Regalo de Reyes para mis lectores: Extracto de «Canción Eterna»

Queridos somnianos:

Sé perfectamente que cuesta comprar libros de autores más o menos desconocidos como yo. Sé que es mucho más fácil lanzarse por los más conocidos, por los que tienen portadas o ediciones más cuidadas, incluso por los que salen por la televisión. Sé perfectamente que un libro desconocido siempre da algo de miedo. He escuchado demasiada veces, como si fuera una justificación, eso de «no he leído nada de este autor».

No quiero permitir que esto siga así. No vais a tener más la excusa de «no haber leído nada» mío para dejar de comprar mi última novela, Canción Eterna, publicada por Célebre Editorial, en marzo de 2020. Por eso, os traigo hoy un regalo inestimable: un capítulo entero de la primera edición de Canción Eterna. Ahora ya no os queda más remedio que acudir a Amazon y comprarla. Os aseguro que después de leer este capítulo querréis saber más, y no podréis evitarlo.

Os la dejo después de la imagen, y abajo del todo, tras el texto, os dejaré el enlace de Amazon para comprar mi novela. Espero que os guste. Si la pedís hoy mismo, quizás los Reyes os la dejen en casa mañana por la noche…

Extracto de «Canción Eterna»:

<<¿Por qué lo habían apresado?

Uscar no entendía nada. Puede que fuera por el golpe que había recibido en la cabeza, y la herida consecuente, que manaba aún un hilo de sangre. O puede que fuera por el desconcierto que le había invadido cuando había visto a aquella compañía de monstruos salir de todas partes al mismo tiempo, con fuego, con hachas, con lanzas, con flechas, sin previo aviso, sin alertas ni mensajes, sin tambores, sin música, sin gritos. Los vio penetrar en todas las casas, invadir todas las calles, y matar toda forma de vida con un salvajismo que jamás había contemplado. No perdonaban a niños, ni a mujeres, ni a ancianos, ni a animales. La pequeña guarnición de la aldea, compuesta más por campesinos que por verdaderos soldados, no había resistido el ataque ni por un momento. Fueron arrasados como el polvo cuando llega el huracán. En realidad, no se lo reprochaba. De todos ellos, él era el único que había sido adiestrado durante el suficiente tiempo para saber distinguir un brazal de un peto, o saber contraatacar frente a un enemigo con lanza corta. Por eso lo habían puesto como jefe del puesto. Por eso lo habían enviado. Y él, como jefe, había fracasado.

Les había fallado a todos. Desde Albia y otros fuertes, los mandos habían decidido organizar una defensa de guerrillas. A cada soldado capaz lo habían enviado a una aldea, para que tomara a su cargo a los campesinos y obreros y con ellos creara una guerrilla defensiva dispuesta a entorpecer todo lo posible el avance del enemigo y a proteger a las pequeñas comunidades, al menos mientras huían hacia la capital o cualquier otro lugar seguro. A él lo habían enviado allí, a aquel lugar remoto al que nadie podía imaginarse que los bárbaros llegarían jamás; en el que no había nada que pudiera interesarles, perdido en el medio de los bosques, con apenas unas decenas de personas, muchas de las cuales jamás habían oído hablar del Rey Roderik. A él, Uscar de Mand, tercer hijo del Barón de Barra de Hierro, torreón de madera viejo y apolillado donde su familia había reunido durante décadas una cohorte de servidores leales, junto a las marismas que se extendían hasta donde la vista alcanzaba, procedentes del embalse de las aguas del Com, el río de los dioses, augusto y diáfano, tranquilo y rico, lo habían puesto al frente de aquellos pobres, creyendo que haría de ellos una tropa de guerreros. Pero no había sido así. Era culpa suya. Los había fallado a todos.

