Compra ya CANCIÓN ETERNA

No tienes excusa. Ya puedes adquirir mi nueva novela y leer esta gran historia de fantasía y épica, amor y supervivencia.

¿Dónde?

Sigue este enlace. Es fácil.

CANCIÓN ETERNA

La cítara triste

«Hay un lugar

donde no hay intermediarios

ni fronteras ni distancias.

Hay un lugar

donde se acaban las palabras

y comienzan los susurros,

los roces y los silencios.

Hay un lugar

donde las almas se encogen

y se petrifican los recuerdos

y se mecen los sentidos,

dominadores del éter.

Hay un lugar

donde no tiene sentido

preguntarse por qué

ni cuándo no con quién;

la verdad es palpitante,

dura, agresiva, dominante.

Hay un lugar

donde se ve lo que está oculto

y se conoce lo que es secreto,

y el tiempo se detiene,

y el mundo se esfuma,

y las penas se olvidan,

y la mortalidad se vence,

y los sueños se culminan,

y las canciones se apagan,

y la poesía se escribe

con la piel.

Ese lugar contiene

todas la partes de ti

que no me muestras

y con las que sueño:

tus volcanes sensibles,

tus caderas risueñas,

tu lecho de plumas,

tus joyas vírgenes,

tu manantial de aromas.

Todas dormitan expectantes

bajo las sábanas,

bajo las frescas y tersas sábanas

de verano,

mientras tus ojos me miran,

ocultos,

tras el telón de tus párpados.

¿O es que estoy soñando

y una vez más

me han traicionado

mis inconfesables deseos?

Dime, joven pastora,

si bajo tus sábanas

tú también piensas en mí

o es todo un engaño

de mis falaces visiones»

Así cantaba el bardo hermoso, con la piel curtida de vientos, el pelo rubio oscuro cayéndole sobre los hombros, y la mirada de seducción y metáforas, ante el auditorio de nobles mujeres que lo escuchaba, embelesadas, en un pequeño salón caldeado del castillo, mientras los hombres, grandes señores y pobres escuderos, jugaban a la sangrienta guerra con venados y jabalíes, y hablaban de cosas sin importancia, como reinos y poderes.

Cuando la canción por fin se detuvo, y el último acorde de la cítara vibró un ínfimo instante en el aire y partió hacia los lugares recónditos donde reposen las canciones que ya nadie canta, se escaparon los suspiros de los suspendidos labios. El bardo se recogió el mechón que le cubría los ojos y sonrió satisfecho. Su bolsa estaba llena. Y su amor propio, colmado.

Quizás aquellas señoras de noches tristes creyeran que sus sábanas podrían albergar la cercanía de su ocasión secreta y apasionada, pero para él solo había una mujer capaz de suscitar aquellos versos y hacerlos, simplemente, verdaderos. Aún soñaba con ella en su soledad y se preguntaba si podría volver a verla y si sus palabras de amor ablandarían aquel corazón tan pétreo y frío. Podría tratar de calmar sus ansias con algunas pieles desconocidas, dueñas de aquellas miradas perdidas en sus versos volátiles. Pero por ahora, a pesar de estar rodeado, necesitaba un trago de vino para olvidar que estaba solo.

(Nota del traductor: Esto hallé en una polvorienta y moribunda hoja, escrita hace siglos. Y pensé mucho en ello, y dudé si publicarla. Al fin me convencí de su bondad, porque la poesía, amigos míos, la verdadera poesía de amor, nace en la distancia, la soledad y el dolor. Es el deseo su padre y la ansiedad su madre. Y así debe ser, mientras el mundo dure, para que la poesía siga siendo a los hombres tan cara y al mismo tiempo tan extraña y hostil.)

Las preguntas de los niños

¡Joder con las preguntas de los niños! Hay días que te dejan con la boca abierta, y no sabes si liarte con una explicación de padre y señor mío, o mandarlos al carajo. Y te dices, ¿en serio acabo de escuchar esto de un niño tan pequeño? Pero ¿cómo sabe éste que se puede preguntar algo así? Pues eso… las preguntas de los niños.

Vamos a hacer una primera aproximación a esas preguntas que les salen a los niños en el momento más inoportuno, como cuando los recoges del colegio y vas conduciendo tranquilamente. La lista puede ser interminable, y cada uno tendrá las suyas. Y la verdad también es que sobre esto se ha escrito mucho en la literatura psicológica y de consejos que pulula por esos mundos de Dios, así que no voy a venir yo aquí a decir a nadie lo que tiene que hacer. Digamos que por ahora me basta con citar algunas de las preguntas más complicadas que me han hecho los niños, y cómo su exigencia de recibir una respuesta rápida y sencilla no siempre puede ser satisfecha por nosotros los adultos.

Empezamos la lista con la pregunta que más veces me han hecho en los últimos tiempos, no sé si será por una cuestión de edad o por qué: «Si no fueras abogado, ¿qué te habría gustado ser?» Esta pregunta tiene otra variante aún más jodida: «¿Por qué eres abogado, papá?».

