La sabia actitud de estar hasta la polla

La vida es muy puta. Esto ya lo sabéis, amigos míos. No acabo de descubrir la Atlántida, ni la cura del cáncer. Es algo que ya sabían los neandertales en sus cuevas, o cuando un dientes de sable los mordía el cuello. Seguramente ellos ya se decían antes de palmarla: ¡Qué puta mierda de vida!

¿Qué quiero decir con esto? No es una cuestión personal, entiéndaseme bien. No es que hoy me haya pasado algo peor o distinto a cualquier otro día. Es un runrún que me corre por la mente periódicamente, y creo que a muchos de vosotros os pasará lo mismo. Es una sensación profunda, una inquietud subterránea, algo que ya pusieron de manifiesto los existenciales, y hasta los estoicos, y que nos hace decir de vez en cuanto: ¡Qué puta mierda de vida! Es decir, queremos vivir más y mejor, y lograr grandes cosas para nuestra vida. Pero esto son solo sueños de niño. Ni grandes cosas ni pequeñas. La mayor parte de la veces no logramos más que disgustos. ¿Y qué os voy a decir de la salud y la vida misma? Están siempre amenazadas por la muerte, que antes o después (casi siempre antes) acaba venciendo. Porque nadie vence a la muerte (nadie salvo Uno, creemos los cristianos).

El sentimiento trágico de la vida, lo llamó Unamuno. Yo, menos poético y probadamente menos inteligente, lo llamo «la vida es muy puta». Pero por su lujuria, no, sino por su falsedad y actuar traicionero. La lujuria es un vicio muy respetable, que aporta al menos grandes dosis de placer y hasta de belleza. Pero yo hablo de otra clase de «puterío», ya me entendéis: la vida es un decorado falso, es un litro de garrafón, es una maldita pisada sobre una mierda. Hasta los mejores tienen el mismo destino.

Si avanzamos, si vamos ganando terreno, cada día más, a la frustración, no lo hacemos como individuos, sino como especie. El neandertal que moría entre los dientes del depredador o tras romperse una mano no podía gozar de tantas comodidades y seguridades como tenemos hoy. Pero para ello han tenido que pasar miles de años, y muchos individuos han seguido muriendo y han seguido aportando sus inventos, su trabajo y su inteligencia para que la especie avanzara. Es un destino muy cabrón, aunque no del todo insatisfactorio.

Quizás nuestros hijos no disfruten de una vida esencialmente mejor que la nuestra, pero nuestros descendientes sí. Y eso ya es algo. Quizás, después de todo, llegue un día en que seamos nosotros los que puteemos a la vida y a la muerte. Quizás…

Aun así, esto no es un consuelo. En realidad, es otra putada. ¿Por qué yo, individuo con todas sus potencias, con tu inteligencia intacta, con sus sentidos activos, con todo el sentimiento de querer siempre más, de aspirar a una vida mejor, de tener en la mente la inmortalidad, la eternidad, estoy irremediablemente sujeto al desgaste, al accidente, a la insatisfacción, a la náusea, al miedo, a las limitaciones de todo tipo (incluso sociales)? ¿Por qué no puedo revolverme en mi interior y enfrentarme con todo y vencerlo, como un titán que escapara del Tártaro y ascendiera el Olimpo?

Quiero, pero no puedo. No hace falta ser un Einstein para darse cuenta.

Es entonces cuando surge la sabia actitud de estar hasta la polla.

Sí, amigos, sí. Estoy hasta la polla de todo: de trabajar, de pagar impuestos y deudas, de aguantar a personas estúpidas, de los atascos, de las alergias, de las obligaciones impuestas por gente a quien no conozco y que en ningún momento he aceptado, de las prisas, de estar sujeto a tantas cosas que no he elegido, hasta de mí mismo y hasta de vosotros. Es lo que hay. Es la vida humana, que es muy puta.

Y no me entendáis mal: no soy un subversivo, no estoy a punto de dejarlo todo y largarme a un monasterio. Me gusta mi trabajo, al menos parte de él, me gustáis vosotros y amo muchas otras cosas, y tengo a personas maravillosas cerca de mí, mi familia, mi esposa, mis amigos. Pero hay algo en la vida que no es lo que uno esperaba de ella, y no se trata tanto de cosas, como de algo más profundo. Y las palabras de consuelo o de resignación no pueden apagar ese «sentimiento trágico». Y no me digáis que vosotros no lo habéis sentido.

Por eso, a partir de ahora actuaré como me salga de ahí mismo. Porque a la vida no le importa cómo me vaya, y porque, en el fondo, nadie aplacará la sensación de estar siempre insatisfecho; y porque uno, con los años, aprende a no esperar nada, a perder las ilusiones, pero no porque no crea nada, sino para protegerse frente al fracaso, la derrota o el dolor.

Publicado por Somnia

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