En el Everest no cabe todo el mundo. Vacunas y democracia.

Hay un debate en la calle, que los medios quizás no quieren afrontar porque son demasiado dependientes de los dispendios públicos, que no solamente pone en tela de juicio el diagnóstico de la pandemia que hicieron los poderes públicos, sino también su tratamiento y detención. No solo están los antivacunas, que por otra parte tienen menos poder del que ellos creen, sino que hay un verdadero revuelo de fondo, probablemente silencioso, pero latente, en torno a las consecuencias de la vacunación y la proporcionalidad de las medidas asumidas oficialmente para enfrentarse a las distintas «olas» del Covid-19.

En efecto, hay quienes niegan eficacia a las vacunas, e incluso quienes mantienen que son una gran mentira, una gran «fake new», destinada a fines mucho más oscuros de los confesados. Hay también quienes dudan no de las vacunas en sí, sino de su método de obtención, e incluso de los procesos científicos que han llegado a su sintetización, porque creen que no se han cumplido las debidas medidas de seguridad ni se han respetado los plazos. Pero también hay quienes aceptan las vacunas, defienden su eficacia y necesidad, pero se oponen a que sean obligatorias, bien directa, bien indirectamente. Por último, hay quienes pueden asumir la obligatoriedad de las vacunas, pero ponen en duda cualquier otra medida añadida para la lucha contra la pandemia, como las mascarillas.

El debate es mucho más profundo de lo que parece. Es una cuestión que afecta a las bases de nuestro sistema democrático. Porque la democracia no se basa en el mero juego de las mayorías electorales, sino que su verdadero sustento está en los derechos fundamentales y las libertades públicas. Y son estas las que están en juego. No es el bien común, entendido como algún tipo de entelequia o macrocifra opuesta al egoísmo particular, lo que fundamenta la democracia, como nos han enseñado los totalitarismos del siglo XX, sino el bien individual, incluso el interés del individuo entendido en un sentido egoísta. Los derechos no son del pueblo o del estado, sino que son del hombre concreto. No hay democracia sin verdadera libertad, aunque ello a veces suponga un peligro para el «bien común». Pongo esta expresión entre comillas, porque no hay bien común posible cuando se alcanza a pesar y a costa de los derechos y libertades individuales. En la Alemania nazi había muy poco paro, lo cual evidentemente es un objetivo común de cualquier sociedad avanzada, pero ello se lograba a costa de la vida de muchas personas a las que se «solucionó», y a costa de la propia economía nacional, que se sometió a un desgaste insoportable para prepararse para la guerra. Este ejemplo es muy extremo, pero ayuda a comprende la realidad de lo que nos estamos jugando.

¿Puede un Gobierno decretar cómo podemos ir por la calle o cuántos nos podemos reunir en una casa? Y si es así, ¿dónde está el límite? ¿Es una cuestión de procedimientos, o hay también límites conceptuales, de fondo, basados en la naturaleza de los derechos fundamentales?

Para quien esto suscribe, con intención de ser conciso, la respuesta no puede ser más evidente: los derechos no nacen de la Constitución, sino de la naturaleza humana, y desde luego no son disponibles por ningún Gobierno, y mucho por una situación tan poco dramática como una pandemia, agrandada desde los medios del poder para darle el tono apocalíptico que permitía infundir el miedo en la sociedad y, de esta forma, manipularla. ¿Vacunas? Sí, ¿quién puede oponerse a los avances científicos cuando alargan la vida humana y la hacen mejor, más llevadera? ¿Medidas contra el Covid? Sí, ¿quién puede negar que es necesario hacer algo para proteger la vida de tanta gente? Pero todo ello debe hacerse respetando los derechos fundamentales, porque la democracia adquiere su legitimidad, antes que nada, de la aquiescencia y aceptación de quienes van a ser gobernados.

Entonces, ¿por qué no someter a referéndum las medidas? Ahí lo dejo.

Publicado por Somnia

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