Un pellizco de Canción Eterna

Hiel en su momento supremo

¿543 son suficientes?

Queridos amigos:

Mirad bien este mapa…

Es un mapa aproximado de Somnia, mi mundo imaginario, donde transcurre la historia de Canción Eterna, que fue elaborado por un cartógrafo anónimo hace varios siglos. Puede apreciarse su antigüedad porque no aparece la capital de Somnia, Albia, que entonces era apenas una aldea, y porque algunos nombres de ciudades están completamente cambiados hoy en día.

Pues bien, Somnia sigue creciendo. Canción Eterna tendrá segunda parte. ¿Quién sabe? Puede que incluso una tercera parte. ¿Por qué? Porque siguen ocurriendo cosas increíbles, porque la historia se está escribiendo al mismo tiempo que está sucediendo, y porque este humilde notario que da testimonio de los acontecimientos ha llenado ya, con la menuda letra de su notebook, un total de 543 páginas. Y creedme si os digo que no he registrado aún la mitad de todo lo que merece ser contado.

Está claro, entonces. 543 páginas no son suficientes.

Nunca es suficiente si quedan batallas, amores, peleas, diálogos, rencores, besos, proyectos, paisajes, monstruos… de los que hablar.

¡Animadme! No sabéis la fuerza que me dan vuestros ánimos.

Por todos vosotros, y los que vendrán, 543 millones de gracias y de buenos deseos. Y otro tanto más de brindis por los que pululan en Somnia, el hogar, la patria de todos los sueños.

Un poco de fútbol

Artículo que solo se comprenderá a 13 de agosto de 2020, y estando al día de las noticias deportivas futboleras de nuestro país. Hoy me apetece discurrir de algo que no sea literatura. Que nadie lo tome como información. Es solo opinión de barra de bar, pero es mi opinión.

  1. Soy del Madrid, sí. Que quede claro. Y me alegro del triunfo en la Liga, porque ha sido histórico, y diría que muy meritorio, viniendo de atrás, mostrando fortaleza defensiva… Pero la Champions es otra cosa. Aunque la culpa es mía. Desde la última que ganamos la Champions no me junto a ver los partidos con mi hermano y mi amigo Caldas. Antes lo ganábamos todo. Ahora lo perdemos. Seguro que tiene algo que ver. Es nuestra culpa.
  2. El Madrid dice que no va a hacer fichajes. Resultado: la temporada que viene va a ser muy movidita. Recuerden ustedes: fracaso, cese de entrenador, fichajes a destiempo… Cuando las inversiones no se hacen (y bien) en verano, luego se hacen (y mal) en invierno. Siempre.
  3. La decadencia del Valencia es solo proporcional a la estupidez de su dueño, que cree que un club de fútbol se gestiona como una fábrica de ventanas: tanto inviertes, tanto produces, tanto vendes, tanto ingresas. Es lo que pasa cuando los empresarios se quieren meter a presidentes: acaban destrozando los clubes en los que meten la mano. Al final, ni son prósperos deportivamente, ni son rentables económicamente.
  4. El problema del Barcelona es que están en la ruina, y esa ruina la ha provocado Messi, aun sin querer. Porque siendo tan bueno y tan longevo, los dirigentes no saben qué hacer para pagar su nómina y para buscarle un sustituto sin hipotecar las Ramblas. Pero el problema será mayor cuando Messi baje el nivel, que lo bajará (de hecho, su cuesta abajo ya ha comenzado), porque entonces su sueldo será el mismo, pero los ingresos por títulos para el club no.
  5. Barcelona y Messi están tan apegados, que la separación va a sumir al club en una viudedad eterna. Esperan años de mucha oscuridad allí en la esquinita.
  6. Florentino es un presidente descomunal: sabe de fútbol, entiende el deporte, gestiona bien, es atrevido cuando tiene que serlo, es prudente cuando tiene que serlo, y toma decisiones sin mirar para otro lado. Pero todo se gasta. Hasta él. Y no se ve un sucesor en lontananza. Es el Messi de los despachos, el Cristiano Ronaldo de la presidencia. El Madrid lo va a echar mucho de menos cuando se retire.
  7. En un fútbol tan físico, veloz, exigente, duro, como el de hoy, es necesario apostar por los jóvenes, que tienen la energía para el reto. Que no nos engañen: una vez pasados los 33, el futbolista baja dos niveles: uno por la edad física (que conlleva pérdida de recuperación y de velocidad), y otro por el agotamiento de la ambición. Léase: Modric, Marcelo, etc.
  8. Hay que dar oportunidades a los de casa. Esto debería estar escrito a fuego en cada estadio. Debería ser norma de todos los equipos. Porque si no se hace, al final pasará que se tendrá que hacer, no por devoción, sino por obligación. Pero entonces quizás ya no se encuentre lo que se necesita…
  9. El problema del Atlético de Madrid con la Champions se llama Real Madrid. Y no hay más. El Atleti nunca será grande hasta que no le gane la Champions al Madrid. Esa espina quedará ahí durante décadas. Quizás algún día lo logre. Entonces yo le reconoceré el mérito. Pero si yo fuera dirigente del Atleti, me centraría en formar al sustituto de Simeone. ¿Por qué les cuesta tanto a los equipos trabajar a largo plazo y preparar los relevos de sus personas más importantes?
  10. He dicho…

5 libros para leer en verano

Queridos amigos,

ya ha corrido el verano hasta su cénit, y hemos comenzado esta triste decadencia hacia el otoño. Pero todavía quedan días de tardes interminables y horas de ocio, y para esos ratos que la mente pide un entretenimiento y una faena duradera que relaje y amenice, os traigo cinco libros que debéis leer a lo largo de un verano. Todos juntos, uno detrás de otro o uno solo en todo el verano, da igual. Son obras imprescindibles, que un lector debe haber leído al menos una vez en su vida, y que van mucho más allá del best-seller de turno. Y todos ellos están en mi casa y me los he leído (algunos más de una vez, de ahí sus señales de desgaste). Empezamos.

Los Miserables (Víctor Hugo)

Portada de Los Miserables con foto de Víctor Hugo, edición de Punto de Lectura

En Los Miserables, Víctor Hugo describe el mundo de los desheredados de Francia de mediados del siglo XIX, y retrata magistralmente una época plagada de revueltas y cambios que marcarán el principio de una sociedad más justa. Protagonizada por Jean Valjean, condenado a presidio por un pequeño hurto, es una de las novelas más impresionantes de todos los tiempos. En palabras de Vargas Llosa, «leyendo Los Miserables, sumidos en el vértigo de ese remolino en el que parece atrapado todo un mundo en su infinita desmesura y en su mínima pequeñez, es imposible no sentir el escalofrío que produce la intuición del atributo divino, la omnisciencia».

