A veces hay quien busca lo que no halla, y halla lo que no busca

Queridos somnianos:

A continuación os dejo un diálogo de una de mis novelas manuscritas, titulada «Las mil islas». Espero que os guste. Prohibido copiar jeje.


<<- ¿Quién eres? -dijo la chica al fin.

– Ho… hola… -balbuceó el príncipe-. Lo siento… te he asustado, perdona. No era mi intención. Sólo quería darte esto -y le ofreció de nuevo la prenda, uno de los típicos chalecos femeninos-. Es que… es que voló hasta mí y yo… bueno, bueno… es tuyo. Siento haber… en fin, mi nombre es Bertrand.

– Me estabas siguiendo -dijo la chica mientras se acercaba cautelosa.

– ¡Oh no! Bueno… quiero decir, sí… Pero no pretendía hacerte nada malo… lo siento, de verdad. Es que te vi de lejos y… bueno, no sé… no tengo excusa. Sólo que me gusta mirarte. ¡Oh Dios, me siento ridículo! Me marcharé. Perdóname.

– ¿Ya te marchas? -preguntó la chica-. No he dicho que me moleste que me sigas. No pareces peligroso. Puedes quedarte. Así me explicarás qué hace por aquí un criado del castillo…

– ¡Oh, claro! Sí, me quedaré -dijo el príncipe, entusiasmado-. Espero que no te haya importado que… bueno, es igual, dejémoslo. Verás, no soy un criado.

– ¿Ah no? -inquirió la joven-. Pues entonces yo tampoco soy la hija de un pescador jajaja.

Aquella risa le pareció el sonido más dulce del mundo… Para entonces ambos ya estaban tan cerca que podían tocarse con las manos. La jovencita parecía no tener problemas con la proximidad física. En esto los invasores y los tamíes habían sido siempre muy diferentes. Mientras que los primeros se mostraban distantes y protocolarios, los tamíes eran afectuosos, cercanos, calurosos, y se abrazaban y se besaban continuamente; entre ellos incluso se consideraba una muestra de buena educación tocarse, agarrarse y acariciarse.

– Insisto -repitió divertido el joven-. No soy un criado, aunque… bueno, sí, llevo la ropa de un criado.

– ¿Y qué es lo que mirabas exactamente? -le preguntó la chica.

– Bueno… a ti, supongo -replicó tímido el príncipe.

– ¿A mí? Jajaja -rió la joven-. Estarás muy interesado en aprender a lavar la ropa en el arroyo…

– No jajaja. Te vi en la aldea y no pude dejar de observarte. Sé que no es de buena educación, pero… jamás había visto nada igual.

– ¿Ah no? Entonces es que no has venido mucho por aquí para ser un criado. La aldea está llenas de tamíes.

– No soy un criado -protestó el joven.

– Vale, no lo eres -replicó riendo la chica-. Pero sigues sin explicarme por qué no has visto tamíes antes.

– He visto tamíes antes, pero no como tú -reconoció el príncipe.

– ¿No chicas?

– Chicas sí -empezó a ponerse nervioso-. No chicas tan… tan hermosas, quiero decir.

Ella volvió a reír como si todo aquello le pareciera divertidísimo o como si estuviera jugando con él. Pero en sus ojos no había burla ni rechazo, sino una amistosa curiosidad, y el brillo de un interés juguetón.

– Gracias… eres muy atrevido, ¿sabes? Si mi padre se enterara de que me dices cosas bonitas, sin duda te daría unos cuantos palos en la espalda mientras corres para ponerte a salvo tras las murallas… criado.

– Entonces mi padre le encarcelaría de por vida… -replicó sin pensar el príncipe, también riendo-. Aunque yo intentaría impedirlo, a pesar de los palos… 

-¿Tu padre encarcelaría al mío? ¿No me estarás intentando hacer creer que eres un noble o algo así? Es un truco muy viejo para llevarme a tu cama, no voy a caer jajaja….

– ¡Oh lo siento! No quería decir algo tan grosero… No soy el tipo de hombre que estás creyendo. Estoy seguro de que me merezco esos palos, y los recibiría con gusto por volver a verte…

– ¡Qué galante! -sonrió la joven-. En realidad, te veo más como un jovencito que como un hombre. Pero un jovencito muy bien hablado. Empiezo a pensar que no eres un simple criado…

– No pretendía incomodarte -se disculpó el chico.

– No me incomodas. No eres el primero que me mira. Y tú me gustas, si es eso lo que quieres saber -y, diciendo esto, le besó en la mejilla-. Ya ves que las chicas “tamíes” no somos tan pusilánimes como parecemos. Aunque tendrás que convencerme de que no eres un criado. A mi padre no le gustan los criados del castillo. Son crueles y egoístas -se dio vuelta para marcharse.

Él se mantuvo quieto como un tonto, con la mano en la cara, como si fuera un sueño. Reaccionó al comprobar que ella se alejaba y le dijo:

– ¿Ya te vas?

– ¿Qué más quieres por hoy, criado? -preguntó ella con osadía.

– Quiero verte todos los días de mi vida.

Un pájaro cantó en una rama cercana. Los rayos del sol calentaban con más fuerza. La mañana estaba ya avanzada.

– Empecemos por mañana. ¿Vendrás?

– Aquí estaré.

– Tendrás que esconderte.

– Me esconderé si es preciso.

– Sorpréndeme.

– Procuraré no asustarte.

– Y yo procuraré que haya ropa limpia que tender, y no esperarte.

– ¿Por qué?

– Porque los hombres sois infieles a vuestra palabra. Y los criados, más.

– Yo no soy un criado… ni tampoco un hombre como los demás.

– Primero tienes que ser un hombre. Eres más bien un jovencito atrevido…

– Pídeme lo que quieras y te demostraré que soy tan hombre como cualquiera.

– ¿Ahora eres como los demás?

– Esto, bueno… -balbuceó él.

Ella rio y salió en su auxilio:

– Si quieres demostrarme que eres un hombre diferente, haz lo que te pido: que el viento sople y una prenda se me vuelva a caer al suelo…

– Impetraré al dios de las tormentas que desencadene las cavernas del aire y que todas las prendas se te caigan, no solo una, para poder servirte mejor y por más tiempo. Porque no tengo el poder de mover los vientos, pero con mi amor y mi fe lograré que los dioses lo hagan para ti.

Ella lo miró intensamente.

– Al final me harás creer que no eres un criado.

– Seré un soldado, un médico, un brujo, un rey, o un fauno de los bosques, si tú lo mandas. Incluso un criado, si eso te place. A estas alturas, ya estoy entregado a ti como un loco.

– Sé tú mismo, con tus ojos fijos en mí. Con eso me basta -añadió la chica, que comenzó a alejarse de él.

– Por cierto, no sé tu nombre… -suplicó él.

– Si el viento sopla mañana y me arranca una nueva prenda, como dices, quizás te lo diga… -replicó ella mientras reía y caminaba por el sendero, con su fardo entre los brazos.

El príncipe permaneció allí plantado, contemplándola, hasta que desapareció. Por un momento, se sintió feliz y vacío a la vez.

– Mi dulce diosa del agua -susurró.>>

Publicado por Somnia

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