Escritor, ¿te gustaría ampliar Somnia conmigo?

Mi idea es que aquellos escritores que quieran sumergirse en el mundo de Canción Eterna y estén interesados en escribir sobre él, me envíen un mensaje, para que podamos compartir nuestras visiones y ampliar Somnia más allá de la historia de Ároc, Róderik y demás.

Si habéis leído Canción Eterna, os daréis cuenta de que he creado un mundo que va más allá de la historia principal de la novela. El continente de Somnia está presente incluso en mi obra poética El Maestro de los Vientos. Es un lugar imaginario, pero también es un lugar real para nosotros los que escribimos, como un lienzo que es a la vez protagonista y decorado, donde pueden pintarse aún muchas escenas todavía no perfiladas.

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¿Por qué no empiezas poniéndole algunos nombres a este mapa físico de Somnia?

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De Canción Eterna, primera parte, capítulo II:

<<A decir verdad, Somnia era un país excelente. Grandes praderas salpicadas de riachuelos se extendían hacia todos los puntos cardinales, y las bellas casas de campo con frondosos jardines se dispersaban sobre la dermis verde de la tierra, junto a las granjas repletas de animales y los fértiles huertos que daban toda clase de vegetales y frutas. Al norte, altas montañas coronadas de nieves eternas veían pasar los siglos vestidas de grandes poblaciones de pinos, de hayas y de robles. Osos y lobos cazaban en los ríos y en las peñas, y se refugiaban en cavernas y hondonadas. Al Noroeste, el Gran Bosque extendía sus dominios; oscuro y ominoso, muy pocos se adentraban en él. Al sur del Gran Bosque, había un camino que conectaba los territorios septentrionales con el Reino Nuevo o Reino Menor, Nathia, y pasaba a través de un istmo que luego se ensanchaba y formaba una luenga península. Esta vía había sido construida en tiempo tan remotos que ya nadie sabía su origen; y aún seguía ahí, aunque cada vez más erosionada por el continuo tránsito de hombres, caballos y carromatos. El Nuevo Reino había sido constituido por emigrantes del Antiguo Reino, mucho tiempo atrás, buscando crear nuevas comunidades que permitieran traer nuevas tierras, nuevas conquistas, y riquezas desconocidas. Con el tiempo, sin embargo, la unión entre la metrópoli y la colonia se fue resquebrajando, más por la distancia y los pequeños e imperceptibles cambios de la vida cotidiana, que por grandes conflictos; y acabaron formándose reinos diferentes, aunque habitualmente aliados. Al este, al norte y al sur el Antiguo Reino se extendía en leguas y leguas de tierras de cultivo, de grandes praderas y de costas interminables, en las que una población creciente se había asentado desde hacía milenios, formando ciudades y aldeas innumerables, regadas abundantemente por las lluvias periódicas que traían alimento a los cultivos y regían las estaciones y los calendarios de las gentes. Su tamaño era difícil de medir, incluso para los sabios. Era sin duda el mayor imperio conocido, y abarcaba a multitud de pueblos, culturas y señores. Tan grande era su extensión que el continente entero se había llamado Somnia. Todos los que lo habitaban tenían por rey al hombre que se sentaba en el Trono de Millones de Años, en la Gran Cámara del Trono de la Fortaleza de Albia, desde donde el rey de Somnia dominaba el mundo y extendía su dominio. Pues Somnia era un reino conquistador, como se comprenderá, y a duras penas detenía sus ansias de seguir en guerra con otros pueblos no sometidos, a los que con frecuencia imponía un duro tributo. El principal territorio tributario de Somnia era Kaxesh, al norte y al este de las Montañas de las Nieves del Verano, un pueblo bárbaro y salvaje que vivía en tribus y clanes y que se alimentaba de la pesca y de la caza; entre ellos, el cultivo de la tierra era considerado una humillación y tenían al guerrero por el hombre más noble y admirable. Si bien ha de decirse en su descargo que había pocas tierras de cultivo al norte de las Montañas de las Nieves del Verano, pues la tierra se había vuelto dura, a causa del hielo, y apenas llovía, y mucho menos lucía el sol lo suficiente para calentar los hielos y alimentar a las plantas. Aquellas gentes conformaban un heterogéneo grupo de etnias y lenguas, con señores locales y oligarquías de “eoai”, pero todos los kaxeshi tenían por rey a Arn, que en su juventud había conquistado la Corona de Fuego y los había reunido bajo su espada. Se decía entre los kaxeshi que en el pasado una figura poderosa había bajado del cielo, y una piedra había caído con él; y que aquella piedra había incendiado bosques enteros, porque tenía un poder del fuego dentro. La figura divina se había hecho una corona de aquella piedra, y la había dejado en herencia a sus herederos. Para portarla, era necesario ser el más fuerte de los guerreros y el más osado de los capitanes. Quien la llevaba sobre su cabeza era digno de incendiar el mundo. Así, Arn, Eoi del clan más numeroso, había rescatado la Corona del túmulo del último rey que la portó, y se la había puesto, y los demás clanes fueron sometidos o se rindieron, durante años de peleas. Así se había labrado un nombre en el mundo entero. Pero cuando todo hubo estado bajo su mando, y decidió que era el momento de incendiar el sur, lanzó un gran ataque con miles de sus guerreros, convencido de que no podía ser vencido. Sin embargo, nada más divisar el río Groud, que señalaba las fronteras septentrionales de su reino, comprendió que aquella era una guerra que no podía ganar. Lar, Rey de Somnia, había conducido un gran ejército en largas jornadas de marchas nocturnas, y lo esperaba en la otra orilla del río, dispuesto a masacrarlo entre las lanzas y el agua. Aquel día, Arn se acobardó, el único de todos los días de su vida, y se sometió, declarándose vasallo del rey de Somnia, prometiéndose en lo oculto de su corazón que un día se vengaría y humillaría la altivez de aquellos sureños que se sentaban en el Trono de Millones de Años.