¡Menudo pifostio mental me has montado, hijo! ¿Cómo se te ocurre preguntarme eso? ¿Quieres saber por qué soy abogado? Pues porque fui gilipollas y elegí lo que me parecía una carrera guay, y acabé la carrera porque no me gusta dejar las cosas a medias, o porque después de todo me convencí de que tendría un futuro, dejando de lado otras cosas que me gustaban más simplemente por miedo a estar haciendo una chiquillada o estar siendo egoísta, o porque creía que los adultos tenían razón con lo que de «estudia algo que te dé de comer», o porque yo mismo me autoconvencí de que podría hacer muchas cosas a la vez… ¡Joder, yo que sé! A mí me gustaba escribir. Quería escribir. Y acabé haciendo el gilipollas como abogado. No me gusta discutir, ni nada de eso. Me gusta escribir, hacer volar mi imaginación y ayudar a los demás a que hagan volar la suya. Pero… ¡joder, hijo! Hice derecho porque me gustó, y porque fui un imbécil, y al mismo tiempo porque veía seguridad en eso. Pero ¿tú qué sabes de seguridad? ¿Qué te estoy contando? En fin, que si no fuera abogado, sería escritor; es decir, justo lo que también soy, así que en el fondo tampoco lo he hecho tan mal, solo que con veinte años de retraso, aunque todavía es pronto, si miro a otros escritores de renombre… Bueno, dejémoslo, basta ya de preguntitas tontas. Si quieres saber qué debes estudiar y qué has de ser de mayor, ya lo hablaremos cuando tengas más años.

Otra preguntita de esas que te dejan tieso: «Papá, ¿tú cuándo viste por primera vez a mamá?» Y para rematar la cosa la niña dice: «¿Le diste un beso?». ¡Madre mía, hija, qué rápida eres! ¡Y cuidado con estas preguntas, que las carga el diablo! A ver… ¿cómo os lo explico? En fin, yo no sé mucho de mujeres (a la vista está, porque a veces no entiendo ni a la mía), pero creo que eso de besar a una chica la primera vez que la ves… en fin, no suele pasar, y quizás no sea recomendable. Visto cómo está el patio últimamente, puedes terminar en el calabozo. ¿Que por qué? Bueno, no he dicho nada. No me hagas caso, hijo. El tema es que mamá y yo somos del mismo pueblo, y que la primera vez que la vi era pequeña y yo también, y no me acuerdo, en realidad. Las cosas no pasan así como en las películas. La gente no se ve un día y todo se acelera, y se casan al día siguiente y tal. Al menos, no suele ser así. Es más, conviene que no sea así si se quiere que una pareja dure. Hay que conocerse, hay que entenderse, hay que ir comprendiéndose poco a poco, a veces el amor no surge a primera vista, la gente va cambiando, va creciendo… En fin, que no me enrollo más, que un día tu madre y yo nos miramos y nos gustamos, y hablamos, y luego fuimos novios. Así son las cosas. Nos queremos mucho. Eso es lo que importa.

Y entonces surge otra pregunta del demonio de sus boquitas: «Y luego hicisteis eso jeje, y salí yo, ¿no?». ¡Ya estamos! Pero ¿quién te ha enseñado a ti esas cosas, monstruito surgido del averno? ¿No habíamos quedado que los niños venían con la cigüeña? ¿Dónde te han corrompido? ¿Dóoonde? ¿Quién ha sido, que me lo como o lo someto a una tortura salida de alguna obra prohibida o un manual de torturas de Corea del Norte? En fin… que el tema está claro. Los niños se crían en la tripita de las mamás, sí, eso está claro. Por ahora, el tema no tiene más historia. Allí es donde crecéis, fastidiosos preguntones…

Pero hay más, claro, ¿cómo no? Porque además de las preguntas ontológicas, están las sociales o estructurales. Por ejemplo, cuando mi hijo empieza «¿por qué te tengo que hacer caso?». Uy… en esos momentos casi corre la sangre jajaja. Yo tengo más paciencia que su madre, o eso creo, porque ella dirá la contrario, pero en esos instantes «un fantasma recorre Europa». Entonces preparo mi mejor arsenal de respuestas y le doy a mi hijo una charla sobre la familia, la paternidad y el bien, así como los deberes y derechos de los niños. Pero entonces vuelve a preguntarlo y se me acaban los argumentos. Al final, termino diciendo un «porque sí» que suena menos lógico pero mucho más convincente. En esos momentos comprendo el valor de la autoridad, que funciona en las sociedades humanas como un resorte de unidad sin apoyatura lógica, pero que es absolutamente necesaria. Aunque también me doy cuenta de la necesidad de contar con argumentos morales para fundamentar esa autoridad, y que no toda autoridad es buena. Al niño hay que explicarle su situación. Creedme, eso hace que te des cuenta mejor de la tuya propia, y de que te debes a ellos antes que a ti.

