La banalización de la crítica. Vómitos de incultura

estamos en una época de profunda incultura, porque, si es cierto que se ha elevado el nivel medio de la educación del pueblo, en cambio se ha producido un triste fenómeno que llamo: ostracismo intrusivo.

Hoy cualquiera tiene a su disposición medios, que antes ni siquiera nos pasaban por la imaginación, para llegar a cientos, a miles de personas, y exponer sus ideas sobre todo lo que le venga a la cabeza. Para empezar, un blog, por ejemplo. Pero sobre todo las redes sociales, de las que destacaría Youtube como medio de expresión de ideas, y que además llega muy fácilmente a los niños y a los jóvenes. Y esto es maravilloso, no se me entienda mal. La libertad de expresión y de comunicación son un tesoro muy preciado. Y lo que han conseguido las nuevas tecnologías ha significado un avance histórico que solo con el tiempo podrá valorarse. El problema surge cuando se usan mal.

¿Por qué digo que se usan mal? Les ilustraré muy fácilmente. ¿Se imaginan a este servidor opinando sobre física aplicada aeroespacial, si es que esto existe, cuando resulta que apenas sé sumar, restar, multiplicar y dividir por una o dos cifras? No, ciertamente. Resultaría patético e inapropiado. Sin embargo, si es tan claro en el caso de las matemáticas, ¿por qué no lo habría de ser también en el caso de la literatura, la pintura, la música o el cine, por ejemplo? Dirán ustedes: porque son más populares y no son ciencias. ¡Se equivocan ustedes! La literatura nunca fue popular, sino solo una parte de ella que no es ni la mejor ni la más sabrosa; y lo mismo cabe decir de los demás elementos citados, salvo quizá con excepción del cine, que es el arte del pueblo (lo que no está dicho en sentido peyorativo).

Es decir, que para opinar sobre literatura, primero hay que saber (y mucho) sobre literatura. Fíjense que yo soy escritor y me da apuro opinar sobre los libros de los demás, incluso sobre los míos. Solo les veo defectos a los míos y virtudes a los de los demás (los que leo, dicho sea de paso, porque leo mucho pero también me lo pienso mucho antes de leer algo). Repito: para saber de libros hay que leer mucho, y luego leer mucho, y luego leer mucho más. Aun así, nada te garantiza que sepas algo más que un niño pequeño. Hace falta algo más: carácter, naturaleza, perseverancia, y una inteligencia capaz de asumir todo lo que se lee, compilarlo y fabricarse una síntesis coherente y razonable. Es por eso que saber, lo que se dice, saber, son muy pocos los que saben; y muchos los que creen saber.

Sucede así que proliferan hoy los críticos de todo: críticos de cine, críticos de música, críticos de libros, críticos de juegos, críticos de series, críticos de política, críticos de vida social y críticos de moda. Hay sabios para todo. Pero, ¿cuántos de estos sabios sabe de algo? ¿Cuántos han triunfado en aquello que critican? Porque digo yo que si te metes a crítico de cine, será porque has dirigido alguna película en tu vida… Si no es así, ¿cómo vas a conocer lo que es el cine de verdad? Al menos, si no has tenido ocasión de dirigir una película, habrás estudiado el proceso, habrás conocido cómo son las producciones, habrás investigado el mundo del cine en profundidad… ¿Ah no? Simplemente te gusta y ya está. Has visto unas decenas de películas, sabes lo que te ha gustado y lo que no; y con eso te vale para ser crítico. Pues lo siento, amigo mío, simplemente eres un espectador que unos gustos más o menos asentados, pero ni crítico ni nada que se le parezca. No puedes enseñar nada. Tienes el poder de gastarte o no el dinero en ver una película, como yo, pero ni siquiera sabrías argumentar por qué lo haces, más allá del mero gusto; y esto, amigo, no es un argumento. Como decían los romanos, «de gustibus non est disputandum». Para legos, sobre gustos no hay nada escrito. Es decir, para críticos modernos.

Y así, internet es hoy en día un maremágnum de opiniones de todo tipo sobre todo. La conjura de los incultos para hacer valer su voz por encima de cualquier juicio crítico de los eruditos, a los que se por un lado se denigra, con expresiones que tratan de ridiculizar su saber o convertirlos en élites apartadas de la realidad, y con los que, por otra parte, se compara a todo el mundo, poniendo a cualquier hijo de vecino criado en la «universidad de la vida» a la altura de un profesor, o repartiendo másteres y doctorados como se reparten churros o castañas, a cambio de una módica cantidad de dinero, por supuesto aprobados por amigos de voluntad comprada y compadres en el chanchullo.

¿Uno necesita saber si tal libro es bueno? Para eso están los grupos de Facebook. Y ya vendrán los cualquiera a opinar sobre el libro. ¿Uno quiere saber si vale la pena ver una película? Pues lo pregunta uno en Facebook o en Twitter, o se ve un vídeo de un youtuber, que ha ido a verla y que es muy gracioso. ¿Uno busca una canción o una pieza musical que convertir en compañera? Pues no tiene más que preguntar al asistente de google, a Siri, a Alexa o a como coño se llame la aplicación de turno con nombre de señorita de compañía; o, mejor todavía, se lo pregunta uno al cuñado, que sabe hasta de música clásica. Y si se trata de saber de historia, o de filosofía, o de polícita, no faltará un roto para un descosido. ¿Para qué mirar una enciclopedia o leer un buen manual, o un estudio o ensayo de un autor reconocido que haya sentado cátedra en la materia? ¡No, hombre no! Eso cuesta, y lo que cuesta «no mola». Es mejor poner un canal que llaman «Historia», y que es todo menos histórico, o ver un vídeo de Youtube donde hablen de los iluminati o de los «aliens».