Había fallado a Rib, aquel gigantón melenudo que tenía la fuerza de un titán, al que había enseñado a hacer de su azada un arma letal, pero al que no había sido capaz de hacer entender que debía esperar el movimiento del rival antes de lanzarse como un ciego al ataque. Aquel hombre podía mover un arado y horadar la tierra con la sola fuerza de sus piernas. Si no hubiera tenido un asno para arar sus tierras, él mismo podría haberlo hecho. Ahora estaba tumbado en un charco de barro, boca abajo, con la cabeza hundida, y dos lanzas en la espalda. Estúpido bruto… Si hubiera subido a las escaleras con él, como se lo había ordenado, puede que hubieran muerto los dos, pero se habrían llevado por delante a unos cuantos de aquellos monstruos sucios.

Había fallado a Yg, el jefe de la aldea, un anciano un tanto lerdo y egoísta acostumbrado a no hacer nada, pero que le había acogido con cariño. Había fallado a Axil, el pequeño niño siempre sonriente. Aún no tenía edad para sostener una espada, pero era muy listo para esconderse y escuchar lo que había que escuchar. Tenía cabeza para esas cosas. Ahora ya no escucharía más: estaría en algún sitio, con las tripas fuera, probablemente. Había fallado también a Krats, la vieja comadrona de la aldea, siempre dispuesta a escuchar y a dar un buen consejo. Había fallado a Elos, el herrero, un hombre gordo y encorvado que por mucho que trabajaba no adelgazaba jamás, y que siempre estaba refunfuñando, siempre quejándose, pero que nunca estaba inactivo. 

Le había fallado a ella. Se llamaba Rion. Era hermosa, tanto como jamás había conocido a mujer alguna. Era joven, apenas quince años. Tenía los ojos negros, el pelo negro, los labios gruesos, las mejillas estilizadas, el cuello terso, los pechos pequeños, el talle esbelto, las piernas ágiles, las manos finas, la barbilla orgullosa, la nariz proporcionada, y la mirada de una diosa. Él se había enamorado de ella desde el primer día en que la vio. Pero ella… Ella se había enamorado de otro. “Espero que en el más allá comprendas cuánto te he amado”, pensó, sorprendiéndose a sí mismo, a pesar de que creía que todo aquello ya no le importaba. Pero en el fondo aún le dolía. No era uno más de sus fracasos, sino el mayor.

¿Por qué no lo habían matado aún? Cuando los bárbaros cayeron sobre el poblado, en un movimiento envolvente que él debería haber previsto, comenzó una carnicería. Aquellos salvajes mataron indiscriminadamente, sin cuartel alguno. Su superioridad y la falta de capacidad defensiva de los aldeanos hicieron que todo hubiera terminado en apenas unos minutos. Atrincherado en una casa, esperaba poder resistir al menos hasta haber matado a unos cuantas de aquellas matas de pelos y piojos. Pero a pesar de que ensartó a algunos, otros ocupaban su lugar. Al final, después de golpearlo, arrastrarlo, incluso de cortarlo, lo metieron en aquella jaula de madera. Le llevaron al centro del pueblo para ver el terrible espectáculo, para que contemplara a Rion, a Yg, a Rib, a Krats, a Elos… Todos muertos.

Un hombre alto, con mejor porte que los demás, de mirada despejada, se adelantó y se aproximó a la jaula. Abrió la puerta y le invitó a salir. Desconfiado, Uscar no se atrevió a dar un paso fuera. El desconocido pidió dos sillas plegables y las colocó frente a la puerta. Pidió un trozo de paz y un trozo de queso, y un pellejo de cerveza. Y se lo ofreció a Uscar.

– ¡Vamos! No seas maleducado. ¿No aceptarás charlar un poco conmigo antes del final?

– ¿Por qué iba a querer hablar contigo? -replicó Uscar.

– Solo pretendo ser amable -dijo el desconocido. -No todos los Geoti somos salvajes, como éstos… -hizo un gesto de desprecio hacia los que le rodeaban, como si se trataran de chusma a su lado.