Y hasta aquí por hoy… Otro día, hacemos otra recopilación de preguntas de niños. ¿Se os ocurren algunas más?

Don Nadie el Deseado (X)

Seguimos con la historia de Paco. Capítulo X de esta novela gratuita por entregas. Espero que os guste.

Al día siguiente, comenzó para Paco una nueva vida. Posiblemente él esperara que aquello fuera transitorio, pasajero, pero la verdad es que desde el primer momento empezó a tomarle verdadero gusto a la navegación, y aprendía deprisa, mucho más deprisa de lo que el viejo pescador hubiera imaginado. Quizá por esta razón, quizá por alguna otra, pasaron los días, Paco se hizo con un traje de marinero al modo de aquellos lares, y en poco tiempo ya no se diferenciaba de ningún otro que saliera de madrugada a la mar en busca de la captura. Si bien había algo que lo distinguía: sus modales, su cultura. Seguía siendo un hombre de mundo, educado y curioso. Inquieto por dentro, incluso.

Y el parecido, con la mezcla de aquella individualidad tan característica de su tiempo, lo hacían más atractivo a la mirada de aquellas mujeres especiales y solitarias, y más digno y amable a los ojos de aquel anciano altivo y fuerte, cuyo corazón iba cediendo terreno, día a día, milímetro a milímetro.

Las tardes se hacían muy largas ante el espectáculo insondable del mar, ante el rugir las grandes olas; y el leve susurro de las débiles ondas se alternaba en las lánguidas horas que iban hasta la puesta del sol, aquéllas breves en que las mujeres de la casa acostumbraban a visitar o recibir a alguna vecina, a charlar sobre asuntos sin importancia, a tejer, a cuidar su casa o a leer alguno de los releídos libros que posaban sobre sus muebles, mientras la tele continuaba su perpetua narración intrascendente.

No era  una vida muy apasionante la de aquellas mujeres. Quizá por ello y por la novedad el ambiente entre ellas se hallaba tan animado desde la llegada del extraño huésped. Posiblemente, habrían soñado con un acontecimiento como aquél durante alguna de las interminables noches del invierno, o en algunas de los rosados atardeceres del estío. Especialmente Juana, que desde la muerte de su marido, Miguel, no había vuelto a salir con ningún hombre, y puede que ni siquiera a tenerlo lo suficientemente cerca. Al menos, no un hombre al que pudiera mirar con sus ojos de mujer.

Pero los corazones de sus hijas también se revolvían. Ella había cazado sus furtivas miradas espiando aquel rostro desconocido, y había comprendido el sentido de sus tímidas risitas cuando él estaba cerca. Puede que éste no lo percibiera, pero aquella actitud no le auguraba nada bueno. “¡Maldita sea mi suerte!”, llegó a pensar aquella hembra madura y asombrosa. “El primer hombre que me gusta en muchos años, ¡y es lo suficientemente joven para que mis hijas me lo disputen!”.

Tristemente para Juana, la situación se iba disponiendo por momentos en su contra. Su pequeña Helena era sin duda la más apasionada: era atrevida y exultante; y aunque ingenua, había heredado de su madre su carácter combativo; su belleza y su candor eran sin duda sus mejores armas. “Los cabrones de los hombres siempre se fijan en esas cosas”, se decía Juana. “Prefieren arar por ellos mismos el campo, que encontrárselo ya florecido”.

Además, estaba Victoria. Las vacaciones eran cortas, aunque no para una chica como ella. Ya tenía experiencia de la vida, y sabía lo que se puede conseguir con buenas palabras y ciertos trucos. “No hay que desdeñarla, por supuesto. Él es hombre de ciudad, y puede que prefiera una joven damita instruida y elegante”, pensaba la madre.

Padeciendo, por tanto, las desventajas de la edad, la pobre siempre llegaba a la misma conclusión:

– ¿Cómo haré para que me elija a mí sin granjearme el odio de mis hijas?

Tras meditarlo bien, en ocasiones trataba de consolarse a sí misma con una pregunta:

– ¿Valdrá la pena tanta preocupación por este hombre? ¡Pero si cuando llegó parecía un niño perdido!

Él, como es obvio, no se daba cuenta de nada. Demasiada introspección. Demasiada frustración. Y ahora demasiado tiempo en el mar. Demasiado tiempo frente a aquel rugido profundo e incontenible de las olas sobre su cabeza. Y, además, estaban la excitación de la redada exitosa; las largas charlas con los veteranos marineros que le acompañaban, con leyendas, con historias contadas al amparo de un trago de vino; y las descansadas horas frente a la costa incitante, y la lluvia que entraba por sus poros y calaba hasta los huesos de pura sal su cuerpo acostumbrado a la molicie. Demasiadas cosas nuevas para su espíritu lacio y a la vez atormentado… Y demasiados secretos en una mente dolida.