Porque hoy en día:

  • Lo que importa no es saber, sino entretener y entretenerse. El conocimiento está absolutamente desprestigiado. Ya no interesa por sí mismo, salvo que tenga alguna aplicación práctica, económica o de ocio. Por eso se desprecian las humanidades y se potencian las materias puramente «utilitarias», como los idiomas, las matemáticas y la tecnología, que por sí mismos no suponen aprender «verdades», sino herramientas con las que manejar la realidad para un fin próximo, evaluable económicamente y comprobable empíricamente. Por eso sobre todo se desprecia la historia, que se está manipulando en el siglo XX y en el siglo XXI como nunca antes se había hecho, sin que a nadie parezca importarle, porque el pasado ya no existe, porque el conocimiento del pasado se desprecia y porque los hechos hoy se consideran secundarios. Aplíquese aquí aquella vieja sentencia periodística: «no dejes que la verdad te estropee una buena noticia». Y se entenderá mejor lo que digo.
  • En segundo lugar, se busca todo con el menor esfuerzo posible, y a ello contribuyen soberanamente las nuevas teconologías.
  • Y por último se ha banalizado completamente la cultura, convirtiéndose en un mero producto de entretenimiento más, accesorio, prescindible, y si es posible gratuito. Música, libros… todo está metido en este saco. Si no es gratis y si no me entretiene, no lo quiero. Y este mal se extiende como una pandemia, invadiendo el mundo entero y todas las mentes. Los hombres pululan hoy como zombis, como no muertos sin capacidad para pensar por sí mismos, para disfrutar por sí mismos, para criticar por sí mismos, para actuar por sí mismos, para tener un proyecto de vida serio, a largo plazo, pleno, por sí mismos. Y claro, cuando tanta gente vive como pollos sin cabeza, otros, algo más listos, se erigen en maestros, en «coaches», en tutores, en guías y gurús, aunque no hayan dado un palo al agua en su vida, y no sepan más que juntar letras una detrás de otra, y engañar a los bobos, porque en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Eso es lo que tenemos, con la salvedad de algunos hombres y mujeres extraordinarios, hoy en día más que nunca, porque jamás en la historia de la humanidad fue tan fácil que los ciegos guiasen a los ciegos y pareciera correcto.
  • ¿Qué puede salir de todo esto? Pues imaginaos: nada bueno. Lo estamos viviendo todos los días. A mí me han insultado en Twitter solo por sentirme orgulloso de ser español. Y no lo han hecho enemigos declarados de nuestro país, sino gente de aquí, con argumentos manidos y por eso mismo estúpidos. Este es el nivel. ¿Os imagináis a esta gente opinando sobre uno de mis libros? Pues lo harán. Lo mismo que opinan sobre los libros de los demás. Tendré que estar preparado. Porque los incultos vomitan sobre la obra de los creadores con la facilidad con que van al baño, después de comerse una hamburguesa de una de esas cadenas que se hacen llamar restaurantes y que son en realidad expendedoras de grasas saturadas de todo a cien. Esos son los mismos que se quejan de una película «porque es muy lenta», o que bailan al son del «reggaeton» cuando nadie los ve, para luego decir en público que no les gusta. Este es el nivel. Esto es lo que hay.

Somos la generación con más conocimientos a su alcance. Y somos la generación más inculta. Podéis creerlo.

Y sucede entonces el último de los fenómenos deleznables de este proceso: lo que llamo ostracismo intrusivo, que consiste en que los menos preparados acaban por «echar» a los más preparados del nivel o categoría donde podrían influir en la sociedad, como maestros o guías, valiéndose de este altavoz inmenso que son las redes sociales. Así, los músicos de verdad tienen que dejar de cantar y tocar porque ya nadie compra sus discos, ya que otros menos valientes, menos creativos, menos arrojados, menos carismáticos, copian sus obras y hacen «covers» que se pueden ver y oír gratis en Youtube. Las páginas piratas permiten ver las películas gratis, y los opinadores de turno se encargan de subir o bajar en la estimación del gran público las que les parecen bien, sean o no buenas; ¿quién irá al cine a consumir pagando un producto, cuando pueden tenerlo gratis en su casa? Si el youtuber graciosete dice que una película es lenta, ¿qué hijo de vecino querrá ir a verla, cuando en su móvil tiene otras miles gratuitas y vídeos estúpidos de todo tipo?

Y así sucesivamente…

De forma que los músicos, los literatos, los creativos, los pintores… son expulsados del aprecio público, y su puesto es ocupado por otros menos capaces pero encumbrados por los medios digitales de hoy, que ni son mejores ni son necesarios, tan efímeros, estúpidos y denigrados que, precisamente por eso, son tan queridos por el gran público, pues están hechos de la misma pasta con que están hechos sus desechos; proceden de él y a él le representan.

Al final, la fama, efímera señora, encumbra por medios artificiales a quienes se aprovechan de las creaciones de los demás, después de derruirlas, de deshacerlas a trocitos, como en la Edad Media desvalijaban y arruinaban las pirámides o los templos para conseguir piedra con que construir sus castillos. Y sobre las ruinas de nuestra civilización mortecina se está construyendo el edificio fantasmal de una cultura de pega, de cartón piedra, instalada en «la nube», que algún día desaparecerá por completo cuando se desconecte el enchufe y no dejará tras de sí más que la nada.