En la parte más oriental del mundo conocido, había surgido una tierra rica en bosques y frutas, habitada por gentes cetrinas y morenas entregadas a la pesca y al comercio, asentadas en un archipiélago en cuya isla principal, conocida como en Somnia como Lyania, que el Gran Duque gobernaba desde el Palacio de las Mil Islas. Había historias que hablaban de más tierras al este y al sur, pero los registros de Somnia no decían nada cierto sobre ello.

Albia, la capital del Antiguo Reino, se asentaba sobre una alta colina pedregosa, que sobresalía entre otras colinas menores, en las orillas de un río manso que rodeaba sus tres cuartas partes, corriendo a través de un valle profundo, y estaba adornada por altas murallas de piedra y ladrillos pintados de blanco y dorado, que un día sirvieron para defenderla de enemigos que sólo los libros olvidados y las canciones que se contaban para asustar a los niños recordaban. La ciudad era una impactante colección de casas de piedra o de ladrillo, torres, palacios, templos, plazoletas, calles estrechas y recuerdos de un pasado glorioso. Las estatuas de los grandes dioses y de los reyes adornaban las avenidas principales, atestadas de gentes de toda condición e incluso de comerciantes y visitantes venidos de tierras lejanas, que acudían a rendir pleitesía al Trono de Millones de Años. Fuera de las murallas habían crecido barrios enteros de casas de adobe o de madera, templos de dioses menores, mercados improvisados, casas de mala nota y negocios clandestinos. Y junto a uno de los principales barrios extramuros, había crecido con el tiempo uno de los más imponentes edificios de ladrillo: la pirámide escalonada de Anup, construida por los más pobres, con sus propias manos, animados por las profecías de Lemascimel, el gran profeta de Anup, al que los pueblos de Somnia tenían por hacedor del mundo y gobernador de los destinos universales. El rey en persona había consagrado aquel templo popular con su presencia y celebraba allí algunas recepciones oficiales, por la grandeza y vastedad que había alcanzado.