Uscar sospechó que pretendía sacarle información, y que esta era la alternativa a la tortura. Primero lo tratarían con deferencia. Luego, si mantenía la boca cerrada, lo maltratarían. Luego lo matarían. Y se acabó.

Rion. La buscó con la mirada. Estaba allí, ensartada en una lanza, contra una pared, con su cuerpo extrañamente doblado, su pelo negro cayéndole desgreñado. No se le veía la cara, vuelta hacia el suelo. Pero él sabía que era Rion. Conocía su cuerpo.

El desconocido se dio cuenta. Se sentó en una de las sillas y comenzó a comer. Y ofreciendo el pellejo de cerveza a Uscar, le dijo:

– Lo siento… No debimos matarla. ¿Era importante para ti? Háblame de ella.

Entonces Uscar, sin darse cuenta, mirando todavía el cuerpo inerte de Rion, se sentó junto al desconocido y dio un largo trago de cerveza, profundo. “El último trago”, pensó, instintivamente. “¿Qué más da? Aprovechemos estos últimos momentos”.

– ¿Era tu esposa? -quiso saber el desconocido.

– No. Yo la amaba, pero ella a mí no -replicó Uscar.

– Una pena… Sé lo que es el amor no correspondido. Es un dolor en el alma que nada puede curar. Yo mismo soy un despreciado… Incluso éstos que ves aquí -dijo señalando a los guardias que los flanqueaban a cierta distancia- me desprecian, aunque me temen. Pero a mí me gustaría ser amado, ¿sabes? ¿Cómo se llamaba?

– Rion -respondió Uscar comiendo algo de pan.

– Hermoso nombre para una chica. Seguro que era muy hermosa… ¿Qué ocurrió?

– Se enamoró de otro hombre.

– ¡Oh! -replicó el desconocido con una compasión en la voz que, de ser fingida, estaba muy conseguida. – Me gustaría conocer esa historia. ¿Y de quién se enamoró?

– De un hombre normal…

– ¿Un hombre normal? -se extrañó el desconocido. – ¿Qué clase de injusticia es esta? ¿Cómo pudo haberse enamorado de un hombre normal?

– Incomprensible, lo sé.

– Debió de ser duro para ti. Vencido por un hombre normal.

– Sí… Un mero hombre normal, sin don alguno por encima de los demás. Un hombre cualquiera, llamado Quip, un campesino con rasgos más hermosos que los míos, pero sin valor alguno.

– Un hombre más joven, quizás.

– Eso sería.

– Pero no un hombre mejor.

– Por supuesto que no. Y sin embargo… A lo largo de mi vida he seducido a decenas de mujeres, que me han mirado como un niño a una estrella fugaz. Pero ella no… Ella solo quería a un hombre normal, con una vida normal, con talentos ordinarios. Un hombre que la historia no recordará, que no dejará nada tras de sí. Un hombre de medianía en todo. ¡Solo un maldito hombre normal que me arrancó lo que más ansiaba! Y eso es lo que más me duele. Yo siempre me creí un hombre atractivo, con carisma, un buen líder y guerrero. Por eso me habían enviado. Porque creían que yo podría conteneros. Aunque está visto que no era así.

– Bueno, no te castigues por ello. Éramos demasiados. Y tú uno solo. Ni un héroe podría convertir a un atajo de campesinos en un ejército disciplinado. Pero esto no tiene por qué terminar aquí.

– Te equivocas. Tiene que terminar aquí. ¿De qué otra manera podría terminar? No trates de engañarme, seas quien seas. Sé lo que vais a hacerme después de esta conversación.

– No, si me dices lo que quiero saber.

Uscar lo miró tratando de adivinar sus verdaderos pensamientos. Por un momento, morir para reencontrarse con Rion le había resultado una idea atractiva. Pero ¿qué le diría? ¿Para qué servirían los reproches en el otro mundo? ¿Qué ganaría con ello? ¿No era acaso mejor vivir?