Frecuentes eran las tardes en que la barcaza, con todos sus ocupantes, arribaba tarde a la costa, tras todo un día de brega; a veces hasta las redes traían cargadas, pero otras los depósitos estaban vacíos y los cuerpos repletos de cansancio. No obstante, la sensación de amargor y decaimiento tras esas largas jornadas de faena, que solía invadir a los marineros que habían visto ponerse muchas veces el sol en alta mar, aún no se había enseñoreado del ánimo de Paco, quien estaba soportando todas aquellas contrariedades con el mismo ímpetu y valor con que el conquistador sufre alegremente los dolores que su gran proeza colonizadora le impone. Se sentía como uno de ellos, y estaba paladeando cada día con el convencimiento de que se hacía más y más a un nuevo mundo, basado en la confianza mutua, en el trabajo duro, en el compromiso con los compañeros de barco, en la lucha contra la naturaleza y en el dolor con que los músculos se quejaban de tanto tirar de los cabos, que, aunque agudo y persistente, a él le comenzó a semejar tan suave como la más delicada medicina. Pues estaba completamente persuadido de que había dejado atrás su vieja vida, y de que en compañía de Tomás y sus camaradas estaba resucitando, retornando a un estado más puro, más vital, más incólume, más inexpugnable ante la desesperación.

No sabía si duraría aquel estado, ni cómo era posible que una decisión suya pudiera tener algún éxito, como parecía tener aquélla; más cuando se había tomado sin pensar y dejándose llevar por los acontecimientos inesperados. Pero albergaba la esperanza de que las cosas no se torcieran al final. Y la vida no le estaba dando, por ahora, señales de estar equivocado…

La grandeza del mar le hacía sentir grande a él. Comprendía que no esa grandeza no le pertenecía a él, sino al mar. Pero su cercanía, tantas veces dolorosa, producía en él una secreta sacudida, la impresión de compartir con el océano algo más que las gotas que lo salpicaban y cubrían. Compartía con él la totalidad del tiempo y del espacio. Y este sentimiento de totalidad fue su única ocupación durante mucho tiempo. De modo que transcurrieron varias semanas antes de que atisbara la algarabía sentimental que estaba creciendo ante sus narices. Y cuando lo supo, tímido, despistado, inerme, ya era tarde para evitar el desastre… Tarde para todo, incluso para enamorarse sin temor.

CANCIÓN ETERNA ya en preventa

Bueno, amigas y amigos, vamos a participar TODOS en este post con un COMENTARIO.

QUIERO QUE COMENTÉIS. QUIERO CONTAR CON VUESTRA PALABRA.

A ver, ¿os gusta la portada de mi nueva novela? La podéis ver en este mismo post. Quiero vuestra opinión.


¿Sabéis que ya se puede reservar la novela para cuando salga oficialmente después de su presentación? Si la reserváis os llegará cómodamente a casa. ¿Quién no lo sabía y la quiere reservar? Para hacerlo solo tenéis que meteros en la web de Célebre Editorial y buscar «Canción Eterna». Pero por si tenéis dudas, os dejo el enlace. Aquí la podréis encontrar:
https://www.celebreeditorial.es/producto/cancion-eterna/…

Sí, es una novela de fantasía. De fantasía heroica o épica, para ser más exactos. Si os gustó El Señor de los Anillos, o Canción de Hielo y Fuego, o quizás El nombre del viento, o alguna otra así, entonces os va a gustar mi novela. Yo no aspiro a que sea tan buena como las citadas, pero entendéis lo que quiero decir sobre el tipo de novela que es.
¿Os gusta la fantasía?

Es una novela que por supuesto pueden leer los más jóvenes, aunque el estilo no está rebajado con niñerías ni giros infantiles, pero está pensado para adolescentes, y también para adultos. Hay de todo, amor, magia, lucha, intimismo, profecías, poesía… Y un montón de tramas y de personajes cuyas vidas se van entremezclando. Y lo mejor es que tendrá continuación, que será MÁS GRANDE, MÁS VOLUMINOSA, MÁS AMBICIOSA.

Venga, pensad que llega la Semana Santa, que os vais de vacaciones, y que queréis un buen libro para vuestros ratos libres. ¿A que os gusta leer en vuestros días de descanso?

Incluso puede que estéis pensando en un libro para un joven, un libro que le haga amar la lectura y le «flipe». ¿No os parecería una buena idea para un adolescente, para alguien que se está todavía iniciando en el maravilloso mundo de las novelas «gordas», grandes, exigentes, con una historia brutal que les hace soñar durante horas? Incluso, si sois profesores, podría ser una buena opción para vuestros alumnos en clase de literatura. Ahí lo dejo…

Ojo: a los que vayan reservando su novela, les haré un hueco en mi perfil de Facebook o en mi cuenta de Instagram. Si me mandáis fotos o capturas cuando tengáis el libro, también podré publicarlas con vuestro permiso y daros públicamente las gracias. En serio, ¿cuántas veces vais a tener la oportunidad de ser saludados por el autor de un libro que os compráis? Pues eso, ¡venga, aprovechadlo!

¿Se os ocurren más cosas que decir? Aquí tenéis este post y este blog para decirlas. Os leeré a todos y os contestaré.