El arte de la guerra (Sun Tzu)

El arte de la guerra, edición de Martínez Roca

Sun Tzu fue un famoso general chino del siglo IV a. C. El suyo es el más antiguo de los tratados sobre la guerra, que sentó las bases del pensamiento militar en Oriente durante los últimos veinticinco siglos, y que se sigue estudiando hoy en día, aplicando sus conocimientos a otros órdenes de la sociedad, como los negocios y la política. «Vencer sin luchar es lo mejor», o «no permitas que tus enemigos se unan», son algunas de sus famosas enseñanzas.

Moby Dick (Herman Melville)

Moby Dick, edición de Austral

Considerada un monumento nacional literario de los Estados Unidos, narra la historia de Ismael, del capitán Ahab y del Pequod en busca de Moby Dick, la Ballena Blanca, el Leviatán, el gran monstruo marino que, como una imagen del mal y de lo peor del hombre y de su lucha con la naturaleza, se le opone hasta llevársele a las profundidades. Es una novela gigantesca, compleja y de múltiples lecturas, que te sumergirá en un mundo imaginario de un significado profundo y arrebatador.

Divina Comedia (Dante Alighieri)

Divina Comedia, edición de Planeta

Quizás de esta lista la obra más complicada de definir y la más difícil de leer para un lector del siglo XXI. Definida por su autor como «Poema Sacro», y titulada por la crítica desde el siglo XVI «Divina Comedia», se trata de un magno poema dividido en 100 cantos donde el gran poeta describe el viaje al Más Allá de la mano del antiguo poeta romano Virgilio; primero el Infierno, luego el Purgatorio y al fin el Paraíso, cada uno con su estructura, sus recovecos y, por supuesto, sus personajes, muchos extraídos de la historia italiana y hasta de sus coetáneos. Está considerada una de las obras maestras de la literatura universal, y contiene todo un mundo donde se nos muestra una vida incesante, una historia, un arte, una teología, una poesía, que desborda cualquier imaginación. Es poesía, y no es fácil de seguir, pero a mi modo de ver, el esfuerzo merece finalmente mucho la pena. Es una de esas obras que enriquecen a una persona.

El nombre del viente (Patrick Rothfuss)

El nombre del viento, de Plaza & Janés

Mi última recomendación es una novela de fantasía que dista mucho de los cánones de la fantasía del siglo XX: adulta, pero no dura; poética, pero no indescifrable; con una presencia de la magia que lo inunda todo, pero con un concepto más natural y menos salvífico, narra las aventuras de un personaje misterioso y seductor, dotado de una increíble sucesión de anécdotas, a cual más increíble, y de nombre impronunciable en español: Kvothe. Recomendación especial para los que tienen menos ganas de pensar y menos tiempo para leer.

El oscuro caso de la tribu robada

La noche había caído en torno de la diminuta aldea indígena, escondida en lo alto de los salvajes y sombríos bosques del norte de España. En una casa baja construida con piedras y barro, comían, charlaban y cantaban unas veinte personas, entre niños y mayores. De pronto alguien gritó para que todos le oyeran:

– ¡Silencio todos! ¡Padre quiere contarnos algo a todos!

– Sentaos, hijos, y guardad silencio. Que vuestras esposas también se sienten, a vuestro lado. Que dejen los pucheros y los trapos, y se detengan vuestras canciones. Ha terminado la cena y quisiera hablaros.

››Ahora que habéis llegado a edad de tener hijos, me toca a mí iniciaros en el arte de recordar. Es muy importante que recordéis, para que transmitáis a vuestros hijos una identidad. Quiero contaros una historia, para mí la más especial. Pues de todas las historias que cuentan los ancianos, hay una que sobresale por su misteriosa trama y solución desconocida. Anduve en el pasado dudando sobre la oportunidad de transmitírosla, pero tras contemplar el paso de los años y la necesidad de las antiguas enseñanzas, resolví esperar el momento oportuno para contar esta historia. Reunidos como os veo hoy, alegres y en paz unos con otros, me parece con toda claridad que éste es el momento adecuado para desatar mi lengua.

››Mi abuelo me refirió la narración cuando yo era joven. Él pensaba que los jóvenes teníamos que conocer desde bien pronto el horror, el miedo y el mal, para que aprendiésemos las lecciones de la vida cuanto antes. Decía que eso nos haría fuertes ante el temor y animosos. Mi padre, años después, me contó la misma historia, aunque algo cambiada. Luego, con el tiempo, supe que él nunca vivió lo que vivió mi abuelo, y que por eso no creía las terribles historias del pasado. En fin, sea como fuere, habréis de creer lo que os diga, pues nadie más queda para narrároslo.

››Sucedió en los tiempos en que la historia aún no había empezado a escribirse que los hombres vivían errantes, nómadas que viajaban de día por miedo a las fieras, y a través de caminos trillados por miedo a los demás hombres. Se reunían en tribus pequeñas, sin leyes, sin jueces ni gobernantes, salvo el jefe de cada tribu, que tenía sobre los demás el escaso y justo poder que le daba ser elegido periódicamente en virtud de su sabiduría o de su fuerza. Los peligros eran muchos en la naturaleza, pero no eran menos en la humanidad.

››Una de esas diminutas comunidades albergaba a dos jóvenes, hermanos de padre, pero de distintas madres; Dade y Uive, chico y chica, respectivamente. Crecieron separados, pero siendo adolescentes se enamoraron, sin saber que eran hermanos. La tribu no permitía que los hermanos tuvieran relaciones, pues se pensaba que aquellos que compartían la misma sangre, aunque fuera sólo por parte de uno de los padres, traerían la maldición sobre el resto si además llegaran a compartir lecho nupcial. Por ello, el amor de estos jóvenes parecía imposible. Lo guardaron en secreto, de modo que cada uno de ellos desconocía que el otro lo amaba.

››Sin embargo, el corazón de ambos se fue inflamando cada vez más, y creció la llama que los animaba, y se hizo incontenible. Pero seguían sin declararse su amor. Por lo demás, a ninguno de los dos se le hubiera ocurrido hacerlo, si no hubiera sucedido algo extraño.

››Cierto día, Dade salió de caza con el resto de los hombres de la tribu. Habían acampado cerca de un manantial en la montaña, para pasar el invierno, y salieron a buscar comida suficiente para varias semanas. Uive lo vio marchar desde la puerta de su tienda, a escondidas, y deseó ser hombre para poder ir a cazar a su lado y hablarle. Pero este mismo deseo la desanimó aún más, pues temía que jamás pudiera declararle su amor.

››Mientras los hombres estaban fuera, pues era corriente que se ausentaran durante días y que marcharan largas jornadas acompañados de perros y cargados de flechas abundantes, asaltó el campamento un grupo de ladrones armados. Encontraron sólo la débil resistencia de unas cuantas mujeres desprevenidas, unos pocos jóvenes aún no formados y algunos ancianos incapaces de hacerles frente. A éstos y a los jóvenes los mataron; a aquéllas se las llevaron, entre ellas a Uive. En verdad, de todas las mujeres, no fue Uive la que menor aguante opuso, pero era de corta fuerza, si bien de mucho valor, y fue apresada al fin. Los ladrones no se detuvieron demasiado tiempo, y no las forzaron aquel día, para evitar ser sorprendidos si los hombres volvían de improviso. En cambio, se las llevaron lejos, haciéndolas caminar durante horas y horas a través de bosques y pedregales, pensando en alcanzar pronto las cuevas donde guardaban sus botines.