– ¿Y por qué no me lo has preguntado directamente? -quiso saber. – ¿Para qué andar intentando ganarte mi confianza indagando en mis amores frustrados?

– No todos somos tan salvajes como nos pintáis, ¿sabes? Es cierto que mucho de ellos son terribles, ignorantes, y puede que estúpidos, pero en el fondo entre los vuestros pasa lo mismo. La única diferencia es que los míos están más sucios. Admite que si se lavaran y se cortaran esas largas barbas anudadas con cuerdas que muestran, parecerían más civilizados. Pero entre los tuyos existen los mismos especímenes que no piensan con la cabeza, sino con alguna parte ciega y brutal de su anatomía; no sé, el estómago, el diafragma, las partes inmundas… Con algo que no se fija en el mérito y la virtud, sino en cosas tan despreciables como la normalidad. No digas que no con la cabeza. Tu chica, tu adorada chica de pocos años, esa belleza morena por la que hubieras dado la vida, era así. Admite que no usaba mucho el cerebro. Solo era hermosa, pero eso no es ninguna virtud. La naturaleza la hizo hermosa para ser amada por hombres fuertes como tú. Y ella se permitió cometer el error de preferir a otro; no otro más grande, más notorio, más poderoso, más hermoso, sino a otro inmensamente peor en todos los órdenes de la vida. Admítelo. Él solo era le proporcionaba “normalidad”, y quizás fuera eso lo que ella buscaba. Pero tú le podrías haber dado el mundo, la grandeza, la emoción, la pulsión de vivir al máximo cada minuto, como malditos dioses…

Uscar lo escuchaba fascinado… Se preguntaba quién sería aquella persona que lo hablaba con tanta franqueza y con palabras tan seductoras. Se dejaba llevar por su discurso como el movimiento bamboleante y suave de las olas del mar. Veía ante sí las imágenes que sus argumentos le sugerían como si se mostraran ante él en piel y huesos, en sangre y carne, tan vívidas y reales como él mismo. Veía a Rion en brazos de Quip, besándolo. Veía los hijos que tenían. Veía cómo salía cada mañana a regar, a arar, a cortar las malas hierbas, cubierta con ropas gastadas y viejas, con un gorro de lana lleno de manchas, con un mandil de cuero cubierto de arañazos, y con las manos ajadas y arrugadas. Y no le daba pena, sino rabia. Rabia de que aquella niña tan hermosa hubiera preferido aquella vida tan estúpida, animal y triste, antes que amarlo a él, disfrutar a su lado de los placeres de la vida, y recorrer el mundo a su vera. Él la habría llevado hasta los confines de Somnia, le habría mostrado las altas montañas, las praderas interminables, los acantilados que besaban el mar. La habría vestido con ropas de princesa. La habría amado como solo puede amar un corazón de grandeza por encima de cualquier otro, de fuerza y vigor inconmensurables. Allí, ante sus ojos, la imagen cambió y se vio a sí mismo abrazado a ella, ante la playa desierta y las olas que llegaban calmas hasta la orilla, y ambos se besaban con una ternura infinita. Nadie podía arrebatarles aquel momento. Sería suyo para siempre. O mejor, podría haberlo sido si ella…

– ¿Por qué les da tanto miedo lo excepcional? -masculló sin darse cuenta, como ido. – ¿Por qué les aterrorizan los hombres grandes y prefieren a los mediocres?

De pronto, le llegó la voz agonizante de un niño e instintivamente giró la cabeza en dirección a la voz. “Axil”, pensó. La imagen que había ante sus ojos se desvaneció. Angustiado, buscó con su mirada el origen de la voz y vio al niño, a unas decenas de pasos, en un rincón de la plaza, gimiendo y tratando de liberarse de varios cuerpos que lo ahogaban. Entonces, sin venir a cuento, un soldado se adelantó, sacó la espada y lo ensartó contra el suelo, introduciendo la punta por su boca abierta.

