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escritor y abogado

Os dejo el enlace:
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¡Ya estáis tardando! Estaréis al día de mis avances y publicaciones, y alguna que otra tontería mía, y algún que otro vídeo interesante.

Consejos para ser escritor (bueno)

Muchos quieren hoy ser escritores. Han leído a su autor favorito y se despierta en ellos el deseo de la imitación. O quizás sueñan despiertos con contar cosas que nadie más ha contado. O han vivido extrañas o dolorosas historias que les gustaría dejar reflejadas por escrito para que no se pierdan. Pero, ¿cómo y por dónde empezar?

Para quienes me pidan credenciales, les diré que no tengo ninguna que conceda una universidad o un premio. Tampoco ninguna que concedan miles de libros vendidos o esa especie de autoridad quebradiza y fantasmal que concede el vulgo.

Pero soy escritor. He pasado mi vida, desde que tengo uso de la memoria consciente, escribiendo. Y he pasado por muchas etapas en mi camino hacia la unión, hacia el casamiento completo con la Literatura, que desgraciadamente todavía no se ha consumado, pues nos hallamos en la fase de la promesa nupcial. El matrimonio ya tiene fecha, o casi, pero no se ha celebrado.

Sin embargo, soy escritor; y para llegar hasta aquí he sufrido, he soñado, he llorado, y he rogado. ¿Cómo he llegado? Esto es lo que quiero contaros. Lo haré en forma de varios consejos en cuya redacción no me extenderé mucho. Si alguno de vosotros desea más detalles, que me escriba un mensaje o vea mi vídeo en mi canal de YouTube Escritor y Abogado dedicado a ello.

  1. Para ser escritor, lee mucho y bueno. Hazlo sin prisa, disfrutando cada página, cada libro, sintiendo el ardor de la lectura, y sin prejuicios. Olvídate de las modas y de los best sellers. Empieza por los clásicos, de ayer o de hoy. Llénate, empápate de literatura por dentro y por fuera, y de conocimientos. Toca géneros variados. Desarrolla tu sentido de la belleza con las mejores obras de arte de la historia. Lee también libros sobre libros o sobre autores. Conoce su tiempo, sus vidas, sus inquietudes. Recuerda: para dar, primero tienes que tener.
  2. Descubre esa pasión dentro de ti. Ese fuego. Esa vocación. Esa fuerza que te mueve a escribir cada día. Si tú no tienes esa pasión, no podrás transmitirla. Los lectores notarán que falta ese fuego. Una obra de arte sin pasión no existe. Porque la literatura es ante todo sentimiento.
  3. Déjate llevar por la imaginación. Deja que vuele. Deja que explore todo lo que se esconde dentro de ti. Hasta las más profundas cosas que no quieres que salgan. Explora todas las opciones imprevistas en tus historias. Deja que la imaginación tome el mando.
  4. No trates de imitar a otros. Sé tú mismo. No hay nada peor que imitar a otros autores. Ten tu propio estilo. Ten tu propia vida. Busca tus propias temáticas. Crea tu propio mundo. Huye de caminos trillados. Haz tu propio camino. Sigue tus propias intuiciones. Y como digo siempre, si no hay camino, sé tú el camino.
  5. Búscate un mentor o un maestro, y agárrate a sus consejos. Déjate guiar por alguien que haya recorrido el camino antes que tú. Alguien que sienta esa misma pasión que tú. Que te anime, que se enderece, que vea en ti la semilla del escritor y con quien te entiendas bien. Porque para entenderse bien no hace falta decir muchas cosas; a veces basta una expresión o una mirada. Leer entre líneas las mismas frases: eso define a quienes se entienden bien.
  6. Ponte a prueba en competición con otros. Para ello tienes infinidad de instrumentos: concursos, certámenes, recitales, premios… Te ayudarán a saber dónde estás y si verdaderamente tienes talento.
  7. Ten paciencia. El arte no surge en un día. Sé constante. No te dejes amilanar por las dificultades. Cree en ti. No te rindas fácilmente.
  8. Crea tu obra. Escribe. No pienses en el más allá de esto. Sólo escribe. Crea un buen producto. Y lo demás vendrá solo

Extracto de «No existen las princesas»

La presentación pública de mi cuarta novela, «No existen las princesas», se producirá el próximo día 12 de abril, a las 19:00 horas, en el Círculo de Arte de Toledo. Mientras tanto, os traigo un breve extracto como entrante literario.