››Aconteció que los hombres de la tribu regresaron al día siguiente, cargados de abundante provisión de carne, pieles y leña. Cuando entraron al campamento y observaron aquel desastre aullaron de rabia y dolor, y juraron vengarse bajo cualquier precio, desconcertados y rotos de dolor ante los cadáveres de sus hijos e hijas, padres y hermanos. Se armaron con lanzas y espadas, escudos y hachas, y partieron deprisa en busca de los saqueadores. Ni siquiera recogieron sus pertenencias, anteriormente tan valiosas para ellos. De día y de noche corrieron siguiendo el rastro de los asesinos de sus familias, ávidos de venganza y sangre, aunque esperando en lo más profundo de su alma que al menos sus mujeres continuaran vivas. Dade oraba fervorosamente a los dioses por la vida de Uive, a quien amaba, sin conocer que era su hermana.

››Uive hacía lo propio en su corazón. Procuraba no quejarse de nada, ni de los golpes, ni de los insultos, ni las penosas caminatas, ni del hambre, para no dar motivo a los asaltantes para castigarla aún más. Pero esperaba astutamente el momento de escapar, el instante en que se despistaran y la perdieran de vista. Fue así que una noche, estando todos los demás dormidos, ella se acercó al que hacía guardia y con susurros y carantoñas le engañó, haciéndole creer que sería suya, y cuando estuvo perdido de pasión, hambriento de caricias, le dio de beber una bebida ponzoñosa que había fabricado con hierbas del bosque que había podido recoger por el camino y guardar entre sus ropas. El guardia quedó inconsciente, debatiéndose entre la muerte y la vida, sin apenas emitir ruido alguno, y Uive despertó a sus compañeras para que en silencio escapasen de aquel cautiverio terrible. Así lo hicieron, al amparo de la oscuridad de la noche y del profundo sueño en que el alcohol había sumido a los bandidos.

››Cuando éstos abrieron sus cansados ojos por la mañana y vieron con estupor que las mujeres capturadas no estaban, salieron en su busca. El que hacía guardia de noche, sin embargo, no volvió a ver la luz del sol. Pero no fueron muy lejos, ya que los hombres de la tribu les perseguían muy cerca y habían estado toda la noche en camino, de modo que pronto encararon con ellos, y se entabló una cruenta lucha. Ninguno de los bandos salió bien parado, pues aunque los perseguidos eran superiores en número, estaban, sin embargo, menos poseídos por la cólera, y a mediodía muchos enemigos yacían muertos bajo las copas de los centenarios árboles. Por ello, y por la fatiga del viaje y del poco sueño, los supervivientes de cada grupo se retiraron sin esperanza de obtener victoria. Pero los hombres de la tribu aún tenían deseos de venganza, y el que más odiaba a los bandidos era Dade, por lo que apenas descansaron, sino que enseguida volvieron a la lucha. Tras de los raptores corrieron, aunque éstos conocían mejor aquellos parajes y escaparon por el mismo camino que las mujeres habían llevado la noche anterior.

››Por desgracia, éstas habían hecho alto a los pies de una colina, protegidas al este por un río y al sur por unas altas y puntiagudas rocas. Se creyeron a salvo de los malhechores y pararon a recuperar fuerzas. Éstos, huyendo a su vez de los vengadores, dieron con aquel campamento improvisado y pensaron venida de nuevo su oportunidad de tomar botín fácil y placentero. Las armas que empuñaban amedrentaron a las mujeres, aunque no a todas, pues Uive y otras planearon de forma astuta volver a darles castigo por sus maldades. Los asaltantes, cansados y heridos, fueron esta vez más desconfiados y decidieron cubrirse las espaldas. Mataron vilmente a unas cuantas mujeres, y amarraron al resto, entre ellas Uive. A ésta la violaron, a pesar de que se resistió con enorme fiereza. Cuando se creyeron seguros, se tendieron a descansar, si bien dejando de guardia a dos hombres, en vez de uno. Pero Uive ya no tenía fuerzas para rebelarse de nuevo.

››Los hombres de la tribu anduvieron durante todo el día y la noche siguiente a la pelea perdidos por el bosque. No obstante, uno de ellos que en su más tierna juventud había sido ladrón recordaba vagamente aquellos parajes, y guió al resto, aunque eran pocos, en busca de los pocos asesinos que habían huido. Cuando se hallaron lo suficientemente cerca, oyeron los gritos y las voces de las mujeres, sus lloros y sus suspiros. Pero no se precipitaron, sino que esperaron hasta la noche, aunque el dolor en sus almas crecía a cada minuto y les corroía con rabia inconmensurable. Así que al cerciorarse que aquellos malvados se hallaban descansando se acercaron rodeándolos y cayeron sobre ellos con grandes alaridos y ruidos, para que los bandidos creyeran que eran más los que atacaban. En efecto, el miedo hizo presa de los aquellos lobos cobardes y encerrados, que en vez de defenderse trataron de herir a todas las mujeres que aún quedaban con vida.

››Dade y sus compañeros lucharon con rabia y no dejaron un solo enemigo vivo. Cuando acabaron con ellos, furiosos y cubiertos de sangre, buscaron a sus mujeres entre los cadáveres y los miembros mutilados, y muchos rompían en lágrimas y se mesaban la barba y arrancaban los cabellos, al verlas allí tendidas, vejadas, inertes. Dade buscó a Uive con furioso ímpetu. Y la encontró aún con vida, aunque malherida. Por suerte para ella, sus captores no habían tenido tiempo de llegar a destruirla, y escapó entera de aquella noche terrible. Su madre, sus hermanas y toda su familia habían perecido.

››Los hombres enterraron a sus muertos, echaron los restos de los bandidos a los buitres, y se demoraron durante meses en aquellas tierras, para honrar y venerar la memoria de sus familias. Muy pocos quedaron vivos. Dade era buen guerrero, y no había sufrido heridas de importancia. Uive se recuperó gracias a los cuidados amorosos de Dade, pero en su alma siempre vivió un resto de amargura mortal por aquellos hechos que le tocó vivir. Sin embargo, el relato de su valentía y su astucia fue pronto conocido por todos, y todos la tuvieron en gran respeto y homenaje. Por eso, y porque nadie le quedaba en el mundo, le urgieron a tomar el marido que desease, sin tomar en cuenta, por una vez, las antiguas y honradas normas de sus mayores. Aunque no fue del agrado de todos, la mayoría se alegró al conocer que había escogido a Dade, pues era joven de gran fuerza e inteligencia.