El judío errante

Dibujo de Gustavo Doré
Las historias escritas por algunos eruditos y religiosos medievales hablan de un personaje cuya maldición lo ataría a este mundo hasta el fin de los días, condenado a vagar eternamente. El judío errante.

De todas las leyendas medievales nacidas en el seno de la Europa cristiana, quizás ésta sea una de las que más me han llamado la atención. Pero ¿quién este «judío errante» y qué dice la leyenda sobre él?

Para empezar, no hay una sola versión de la leyenda. Tampoco tenemos ninguna versión anterior al siglo XIII, al menos que se sepa. Incluso, en la más antigua de las narraciones, no se trata de un judío, sino de un romano. Quizás este sea uno de los cambios más sorprendentes. Pero vayamos primero al relato bíblico del que aparentemente parte toda la cuestión.

Debemos partir del Evangelio de san Mateo. Cristo es condenado a muerte y parte con su cruz camino del Calvario, donde sería crucificado. Pero antes de llegar, los romanos obligaron a uno que pasaba por allí, a Simón de Cirene, a ayudarlo a llevar la cruz, porque estaba tan exhausto que no podía con ella y se caía.

Hasta aquí, nos hemos ceñido expresamente al Evangelio de san Mateo. Pero en ese momento entra en juego la leyenda, o la tradición, o la invención, o la memoria, o el misterio, llámese como se llame. En algún punto entre el pretorio y el Calvario, un hombre despreció a Jesús de tal forma que éste, dolido, le «maldijo» a vivir eternamente atado a la carne y con el peso de su pecado sobre su cabeza, hasta que él viniera en el último día. Ese personaje, llamado de muchas formas diferentes, quizás romano, quizás judío, permanecería todavía sobre este mundo, vagando, siempre atormentado, errando.

Así habría sido predicho por el propio Jesús cuando, un tiempo antes, ante sus seguidores, en la región de Cesarea de Filipo, profetizó: «Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de ver al Hijo del hombre, cuando venga en su Reino». ¿Quizás estaba el judío errante entre sus seguidores en ese momento, y eso fue lo que tanto le dolió a Jesús?

¿Cuál es la primera versión que se conserva de este relato? Aquí voy a acudir a otros que supuestamente saben más que yo. Cito literalmente de la web de National Geographic: «en torno a 1228 el benedictino inglés Mateo París escribió una primera versión de la leyenda. Su protagonista era Cartáfilo, un portero del pretorio romano que debía encargarse de ejecutar la sentencia de muerte de Jesús. Cuando éste cayó en su camino al Gólgota, Cartáfilo lo golpeó, conminándole cruelmente a levantarse y seguir. Jesús le miró severamente y le advirtió que él caminaría a la crucifixión, pero que Cartáfilo caminaría sin descanso hasta el día del Juicio Final. Tras la muerte de Jesús, Cartáfilo, conmovido, se convirtió al cristianismo, tomó el nombre de José y se lanzó a un eterno vagar.»

El relato más famoso data de 1542, del obispo de Schleswig, a la sazón Paul von Eitzen, quien relató que esta persona fue vista y se pudo hablar con ella en Hamburgo en ese mismo año, y que tenía por nombre Ahasvero.

Otros muchos dicen haberlo visto. Arriba he dejado un dibujo de Gustavo Doré imaginando a este personaje de eterno vagar y condena eterna, arrepentido de sus pecados, que paga con su peregrinaje incesante la traición que cometió. El dibujo ya por sí es una obra de arte, y tiene la fuerza de la historia que le sirve de referencia. Me impacta de él, sobre todo, la larga sombra que se proyecta en el suelo, casi informe, que parece mucho mayor que él, y que bajo cierta perspectiva parece reflejar la imagen lejana de Cristo llevando su cruz, mientras alguien parece a punto de golpearlo. Esta misma imagen parece dibujarse en las nubes del cielo. Impresionante efecto.

¿Qué pienso yo?

Pienso muchas cosas y casi ninguna es una certeza. Y como no quiero confundiros con mis propias confusiones, voy a dejar solo algunos pensamientos sueltos, que no tienen por qué tener sentido ni orden alguno, pero que quizás os parezcan sugerentes.

Idea loca número 1: ¿Y si fuera todo cierto y se tratara de un ser condenado a vagar eternamente hasta que el mundo termine? Un romano, un judío, da igual… Sería un ser increíble, fascinante, testigo de la historia, quizás protagonista; un ser más místico que físico, libre de las ataduras del tiempo y al mismo tiempo amarrado a la mortalidad a través de la culpabilidad y la tortura constante de su intelecto y su psicología. Su mera existencia cambiaría hasta la médula nuestra concepción científica del mundo.