«Nos sentamos, comimos con
agrado y charlamos hasta que la boca se
nos quedó seca. Ella estaba de muy buen
humor. Yo creí advertir en aquel estado
de ánimo una inclinación hacia mí. Me
sentí hermoso, cautivador. Amenazaba
con desmayarme cada vez que ella reía,
que eran muchas, y en cada ocasión en
que ella rozaba mi mano o tocaba mi
brazo, mientras nos contábamos chascarrillos
y repasábamos nuestra vida entre
carcajadas y anécdotas sin importancia.
Fue la velada más hermosa que jamás
había tenido con mujer alguna. Tampoco
es que mi experiencia en estas lides
fuera muy amplia, pues hasta entonces
no solo continuaba soltero, sino que estaba
condenado a seguir en el mismo
estado, al menos mientras no se cayera
un ángel del cielo, se golpeara en la cabeza,
perdiera la memoria y a la primera
persona que viera al despertar fuera yo.
Y eso era exactamente lo que yo pensaba
que me había pasado con Diana…
Sin embargo, toda la magia se
esfumó cuando ella, sin previo aviso, me
comentó:
—Podemos volver al tema de mi
proyecto, si te parece bien. ¿Cómo lo ves?
Me dijiste que te habían surgido algunas
dudas…
Fue en ese instante cuando, estremecido
de un martillazo en la nuca,
regresé de pronto a la tierra de los vivos
y me encontré sentado a una mesa, en
un restaurante, con una desconocida
que vestía como una cualquiera, y cuyos
zapatos rojos podían resultar una
genialidad pero también un insulto al
buen gusto. Procuré contener el golpe
y guardar las apariencias, a pesar de la
marejada que se había levantado en mi
interior. Me recordé mentalmente que
aquello no era una cita romántica y que,
en el fondo, yo había usado un pretexto
poco sincero para volver a verla; en realidad,
ella solo estaba respondiendo a
mi invitación y repitiendo mis palabras.
Pero no funcionó… pedí permiso para levantarme
e ir al aseo, y allí me entretuve
mirándome al espejo y refrescándome
la cara. Estaba rojo como un pimiento.
Me había excitado, seguramente, a causa
del vino y la conversación. Luego me
invadió la confusión. Mi vista había corrido
tras una quimera, una ensoñación,
una mera proyección de mis deseos
ocultos. Estaba en realidad solo; y mi
corazón ansiaba encontrar otro corazón
al que rozar con sus latidos. Ese era mi
problema… Si no era ella, se entregaría a
cualquier otro espejismo.»

Mi nueva novela: No existen las princesas

En unos días se publicará definitivamente mi nueva novela: No existen las princesas. Esta es su portada. La presentaré en el Círculo de Arte de Toledo el día 12 de abril a las 19:00 horas. Estáis invitados. La podéis comprar allí mismo o a través de la web http://www.celebreeditorial.es

¿Os gusta la portada?

Textos fallidos 2

Regreso con esta serie de escritos que aún no han visto la luz, o que simplemente jamás la verán. No diría que el texto de hoy sea un texto abandonado, pero tendrá que esperar por un tiempo, pues estoy enfrascado en otras labores acuciantes. Mientras tanto, os ofrezco sus tres primeras páginas como testimonio de mi trabajo secreto y a veces dubitativo. Se trata de mi propia versión del mito de la Atlántida, vista desde los ojos de una muchacha vendida como esclava. Os lo traigo hasta con sus errores ortográficos, para que veáis que un escritor también se equivoca…

«

Tierras irredentas que se solazan al sol del mediodía y las fuentes secretas de la vida, que subyacen en las médulas que recorren, serpentinas, el casco hundido de su quebradizo armazón, ardientes al contacto con el fuego prohibido en que se sumergen y vuelven a surgir las pesadillas, en eterno sello contraerán matrimonio violento, bajo el sol y sobre el sol, con los rugientes muros del océano, primero asustadizo, luego conquistador, al compás de los truenos que nacen de las fraguas rocosas de Ximuat, que con su maza golpea los cimientos del mundo, alegre de tomarse la venganza.

¡Oh Ximuat, tú que braceas de rabia en lo profundoy el mundo se sacude de terror! ¡Oh dios diamantino que te sientas sobre un trono de magma! No olvides que un día fuimos tus esclavos y te servimos bien. Si te abandonamos, al menos no te olvidamos, y aún se te siguen ofreciendo víctimas en Mentunma, al ocaso de cada luna creciente. No permitas que nuestra historia caiga en el olvido. Que uno de nosotros al menos sea salvado (Profecía de Subinmo, Canto Final).

¿Quién recordará ahora a los hombres del pasado? Éstos llegan y se van como el viento de una tarde de otoño, efímera, mortecina. Ya nadie lee los textos antiguos. Los nombres se olvidan, caen en la oscuridad. Sin embargo, el pasado existió, y un día fue lo único importante, lo único real. Aunque nadie ya lo recuerde.

Hace mucho que las tierras cambiaron y la faz del mundo quedó trastornada. Los montes se hundieron, los mares se secaron y los bosques se convirtieron en desiertos. Del tiempo anterior a aquellas convulsiones, hay mucho que contar, mas lo que ha llegado hasta nosotros está distorsionado por los milenios y el caos. Tan sólo sombras, retales de lo que fue una gran historia, han llegado hasta nosotros, como relámpagos que a lo lejos anunciaran una tormenta o fósiles de gigantes que sólo creíamos posibles en los cuentos. Y, sin duda, de todos esos relatos que, como pequeñas semillas esparidas por el viento, han acabado en el jardín de nuestras bibliotecas, hay uno que ha de ser destacado como una flor pura y prístina de tiempos olvidados, un tesoro cuyo verdadero significado tan sólo el tiempo y la sabiduría de otros podrá desvelar, pero cuyas profunda tristeza e íntima belleza han conturbado los ánimos de seres de todos las épocas.

