Impluvia XVII: placer y bien

PLACER Y BIEN. CONOCIMIENTO Y SENTIMIENTO

Una de las distinciones que intelectualmente se pueden hacer y que provoca en mí más curiosidad y extrañeza es ésta: una cosa es el placer, otra cosa es el bien. Que algo placentero pueda ser (quizá) malo, y que algo no placentero (y aun doloroso) pueda ser bueno. Me parece a mí que debajo de esta distinción (se defienda o se ataque, da igual) hay toda una mentalidad moral muy concreta. No sabría cómo llamarla, pero puede ser que su denominación más adecuada sea la de “finalista” o “principialista”. Hablo en general, claro está, y no me refiero a una moral determinada de las que conocemos u observamos; no es ni la moral cristiana, ni la estoica, ni… Simplemente es una forma muy vaga de concebir la actuación humana. Su contraria sería la moral “nihilista”; no se me ocurre un nombre mejor que éste, porque tengo entendido que el nihilismo más puro es precisamente aquél que pretende revertir los criterios morales recibidos de la cultura judeocristiana y griega, y arrancar de toda praxis la idea de fin moral, quedándose sólo con el acto, despojándose incluso, diría yo, de todo principio, de toda fundamentación. Pero no intento ser preciso con los nombres. Lo que quiero dar a entender es que hay una diferencia conceptual entre placer y bien. El mismo hecho de que podamos, normalmente en nuestro actuar cotidiano, distinguir entre lo placentero y lo bueno (o lo malo), muestra que, al menos en el plano de las ideas, es posible diferenciar entre placer y bien. Entonces nos veremos en la necesidad de exponer las razones por las que tal dicotomía no debe hacerse o de hecho no existe; y esto es lo que no hacen, a mi modo de ver, los “nihilistas”. Tienden éstos a identificar lo bueno con lo placentero, no porque nieguen la existencia de moral alguna, sino porque afirman que lo bueno es moralmente aquello que nos produce satisfacción o que, por lo menos, se la produce a los más fuertes. Algo así es uno de los principios prácticos del “utilitarismo”, que es también una forma de nihilismo moral. Afirman que los conceptos morales son subjetivos, en el sentido de que no ha sido posible su determinación clara, concisa, universal y definitiva a lo largo de los siglos; y que ello ha sido así porque se han tomado como buenos criterios morales equivocados. Pero la identificación del bien con el placer no deja de ser así mismo subjetiva, tan falta de claridad, concisión, universalidad y definición como dicen que es la moral tradicional (la greco-latina y la cristiana). Al final, la reversión de papeles que proponen se convierte en una pérdida de papeles, y quien tenía al menos una brújula (aunque no fuera muy buena) se encuentra después con que no sólo la ha perdido, sino que además le han intentado convencer de que el norte ni está allí donde antes iba, ni está en el lado contrario. ¿Dónde está, pues? ¿O es que no hay norte?

No digo yo que toda oposición entre placer y bien sea correcta. Tampoco digo lo contrario; es decir, que toda conjunción entre placer y bien sea correcta. Prefiero mantenerme reservado. Considero que ni todo placer es conveniente, ni todo sufrimiento es deseable. Y me apoyo en esta consideración: la exaltación del placer individual nos llevaría a la autodestrucción, y lo mismo la deificación del sufrimiento. Éstas no son frases imaginarias ni conclusiones lógicas (que podrían tener su valor), sino proposiciones basadas en la experiencia. Pongamos un ejemplo: si todos los hombres, sin excepción, encontraran un gran e irrefrenable placer en matar a otros hombres (y es evidente que dicho placer existe, al menos para algunas sensibilidades), pronto no quedaría ni rastro del ser humano, y la identificación del bien con el placer habría tenido como colofón la identificación del bien con la muerte. Y no parece que esto pueda ser considerado bueno, a menos que la destrucción de la vida se vea con buenos ojos, o que no se quiera ver nada. Puede que ésta no sea una cuestión susceptible de demostración “more geometrico”, sino una mera cuestión, repito, de sensibilidad; más bien, de correcta sensibilidad. Por eso, aquellos que moralmente se muestran peores no son llamados “irracionales”, sino “monstruos”, como queriendo dar a entender que están faltos de la más mínima capacidad de compasión o de piedad.