Idea loca número 2: ¿Y si si existiera tal ser pero se hubiera librado de su sensación de culpa y ya no vagara por el mundo como un alma en pena, sino que fuera rico, poderoso e influyente? ¿Si viviera disfrazado bajo una apariencia normal o quizás oculto a la vista del público, pero aun así manejando los hilos de muchas cosas? En 2000 le habría dado tiempo a enriquecerse, a acaparar poder y fortuna, a viajar, a aprender, a obtener beneficios de las situaciones más dispares, a comprender cómo funciona la sociedad humana, a conocer verdades misteriosas, a manipular a las nuevas generaciones… ¿Y si siguiera entre nosotros, sin que lo veamos, pero gobernando desde la sombra?

Idea loca número 3: ¿Y si realmente hubiera terminado por hacerse aliado de los poderes del mal y ahora fuera una fuerza actuando a favor de la muerte y de la destrucción, en una huida hacia delante, en lugar de arrepentirse de su gran pecado, haciendo la guerra al mismo Jesús que lo maldijo? Podría disfrazarse de bondad, pero ser en el fondo enemigo de Cristo. ¿Y si ocupara un puesto de poder dentro de la iglesia? Sería una historia fascinante…

Idea loca número 4: ¿Y si todo fuera verdad solo en parte o a medias, y hubiera existido alguien que cometió aquel pecado y sobre el que Jesús lanzó una maldición, o al que simplemente reprochó su comportamiento, pero que luego los discípulos (no los apóstoles, sino otros discípulos tardíos) agrandaron la historia seducidos por su fuerza argumental y la convirtieron en leyenda?

Idea loca número 5: ¿Y si todo fuera solo, tan solo, una leyenda?

¿Qué pensáis vosotros? Dejad vuestros comentarios o enviadme un mensaje.

El sótano

Sonia oía a veces un susurro lejano. Al principio era agradable y le ayudaba a dormir. No sabía de dónde procedía, pero nacía en alguna casa cercana. Debía de ser alguna instalación de aire acondicionado, o quizás el eco de una lavadora centrifugando.

El susurro pronto se convirtió en un repiqueteo constante y rítmico. No era molesto, sino intrigante.

Al poco tiempo, el redoble cesó. Sonia se sintió aliviada, sin saber por qué.

Hasta que algo nuevo volvió a perturbarla… Era una voz fúnebre, casi imperceptible, como un cuchicheo continuo e ininteligible, que helaba los huesos si se le prestaba atención. Y venía de abajo. Del sótano.

Sonia jamás bajaba al sótano. Le tenía miedo. Puede que no hubiese nada en él que provocase temor, pero ella era miedosa y huía de los espacios bajo tierra. De niña, sus hermanos mayores la habían encerrado en un garaje mal ventilado y lleno de telarañas que tenían en una casona en el campo, y se habían reído durante una hora mientras ella lloraba y pedía que la dejasen salir, hasta que sus padres la liberaron. Quizás por ello evitaba la oscuridad, los espacios sin ventilación y todo lo que pudiera recordarle aquel encierro.

Pero ahora vivía sola… y tenía un sótano. Apenas era mayor que el vestíbulo de su casa, y servía únicamente para almacenar trastos viejos o desusados. Nadie había entrado en él desde hacía meses. Ella, desde luego, no.

Un día se decidió a inspeccionarlo. Suponía que así se quedaría tranquila. Pero, ¡sorpresa! ¡Ahora había una puerta en la pared del fondo! ¿Cómo podía estar allí? Detrás de todo lo que Sonia tenía guardado, amontonado y olvidado, alguien había puesto una puerta… Ella no había sido, su novio tampoco. No había motivo para hacer algo así. Pero, ¿quién? Porque era evidente: estaba allí…

Sonia pensó llamar a la policía. Mas si lo hacía probablemente pronto lo sabría el barrio entero, y su nombre correría de boca en boca, y todos se mofarían de su miedo a visitar su propio sótano. En realidad, ¿qué podía decirles? ¿Qué no sabía quién había hecho aquella puerta en su sótano sin su permiso? Con seguridad no se lo tomarían en serio. Ademán, hacía tanto que no bajaba, se dijo, que puede que aquella puerta hubiese estado siempre allí…

En cuanto a los ruidos, ¿quién no tiene ruidos en su casa? Acaso se debían a las tuberías o algo así. El agua subterránea era abundante por aquellos parajes, y el sueño hacer creer que se oyen voces que jamás se han pronunciado. Hay personas que llegan a ver con los ojos abiertos pesadillas terribles, después de despertar, por efecto de la somnolencia que todavía domina el cerebro.

Decidió que era mejor no hacer nada. Y no la juzgaremos por ello: en ocasiones un corazón temeroso no tiene más remedio que mirar para otro lado. O eso, o la locura. Aunque lo primero lleve a la perdición…

Así que colocó de nuevo todo, mientras los ruidos seguían sonando incesantes, constantes, sugestivos… y terroríficos. Parecían lejanos golpes de martillos, y gritos apagados que jaleaban, y una voz cavernosa que resonaba en lo más profundo del oído y confesaba secretos que no tenían sentido…

Sonia cerró el sótano dominada por el terror. A saltos de dos escalones salió a la calle, respiró el aire limpio de la tarde y se decidió a contarlo. Pero no a la policía, sino a su novio. Tomó su teléfono móvil y marcó su número.