››Con el tiempo, Dade fue elegido jefe de la tribu. Las mujeres volvieron a dar a luz, y la tribu retornó de nuevo a ser numerosa, a llenarse de la risa de los niños y las chanzas de los ancianos. Y Uive crió hasta siete hijos fuertes y sanos. Y aquellos que pasaron por oscuridades de muerte, pero que no le tuvieron miedo a la consumación, sino que lucharon por lo que amaban y usaron de toda su inteligencia y su fuerza para cambiar el nefasto hado que parecía cernirse sobre ellos, acabaron triunfando de todas las caídas y mareas que trataron de inundar su vida. ››Y para que hoy todos aprendáis algo, hoy os he narrado la historia de nuestros héroes. Quizá sean menos renombrados que otros, pero os aseguro que no fueron menores sus penalidades, ni menor su fuerza y su valentía.

LA NOCHE EN QUE CAYÓ EUROPA

Era el amanecer de un día de septiembre. Era hace mucho tiempo. Era España.

Los árboles hablaban perezosos de la venida del otoño, y comentaban con palabras de viento la altura de sus retoños jóvenes o la frescura del agua caída en la mañana del día pasado. Había entre ellos brumas ancladas al suelo. Se oían muy lejanos los bramidos de desconocidas bestias, ahuyentando el silencio como presa en deserción, pero los pájaros no habían salido todavía del letargo de la oscuridad. La tierra parecía, hechizada, descansar aún.

Regresaban ya los vientos matutinos a despertar el mundo, y se alzaban despacito los dedos de la noche desde los fangosos caminos, cuando un grupo de hombres armados llegó cabalgando hasta las puertas mismas del bosque. Una voz imperiosa mandó detenerse, y caballos y jinetes obedecieron todos a una.

– ¡Aquí tendremos que desmontar! Los caminos son engañosos ahí dentro, y puede que los caballos se hundan en el barro con nuestro peso. De modo que iremos más despacio, pero también más seguros –dijo la voz tonante.

– ¿Y ellas? –preguntó uno del grupo. Se refería a dos mujeres que iban sentadas a la grupa de sendas cabalgaduras, vigiladas por varios hombres de cara hosca.

– Ayudadles a bajar, y que anden como los demás –contestó uno que parecía el jefe.

– ¡De nada te valdrá tratar de ocultarte, malhechor! –gritó una de las mujeres-. ¡Mi padre te encontrará, y te sacará las tripas!

– ¡Tú calla, ramera! –respondió el cabecilla-. Y si de verdad tu padre se acerca hasta mí, yo le sacaré los ojos, ¡después de que vea cómo te arranco la salud, la decencia y la integridad!

La mujer trató de replicarle, pero una mano callosa y fría le tapó fuertemente la boca, y enseguida se vio amordazada, casi sin poder respirar.

Finalizada la disputa, pusieron todos pie a tierra y se encaminaron entre las tinieblas del poblado bosque, que ya empezaban a clarear con la luz de la mañana. El ambiente era extremadamente húmedo. Allí dentro todo olía a madera mojada, a moho, a viejo. Puede que nadie hubiese atravesado aquellas sombras desde hacía siglos. Acaso nunca.

Iba en cabeza Teudis, rebelde, guerrero y asesino a sueldo, que antaño fue Capitán de la Guardia de Godegiselo, Rey de los Vándalos, y que ahora, desterrado por yacer con una de sus hijas, vagaba por los montes y caminos haciendo por su cuenta la guerra a todo el mundo. En especial, al Rey. Y a los romanos, por supuesto, si es que quedaba alguno con vida…

– Nunca se sabe –solía decir-, mientras un solo romano siga con vida puede que vuelvan a recuperar lo perdido. ¡Esos astutos y orgullosos romanos, capaces de vencer a los mismos dioses y de dar la vuelta a los astros, si fuera necesario! Sí, hay que acabar con todos ellos. Con ellos y con el Rey. ¡Vándalos y romanos, todos muertos!

Y así, el infame Teudis, soberbio y exaltado, había logrado reunir un grupo de descontentos, gente abigarrada, insolente y dura, compadres del delito, amigos del tajo rápido y la mano larga. Comprados por el oro y la promesa de botines, seguían a su nuevo jefe sin hacerse del todo a la vida de milicia en que él pretendía adiestrarlos. Mas por el momento se mantenían obedientes, que no era poco, y habían entrado al trapo de todos los desmanes y homicidios que hasta el punto habían perpetrado sin miramiento ni escrúpulo. No había más que pedirles. A Teudis no le servirían sino por poco tiempo, el imprescindible para ponerse en contacto con algunos hombres fuerte de la corte, amansar algunos ánimos con bolsas bien compuestas y endulzar algunas voluntades con mansas y blancas piernas. En el fondo, aspiraba a recobrar la confianza del Rey…

Los maleantes se dirigían al sur. Huían. Cuatro días antes habían entrado en la relajación de la noche bajo las arcadas del castillo de un noble godo y habían raptado a sus hijas, partiendo con raudo y silencioso paso hacia la protección de los bosques de Sierra Morena. Lo de acuchillar al viejo y meter mano a sus arcones lo habían dejado para otro día, esperando que saliera en su busca con toda su gente armada y dejara así descubierta su casa y su alcoba, a la que pensaban volver por caminos abandonados y perdidos, pisando arbustos y atravesando arroyos, cuando nadie custodiase los tesoros ni guardase la dignidad de las mujeres.

Hicieron, pues, lo planeado y viraron hacia el norte durante el día, evitando los senderos visibles desde lejos y los poblados cercanos. Uno o dos de la compañía habían quedado retrasados con el fin de asegurar el éxito del plan, con la misión de volar hacia el sur y alcanzar a los de vanguardia tan pronto como fuera posible. Y, en efecto, el plan seguía su curso, y los ignorantes guardias del castillo azuzaban ya a sus bestias en busca de los raptores.

Teudis ordenó el alto poco antes del anochecer. Eligió un lugar para acampar amplio y mullido, donde los caballos comieron en abundancia y los hombres levantaron las tiendas. Las dos mujeres fueron puestas al cuidado de Torfein y Graudi, guerreros ceñudos pero de fiar, a quienes en su niñez se había aplicado el conveniente remedio para evitar que profanasen lo que debían guardar. Puestas en tal trance y amenazadas por las sangrientas miradas de gente tan robusta, las pobres hembras no dijeron esta boca es mía. Entre ambas acordaron guardar la vida lo mejor posible hasta ser devueltas a la mano de su padre. Y esperaban que enteras, por supuesto. Por suerte para ellas, Teudis no cumpliría aquella noche su amenaza de tomarlas por la fuerza.

