Un buen hombre, un buen padre

Queridos amigos de Somnia, quiero que compartáis mi dolor en este día.

Últimamente me estoy acostumbrado demasiado a las despedidas. Y no me gustan las despedidas… especialmente cuando no te puedes despedir. ¿Cómo se dice adiós después de unos días, después de la muerte? Las palabras son como orificios diminutos en un gran lago de pena: alivian muy paulatinamente, y no dan abasto para desalojar del alma el veneno del dolor. O quizás es que no es necesario, porque el veneno pasa a formar parte de nuestras células, se funde con nosotros y ya no nos abandona. En todo caso, da igual. Hay que expresarlo, y dejar que las palabras se vayan con el aire, y que nadie más vuelva a escucharlas o a leerlas, porque el tiempo corre, la vida sigue, el mundo gira, y nadie detendrá sus pasos hoy, siquiera un instante, para ser consciente de un que un ser humano bueno ha dejado de respirar (y con él, nosotros, su familia).

¿Cómo se despide uno de un ser querido? Supongo que no hay despedida posible. Pero de alguna forma hay que decir lo que hay que decir…

Murió Arturo, mi suegro, un buen hombre, un buen padre. Fue el sábado pasado, y la tierra ya ha recogido sus restos, tapiada con ladrillos la entrada de su nicho. Allí esperará el último día, descansando, hasta que todos seamos llamados al juicio final.

No hay palabras, en ningún idioma, que signifiquen la altura, la profundidad, la anchura y la intensidad del dolor de su familia, de la que me honra formar parte. Su ausencia deja un hueco inmenso. Ante tal ausencia, solo el silencio y las lágrimas dan una lejana idea de nuestra pérdida.

Lo quise como a un padre político, como a un amigo, y siempre me sentí acogido, desde el primer día, en su familia. Era un tipo con humor, generoso, siempre dispuesto a ayudar, que daba todo lo que tenía; apacible y sereno, trabajador, luchador, que cuidaba de su familia y se preocupaba de que estuvieran bien, que mimaba a sus nietos, que no tenía nunca una mala palabra para nadie, que sabía hacer amigos en cualquier situación y en cualquier lugar. Un buen padre, amado por sus hijos hasta la locura; un buen marido, que no se separó de su mujer un solo día en muchas décadas. Alguien que nunca dejaba un favor sin devolver. Un tipo tranquilo, que imponía, y que tenía un largo repertorio de chistes y anécdotas que te hacían reír. Alguien que dejó huella.

Aún no me creo que ya no esté. Así, tan de repente, tan sin verlo venir, como un rayo que brilla a pleno día…

Mis dedos tiemblan cuando escribo esto.

Recuerdo la primera vez que comí en su casa, y la broma que me gastó, aunque tuve suerte de no caer del todo en ella. Recuerdo que nos despedimos hace poco con la promesa de volvernos a ver pronto, promesa que ya no se cumplirá. Recuerdo nuestras aventuras en el tractor cuando íbamos a trabajar a las monterías. Recuerdo cada vez que brindamos con una botella de vino de pitarra nueva que le habían traído o que había hecho él mismo. Recuerdo incluso las veces que nos fumamos un puro juntos (nosotros, que no fumamos).

Supongo que el dolor es así: te hace recordar las cosas buenas y echarlas de menos como si nunca fueran a repetirse. Pero yo espero que la siguiente copa nos la tomemos en el cielo, quizás dentro de muchos años, juntos, brindando con un vino mejor.

Ahora quedamos los que quedamos, y en cierta forma me siento responsable de su familia. Él lo habría querido así, aunque no me lo habría pedido, porque era un hombre de pueblo, recio y duro, de los que no piden las cosas con la boca, pero las piden con los hechos. Él me encargó muchas veces sus asuntos personales, sus gestiones, y confiaba en mí. Habría visto con buenos ojos que yo cuidara de los suyos. Y eso es lo que siento. Siento que son mi familia, junto con mis padres, mi hermano, mis hijos. Todos juntos, una gran familia. Y siento que aún queda mucho por vivir y por recorrer, y que me necesitan. No les voy a fallar. He tenido grandes maestros, como mi propio padre, que espero que viva aún muchos años, y por supuesto mi suegro.

Uno aprende que en la vida está llamado a ser hijo, pero también a ser padre. Y es un hermoso camino. Es un bello destino.

¿Sabéis lo que más siento? Que no pueda estar en la Primera Comunión de mi hija, dentro de un par de meses. Que no pueda estar físicamente, porque yo estoy convencido de que su alma estará.

A él le dedico este texto sentido, dolido, llorado. ¡Adiós, Arturo! Guárdame una buena botella de vino del cielo, que nos la beberemos entre chistes cuando me llegue mi hora. Y no dejes de cuidar a tus nietos, que te necesitan ahora más que nunca.

Publicado por Somnia

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