ENTREVISTA en Radio Trinijove – Culturalia

Os dejo a continuación el enlace donde podréis escuchar la entrevista que me hicieron ayer por la tarde en Radio Trinijove, en el programa Culturalia, hablando sobre mi última novela («No existen las princesas») y sobre mis próximos proyectos. Podréis escuchar el inicio de mi novela leído por la voz magnífica de Jesús Vera. No busquéis mucho. Es al principio del audio. Que lo disfrutéis, al menos tanto como yo lo hice.

https://www.ivoox.com/culturalia-04-02-20-audios-mp3_rf_47331523_1.html?fbclid=IwAR3BoT3wcxjIWwvzFnVK3wdBnERn6VbeqwWmO2VF0iM_Qdh41DE4XiTDbEc

Consejo de vida. El río.

La vida se convierte para mucha gente en un circo sin pies ni cabeza. En los libros la parece mucho más fácil, incluso los personajes más perdidos tienen algo en la mente que les puede conducir a un fin; no les duelen las muelas ni les invade un sueño aterrador los lunes por la mañana, ni se ensucian el jersey al ir a trabajar y se mueren de vergüenza. La mayor parte de las veces, ni siquiera están atrapados entre situaciones sin aparente importancia pero que los agobian y entristecen, sin ser capaces de huir y resolverlo todo de un plumazo. Los libros son más simples. La vida es un follón. Para algunos más que para otros. ¿Entonces qué hacemos?

Es la pregunta que llevan tratando de contestar las filosofías, las religiones, las ideologías políticas, desde la cuna de los tiempos. Yo no voy a ser prepotente; no voy a contestar yo solo a lo que miles no han sabido contestar. Pero sí quiero poneros un símil y daros un consejo muy concreto.

La vida es un río. Ya lo dijo Jorge Manrique. «Nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar/, que es es el morir». Esto es una imagen, claro está, no solo una descripción gráfica del paso del tiempo, sino también un símil sobre cómo se ordenan tus actos y sientes tu devenir. La cuestión es que hay muchas clases de ríos y muchas formas de discurrir el agua. Hay ríos rápidos, que corren entre paredes escarpadas y arrastran cuanto ante sí se topan. Hay ríos caudalosos y anchos, cuyos márgenes no se advierten desde el centro, con varias corrientes, con el lecho de barro, que esconde dentro de sí peligrosos remolinos pero también una vida sorprendente. Hay ríos lentos y perezosos, sin la fuerza suficiente para abrir la roca, cuyo cauce va dando curvas y más curvas, en meandros pantanosos, según va encontrando terrenos más blandos, demorándose como si tuviera miedo de llegar al mar. Hay torrentes que caen por laderas empinadas y agrestes y se acumulan en pequeños lagos antes de caer en cascadas abismales…

Hay ríos de todo tipo. ¿Cuál eres tú?

También puede ser que, en lugar de ser un río, seas un mero habitante de la ribera. Pero no creas que eso te alejará del fin, de ese mar al que llegaremos todos. El océano al final será la morada de todos. Y si tú no vas hasta él, una gran ola subirá algún día, río arriba, y te alcanzará y te arrastrará, quizás cuando estés durmiendo, como un sueño fatídico.

Además, es posible que permaneciendo en la ribera del río, a tu aire, alegremente, creas que puedes evitar muchas de las penas y trabajos de la vida, que en cambio acometen quienes se embarcan en las grandes aventuras de la vida sin otra cosa que los distraiga, pero la verdad es que acabarás siendo terriblemente infeliz, porque el ocio lleva a la desgana, la desgana al rencor, a la envidia, a la malsana curiosidad, y aquel que se entrega a estas seductoras mentiras se hace más daño a sí mismo que a los demás.

Te lo digo por propia experiencia: pocas veces serás tan feliz como cuando estés enfrascado totalmente, con todos tus sentidos, en la persecución de un noble sueño que sea mayor que tú, y que exija absolutamente tu entrega, con la vista puesta en un fin que saque lo mejor de ti mismo y de alguna forma te absorba y hasta te consuma, como si fuera una droga, como si fuera un fuego, como si fuera unos rápidos que te arrastran inexorablemente hacia lo desconocido, sin salvavidas al que asirse. Cuando sientas cómo el agua de ese río te inunda la boca y te ahoga los pulmones, y aun así no cierres los ojos ni prestes atención, ni digas nada, ni te importe, ni apartes la vista de tu objetivo, ni busques desesperadamente respirar ni salvarte… entonces serás más feliz que nunca, y no te importará nada cuanto pase o suceda a tu alrededor.

Porque la felicidad, amigo mío, no es un estado de cosas: es una mirada, es una intención, es sobre todo una organización de las potencias interiores: si todo va conducido en una sola dirección, y esa dirección es la adecuada para que todas las fuerzas interiores y exteriores se pongan al servicio de una tarea noble y mayor que uno mismo, entonces, no hay espacio para la tristeza, ni la ira, ni la envidia, ni el miedo, ni el rencor; y cuando todos esos hijos de la sombra quedan fuera de la casa de tu alma, puedes estar seguro de que no habrá inquietud en ti ni dolor ni preocupación. Cuando tu ojo mira una sola cosa, las demás no existen. Eso debe lograr: centrar tu mirada. Siempre. En todo momento. Sin distracción.

Sé el tipo de río que quieras. Pero zambúllete en él y olvídate del paisaje. Nada hasta el mar sin que nada te descentre.