El hechizo se deshizo.

Uscar vio de nuevo el cadáver de Rion y sintió un estremecimiento. Aun muerta, le parecía hermosa. ¡La había amado tanto! No tenía derecho a despreciarla. No tenía derecho a cuestionar lo que sentía su corazón. Ella había preferido a otro… Era justo. ¿Qué podía ofrecerle él, salvo muerte y guerra? ¿Cómo iba a fiarse de él, un caballero venido de lejos para poner espadas en las manos de los hombres de la aldea y guiarlos hacia una destrucción segura? Quizás eso que él consideraba grandeza no era sino estupidez y locura… 

Estupidez y locura. ¿Eso era lo que quedaría de su vida? ¿Eso es lo que dejaría como herencia? ¿Dirían de él que fue un caballero estúpido y loco, que fracasó como un cobarde? No podía permitirlo. Aún podía hacer algo para remediarlo…

Sin mostrar señal alguna previa, se abalanzó sobre el hombre amable, le arrebató la espada que llevaba al cinto, le propinó un rodillazo que le hizo curvarse, y le traspasó con la hoja de parte a parte. Fue todo tan rápido que nadie pudo evitarlo. Al fin y al cabo, él era un caballero de Albia, se había pasado muchos años entrenando y luchando, y sabía mejores trucos que aquel para matar a sus enemigos.

Sintió la punzada terrible de las flechas en su espalda y en su pecho. Lo esperaba. Incluso tardaron más de la cuenta. Pero llegaron… Los guardias habían visto la escena y habían disparado para evitar que siguiera golpeando al amable y desconocido torturador. Éste había caído al suelo. Estaba allí, con los ojos abiertos, mirándolo, con expresión fría. ¿Estaba muerto? No, no lo estaba. Comenzó a moverse. Comenzó a levantarse. ¿Cómo era posible? ¡Le había clavado la espada entre las costillas! Nadie podía levantarse de una herida así. Pero no manaba sangre de él. Sus ropas no se habían manchado. Parecía que no le había afectado. Se irguió y se plantó ante Uscar con media sonrisa. La muerte ya se apoderaba de Uscar a marchas forzadas. Las flechas habían hecho diana.

– ¿Qué eres? -acertó a decir, entre los estertores finales.

Pero el amable desconocido no contestó a su pregunta, sino que muy despacio le arrancó la espada de su mano, impoluta, y se la guardó en el cinto. Con parsimonia. Como si tuviera algún tipo de compasión. Luego le sujetó del cuello, le miró fijamente y le dijo:

– Muere y únete a ella, hombre mediocre.

Uscar cerró los ojos mientras sentía como su hálito se esfumaba, tratando de pronunciar su nombre. Cayó inerte al suelo. Todo se apagó.

El hombre se dio la vuelta y ordenó a sus adláteres:

– Quemadlo. Disponed una guarnición que permanezca aquí unos días. No quiero sorpresas. El resto aprestaos para la marcha, nos iremos enseguida. Al sur. 

El oficial que había cerca le contestó con una reverencia.

Al fin, el hombre amable miró a Uscar y, como si éste aún pudiera oírle, le espetó:

– El amor debilita. El amor humilla. El amor destruye. ¡Y luego dicen que yo soy malvado! Gracias por contarme todo lo que necesitaba saber.

Se dio vuelta y se marchó, poniendo sobre su cabeza la capucha de la capa, que le ocultó de nuevo el rostro. Al pasar junto a un cadáver pisó su cráneo y lo aplastó como a una cucaracha. Luego sacó la espada y lo acuchilló repetidas veces, con saña y rabia incontenidas. Al fin, se calmó y desapareció tras una esquina. La aldea se quedó en silencio, sin otro ruido más que el del fuego crepitando.>>


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Publicado por Somnia

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