– ¡Por fin! –respondió una voz inquisitiva.

– ¡Hola, cariño, soy yo! –dijo Sonia.

– ¿Tan pronto me he convertido en tu cariño? –pronunció una voz cavernosa que no era la de su novio-. Sabía que te conquistaría, pero no creí que tan pronto –dijo con tono horriblemente complacido.

Sonia sintió un estremecimiento que erizó sus músculos y ensombreció su mente. La mano se le abrió y el teléfono cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. Su rostro se mostraba deformado por el pánico. Se quedó allí, de pie ante su puerta, petrificada por la pavorosa respuesta, con la mirada perdida, enmudecida, muerta.

¿Cuánto tiempo estuvo así? ¿Segundos, minutos, quizá una hora…?

Una suave lluvia gris vino a rescatarla de su ensimismamiento. Pero cuando miró alrededor, creyó estar contemplando un mundo distinto del que conocía: más sombrío, más ceniciento, más metálico. La fugaz imagen de una inmensa fábrica cruzó su mente. De pronto, sintió el irresistible deseo de buscar refugio.

– Sí, tengo que esconderme –pensó.

Y entró de nuevo en casa.

Pero allí resonaban más fuertes los ruidos que venían del suelo. Y los gritos eran ya perfectamente audibles. Todavía no se entendían, pero si estaba quieta podía percibirlos claramente, e incluso podía distinguir varias voces disímiles.

Resolvió subir a lo más alto y desde allí llamar a la policía o a los bomberos. Pero ya arriba recordó que no tenía teléfono, y al mirar por las ventanas se conmovió ante la inmensa soledad que parecía rodearla. Reposó en un viejo sillón, habiendo cerrado la puerta del desván con llave, y allí apoltronada el cansancio la venció.

Tuvo sueños extraños. Soñó con lagos muertos, con mares embravecidos, con huracanes impíos, estrellas que se caen, espadas que se herrumbran, brazos que golpean, huesos que se descomponen, y gemidos, gemidos de placer insistentes y blasfemos. De la inmensidad de un mundo deforme y sin fronteras, a los ojos tan extraño como la imagen distorsionada que refleja un espejo roto, poco a poco su atención fue concentrándose en un punto, al principio indefinido, lentamente más y más cerca, más y más cerca, hasta que comprobó, entre atemorizada y confusa, que el punto era su propia casa. Sintió grandes deseos de saber qué ocurría dentro, y miró a través de la ventana del desván. Se vio a sí misma desnuda,  amando a un monstruo…

Cuando despertó, el monstruo estaba ante ella.

¿Quién era? ¿Cómo había entrado? ¿Estaba despierta o tan sólo soñaba que lo estaba?

Al verlo, su corazón estalló y se vació, hasta quedar seco. La sangre comenzó a derramarse poco a poco por sus poros, su boca, sus ojos, sus pechos. Pero no sufría. Aún. El monstruo la tomó en brazos, todavía consciente, y dijo a sus oídos palabras que sonaron a maldición. Empero, no la maltrató. Bajó las escaleras con ella en brazos, y las puertas se abrían a su paso, y los objetos se contraían y escondían, y la casa entera se iba derritiendo en viscosos ríos que caían lastimeramente.

Llegó con ella al sótano, y la puerta del fondo se hallaba también abierta. Un resplandor intensamente rojo venía de lo hondo. Los ruidos eran ahora cercanos y las voces se acercaban. El pavor llenaba la estancia. Lo que se cernía ante ella era un túnel hacia el submundo, un pasadizo hacia el averno, la autopista del tártaro. Sonia aún estaba viva cuando cruzaron la puerta. El mundo se desvaneció. Los lamentos la alcanzaron en carne propia. Las risas burlonas respondían sin cesar a la aflicción. Entonces, en un último suspiro de vida, presintiendo intuitivamente el efecto de la maldición pronunciada sobre ella, Sonia lo vio…

La triste luz de un apesadumbrado día de otoño, cubierto de nubes y coronado de vientos, esto fue lo que vio Sonia al despertar. Sobresaltada y sudando, se alzó sobre el lecho y contempló a través de la ventana el aspecto grisáceo del universo. Se palpó los miembros, se irguió, se miró al espejo. Su cuerpo estaba allí, su mente estaba allí, su mundo estaba allí. Intactos. Indiferentes. ¡Pero el sótano! ¿Y el sótano?

– ¿Qué me ha pasado? –se repetía. -¿Y el ruido? ¿Y el monstruo? ¿Y esa luz oscura?