Premio para mis lectores…

A CONTINUACIÓN, UN ADELANTO DE UNA SORPRESITA QUE DEJARÉ PARA VOSOTROS EN MI PRÓXIMA NOVELA, LA CANCIÓN ETERNA. TENDRÉIS QUE DESCUBRIRLO POR VOSOTROS MISMOS, PERO EL PRIMERO QUE LO DESCUBRA TENDRÁ UN PREMIO MUY ESPECIAL (AL MENOS PARA MÍ).

Amigo lector, que me has acompañado durante largas horas, GRACIAS.

¡Aquí estamos, al final de este camino! Pero no todo ha terminado. La historia continúa, y no lo hace solo sobre el papel, sino también, para ti, en el mundo real, tu mundo y el mío.

¿Cómo? Lee atentamente: si sigues adecuadamente las pistas distribuidas en este volumen, junto con las que a continuación te daré, y las reúnes con las que te ofreceré cuando se publique el próximo volumen de La Canción Eterna, podrás encontrar un tesoro escondido en un lugar de este pequeño planeta azul, con un regalo que yo he preparado solo para el primer y más astuto lector. ¿Quieres ser tú? Es hora de pasar a la acción.

Recuerda: debes activar tus mejores cualidades de investigador, y seguir las pistas una a una, para encontrar el tesoro. Es un objeto real. Y solo habrá uno, que será para el ganador de esta carrera. Y puede que algún día su valor se multiplique. De forma que sé egoísta, no le cuentes a nadie tus conclusiones, piensa bien lo que vas a hacer, y ponte en busca de las pistas. Yo no soy demasiado listo, así que no te costará demasiado si lo piensas bien y sales de tu casa. Vayamos con las pistas…


LO QUE ACABÁIS DE LEER NO ES MÁS QUE UN EXTRACTO DEL EPÍLOGO DE «LA CANCIÓN ETERNA». LO SIENTO, PERO PARA CONOCER LAS PISTAS TENDRÉIS QUE COMPRAR EL LIBRO.

NO SEÁIS TONTOS. AUNQUE LO COMPRÉIS, NO DEIS LAS PISTAS A NADIE. SOLO HAY UN PREMIO. Y SERÁ PARA EL PRIMERO QUE LO ENCUENTRE. ¿NO QUERRÉIS QUE SE OS ADELANTEN?

Presentación de Demiurgus 2020. Mi experiencia

Ayer, día 30 de enero, presenté de nuevo Demiurgus en la librería Libros de Arena, de Madrid.

No me voy a extender demasiado. La editorial Tandaia me organizó una nueva presentación de mi novela «Demiurgus» en la librería Libros de Arena, de Madrid, y allí estuvimos, con la noche cerniéndose sobre la gran ciudad. El encuentro de ayer fue muy íntimo y estuvimos todos a gusto, lo pasamos bien, charlamos un buen rato sobre literatura y sobre mi libro, y mis proyectos actuales y futuros. El librero, un tipo encantador; seguro que le hubiera gustado vender más libros, pero no se le notó. El barrio, muy accesible. Y la librería, un buen lugar para este tipo de eventos.

Doy gracias a todos los que asistieron, que fueron pocos pero muy bien avenidos. Gracias a mi buen amigo Caldas, que siempre me apoya en todas mis aventuras, a Gema, a Patricia, a Antonio Caperos (visita especial para mi padre), a Mercedes y a José Ángel. Gracias a todos ellos por acompañarme un ratito y por estar a mi lado. Y gracias también a todos los demás que hubieran querido estar pero no pudieron, especialmente a mi familia.

José Ángel me invitó a una mesa redonda sobre ciencia-ficción en febrero, pero no me veo capacitado para debatir con otros más expertos que yo. Yo solo cuento historias. Ni siquiera sé lo que otros escriben. Eso queda para quienes saben más que yo. Desde aquí le agradezco su atención y le deseo todo el éxito posible. Él ya sabe que si me necesita para algún otro evento en el que yo pueda participar, allí estaré.

No voy a contar más porque no da para más. Sencillez y amistad, con la excusa de un libro. Y a seguir viviendo, que es lo importante. Me hubiera gustado que fuera más gente, pero unos no pueden y a otros no les gustan este tipo de eventos. Lo comprendo. Estoy muy contento de tener el apoyo de mucha gente, especialmente de los que más me quieren.

Algún día echaremos la vista atrás y nos alegraremos de todas las cosas, y diremos «¡qué felices éramos, y no lo sabíamos!».

Si algún día tengo mucho éxito y me convierto en el escritor que quiero ser, no me voy a olvidar de quien me apoyó cuando no era nadie.

La estúpida y descorazonadora realidad de las REDES SOCIALES


¡Hola! ¿Hay alguien ahí? Joder, espera tú, no hay nadie… ¡Qué tonto soy! ¿Cómo va a haber alguien si no digo barbaridades, ni como mierda, ni enseño mi cuerpazo ni meo ideología? Pues ahora que nadie me ve ni me oye, voy a despacharme a gusto. Total…

A ver, la primera verdad del día: las redes sociales son un invento de alguien para ganar dinero. Y le fue bien. Gran negocio. Pero en primer lugar son eso. Negocio.

Segunda verdad: la gente se ha vuelto loca con las redes sociales. Parece que hoy todo tiene que pasar ahí y nada fuera de ellas. Si no estás, no existes. Y de hecho, hay una atención exagerada de todos hacia este mundo virtual.

