si ha pasado a esta tierra de felicidad en la que creemos, si su alma está junto a Dios en el más allá, entonces no hay verdadera despedida. Algún día nos volveremos a ver. Y le diré: «Padrino, perdóname por no haberte dicho algo antes de partir, perdóname por todo lo que pasé de ti». Y sé que el me sonreirá.

Sé que llegan tiempos duros… Nadie sabe cuánto amor hay en mi corazón. Quizás yo mismo siempre fui demasiado tímido para mostrarlo. Pero amo con toda mi alma a mis padres, a mis hijos, a mi mujer, a mi hermano, a mi familia, tan grande y variopinta. Sé que voy a sufrir mucho cuando alguno de ellos me falte. Me esperan muchas lágrimas por delante. Quizás solo Dios sea testigo de ellas. Pero entonces miro a san José, el hombre silencioso, el hombre que protegió a Jesús niño, que vivió y murió en la sombra, y me pregunto cuán fuerte no debía de de ser alguien como él, para aceptar ese silencio, esa soledad, y para tener como único compañero al Gran Espíritu. Y no creo que él sea inferior a ninguno de los grandes hombres de la historia. Desde luego, su memoria perdura, dos mil años después. Porque el tiempo mata muchas más cosas que la vida, mata el ánimo y la ilusión, pero no tiene por qué matar la memoria si hay amor. Quizás Dios me permita a mí también vivir y sufrir en silencio, pero seguir amando y al final encontrarme con él y con todos los que perdí y los que voy a perder.

Se llamaba Emiliano. Era mi padrino. Ahora yace en la fría tumba. Pero queda su esposa, y sus hijos, toda la gran y extensa familia de hermanos, primos, sobrinos, que lo conoció. Ha sido una pena no poder estar con ellos hoy.

Cuando yo muera, no quiero que me lloréis. Quiero que estéis unidos. Quiero que sigáis adelante, porque yo estaré con vosotros cada día, porque mi amor no morirá.

Adiós, padrino. Cuídame desde el cielo. Ayúdame. Te voy a necesitar más que nunca.

Publicado por Somnia

Blog literario y magazine cultural

2 comentarios sobre “Adiós, padrino

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