Sin vestir, en camisón, bajó corriendo al sótano. No atendió a su propio miedo. Antes de entrar, se detuvo y trató de dominar su respiración. El silencio en torno era completo. Ningún ruido, ninguna voz, ningún grito. ‹‹¡Joder, estoy loca!››, pensó. Pasó al sótano, retiró los trastos, los viejos recuerdos que nunca recordaba, los muebles inservibles que se resistía a tirar, la bici de la adolescencia, y las alfombras pasadas de moda e imposibles de limpiar por completo. Y, ¡oh funesta sorpresa!, allí estaba la puerta…

Y de nuevo el terror…

Por fin, tan despacio, tan despacio como caen los copos de nieve en una tarde lánguida de tormenta invernal, tan despacio como se van los recuerdos, tan despacio como el agua horada las imperturbables piedras del corazón del mundo, alargó la mano y abrió la puerta.

Mas sólo la piedra se presentó a su vista.

– ¡Nada! –gritó.

No era un grito de alegría. Pero tampoco de pena. Era sólo un grito, si esto puede ser.

– ¡Nada! –repitió paladeando la palabra.

De pronto, el teléfono sonó, arriba en la cocina.

Aún asustada, subió, lo cogió, y la voz que escuchó alegróle el corazón, pues era familiar. Su novio le hablaba desde el otro lado.

– ¿Cómo estás hoy, preciosa? –dijo él.

Pero ella únicamente supo responderle:

– Cariño, ¿tú crees en el infierno?

GRAN Y DEFINITIVO ANUNCIO

CANCIÓN ETERNA ES UNA REALIDAD ÉPICA.

LLEGÓ EL MOMENTO, AMIGOS. YA ES OFICIAL. CANCIÓN ETERNA YA ESTÁ A LAS PUERTAS. MI EDITORIAL HIZO ANOCHE MISMO UN CARIÑOSO ANUNCIO, QUE OS COPIO A CONTINUACIÓN, Y OS DEJO TAMBIÉN LA FOTO DE LA PORTADA DE MI NOVELA. Con el corazón, espero que os guste.

¿PREPARADOS?
Célebre Editorial tiene el placer de presentar oficialmente la GRAN APUESTA PERSONAL de nuestro editor Ricard Pérez Braña de la obra CANCIÓN ETERNA de nuestro queridísimo Jaime Arias Cayetano.
Desde el primer día que leyó la obra escrita hace MUCHO TIEMPO POR EL AUTOR que ya publicó con nosotros su primera obra NO EXISTEN LAS PRINCESAS, le animó a desempolvarla y a convertirla en una COLOSAL OBRA ÉPICA QUE SERÁ PUBLICADA EN DOS PARTES.
La primera entrega se publicará el próximo mes.
La siguiente y última parte, en Septiembre del presente año.
MUY PRONTO ANUNCIAREMOS SU VENTA ANTICIPADA.
Portada: Carolina Bensler.
TÚ PUEDES SER EL SIGUIENTE AUTOR CÉLEBRE.
ENVÍA TU MANUSCRITO A: manuscritos@celebreeditorial.es


Podéis seguir las nuevas publicaciones de Célebre Editorial en su Facebook, que os dejo a continuación: https://www.facebook.com/celebreeditorial/

Dieta

No os riáis. Me he puesto a dieta. Es verdad. Por fin.

A día de hoy, 20 de febrero de 2020, peso 109 kilos. Llevo unos días a dieta. Más o menos, entendedme. Mi mujer también la está haciendo y a ella le va mejor. En una semana ha adelgazado 2 kilos. Yo no he perdido nada, comiendo lo mismo que ella. En casa (y en el trabajo), ella es la cocinera. Así que cuando se pone, hace la misma comida para los dos. Me he quitado hasta el pan (¡mi amado pan!). Y he decidido suprimir las galletas de antes de dormir. Sí, no me miréis así. Antes cenaba y después me tomaba un vaso de leche o Cola Cao con galletas. ¡Me quedaba tan a gusto! Pero ahora ni eso. Ni siquiera para desayunar. Ni para merendar. ¡Ay estoy malito! Por favor, que alguien me ayude a morir ja, ja, ja. Estoy sufriendo. Sin embargo, voy a ir hasta el final.

Os iré contando cómo me va. Lo que quiero es tener mejor salud, estar más ágil y despierto. No pretendo pesar 80 kilos. Ni ponerme cachas. Pretendo evitar problemas y subir unas escaleras sin cansarme. Pretendo ganar en salud y en años de vida. Y pretendo ganar a mi mujer ja, ja, ja, para que no diga que no me tomo las cosas en serio. La estética queda para otros. Yo la belleza la prefiero en una hoja escrita y en mis ojos.

Algún día, miraré atrás y me sentiré orgulloso. Porque la historia de un hombre no se mide por lo lejos que llega, sino por las veces que se supera a sí mismo.

No sé si alguien ha dicho esto antes, creo que es cosecha propia, tal cual está dicho. Pero seguramente es una idea que he aprendido de otros. Igual que la dieta. No obstante, ahora la tengo que vivir en mi propio cuerpo, hacerla mía y superarme.

SIN PIRULETAS

La "Dolce Vita", en mi blog

Car_Carrie

Blog de Viajes, Pasiones & Sentires

A %d blogueros les gusta esto: