Lo que me exaspera de los cómics de superhéroes

Últimamente he tenido ocasión de introducirme un poco más en este proceloso y tenebroso océano de los cómics. Tengo que reconocer que me encantan, pero creo que es porque tratan de personajes y heroicas aventuras con que los chicos de finales del siglo XX crecimos, ilusionados hoy como lo estuvieron en el pasado los niños romanos quizás con las historias de Aquiles, de Alejandro Magno o de Perseo. Quizás dentro de mil años nadie sepa ya quién fue Superman, o quizás sí. Quizás la memoria de los mitos del presente perdure para las generaciones del futuro.

Sin embargo, hay que algo que me exaspera: las muchas y distintas versiones que existen a veces para cada personaje, o incluso esa tendencia ya convertida en el artificio gastado de convertir a los grandes héroes de luz en personajes oscuros, en antihéroes, y de manipular su presentación hasta hacerlos parecer, directamente, monstruos; los mismos monstruos que pretendían vencer, o incluso peores. Es decir, si uno va a la historia de Superman, uno se encuentra con que hay todo un ejército de escritores que han dado su propia versión del héroe, que este ha vivido, muerto y resucitado varias veces, que ha hecho y el bien y que se ha transformado en un dictador, incluso en un aniquilador de la raza humana. Cada número añade, quita, modifica, varía, completa, a otros, a veces sin importarles las evidentes contradicciones, salvando estas con recursos fáciles como el de los universos múltiples, los sueños o la magia (que son las explicaciones que se dan cuando no hay explicación).

Reconozco que esta forma de proceder también era propia de los relatos mitológicos y cosmogónicos de nuestra antigüedad. Cada poeta daba su propia versión del nacimiento de tal o cual deidad. Cada compilador tenía su propia explicación de tal o cual hecho. Pero ahora el problema se ha multiplicado por diez, supongo que motivado también por la necesidad de sacar nuevas tiradas de cómics cada cierto tiempo para pagar las nóminas de los dibujantes y guionistas y para mantener el gusto y la atención de las masas. Estas historias alimentan una industria potente y que no ha sufrido grandes crisis hasta ahora. Ello impulsa a buscar nuevos caminos, a crear nuevos héroes y nuevos villanos, pero también a dar nuevas versiones de narraciones clásicas.

Pero entonces ¿en qué quedamos? Esto es lo que exaspera. Me molesta que haya tantas caras, tantas facetas diferentes de algunos personajes. ¿Os imagináis que Cervantes hubiera escrito diez finales diferentes para Don Quijote? ¿O peor, que hubiera escrito diez novelas distintas? Sería un logro extraordinario, habría convertido la figura de don Alonso Quijano en un poliedro complejo y exótico, pero le habría arrebatado su grandeza, su verdadera nobleza: la del ser trágico, moribundo y hermoso que por dentro sueña con mundos que no existen, pero que acaba transformando su propio mundo y el de quienes lo rodean.

Esto tiene que tener un límite. Lo siento, señores. No puedo participar en esta vorágine. Me descentra, no va conmigo, no puedo consumir cualquier cosa como un adicto.

Publicado por Somnia

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