Tercera verdad: dedicamos más atención y tiempo a las redes sociales que al mundo exterior. Que cada cual se mire a sí mismo. ¡Es estúpido y descorazonador vernos con los ojos clavados en el móvil y pasando del resto de seres humanos! Esto me hace pensar que el futuro de la humanidad, como sigamos así, estará compuesto por seres conectados a máquinas, sentados en sillas autónomas, físicamente separados, aislados, como astronautas en nuestro propio mundo, y viviendo una vida cada vez más ficticia, más virtual, más informática, y menos real, menos física, menos animal, menos natural.

Cuarta verdad: triunfan más en las redes quienes ofrecen más carnaza a los típicos pecados de toda la vida: lujuria, gula, codicia, avaricia, ira… Si eres la típica modelo que ni siquiera sabe diferenciar entre «ahí» y «hay», pero estás buena y enseñas el escote o el culo, entonces tendrás millones de seguidores babosos. Si eres un tipo normal que no tiene cuerpo para enseñar, entonces solo te leerá tu madre y puede que tu mujer o tu mejor amigo, por compasión. Si insultas a todo el mundo, o si dices palabrotas continuamente, o si te cagas en el gobierno de turno, o si desprecias a otros, o si ofreces miles y miles de tentaciones para todos los que buscan hacer en las redes lo que no pueden hacer en la vida real (violencia, excesos…), entonces te seguirán a millares. Pero si solo te dedicas a vivir con dignidad, estarás más aislado en las redes sociales que en el desierto. No te querrán ver ni tus allegados.

Porque…

Quinta verdad: a las redes sociales va uno a buscar dos cosas, un entretenimiento fácil, superficial y muy rápido, y la satisfacción de nuestra curiosidad más malsana (lo que tradicionalmente se llama el cotilleo). Uno en las redes sociales (o la mayor parte de la gente, al menos) no busca aprender economía, historia o filosofía, ni siquiera una lectura amena, ni tampoco comprar los productos de temporada. Para eso ya están otras páginas y sobre todo otros medios. Las redes sociales nos gustan tanto porque podemos «ver la vida de los demás», y eso nos gusta, nos mola, nos hace perder el tiempo como si lo tuviéramos todo, incluso nos convierte en adictos. Y las redes sociales ofrecen esto en una sucesión interminable de nuevas noticias, que se actualiza segundo a segundo.

Sexta verdad: por último, el comercio y las marcas han pretendido valerse de este instrumento para aumentar sus ventas, y lo han conseguido, o al menos eso creen, porque las horas que las personas pasamos frente a los dispositivos móviles y las redes sociales van en aumento, y les resulta más fácil acceder a nosotros a través de la publicidad. Por ello, fomentan estas redes sociales y tratan de darle un aura de respetabilidad y profesionalidad para el que no estaban pensadas y que no puede mantenerse sino artificialmente. Ni Facebook es la herramienta adecuada para promocionar el arte o la arquitectura, ni Instagram lo es para vender alimentos o herramientas de bricolaje, pero como tienen tanta aceptación social, se convierten en un escaparate para las marcas, que no están dispuestas a despreciar. Además, les permiten medir estadísticamente el número de personas que son afectadas e interactúan con sus anuncios.

Y eso es muy importante, porque…

Séptima verdad: las marcas trafican con nuestros datos a través de las redes sociales. Lo saben todo de nosotros, hasta cuándo nos levantamos y cuándo nos dormimos, y qué hacemos después y antes, respectivamente. Así les es más fácil manipular nuestra conducta llamando nuestra atención. Esto es lo que sostiene todo el andamiaje. El negocio. Aunque…

Octava verdad: las redes sociales son también un escenario de frivolidad y coqueteo, y el medio preferido de muchos para conocer a nuevas personas y apostar en el juego de la conquista y la seducción. Así, las redes sociales terminan convirtiéndose en un negocio disfrazado tras discursos y colores de buenas intenciones, entre cuyos resquicios los seres humanos alternan como estúpidas cobayas condenadas a correr y correr y correr siempre en la misma rueda, obsesionadas con parecer cada vez más felices, más jóvenes y más bellos, aunque en realidad sean simples plastas de carne y pelo sentadas en un sillón y con la cara triste de un cadáver deshecho.

Yo me he rendido. Mantengo mis redes por pura costumbre y porque aún hay algunas personas que pueden enterarse de los nuevos libros que publique y todo eso. Pero hay días que me dan ganas de cerrarlas de una tacada. Quizás en alguna de éstas, lo haga. Si es así, no os vais a enterar. Al fin y al cabo, no tengo un cuerpazo, no insulto a nadie, no soy un pancartero, no salgo en la TV… Por eso nadie me lee.

¡Que os den a todos por culo! Bueno, solo a los que no les guste.

LA REDENCIÓN DE LA BESTIA

Brevísimo ensayo sobre Arthur Morgan (Red Dead Redemption 2) y El Mandaloriano (ojo, spoilers).

Arthur Morgan y El Mandaloriano. Dos mundos distintos. A universos de distancia. Uno protagoniza un videojuego (¡y qué videojuego!); el otro, una serie de una plataforma digital de vídeo (y no cualquiera, sino Disney +). Ambos son hombres salvajes, violentos, que han matado a muchas personas sin importarles, solo por el fin que les mueve, que consideran lícito. Viven al borde del abismo. Son hombres de frontera. Allí la ley y el caos se confunden en una batalla de la que ninguno de los dos puede escapar, como no podía el ángel escapar de Jacob en Penuel (y viceversa).