Al sur, el terreno descendía lentamente en grandes extensiones de cereales y, más al sur, de marjales, bosques y pantanos salinos, antes de salir al mar inexplorado. Un pueblo tranquilo, pacífico y veraniego pululaba en él. Gentes de toda condición, de vida sencilla y sin desmesuradas ambiciones…

Somnia, que abarcaba varios miles de leguas de norte a sur, y de este a oeste, era un enorme territorio bañado por el sol templado, las estaciones regulares y las lluvias cadenciosas, en muchas partes abundantes, dadoras de vida. Tan inmenso, que en él podían encontrarse inalcanzables cumbres cubiertas de nieves perpetuas, interminables llanuras sembradas de prados, de cereales, de arboledas; suaves playas siempre doradas; bosques inhóspitos; ciudades pequeñas y ciudades grandes; tierras baldías; cañones y torrentes; desiertos en miniatura; y hasta una sucesión indescriptible de onduladas colinas que daban a la superficie de la tierra el aspecto de una hogaza de pan bien horneada. En el pasado remoto, pueblos de toda raza y condición habían habitado en Somnia. Algunos no habían dejado rastro alguno. Otros permanecían en la memoria de las gentes, pues las ruinas de sus grandes obras permanecían aún de pie, o asomando entre las malezas o las rocas, dondequiera que miraras. Pero aquellos pueblos hacía mucho tiempo que se habían ido. La historia, que una vez ellos ayudaron a construir, les había velado su rostro y les había dado la espalda. Ahora, sobre los cimientos de un pasado oscuro, que se perdía en las pesadillas de los antepasados, y que apenas se recordaba en los cuentos, las leyendas, las viejas canciones, se había levantado otro mundo, otro pueblo; nuevo si se medía su edad en comparación con las inmensas extensiones del tiempo, pero viejo si se miraban los surcos de su rostro y se comparaba con las duraciones de otras épocas y otras civilizaciones. 

No obstante, tras las fronteras de Somnia no caían a pique las tierras y los mares. Vecino de Somnia estaba Nathia, el Reino Nuevo, que viajeros y aventureros de Somnia habían creado años después de fundarse el Reino Antiguo. En general se trataba de gentes dadas a la mar, a la pesca y a la navegación. Grandes comerciantes, llegaban a tierras lejanas que otros no habían imaginado. Se protegían tras las infranqueables murallas naturales que los terremotos y los milenios habían erigido entre ambos reinos. Estas cordilleras separaban Nathia no sólo del Reino Antiguo, sino también del resto del mundo conocido. Sólo por un lado no cercaban Nathia. Y por ese lado estaba el océano.

Al norte, los hombres no sabían qué había ni cuánto se extendían las tierras ni las aguas. Había un universo cada vez más frío, salvaje, habitado por pueblos dispersos, atrasados pero beligerantes, en su mayoría pastores, saqueadores o simplemente errantes, siempre en movimiento, nómadas sin patria ni destino, sin orden ni civilización. Cuántos eran, nadie lo sabía a ciencia cierta. Y se decía que sólo unos pocos habían tenido el valor y la fortuna de recorrer aquellas tierras, visitar a aquellos pueblos y regresar para contarlo. Hablaban lenguas extrañas, adoraban a dioses extraños y primitivos, y a menudo entraban en guerra con Somnia, pasando a través de las montañas y los valles cubiertos de tundra o parcialmente helados, para tratar de conquistar heredades más caldeadas, suelos más feraces y toda clase de riquezas que pudieran arrebatar. Sus aventuras a menudo terminaban en cruentas batallas o en sangrientas matanzas, pues no respetaban a nada ni a nadie, pero se retiraban tan rápido como habían llegado, arrastrando consigo cuantos tesoros habían podido rapiñar o a cuantos esclavos habían logrado hacer. De vez en cuando, estas veloces campañas se convertían en invasiones duraderas, de las que sólo con gran dolor y sacrificio podían acabar liberándose los somnianos. Por esta razón, los reyes de éstos siempre habían tenido entre sus propósitos conquistar dominios al norte de las montañas, de forma que pudieran servir de escudo al Antiguo Reino frente a las asechanzas y escaramuzas de los salvajes, a quienes solían llamar bárbaros o “kaxeshi”, pero que en realidad eran un crisol de lenguas y razas, no siempre con relación entre sí. La Corona de Orgullo de su rey Arn mantenía unidos a muchos clanes, y no los menos numerosos; éstos habían aprendido a comerciar y a respetar los pactos, aunque despreciaban a los comerciantes y solo lo hacían por necesidad. Pero el brazo de Arn los mantenía sujetos y tranquilos, al menos la mayor parte del tiempo. Sin embargo, había otros muchos pueblos al norte de las Montañas de las Nieves del Verano, pueblos y clanes libres y salvajes.