La banda, formada por unos veinte hombres a caballo, sabía cómo organizarse. Teudis apenas tuvo que dar órdenes. A la hora acostumbrada, el centinela de turno despertó al jefe y después al resto, que en apenas unos minutos habían recogido equipajes y armas, y habían dispuesto la marcha. Un ligero desayuno de carnes secas condimentado con vino fue el único alimento. Tornaron al fango y el campo a través, en dirección al norte, en dirección a los campos de la meseta.

Anduvieron trabajosamente casi todo el día. Las zarzas y las jaras se enredaban en sus ropas y en sus botas, y les obligaban a un esfuerzo mayor. Los caballos caminaban junto a sus jinetes, tranquilos, descansados, salvando con sus poderosas patas los arbustos. Cuando alguien se había quejado preguntando por qué no avanzaban más rápido, Teudis contestó:

– Es mejor tener frescos los caballos. Nos servirán de más cuando debamos volver a huir del castillo.

Y quizá fuera verdad.

Pero la suerte estaba a punto de cambiar… En efecto, no bien habían vislumbrado a lo lejos el fin del bosque, adivinado por el ralear de los grandes árboles y el allanamiento progresivo del suelo, oyeron a lo lejos un ruido extraño que zumbaba y retumbaba entre las copas y las ramas, y olieron un aroma conocido, como a metal y sangre. Los caballos se agitaron y los más veteranos torcieron el gesto. Teudis gritó:

– ¡Alto! ¡Deteneos! Algo ocurre ahí delante. Algo asusta a los caballos, algo que me es muy familiar. Puede que sean los guardias del castillo. Stander, ¿no me dijiste que venían a más de dos jornadas de distancia? ¡Torfein, avanza unos centenares de metros, asómate a la orilla del bosque y vuelve para informarme! No hagas nada, sólo observa. Y, por supuesto, ve a pie.

Todos quedaron en silencio. También las mujeres: fueran quienes fuesen los que hacían tal ruido y atemorizaban a las bestias, más importaba no decir nada por ahora. Teudis siempre podía dar marcha atrás. Además, podría suceder que el remedio fuese peor que la enfermedad…

Torfein se adelantó hasta donde pudo. Cerró un ojo, como apuntando, para aguzar la vista, y lo que vio le dejó helado. ¡Un ejército! ¡Por los dioses! ¡Todo un ejército marchando allá abajo en la llanura! Comprendió entonces el porqué del ruido y del olor, y adivinó enseguida el peligro a que se exponían. Desde allí no podía saber de quién se trataba, pero ninguna opción era buena para ellos. Si eran romanos, su pellejo estaba perdido. Si eran godos, también, o aun peor, porque los unos mataban después de preguntar, pero los otros ni siquiera se molestaban en abrir la boca. Era más probable que a ellos tampoco les diera tiempo a desabrocharla. El Rey Godegiselo soñaba con clavar las testas de Teudis y los suyos en las almenaras de su alcázar…

Pero Torfein no era amigo de quedarse a comprobarlo. Además, había sido soldado veterano y conocía bien las tácticas de todo ejército, los exploradores que toda gran hueste enviaba por todas partes antes de llegar a algún lugar, e incluso en plena marcha. Sospechaba, pues, y con todo acierto, que si no se movían rápido y con cautela serían pronto encontrados y sorprendidos. Eso, si no estaban ya en la trampa. Caídos como la mosca en la tela de araña, sin darse cuenta, sin verla… ¡Ellos, bandidos, herejes, salteadores y asesinos, pescados vivos cuando ya creían estar a salvo!

De repente Torfein volvió la cabeza, asustado por grandes voces y tintineo de aceros. ‹‹¡Nos cazaron!››, pensó. ‹‹Estos perros nos han mordido mientras pastábamos. ¡Pero no nos abatirán sin recibir lo suyo!››. Se echó la mano a la espada y salió corriendo hacia donde se hallaban sus cómplices, procurando mantenerse lo más silencioso posible, pues si tenía que morir más valía llevarse al otro barrio a un par de sucios bestias con algunos tajos por sorpresa.

Lo que vio, sin embargo, le detuvo el aliento y hasta la sangre. Había cesado de pronto el ruido y la lucha había terminado. Poco quedaba de la mesnada que había dejado atrás minutos antes. La mitad de los hombres yacían muertos sobre el embarrado suelo. La tierra toda era un charco de sangre. También pudo ver algunos fiambres vestidos de uniforme.

– ¡Al menos han chillado de veras estos cabrones! -se dijo envalentonado.

Mas el teatro que observaba no tenía desperdicio ni permitía atisbo alguno de esperanza: los pocos hombres que quedaban vivos estaban heridos o gemían moribundos; incluso Teudis se quejaba, aunque se mantenía de pie a pesar de todo; a pesar de la sorpresa, a pesar del corte en el brazo izquierdo que manaba sangre continuamente, a pesar de los muertos, la vergüenza y el fin de sus proyectos. La mirada atenta de Torfein descubrió algo más repulsivo: las jóvenes habían sido violadas, desnudadas y golpeadas, y por fin un sencillo y limpio tajo les había seccionado a cada una el gaznate, que jamás podría volver a gruñir. La piel se le erizó de horror debajo de la cota de cuero. Masculló con cierta decepción:

– Estos no son romanos… Los romanos no matan a las mujeres; por lo menos no a mujeres de esta calidad.

Aún andaba en estos pensamientos, cuando una sombra salió tras su espalda y le asestó un fuerte machetazo en la cabeza, abriéndole el casco de parte a parte con la pesada hoja. Y así acabó la furtiva aventura del eunuco godo…

En tanto, Teudis, que permanecía callado, contemplaba la escena que se representaba a su alrededor en medio de una nube de sentimientos confusos. Cuando Torfein se adelantó para explorar el linde del bosque, los caballos se encabritaron y los hombres temblaron de angustia. Todos podían sentir la tensión del ambiente. Una fiera estaba a punto de atacar, y la presa no tenía posibilidad de redención… Un par de gritos habrían bastado para calmar a los ceñudos valentones que tenía a sus órdenes, pero en esta ocasión ni dos ni ciento sirvieron, y ni un emperador aullando los habría relajado. En realidad, él mismo estaba temblando. Luchó por dominarse mientras amarraba con todas sus fuerzas la soga de su cabalgadura, que amenazaba seriamente con tomar las de Villadiego, y en éstas estaba cuando toda una tropa de soldados uniformados y rebosando armas se abalanzó sobre ellos en estudiada maniobra. La carnicería fue de espanto, y lo que sigue ya se conoce.