Curiosamente también, ambos protagonizan un western, solo que en cada caso el Lejano Oeste está en una latitud y una longitud muy diferente. Y ambos comparten otros rasgos: son sobrios y desconfiados, lo han sacrificado todo a su fin, disparan antes de preguntar, y se sienten parte de una comunidad: para Arthur es su banda de forajidos; para El Mandaloriano, su clan, su tribu.

Esta pertenencia es su único amarre con la sociedad, un ente al que consideran un enemigo, su auténtica némesis, siendo las ciudades su fortaleza infernal, lugares diabólicos y alienantes a los que han jurado eterno odio. Pero fuera de su comunidad protectora y protegida (con la que, por otra parte, la conexión no deja de ser muy peculiar y llena de dualismo), todo el mundo es extraño y ajeno a ellos; la violencia es su lenguaje, y la muerte, su legado. Ambos son, en el peor de los sentidos, bestias, más que hombres. Los demás los temen. Con razón.

Por otro lado, hay una coincidencia muy sobresaliente más: ambos fueron adoptados por esta comunidad a la que guardan lealtad, siendo muy niños. Esa comunidad de personas fuera de la ley, de hombres y mujeres enfrentados al resto de la humanidad y que tienen su propio código de conducta, los encontró huérfanos y desvalidos, y los acogió, los alimentó, los crió, los educó y los convirtió en uno de los suyos. De hecho, no uno cualquiera, sino que ambos son especímenes extraordinarios, si se me permite: pistoleros legendarios, temidos por enemigos, implacables, perseguidos a muerte, y que precisamente por eso no pueden permitirse dejar cabos sueltos ni tener amigos.

La sociedad los detesta. Son bestias sangrientas, siempre hambrientas de nuevas presas. Morgan es el tipo duro de una banda de forajidos que se aferra a una vieja forma de vida, libre, donde cada hombre se labra su destino encarando a la muerte en cada lance, con el atrevimiento de los conquistadores, con la locura de los desesperados. El Mandaloriano es el mejor cazarrecompensas de la galaxia, y no se detiene ante nada; no hace preguntas, no muestra su rostro, no permite confianzas ni promete lealtades.

Por hay mucha desesperación en ellos. Desesperación, amargura y soledad.

Ambos comienzan, sin quererlo, un arco de redención. Y es el amor lo que los redime.

«The Mandalorian» es mucho más parca en palabras y explicaciones que el videojuego, por su propio formato y la reducida duración de los capítulos. Y nos cuenta el arco del personaje de una forma mucho más visual y gestual, e incluso simplemente presentándonos la sencillez de las decisiones que el personaje principal toma, dejando a nuestro entendimiento la interpretación de los mismos.

En Morgan también hay imágenes descriptivas y decisiones, de hecho muchas más, pero el videojuego dura como poco unas cuarenta horas, de modo que es lógico que se introduzcan más variables. Incluso aquí comprobamos por nosotros mismos el descenso a los infiernos del personaje, y acrecentamos su condición de condenado y de asesino, porque lo manejamos nosotros y tomamos las decisiones concretas. Pero el juego nos ofrece varias claves para entender el proceso de redención de Arthur.

«Hay un buen hombre en ti, Arthur, solo que está luchando contra un gigante», le dice una mujer a Arthur Morgan en un momento de la trama dramática de Red Dead Redemption 2. Y tiene mucho sentido, porque en este punto Arthur ya ha comenzado su viaje hacia la redención personal.

En otra conversación trascendental en la narrativa, Arthur conversa con una monja, y le reconoce que tiene miedo, y ella le responde: «No hay nada que temer […] Solo tienes que creer que el amor existe y hacer un acto de amor».

En ese momento, Arthur ya intuye que está muy enfermo y que no tiene remedio. Su muerte está próxima. En un destino paralelo en el que se ve envuelto, su banda también está a punto de ser destruida, aunque todavía no lo sabe. Pero todos intuyen que van hacia el abismo.

Este es el momento en que Arthur toma la decisión que salvará su alma y que tendrá efectos sobre los demás personajes: comprende quién es, a quién ama y adónde le lleva su propio camino. Consciente de que para él ya no hay tiempo de empezar una nueva vida en la civilización, decide entregarse por su amigo John Marston y por su familia, en un final épico y brutal, en el que este servidor reconoce que lloró. «Eres un buen hombre», le decía Abigail. «Eres mi hermano», le dijo Marston. Al final, solo te queda la sensación de que Arthur lo había logrado: había llegado a la redención por el amor. Había tomado la decisión correcta.

El Mandaloriano no le va a la zaga. Aquí no tenemos todavía el final de su historia, aunque me atrevo a predecir que, como no puede ser de otra forma, dará su vida por ese pequeño bebé que lo ha cambiado de arriba abajo.

Se trata de un hombre impasible, que caza a quien le ordenen cazar, un guerrero implacable, hecho de acero, como su armadura, que no teme a nada ni a nadie, y tras el cual se aprecia un reguero de cadáveres. En cierta forma, también él es un «outlaw», un forajido, un hombre al margen de la civilización, que tiene sus propias reglas, como la de no quitarse nunca el casco, pero para quien los demás no son sino ese infierno del que Sartre habló. Su alma no se ve, pero también es de acero. Como su armadura. Es un hombre que es todo armadura. Diríase que solo armadura.

