Impluvia VI

El discurrir de mi vida a lo largo de mis años ha sido una constante lucha entre lo que soy y lo que sueño ser. En esta lucha he sido muchas veces vencido por la angustia de no ser lo que quisiera, y por el dolor y la decepción de no ser los demás a mi gusto o conveniencia. Pero no es esto lo que verdaderamente constituye mi vida. Porque en esta lucha ha habido victorias: yo como hombre venzo sobre mí mismo, que soy mi peor enemigo pues no me acepto, en el momento en que soy capaz de reconocer la miseria y de ser tan fuerte y humilde ante Dios como para no dejarme vencer por la mentira del fracaso y ponerme tranquila y gustosamente en las manos de quien me creó y me cuida. Recuerdo ahora aquella oración de san Ignacio de Loyola que decía algo así como “tomad, Señor, y recibid lo que soy y lo que tengo… vos me lo disteis; a vos, Señor lo torno… todo es vuestro disponed… dadme vuestro amor y gracia porque ésta me basta”. Una gran paz y sosiego conmigo mismo permanece en mi interior ahora que medito en tales palabras llenas de sabiduría y de realismo. No puede haber, pienso, otro sentido a mi miseria que reconocer lo que me basta y apegarme a ello. Decía Theilard de Chardin, parafraseando la oración del Soldado de Cristo que me alumbra: “porque mi pobreza, el verdadero sentido de mi pobreza, amada y comunicada, es saber y es gustar qué es lo que me basta; dónde se encuentra el tesoro, el sol, la fuente para tanta inquietud y tanta impotencia… dónde pueda estar lo que aquiete mi corazón y mis sentidos, lo que me haga reposar, rendido de amor y palpitante de entrega; poder amarte y servirte en todo al reconocerte enteramente en todo”. Tengo la sensación profunda de que comparto con Theilard de Chardin tales pensamientos y de que mi vida, al igual que él manifiesta, se ajusta de manera sorprendente y maravillosa a tal sentido de sí misma. Dios, el Dios de Jesucristo, me ha hecho pobre y débil para que encuentre la fuente de la riqueza y fortaleza, que está en Él. No puedo pensar en todo esto sin, al mismo tiempo, sentir que he faltado a ello toda mi vida, como si hubiese sido invitado a una fiesta y hasta ahora no hubiese respondido acudiendo a ella. Reconozco la verdadera fuente en la que bebo, que es Dios. Si hoy estoy vivo y me acerco a Él a través de mi meditación es porque me sostiene en su amor y me mira con infinita ternura de Dios que es Padre. ¡Qué ingrato y tonto he sido! Me costará volver a estar en sus brazos, como si nada hubiese pasado, pero es lo que más deseo en esta vida: dejarme seducir por Él, no buscar más la felicidad en la basura del propio deseo. Y concluyo con palabras de Chardin: “Recibe toda mi libertad, que es al cabo lo que yo soy desde tu mirada perdonadora y tierna, mi propia historia de salvación trabada por Ti, promesa y cumplimiento entre tus manos”. Amén. Esto tiene que ver profundamente con el misterio de mi vocación a la literatura y la creatividad. Dios se servirá de la pobreza para hacer ricos a los hijos de su misericordia. Amén.

Publicado por Somnia

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