Tras el desenlace, atado y custodiado, Teudis paseaba la mirada por el lugar buscando una mínima oportunidad de escabullirse, pero llegaban más soldados y la historia empezaba a tornarse muy negra y él muy condenado. Al rato, un pelotón entero rodeaba los cadáveres, y muchos milicianos ya se habían encargado de limpiar convenientemente los hatos de los muertos. De súbito, un clamor recorrió las filas del inmenso tropel allí presente, que se había ido acostando poco a poco sobre el lindero del bosque. Fueron sólo unos segundos. Enseguida el clamor se convirtió en silencio, y los rateros que esquilmaban a los difuntos abandonaron deprisa sus tan honrados quehaceres. Una figura a lomos de un gran caballo carmesí apareció por el pasillo que unos gigantones cubiertos de hierro hasta la gorra abrían a fuertes golpes. Teudis se estremeció, como ante un monstruo que saliese de sus peores pesadillas. Y algo así habría de ser, pues se trataba ni más ni menos que de Genserico, hijo de Godegiselo, Rey de los Vándalos. De pronto, sin explicación alguna, inspirado por el recuerdo de sus experiencias en la corte, Teudis comprendió: ¡el Rey había muerto y su hijo menor tenía ahora el cetro y el poder! Posiblemente, cual inmunda bestia, habría devorado a su hermano y habría ocupado indigno y ambicioso su lugar, el lugar de la más temible y despiadada banda de sayones que los campos de Germania o de la Galia conociesen jamás, incluso por encima de los romanos. Ya no le cabía duda de que había pinchado en hueso, y de que por nada del mundo Genserico permitiría que se le escapara el dulce sabor de la venganza. Pues en el pasado Teudis, siendo aún Capitán de la Guardia de Godegiselo, se había opuesto en numerosas ocasiones a Genserico en presencia del Rey, aconsejando con gravedad y prudencia una política de pactos que el menor de los príncipes detestaba con todas sus fuerzas, convencido de que la decisión y el arrojo habrían de darles mayor botín y victoria más contundente. No obstante, Godegiselo era buen político, y no sólo el jefe de una banda de palurdos asesinos, y solía hacer más caso a su hombre de confianza que a su brioso retoño. Desde entonces, la inquina de éste había crecido sin freno alguno, hasta que al fin consiguió hacer caer a Teudis ante los ojos del Rey en la vergüenza que le condenó al destierro. No contento con ello, Genserico había jurado matar con sus propias manos a Teudis, a pesar de que éste era más alto, más fuerte y más diestro con las armas. Sin duda, el príncipe consideraba que matar a través de otro era también matar con sus propias manos… Pero ahora, ahora, sí que podía usar su daga. Aunque él, Teudis, antiguo Capitán de la Guardia de Godegiselo, Rey de los Vándalos, se lo impediría en esta vida o volvería del averno para hacérselo pagar.

Llegó Genserico a la altura del prisionero, cuya herida  en el brazo empezaba a coagular, lo miró a los ojos con atención y pareció recordarlo. Pero no dijo nada. Se dio la vuelta, diciendo unas palabras al oído de un fortachón que caminaba junto a su caballo, y se despidió de la concurrencia con el brazo en alto, la espada desenvainada. El clamor se elevó de nuevo llenando los rincones de la floresta. Y el corazón de Teudis se llenó de indignación: ¡ni siquiera le había dirigido la palabra! ‹‹Al fin y al cabo, pensó, no tiene agallas para matarme por sí mismo››. Pero se equivocaba, como casi siempre. Para rematar la faena, nada más perderse en la lejanía la figura del soberano, un tremendo golpe cayó sobre su cabeza, y se hizo la noche.

Volvió a ver la luz y se encontró en una gran tienda, amplia, ordenada y esplendorosa. No había nadie a su lado. Desde fuera llegaba el rumor de una masa en fecunda actividad. El sol pugnaba por entrar a raudales atravesando las ricas pieles que componían la tienda, pero era una lucha inútil. Aun así, los débiles rayos de luz que matizados entraban al aposento daban para moverse sin tropiezo por la estancia. Había sitio en ella para todo un banquete. Teudis tuvo tiempo de palparse la cabeza, que le dolía como pisoteada por todos los diablos, y tras comprobar que apenas tenía un rasguño y un gran tolondro, anduvo con suma atención inspeccionando el lugar. No reparó en la abertura de salida hasta bastante después. Mas cuando lo hizo ya era tarde: un gran ruido de espadas y pasos militares se aproximaba. De todos modos, de haber intentado escapar antes, se habría metido de lleno en el corazón del campamento, con todos los soldados en pie, activos cual hormigas, y ni un terremoto lo habría amparado entonces.

Se retiró unos pasos de la entrada, lo justo para tomar ventaja y ancha perspectiva. Pero sólo un hombre atravesó la suave cortina: Genserico en persona, tan rudo, tan orgulloso, tan seguro de sí mismo como siempre, pero más fastuoso. La palabra correcta sería más poderoso. Teudis ya se lo esperaba, aunque le sorprendió verse a solas con su enemigo, sin protección alguna, pero tampoco sin escapatoria para él. ‹‹Si le pongo la mano encima no tardarán en escabecharme››, debió de pensar incluso antes de pensar nada. Y se quedó callado, quieto y observador, hasta que el hombre delgado y vestido de ostentosas ropas que tenía delante abrió la boca.

– Vaya, ¡mirad a quién tenemos aquí! –dijo con una sonrisa irónica.

Pero Teudis no era hombre de poco fuste.

– Lo mismo digo –respondió con la misma sorna-. Parece que has prosperado…

Era una flecha bien dirigida, aunque esta vez el contrario iba bien armado.

– En la misma proporción en que tú has caído –la contestación tomó a Teudis por sorpresa y confiado-. ¡Mírate! Ayer fuiste gloria. Hoy sólo eres mierda.

¡Zas! ¡Blanco! Demasiado para un hombre como Teudis, humillado, despechado, huido y zarandeado. Si bien en él siempre moraría un pedazo de infatigable fuerza y un último aliento de firmeza, ver a su antiguo rival vestido de majestad, asesino de los suyos, perseguidor de los que como él habían rechazado su belicismo ciego, triunfante, orgulloso y temible, era espectáculo poco menos que insufrible y decepcionante. Había luchado toda la vida para evitar esto, ¡joder!, pero la suerte o quién demonios fuera había preferido la solución contraria, y ahora ni los romanos ni el resto de estúpidos brutos lograría evitar el sangriento choque que Genserico había estado tramando toda su vida. Pensaba que quizá los romanos aún fueran fuertes, y en tal caso nadie podía saber qué sería peor. ¡Pero qué más daba! ¡Allá se las arreglaran ellos, muy solitos y a su costa, como habían hecho siempre, tan convencidos de su imperio y superioridad!

Pero el caso es que esta vez Teudis no apostaría por ellos. Y puede que tampoco por los vándalos. Estaba convencido de que, pasara lo que pasase, otros irían a comer y rapiñar los cadáveres dejados atrás y los despojos de la guerra.

– ¿Ya está? –le gritó Genserico-. ¿Toda tu vida oponiéndote a mí como gallo que defiende su corral y ahora te callas como si tal cosa?

También Genserico se detuvo, paseó por la habitación un tanto y miró de nuevo a su prisionero, esta vez con más odio.