Pero también él se topa con la muerte, a la que decía no temer, y sobre todo se topa con el amor. Violando sus propias reglas, lo más sagrado para él, pasa de asesino a protector, y de simple mercenario a padre. A partir de ese momento, el mundo, que carecía de todo sentido para él más que como opositor, como rival y campo de lucha, se convierte en una parte más de su ser. Deja atrás todo, sacrifica su seguridad, su trabajo, su vida entera, para proteger a ese niño, y entre los dos se crea una relación de afecto que se va fortaleciendo y que contribuye a redimir el alma dura y ciega del cazarrecompensas.

El Mandaloriano morirá para salvar la vida al niño. Todos lo sabemos. Incluso él. Quizás eso sea lo que ha aceptado en el fondo de su alma. Quizás por eso, en el último capítulo de la primera temporada, le vemos por fin a él tal cual es, sin su casco. Y está destrozado. No vemos a alguien hermoso y poderoso, sino a un ser a punto de morir y desvalido, tan normal como los demás, incluso feo, herido, pues los golpes han hecho mella en él. Este hombre que pide «morir como un guerrero», sobrevive al fin, pero todos sabemos y él sabe que será para dar la vida en otra ocasión. Porque el arco de redención ya ha comenzado. Comenzó cuando se convirtió en el padre de aquel huérfano. Cuando lo salvó por primera vez y él alargó su manita para recibirlo en su vida.

El amor ha redimido a las dos bestias. Las ha convertido, de asesinos, en protectores. El amor ha vuelto del revés sus vidas, visitándolos en el momento más crítico y oportuno, dándoles una última oportunidad para redimirse de tanta muerte y destrucción. Lo excepcional de estos dos personajes, de estos dos seres imaginarios que tienen, sin embargo, su reflejo en muchos seres reales, es que ellos tuvieron la oportunidad y la aprovecharon. Tenían miedo, pero la aprovecharon. Otro muchos la tienen, pero la dejan pasar. A muchos es el miedo el que los paraliza. Porque amor y miedo son enemigos.

Arthur Morgan y Din Jarin son las caras de estos héroes ficticios que han completado su propio arco de redención a través del amor y el sacrificio personal, estos dos mesías modernos que el arte (porque arte son tanto el videojuego como la serie televisiva) nos presenta como modelos de conducta y como leyendas modernas que transmitan los valores de nuestra civilización. Una civilización a veces caótica, salvaje, sangrienta, pero también una civilización que cree que el amor aún existe y que no hay nada de qué tener miedo cuando uno ama.

LA REDENCIÓN DE LA BESTIA

Brevísimo ensayo sobre Arthur Morgan (Red Dead Redemption 2) y El Mandaloriano (ojo, spoilers).

Arthur Morgan y El Mandaloriano. Dos mundos distintos. A universos de distancia. Uno protagoniza un videojuego (¡y qué videojuego!); el otro, una serie de una plataforma digital de vídeo (y no cualquiera, sino Disney +). Ambos son hombres salvajes, violentos, que han matado a muchas personas sin importarles, solo por el fin que les mueve, que consideran lícito. Viven al borde del abismo. Son hombres de frontera. Allí la ley y el caos se confunden en una batalla de la que ninguno de los dos puede escapar, como no podía el ángel escapar de Jacob en Penuel.

Curiosamente también, ambos protagonizan un western, solo que en cada caso el Lejano Oeste está en una latitud y una longitud muy diferente. Y ambos comparten otros rasgos: son sobrios y desconfiados, lo han sacrificado todo a su fin, disparan antes de preguntar, y se sienten parte de una comunidad a la que tratan de ayudar. Para Arthur es su banda de forajidos; para El Mandaloriano es su clan, su tribu.

Esta pertenencia es su único amarre con la sociedad, un ente al que consideran un enemigo, siendo las ciudades su fortaleza, lugares diabólicos y alienantes a los que han jurado eterno odio. Pero fuera de esta comunidad (con la que, por otra parte, la conexión no deja de ser muy peculiar y algo distanciada), todo el mundo es extraño y ajeno a ellos; la violencia es su lenguaje, la muerte su legado. Ambos son, en el peor de los sentidos, bestias, más que hombres. Los demás los temen. Con razón.

Por otro lado, hay una coincidencia muy sobresaliente más: ambos fueron adoptados por esta comunidad a la que guardan lealtad, siendo muy niños. Esa comunidad de personas fuera de la ley, de hombres y mujeres enfrentados al resto de la humanidad y que tienen su propio código de conducta, los encontró huérfanos y desvalidos, y los acogió, los alimentó, los crió, los educó y los convirtió en uno de los suyos. De hecho, no uno cualquiera, sino que ambos son especímenes extraordinarios, si se me permite: pistoleros legendarios, temidos por enemigos, implacables, perseguidos a muerte, y que precisamente por eso no pueden permitirse dejar cabos sueltos ni tener amigos.

La sociedad los detesta. Son bestias sangrientas, siempre hambrientas de nuevas presas. Morgan es el tipo duro de una banda de forajidos que se aferra a una vieja forma de vida, libre, donde cada hombre se labra su destino encarando a la muerte en cada lance, con el atrevimiento de los conquistadores, con la locura de los desesperados. El Mandaloriano es el mejor cazarrecompensas de la galaxia, y no se detiene ante nada; no hace preguntas, no muestra su rostro, no permite confianzas ni promete lealtades.

Por hay mucha desesperación en ellos. Desesperación, amargura y soledad.

Ambos comienzan, sin quererlo, un arco de redención. Y es el amor lo que los redime.