La extensión hacia el este de Somnia jamás había sido medida con exactitud. Las montañas del norte se terminaban en algún punto y un terreno ondulado y llano hasta donde alcanzaba la vista se alargaba hacia el norte y el este. Regiones pantanosas y grandes ríos imposibles de vadear nadando se podían ver en aquellas regiones. Pueblos diversos, muy diferentes del resto, pero que pagaban tributo al Rey de Albia. En algún momento, sin embargo, las tierras hallaban un término, lo mismo al este que al sur, y un mar cálido se enseñoreaba del paisaje. Nadie, ni desde la costa ni desde barco alguno, había vislumbrado jamás tierra firme ni hacia el este ni hacia el sur. Sin embargo, se decía en los relatos olvidados de días antiguos que grandes islas y poderosos continentes, repletos de pueblos desconocidos, poblaban latitudes lejanas más allá del piélago. Pero los somnianos no los habían descubierto aún.

En Somnia, los hombres vivían, en general, felices con lo que la tierra les daba. No tenían grandes ambiciones, ni sueños desmesurados. Jefes y nobles gobernaban sus feudos y posesiones como sus propiedades, y el pueblo los servía como a sus señores naturales. Los niños querían ser guerreros de renombre o montar a caballo. Las jóvenes se casaban pronto y realizaban las labores de la casa, como madres y esposas; pero algunas eran artistas, músicas, incluso comerciantes. En general, hombres y mujeres vivían en igualdad y armonía. Los soldados se vestían de armaduras de cuero y hierro, y portaban lanzas de fresno y espadas cortas. Los jóvenes aprendían las labores de la guerra o del comercio, y las aldeas bullían de pueblos crecientes y de raíces fuertes. El reino aumentaba cada año en abundancia y había la sensación de que se encontraban en una nueva edad gloriosa, a pesar de que las gentes humildes no conocían otra cosa más que las faenas cotidianas, como ha sucedido en todas las épocas y lugares. En cada casa había un perro. En las granjas, criados que ayudaban a trabajar la tierra, asnos y caballos, y un invento nuevo que algunos campesinos avezados estaban empezando a introducir en sus trabajos: el arado de hierro. En los castillos y fuertes de los hombres poderosos, se veía otro invento que a muchos parecía un regalo de los dioses, y por ello peligroso: artilugios redondos sobre los que se movían cajones de madera y que se movían constantemente dando vueltas pero no iban a ningún sitio, sin dejar de trasladarse. ¿Cómo era posible aquello? Nadie lo sabía, pero muchos lo llamaban “roud”, girador. En los templos los hombres rezaban a los dioses, ayudados por los sacerdotes y maestros. Algunos se encerraban en casas comunes, grandes edificios de madera o de ladrillo donde llevaban una vida sencilla y oscura; orando, haciendo sacrificios y enseñando materias secretas. En la corte, ricos y nobles jugaban a los juegos de poder, y así pasaban los años, creyendo tener un dominio que pronto la muerte les arrebataba. Los hombres que pululaban sobre la tierra no eran diferentes de los hombres de cualquier otra época, con grandes posibilidades y mediocres realizaciones; pero aun así eran admirables, a su manera. Aunque los remedios para la salud y las condiciones de vivienda o de transporte eran lamentables en muchos aspectos, ya existía la cerveza, que hacía la vida más fácil, a la vez que ponía en peligro la seguridad de los que montaban a caballo y de cuantos se cruzaban en su camino. Pero, aparte de estos desgraciados accidentes, de la brevedad de la vida y de las enfermedades de remedio desconocido, de las estaciones secas y de las amenazas de los pueblos nómadas del norte, había seguridad y paz en las fronteras de Somnia y no era difícil ser feliz moderadamente, con sus soleadas tardes de otoño, con sus calurosas mañanas de verano, con su siega y siembra, con sus fiestas y sus jornadas de trabajo, con sus hombres y sus bestias, con sus limitadas ilusiones y el calor de sus pueblos y familias.

O al menos así había sido hasta entonces.

Ese era el mundo que Teobald había conocido durante toda su vida.>>

Publicado por Somnia

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