– ¿Sabes por qué vas a morir? –chillaba tan alto que todo el campamento podía oírlo-. ¿Lo sabes? Yo te lo diré: porque eras el mejor guerrero de mi padre, su hombre más leal, y de pronto, ¡vas y te marchas! ¡Desapareces y ya está! Así, de pronto, ¡sin decir esta boca es mía!

– No fue así, y lo sabes –contestó Teudis. Ahora le miraba a los ojos con una voluntad que no sospechó poder albergar aún-. ¡Tú me enemistaste con tu padre el Rey!

– ¡Porque te obcecabas en tu defensa de la paz! ¡Yo sólo trataba de hacerte reflexionar! Pero no, no, el señor Teudis, el fuerte Teudis, el aguerrido y osado Teudis nos salió más cobardica, bobalicón y femenino que ningún otro.

La ofensa estaba estudiada y premeditada. Pero Teudis no picó. Conocía demasiado bien a Genserico como para dejarse engañar por treta tan infantil. Sin embargo, era la versión oficial, la que había corrido por todo el pueblo y la que Godegiselo, su padre, se había tragado sin masticar, sin inquirir absolutamente nada, sin acudir directamente a él en busca de la verdad. ‹‹Quizá en el fondo››, meditó, ‹‹también el viejo Rey quería la guerra. Quizá ya hacía mucho tiempo que no agarraba una espada››.

Teudis guardó silencio una vez más. Fuera el que fuese el castigo que Genserico le tenía preparado, no deseaba agravarlo con una discusión mayor. El Rey ya había tenido su victoria, y él necesitaba tiempo y descanso, una buena comida quizá, y puede que Genserico, después de todo, previera dejarlo con vida durante unos días.

– Lo suficiente para escapar, espero –se dijo Teudis.

Al fin, el monarca, ahíto de esperar y viendo que el soldado que tenía delante continuaba siendo tan terco como siempre, salió satisfecho de la tienda, su propia tienda, para dar a sus capitanes unas últimas órdenes antes de pasar la noche.

Desgraciadamente, la oportunidad que tanto esperaba Teudis no llegó. Ni un solo momento estuvo solo, al menos lo suficientemente solo y lo suficientemente olvidado para desembarazarse de sus ataduras y salir a todo trapo de aquella lujosa cárcel. Comía y bebía a su tiempo y con holgura, pero la comida le sabía a muerte y la bebida a sangre. El lento pero inexorable pasar del tiempo era una tortura para él peor que el mismo potro, y condena mayor que ser descuartizado. Un guerrero como él habría soportado con paciencia y resignación ser azotado, golpeado, pisoteado o traspasado; pero hacerle aburrirse y desesperarse allí, sin nada que hacer, horas y horas en silencio y vigilado, sabiendo cercana la tumba sin poder siquiera mirarle a los ojos dignamente, resultaba más que injusto, diabólico. Mas no podía dedicar el tiempo a cosa mejor que pensar, así que trató de hallar la serenidad precisa.

– A ver, examinemos la situación –se decía-. El ejército entero parece haberse puesto en marcha, y en dirección sur, con Genserico a su cabeza, lo que significa sin duda que van camino de alguna gran empresa, una empresa seria, con armas y muertos de por medio. No una simple escaramuza, pues no sería digno de Genserico, ni una amenaza, pues él mismo no lo soportaría. Tiene que haber alguien con quien luchar, alguien lo suficientemente grande y lo suficientemente fuerte para que todo el ejército vándalo, acaso reforzado por algunas tribus aliadas, se ponga en pie de guerra con tanta celeridad y organización. Pero es extraño, a pesar de que se nota que se hallan en campaña, ya hace más de diez días que no nos movemos, y la disciplina se relaja por momentos. De modo que o el enemigo no está cerca o nos hemos vuelto locos. No, no, Genserico no permitiría este desorden que se oye si el enemigo estuviese acechando. Hay que pensar, pues, que se halla lejos. Quizá en la costa….

Al llegar a este punto comprendió, como iluminado por un fugaz rayo de sol que se hubiese colado en la sala. Y no pudo reprimir levantarse bruscamente y reflexionar en alto, la mirada perdida en el cielo, una sonrisa de satisfacción en su boca:

– ¡El estrecho! ¡Cruzaremos el mar! ¡Hacia África por el estrecho!

Pero al decir estas palabras su sonrisa se borró y se transformó en un débil rastro de miedo.

– ¡Qué locura! –continuó meditando-. No sabemos manejar barcos, y no tenemos una flota, mientras que los romanos son maestros en el arte de navegar. Nos diezmarán en esa incursión…

Aquí se detuvo su reflexión. Genserico apareció bajo la cortina de piel que taponaba la entrada. Estaba radiante. Semejaba un dios de la guerra. Sin añadir nada más, le ordenó:

– Teudis, levanta y ven, quiero que veas esto.

Totalmente sorprendido, el bravo reo se levantó, seguido muy de cerca por sus dos vigilantes, auténticas moles de músculo y acero que lo llevaban bien sujeto por unas cadenas, y partió en busca de Genserico, quien en tanto se había detenido a unos pasos de la puerta, esperándolo.

– ¿Te acuerdas de los romanos, tus amigos? –pronunció estas últimas palabras con cierto deleite y sin disimulo-. Aquí los tienes ahora, pidiéndonos ayuda…

El estupor se dibujó claramente en el rostro de Teudis al ver la escena que tenía delante…

– Veo que no te gusta –continuó Genserico-. Pero ahora somos sus aliados, y vamos a prestarles la ayuda que nos piden. –Sonrió como sólo él sabía hacerlo, misterioso y terrible, añadiendo lentamente entre dientes: Y puede que un poco más…

– ¿Y cómo llegarás a África? Nuestros hombres no son marinos –objetó Teudis.

El Rey volvió a sonreír malicioso, y como relamiéndose dijo:

– Nuestros amigos los romanos nos facilitarán las naves y los pilotos… Nosotros sólo hemos de acudir en ayuda de cierto potentado que tiene no sé qué pleito con la Emperatriz Madre –las palabras de Genserico sonaban lejanas y burlonas-. En realidad, una minucia, un malentendido…

Teudis contestó con aplomo:

– No se llama a un ejército implacable por un malentendido…

– Aunque no lo creas, nosotros sólo buscamos la paz –fue la respuesta del Rey.

Teudis comprendió sin escuchar más. Aunque pasmado, no creyó las palabras del orgulloso monarca, y prefirió entenderlas al revés. Pero aún más le asombró descubrir a los legados romanos inclinados ante Genserico, como humildes pastores que pidieran protección, ofreciéndole presentes ricos en oro y piedras preciosas. Genserico estuvo con ellos condescendiente y magnánimo, aunque apenas habló. Se limitó a escuchar, a aprobar con un leve movimiento de cabeza y a firmar el tratado que los legados traían redactado. Cuando esto sucedió, éstos, que eran dos e iban vestidos a la usanza de los patricios romanos, se despidieron y se apresuraron a volver con una copia de lo firmado, camino de África. Pero antes de salir del campamento, Genserico hizo una señal a su segundo, y éste a su vez a la guardia, que mandó apresarlos y encarcelarlos. Nada más ocurrir esto, a toda prisa, los pocos soldados que acompañaban a los legados fueron masacrados en un decir jesús, bajo el engaño de ofrecerles comida y posada.