«The Mandalorian» es mucho más parca en palabras y explicaciones que el videojuego, por su propio formato y la reducida duración de los capítulos. Y nos cuenta el arco del personaje de una forma mucho más visual y gestual, e incluso simplemente presentándonos la sencillez de las decisiones que el personaje principal toma, dejando a nuestro entendimiento la interpretación de los mismos.

En Morgan también hay imágenes descriptivas y decisiones, de hecho muchas más, pero el videojuego dura como poco unas cuarenta horas, de modo que es lógico que se introduzcan más variables. Incluso aquí comprobamos por nosotros mismos el descenso a los infiernos del personaje, y acrecentamos su condición de condenado y de asesino, porque lo manejamos nosotros y tomamos las decisiones concretas. Pero el juego nos ofrece varias claves para entender el proceso de redención de Arthur.

«Hay un buen hombre en ti, Arthur, solo que está luchando contra un gigante», le dice una mujer a Arthur Morgan en un momento de la trama dramática de Red Dead Redemption 2. Y tiene mucho sentido, porque en este punto Arthur ya ha comenzado su viaje hacia la redención personal.

En otra conversación trascendental en la narrativa, Arthur conversa con una monja, y le reconoce que tiene miedo, y ella le responde: «No hay nada que temer […] Solo tienes que creer que el amor existe y hacer un acto de amor».

En ese momento, Arthur ya intuye que está muy enfermo y que no tiene remedio. Su muerte está próxima. En un destino paralelo en el que se ve envuelto, su banda también está a punto de ser destruida, aunque todavía no lo sabe. Pero todos intuyen que van hacia el abismo.

Este es el momento en que Arthur toma la decisión que salvará su alma y que tendrá efectos sobre los demás personajes: comprende quién es, a quién ama y adónde le lleva su propio camino. Consciente de que para él ya no hay tiempo de empezar una nueva vida en la civilización, decide entregarse por su amigo John Marston y por su familia, en un final épico y brutal, en el que este servidor reconoce que lloró. «Eres un buen hombre», le decía Abigail. «Eres mi hermano», le dijo Marston. Al final, solo te queda la sensación de que Arthur lo había logrado: había llegado a la redención por el amor. Había tomado la decisión correcta.

El Mandaloriano no le va a la zaga. Aquí no tenemos todavía el final de su historia, aunque me atrevo a predecir que, como no puede ser de otra forma, dará su vida por ese pequeño bebé que lo ha cambiado de arriba abajo.

Se trata de un hombre impasible, que caza a quien le ordenen cazar, un guerrero implacable, hecho de acero, como su armadura, que no teme a nada ni a nadie, y tras el cual se aprecia un reguero de cadáveres. En cierta forma, también él es un «outlaw», un forajido, un hombre al margen de la civilización, que tiene sus propias reglas, como la de no quitarse nunca el casco, pero para quien los demás no son sino ese infierno del que Sartre habló. Su alma no se ve, pero también es de acero. Como su armadura. Es un hombre que es todo armadura. Diríase que solo armadura.

Pero también él se topa con la muerte, a la que decía no temer, y sobre todo se topa con el amor. Violando sus propias reglas, lo más sagrado para él, pasa de asesino a protector, y de simple mercenario a padre. A partir de ese momento, el mundo, que carecía de todo sentido para él más que como opositor, como rival y campo de lucha, se convierte en una parte más de su ser. Deja atrás todo, sacrifica su seguridad, su trabajo, su vida entera, para proteger a ese niño, y entre los dos se crea una relación de afecto que se va fortaleciendo y que contribuye a redimir el alma dura y ciega del cazarrecompensas.

El Mandaloriano morirá para salvar la vida al niño. Todos lo sabemos. Incluso él. Quizás eso sea lo que ha aceptado en el fondo de su alma. Quizás por eso, en el último capítulo de la primera temporada, le vemos por fin a él tal cual es, sin su casco. Y está destrozado. No vemos a alguien hermoso y poderoso, sino a un ser a punto de morir y desvalido, tan normal como los demás, incluso feo, herido, pues los golpes han hecho mella en él. Este hombre que pide «morir como un guerrero», sobrevive al fin, pero todos sabemos y él sabe que será para dar la vida en otra ocasión. Porque el arco de redención ya ha comenzado. Comenzó cuando se convirtió en el padre de aquel huérfano. Cuando lo salvó por primera vez y él alargó su manita para recibirlo en su vida.

El amor ha redimido a las dos bestias. Las ha convertido, de asesinos, en protectores. El amor ha vuelto del revés sus vidas, visitándolos en el momento más crítico y oportuno, dándoles una última oportunidad para redimirse de tanta muerte y destrucción. Lo excepcional de estos dos personajes, de estos dos seres imaginarios que tienen, sin embargo, su reflejo en muchos seres reales, es que ellos tuvieron la oportunidad y la aprovecharon. Tenían miedo, pero la aprovecharon. Otro muchos la tienen, pero la dejan pasar. A muchos es el miedo el que los paraliza. Porque amor y miedo son enemigos.

Arthur Morgan y Din Jarin son las caras de estos héroes ficticios que han completado su propio arco de redención a través del amor y el sacrificio personal, estos dos mesías modernos que el arte (porque arte son tanto el videojuego como la serie televisiva) nos presenta como modelos de conducta y como leyendas modernas que transmitan los valores de nuestra civilización. Una civilización a veces caótica, salvaje, sangrienta, pero también una civilización que cree que el amor aún existe y que no hay nada de qué tener miedo cuando uno ama.

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