Una lectura y una relectura

Hay veces que leer dos libros a la vez te da una visión de las cosas más proporcionada, más correcta. Me vais a entender:

Soy uno de los niños que creció leyendo las novelas de Julio Verne. No las he leído todas, pero sí las más famosas: La vuelta al mundo en 80 días, De la Tierra a la Luna, Veinte mil leguas de viaje submarino, Los hijos del Capitán Grant, Viaje al centro de la Tierra… Siempre me fascinaron sus historias, y no solo eso, sino también su forma de contarlas. Siempre había cosas que aprender. Siempre había personajes de lo más interesante. Creo que para muchos como yo, fue el auténtico Disney, el verdadero paraíso de la imaginación, sin desdeñar a los demás.

Pues bien, resulta que, regresando a mis orígenes, estos días me estoy releyendo Veinte mil leguas de viaje submarino. ¡Qué maravilla! ¡Qué orgasmo literario! ¡Qué suculento bocado de letras, aventura y sabiduría! Hay veces que tengo que parar porque me abruma su increíble fuerza, y medito profundamente cómo un libro escrito hace siglo y medio, sobre algo que en aquel momento era casi inconcebible, puede seguir conservando su fascinación y su misterio en la era de las naves espaciales. ¡Y qué bien escrito está! Es como un relieve tallado por el mismísimo Miguel Ángel, como un nuevo Moisés que grita desde sus páginas con boca silenciosa, pero tan intenso y humano gesto que puede comunicar con su mera presencia tanto como otros con largos discursos.

Y al lado de este, tengo un nuevo moderno que ha salido hace apenas unos meses y que he recibido como regalo: Nunca, de Ken Follet. ¡Ay cómo palidecen los autores modernos ante la rotunda grandeza de los clásicos del siglo XIX! Follet es un escritor de mérito, no se le puede negar su capacidad para llegar a millones de personas a través de historias de giro inesperado, buena preparación y ritmo cardíaco. Pero le falta algo muy importante: carece de brillo. No ese brillo que es luminiscencia de neón, aguda y agresiva a la vista, sino un brillo interno, que nace de dentro, y que se vierte a las letras solo por la excelsa manera de conjugarlas y el delicado acierto con que conquistan el alma del lector. Carece, en definitiva, de espíritu. He leído varios libros suyos, y todos me parecen iguales, pero no porque sean malos, sino porque parecen escritos con un mismo molde, impresos a todo correr y puestos en circulación con la mera intención de intercambiarlos por billetes calientes. Es esta literatura de hoy, tan extendida, tan falta de ideas, tan carente del sentido de la perduración, precisamente porque se hace para satisfacer a un lector cada vez más casual y menos ilustrado, y porque está concebida solo como un producto de entretenimiento, y no como el testimonio de un movimiento telúrico y profundo del espíritu humano. Os aseguro que libros como Nunca no inspirarán a vuestros hijos el deseo de leer y de ser ellos mismos escritores. No les harán correr tras los rizos del viento ni soñar con mundos inexplorados.

Pues esto es el mundo moderno en casi todas sus creaciones que en otro tiempo se llamaron artísticas: producto sin alma. Precisamente por eso no pasarán a la historia.

Publicado por Somnia

Blog literario y magazine cultural

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