Pero me parece que en este asunto no he dicho cuanto se debe, y quizá sea bueno poner sobre la mesa otra idea acerca de la relación entre moralidad y sensibilidad. Dicha idea tiene que ver con la “verdad” (que, dicho sea de paso, es otra idea). La verdad es una cuestión racional, aunque también lo sea, no sabemos en qué medida, una cuestión sentimental, sin que esto suene peyorativo. Pero parece que es un problema que atañe sobre todo al conocimiento; y de entre todas las formas de conocimiento, específicamente al conocimiento a través de: experimentos sensoriales y razonamientos lógicos. Quizá éste sea el quid de la cuestión para demostrar cuándo una sensibilidad es “correcta”. No es fácil ni falto de importancia, pues cuando hemos dicho que la relación entre placer y bien se resuelve en gran medida atendiendo a la sensibilidad, hemos hablado de sentimientos como la compasión o la piedad, hemos querido decir, sin duda, que es posible “educar” la sensibilidad, y que hay, por así nombrarlo, algo externo a ésta a lo cual es posible dirigirla, como la flecha se dirige al blanco, incluso a costa de aceptar que esto recuerda demasiado a Platón. En otras palabras, hay verdades morales objetivas, pero éstas no deben entenderse sólo como conclusiones intelectuales de las que echar mano, principios que funcionan en los debates, sino también como ideales a que aspirar, Dorados que buscar, sueños que perseguir y, por supuesto, inspiraciones a las que dar rienda suelta. El bien moral es racional, porque es verdad, y es verdad porque pertenece a la estructura interna, general y previa de la “naturaleza” humana. Pero también es sentimental, porque dichas normas hablan del corazón, se conocen por el corazón y juzgan al corazón. De modo que me permito afirmar algo que hasta ahora muy pocos han hecho, con una rotundidad que posiblemente me condene a ser falseado o contradicho: nadie puede conocer el bien si no tiene un corazón bueno, y nadie puede tener un corazón bueno si no lleva en sí, como un pensamiento confuso que exige aclaración, alguna sospecha del bien, cierto presagio de la bondad, un olor que perseguir, una pista de la que fiarse. ¿Puede conocer el bien y el mal el hombre a través de su razón? Rotundamente, sí, pero menos que a través del corazón. ¿Por qué? Porque el corazón entiende de un solo golpe de vista, y acepta o rechaza con toda su pasión, aquello que el intelecto se esforzaría toda una vida en demostrar fatigosamente. ¿Significa esto que las normas morales, cualesquiera que ellas sean, no son “racionales”? No significa esto. Antes bien, el hecho de que sean normas deja a las claras que hay en ellas un componente racional ineludible, puesto que aquello que se ordena es ordenado por alguien, basándose en algún hecho, y con algún fin, y lo que no puede comprenderse no puede cumplirse. Pero decir esto es decir poco. Más bien, no es decir nada. En realidad, añado, debemos ser muy escrupulosos con las normas morales: no debemos aceptar aquéllas frente a las cuales existan varias poderosas razones (fundadas, a su vez) que inviten a su incumplimiento. Pero digo algo más, contrario, aunque espero que no contradictorio: tampoco debemos aceptar aquellas normas morales que ahoguen nuestro corazón, y que supongan corsés pensados y fabricados con la precisión milimétrica de nuestra ingeniería racional, modelos perfectos de sociedad totalmente ordenada, pero que olviden una verdad fundamental sobre el hombre: a éste no le interesan aquellas normas que no supongan un efectivo, inmediato y real aumento de su felicidad; y téngase en cuenta que la felicidad del hombre debe más a la satisfacción de sus dos ansias espirituales más poderosas (la libertad y el amor), que a la necesidad de eficiencia y orden de su vida y su sociedad (la ciencia es eficiente, y la lógica es ordenada; y son necesarias, pero no suficientes). Un mundo moral basado en la ciencia es pura artificialidad fría, inerte y vacua. Un mundo moral fundado en la lógica es pura especulación barata, insatisfactoria, que deforma la imagen de la persona humana (al borrar de un plumazo su dimensión cordial, sentimental, irresolutiva, irracional, espontánea, animal) y que corta de raíz sus posibilidades de existir realmente, con una vida individual, plena, abierta e iluminada. Y esto es así porque, siendo importante la verdad, siendo importantes las normas, lo son precisamente en función del hombre a quien sirven, y no por ellas mismas, instrumentos prescindibles y casi siempre rechazables. Así, el hombre no debe matar, pues la muerte es algo muy serio, que nadie tiene el supremo derecho de causar a otro, salvo en el caso de que sea estrictamente necesario para conservar la propia vida; pero hay algo más por lo que el homicidio está prohibido moralmente (y en esto prácticamente todas las religiones, morales y doctrinas del mundo están de acuerdo): porque un hombre que mata a otro hombre se arroga la condición de “Ser Superior” con respecto a ese otro, y niega con los hechos la igual dignidad que todos los seres humanos tienen, por el solo hecho de ser lo que son: nacidos de mujer, frutos de la tierra y del barro, excelsos señores de la creación e insignificantes motas de polvo que vagan por el espacio en busca de un sentido. ¿Acaso no te gustaría vivir para siempre? Entonces no decidas cuándo termina la estancia de otro en este mundo.

Publicado por Somnia

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