Homenaje a un buen hombre

Voy a ser breve, amigos míos. Pero no quiero olvidarme de alguien. Alguien que se fue hace muy poco. Aquí, con mi taza de café humeante, y mi sensibilidad a flor de piel, quiero dedicarle unas palabras.

Corría el año 2006. Yo estaba en una época importante de mi vida, porque había dejado mi trabajo un tiempo antes (mi primer trabajo), y me había puesto por mi cuenta. Todo era nuevo para mí, y quizás por eso más difícil. No tenía a nadie para ayudarme ni para enseñarme, pero tenía muchas ganas y mucha ilusión.

En aquel momento llegó Adonis. Yo solo lo conocía de nombre. Tenía un nombre muy clásico, muy antiguo, sin duda. Eran tiempos de cambio también en mi pueblo, donde yo me había trasladado a vivir y ejercer mi profesión después de dejar mi primer empleo. Me invitó a su casa y me propuso un proyecto muy loco: ser el candidato del Partido Popular para las elecciones municipales que se habrían de celebrar unos meses después. Él era el presidente local del partido. Lo hizo porque veía que yo era un joven serio, responsable, con ideas nuevas, y con mucha formación. No quería poner el partido en manos de la vieja guardia, y aunque yo nunca me había manifestado públicamente en el orden político, quería saber si me interesaría la propuesta.

Yo le dije que me lo pensaría un tiempo. Y me lo pensé.

Acepté.

Solo le puse como condición que no me afiliaría al partido, porque quería ser libre. Ya se me entenderá: libre de presiones, libre de hacer lo mejor para mi pueblo sin importarme el color de la papeleta. Y que yo elegiría mi propio equipo de concejales.

Él también aceptó.

Así comenzó aquella aventura. Por desgracia, perdimos las elecciones. Las perdí yo. Por dos votos. 296 a 294. Tengo que decir que ahora, con perspectiva, veo que fue un gran resultado. Jamás había votado tanta gente en mi pueblo en unas elecciones. Jamás se había movilizado tanta gente para votar al perdedor. Pero entonces sufrí mucho. Lloré mucho. Caí en una depresión. Me lo había tomado muy en serio. No por mí, sino por mi pueblo. Yo quería ayudar a mi pueblo, ayudar a mi gente, porque veía que el pueblo se hundía, que iba de mal en peor (como así terminó siendo). Perdí a gente que creía amiga, me insultaron, me amenazaron de muerte, intentaron silenciarme dos veces enviando a la Guardia Civil a detenerme sin justificación… Fueron tiempos duros. El mayor fracaso de mi vida, sin duda. Pero así fue, así ocurrió y la vida siguió su curso.

El caso es que Adonis siempre estuvo a mi lado. Me ayudó desinteresadamente desde el principio. Se gastó su propio dinero para ayudarme. Nunca me pidió nada, nunca me exigió nada, y mucho menos para sí. Estaba enfermo, pero su energía era inagotable. Me acompañó a muchos viajes juntos. Me ayudó a organizar mítines. Fue casa por casa pidiendo el voto para mí. Incluso fue a reconciliarse con viejos enemigos solo por mí. Lo dio todo, antes y después. Y lo hizo por el pueblo. Sin pedir nada a cambio. Ni siquiera lo incluí en la lista de posibles concejales, de modo que él sabía que no tendría ningún cargo si ganábamos. Pero no le importaba. Él no quería nada para sí. Jamás lo quiso. Me enseñó el valor del verdadero político, que es el hombre que pone el bien común por delante del interés del gobernante. Fue un maestro, un mentor, un amigo. Nunca se lo agradecí lo suficiente. En realidad, nunca se lo agradecí. Eso es lo que me pesa.

Cuatro años después, no me presenté a las nuevas elecciones. Renuncié a ello, dejé de ser concejal y abandoné la política. Adonis también me apoyó en esto. Nunca tuvo una mala palabra conmigo. Podría haberla tenido, porque me rendí muy pronto, pero siempre fue amable y bueno. Era un hombre recto, fiel, educado, culto y enérgico. Un hombre que tenía unos ideales éticos, que quería lo mejor para el pueblo en el que no había nacido, y que aguantó con estoicismo todo el desprecio y las malas lenguas de las que fue objeto, porque los pueblos son muy crueles y se habla mal de la gente sin merecerlo.

Estés donde estés, maestro, gracias por todo lo que me apoyaste, por los viajes que compartimos, por los consejos que me diste, por todo lo que creíste en mí, incluso más que yo mismo. Estoy llorando mientras escribo esto. Tú sabes por qué. Y lo sabes porque, como yo, eras un hombre creyente. Y no me cabe duda de que estás con aquel que nos creó. Nos veremos algún día y charlaremos de nuestra frustrada aventura política, y nos reiremos.

Hasta siempre, amigo.

Publicado por Somnia

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