Lotería y otros sueños

Queridos somnianos:

22 de diciembre. Mientras escribo esto, miles de personas, puede que millones, en toda España, están pendientes del sorteo de Lotería de Navidad. La Lotería Nacional, la de toda la vida, que no es la que más premios otorga a cada número premiado, pero es la más popular en estas fechas. Supongo que será porque está próxima la Nochebuena, y este sorteo se asocia tradicionalmente a esta fecha tan insigne, como una especie de «cesta de Navidad» que el Estado regalara a sus súbditos, a sus empleados, que somos todos nosotros; o quizás porque es una de las más antiguas, y esta tradición ha terminado por integrarse en nuestra vida social como una más entre las que cada año se destacan.

Todos hemos jugado alguna vez a este sorteo, y todos hemos soñado con que nos toca el famoso Gordo de Navidad. Hoy mismo preguntaba a mis seguidores en Instagram «¿Qué haríais vosotros si os tocara el Gordo?». Es una pregunta muy al estilo Kaizen, para soñar durante un minuto al día con esa situación que nos cambiaría la vida. Pero, por mucho que se empeñen los profetas de las buenas vibraciones, pensar en algo positivo no lo atrae sin más, ni el deseo produce aquello que desea. La suerte no se atrae, como si la imaginación desbordada o el impulso interno fuera un imán que atrapa ese hierro de lo anhelado. Nada de eso sucede en la realidad. Porque la pregunta que hemos hecho más arriba tiene su parte negativa, su lado siniestro: «¿Qué hago con esta vida si no me toca el Gordo?». Seguro que esta es la sensación frustrante que tienen la mayor parte de los jugadores al día siguiente del popular evento.

Esto es muy español: vivir de ilusiones, confiar a la suerte el éxito en la vida, incluso entregarlo todo a la generosidad (falsa) de papá Estado, que nos distribuye las migajas de todo lo que recauda de una forma que es de todo menos justa. La justicia no se aplica por azar. Pero la promesa irreal del premio Gordo es tan seductora, que todos nosotros, seres de esperanzas, no podemos sustraernos a la sensación de que, a pesar de todos los pesares, nos merecemos que, por una vez, la caprichosa Fortuna caiga de nuestro lado; que, por tanto trabajo y tanto sufrimiento, acaso sea posible liberarnos de una vez de tantas preocupaciones materiales. La lotería no puede ayudarnos a ser ricos, por mucho que nos engañemos, pero puede darnos esa tranquilidad que la vida diaria no nos permite tener. Un buen pellizco puede suponer tapar esos conocidos «agujeros» que todas las familias tienen en su economía. Quizás un viaje, quizás un coche nuevo, quizás una casa, o quizás simplemente la alegría de compartir entre varias personas un trocito de suerte… La lotería es ante todo un boleto compartido. Somos tan sociales que ni siquiera para los sueños podemos dejar de prescindir de los que nos rodean.

Surgen miles de preguntas ante fenómenos como este, que no voy a intentar resolver, porque superan mi capacidad, pero que son mucho más radicales e importantes que el fenómeno en sí: ¿por qué las familias tienen que tener «agujeros»? ¿Por qué nuestros sueldos no nos permiten vivir tranquilamente e incluso enriquecernos? ¿Por qué nos vemos abocados a seguir aspirando estúpidamente a que nos toque uno de los imposibles premios de la lotería, año tras año? ¿Por qué permitimos que el Estado rija nuestras vidas e instaure en ellas esta «matrix» que nos hace creer que podemos salir de la vulgaridad de nuestros malestares económicos gracias a un simple trozo de papel? ¿En qué momento permitimos que nos dijeran qué soñar y a qué aspirar? ¿Cuándo romperemos esta rueda que gira y gira y que se apoya sobre nuestros hombros, como una carga infinita, como ese cielo que sostenía el titán Atlas y que jamás podía dejar de sostener? Este sorteo es uno de esos sucesos anuales que nos hacen sentir como niños, y tiene su lado emocional y humano, pero en el fondo no es más que un caramelo brillante que el Estado hace girar y moverse ante nuestros ojos, para hacernos permanecer en esa hipnosis profunda que nos hace creer que somos libres, mientras los grandes rendimientos del mismo sorteo van para los señores que verdaderamente rigen el mundo: esa clase política que dispone de nuestras vidas y nuestro dinero como dioses que a nadie deben dar razón de sus actos. En el fondo, la misma ilusión infantil que produce en nosotros la visión del Gordo es reflejo de lo que consideran que somos: niños, incapaces de guiarse por sí mismos, que necesitan que ellos, más sabios, más fuertes, más dignos, nos guíen.

Hay mucho más que meditar en todo esto. Os invito a hacer vuestra aportación en los comentarios.

Sin embargo, yo también quiero que me toque, lo reconozco. También tengo ilusión. No hay nada de extraño en esto. Todos vivimos en esta sociedad que nos envuelve. Somos parte de este sueño colectivo. Somos seres sociales que no pueden existir en soledad, y lo que sentimos como conjunto nos afecta individualmente, o al revés. Da igual. Somos parte de la misma historia. El destino de uno es parte del destino del otro. Como en un libro, como en una novela, no es indiferente lo que a cada uno de nosotros suceda, sino que, de un modo misterioso y profundo, se relaciona, depende e influye en lo que suceda a los demás, mientras nuestras historias se entremezclan con sincronicidades absolutamente sorprendentes (son sorprendentes porque no las prevemos, ni pensamos en ellas, pero están ahí siempre, con su propio código de comprensión) que nos convierten en partes de un mismo puzzle. Nos perdemos o nos salvamos juntos. También nos ilusionamos juntos.

¿Qué haría yo si me tocara el Gordo? No os lo voy a decir. Seguramente, me dedicaría a llorar. ¿Por qué? Porque soy una persona que no se considera afortunada materialmente. Demasiadas miserias, demasiados fracasos… Muchas noches no duermo bien, pensando en mis problemas. Por eso, la falta de costumbre me haría estallar de sorpresa y admiración. Después… después pensaría en cómo lograr no despilfarrar ese golpe de suerte. Quizás intentara poder vivir de escribir, y de nada más. Porque si hay algo que me pesa, aún hoy, después de tantos años, es tener que buscar ratos perdidos para escribir, entre el ajetreo de la vida y el trabajo, y no poder dedicarme por entero al maravilloso arte de la literatura. Y no solo por mí, sino también por vosotros. Os merecéis que los escritores lo seamos a pleno rendimiento y con total dedicación, porque es la mejor manera de ofreceros la literatura más perfecta posible.

Os dejo ya. Mis mejores deseos para este sorteo. Si os toca algo, compartid vuestra alegría conmigo y dejadme un mensaje. Pero no seáis cabrones, no me deis demasiada envidia.

Publicado por Somnia

Blog literario y magazine cultural

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