Al día siguiente, Teudis supo, no sabía exactamente por boca de quién, que los legados habían firmado un tratado “anexo”. Posiblemente bajo las amenazas de muerte o entre torturas, pensó, aún más preocupado. Seguramente, no habrían visto el sol de nuevo. Ese era el regalo de Genserico a quienes le traían la elección del destino…

Pero Teudis no tuvo tiempo para contemplar el majestuoso aspecto de las naves romanas, ancladas en Cartagena (o lo que quedaba de esta antigua ciudad), ni tampoco de vislumbrar de lejos el pálido reflejo del sol en la arena del desierto antes de venir la noche. Fue maltratado, torturado y acuchillado, de cobarde y cruel, al caer la tarde del siguiente a la firma del falso tratado de coalición. Por suerte para él, tampoco tuvo que ver las masacres de civiles en las provincias más extremas, los templos profanados o incendiados, las mujeres (pequeñas y grandes) ultrajadas, esclavizadas, vendidas; la última y desesperada resistencia del ejército romano de África por contener al monstruo que habían desencadenado; y el estertor de una civilización grandiosa que agonizaba entre las arenas interminables del Sáhara, sobre las efímeras dunas de la historia, la noche en que cayó Europa. La Europa de Roma. La Europa universal. Eso fue lo que el afortunado de Teudis no tuvo que ver.

Tu imaginación te miente

¿Cómo no va a haber contradicciones innombrables en los demás, si las hay en mí, y me las veo menos y me las disculpo más?

En la oscuridad de la noche, metido en la solitaria habitación de mi apartada casa, desconocido por el gran mundo, olvidado momentáneamente por los seres que alguna vez me han conocido, siento el tremendo atractivo que sobre mi corazón ejerce la literatura, y el pesado fardo que me impone la filosofía: porque aquélla me permite apartar la mirada de mis propias falsedades, llevándome a otras nuevas que no me reciben airadas; mientras que ésta es una madre severa, y a menudo da menos de lo que se busca, y promete más de lo que cumple, y juzga sin piedad a uno mismo, tanto más cuanto mayor es la fuerza de la propia capacidad para indagar.

¿Cómo no va a sentir el hombre la tentación de ausentarse de su vida, como el actor que se esconde tras las bambalinas del teatro, si la vida es límite, y la imaginación poder? Porque la imaginación es la mentira, y sólo es inofensiva en tanto reconocemos su inexistencia, y tan sólo entonces es legítimo desposarla.

Pero ¡cuidado!, la connivencia con la imaginación da pronto, y antes de que advirtamos que lo hemos consentido, frutos dulces, de somnolencia imprudente, y amargos, de despertar tormentoso.

Valar morghulis

¡Qué libertad se encuentra en la muerte! El olvido que provoca en los hombres permite que se abra el abanico de la eternidad y se desplieguen las alas del corazón desconocido. En ella se embalsan definitivamente las corrientes del amor o de la guerra, y el fin de los anhelos terrenos se realiza entre las poderosas garras del más allá: entonces el alma se llena de realidades divinas y se deshace de sus vestidos de promesas, permaneciendo solo su anhelo desnudo de inmortalidad.

Sin embargo, compadezco a quienes endiosan, idealizan o banalizan la muerte. ¡No, señores, la muerte es algo muy serio! ¡Y terrible! ¿Habéis visto a alguien morir en la plenitud de su juventud, así de pronto, de golpe, sin despedirse, sin verla venir? Uno se siente impactado y desvalido ante esa muerte… Hay algunas muertes que nos afectan sentimentalmente, pero las esperamos y hasta cierto punto estamos de acuerdo con ellas: por ejemplo, la muerte de un ser querido de muchos años y con una grave enfermedad que lo tiene postrado y como humillado. Incluso hay otras que nos parecen inevitables y que ni siquiera llegan a tocarnos la sensibilidad: por ejemplo, las muertes que se producen a causa de una guerra lejana; nos lamentamos por ello pero dormiremos bien, incluso los más “indignados”. Sin embargo, el espectáculo macabro y desolador de un accidente de moto puede conmovernos si nos detenemos a observar la sucesión de los hechos: los primeros minutos de desconcierto, la espera interminable a los servicios médicos, la curiosidad del viandante que se va transformando paulatinamente en miedo y en angustia; los movimientos rítmicos de las manos del médico, que oprimen una y otra vez el esternón del herido, tratando en vano de reanimarlo; y la manta blanca que finalmente acaba cubriendo su cuerpo deshabitado…

El silencio que deja la persona que, henchida de juventud, llenaba el tiempo y el espacio de palabras, de proyectos, de sonrisas y lágrimas… No puede explicarse el sobrecogimiento ante este árbol derribado sin previo aviso, en el clímax de los años.

¿Habéis sentido alguna vez algo parecido?

¡No os riáis de la muerte ni sigáis vuestro camino! Vale la pena detenerse y pensar. La muerte es el gran filósofo.

Auto… Retrato

Digo que soy aire, y acabo entre las rocas.

Sueño con las nubes del cielo, y duermo en una cueva musgosa.

Hablo como un rey, pero soy un mendigo.

Gasto como un rico, pero debo como un pobre.

Miro a las estrellas, pero camino en jirones de harapos.

Me creo niño, pero miro al espejo y veo a un viejo.

Me siento bello de deseos, pero soy horrible por fuera.

Soy el falso héroe de todas las novelas.

Mi vida entera es un sueño, a punto de transformarse en pesadilla, siempre amenazante, pero siempre a medias.

Lo peor de mi vida es que mi dolor nunca es completo, y por eso mismo siempre me queda espacio para la esperanza.

Vivo en miles de mundos a la vez, y en ninguno tengo hogar.

Mi corazón es un amasijo de hierros oxidados, entre los que crecen las flores de una primavera imaginada.

Una B y una J conforman mi nombre. Una niebla, mi pasado. Una sombra, mi futuro. Soy una interminable sucesión de miedos. Escucho y no oigo, miro y no veo, vivo mientras me muero, y espero, desesperado, un amanecer que nunca llega y se está anunciando sobre los riscos helados de mis fracasos.

Después de todo esto, seguramente ya sabéis mi nombre. Pero jamás sabréis cómo me siento. Pues la aventura de vivir la recorremos solos, aunque yo la recorro muchas veces.

¿Quién soy?

Gloria a aquel que me descubra.

SIN PIRULETAS

La "Dolce Vita", en mi blog

Car_Carrie

Blog de Viajes, Pasiones & Sentires

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