En un humilde pueblo marinero, lejos en el sur, vivía una joven. Todos la llamaban Sira. Su madre había muerto al dar a luz. Su padre se había vuelto a casar con una mujer más joven, pagando por ella el «precio de la tierra», según la costumbre de la época. Los hombres viudos con hijos que contraían nuevas nupcias debían entregar a su pareja un terrón de tierra sin trabajar y vender aquellas otras tierras sembradas u ocupadas que tuvieran en su patrimonio, símbolo de que la prole habida con su mujer muerta perdería la condición de legitima, convirtiéndose por esta entrega en simples «acogidos», al nivel de un mendigo que acudiera a su puerta y al que se dieran las sobras de la noche; y promesa de que sólo los hijos del nuevo matrimonio adquirirían los derechos de la legitimidad. De aquella unión, habían nacido otros cuatro hijos, dos niños y dos niñas. Sira creció con sus hermanastros, pero apartada de ellos. Su madrastra no era especialmente cruel; al contrario, se compadecía de la joven en su interior, aunque no se atrevía a manifestar hacia ella sus sentimientos. Depués de todo, la tradición debía cumplirse. «¿Qué dirán de mí mis parientes si acojo al fruto de otro vientre en mi casa como a mi propia hija? Me señalarán en las calles, me tildarán de pusilánime y endeble. Me acusarán de transgredir las costumbres de nuestros antepasados. Y mis hijos… mis hijos me despreciarán», pensaba la madrastra. De modo que, incapaz su padre de permanecer sin compañera y debiendo cumplirse la ley de los atlantes, Sira no fue expulsada, sino que se le permitió dormir cada noche en una caseta para perros que había junto a la casa, comer de las sobras de la mesa de sus hermanastros, vestirse con sus ropas viejas y raídas y permanecer junto a ellos como una extraña cuya verdadera familia estuviera muy lejos, en otro lugar, en otro país, en otro mundo.

Debía ganarse el pan con su trabajo, aunque comía poco, mucho menos de lo que ganaba con su esfuerzo. Su padre, pescador, había encontrado un hueco para ella en su barco. Cada madrugada, mientras la luna aún batía las olas con sus brazos invisibles, salía a faenar con él y con sus compañeros, como un hombre más, pero sin nombre. Largas eran las jornadas en que la sal agrietaba sus labios y el sol maceraba su cuerpo. Con sus pequeñas manos desenredaba las redes o salaba los peces. Sus dedas estaban repletos de heridas y cortes. Su cuerpo estaba sembrado de espasmos y moratones. Incluso en ocasiones la ordenaban que se echara al agua para cortar un sedal enganchado, y buceaba entre tiburones sedientos de la carne fácil de los peces atrapados o desorientados; bajaba rápidamente, con una agilidad asombrosa, y liberaba el sedal o el anzuelo del obstáculo que lo mantenía en el fondo; o simplemente lo cortaba, si no era posible liberarlo, antes de convertirse ella también en menú de depredadores. Llevaba en tales casos un pequeño cuchillo en la mano, con el que se defendía de los escualos que venía hacia ella, curiosos, incluso de las morenas que surgían de entre las rocas, a cinco o diez metros de profundidad, entre las profundidades cristalinas. Sus pequeños pulmones soportaban bajo la superficie más que los de cualquier curtido pescador, y sus músculos acostumbrados al ejercicio físico le daban el aspecto y la velocidad de una sirena o, más concretamente, de una serpiente marina escurridiza y astuta.

Otras veces, cuando no se podian salir al mar o cuando el barquito iba cargado de hombres más de la cuenta, la mandaban a los pueblos cercanos a vender pescado con un pesado fardo colgado al hombro y un par de sacos que arrastraba a duras penas mientras intentaba llegar a tiempo al mercado, antes de que los compradores se marcharan a su casa. Estas tareas eran, si cabe, más duras que la pesca, pues debía caminar muchos kilómetros, discutir con otros vendedores por los mejores puestos, negociar incansablemente con los compradores, para los cuales una compra sin regateo era poco menos que un vaso de vino vacío, vigilar para que los pilluelos o los maleantes no la arrebataran la mercancía o pellizcaran los peces y se los fueran comiendo poco a poco, y en fin regresar a casa a tiempo para entregarle las ganancias a su padre, engullir las pocas sobras que le hubieran dejado en su cuenco y dormir mientras la noche gobernara el cielo. Sola, asustada, cansada. Siempre había sido así.»

Todos los lunes de mayo

Todos los lunes de mayo, ella iba a verlo.

Todos los lunes de mayo, él la esperaba, tras la noche pasada, calado por las leves lágrimas de la aurora efímera, anhelante, mudo.

Todos los lunes de mayo, se encontraban.

Aquel callado coloquio que se entablaba entre ambos, aquel tiempo discurrido entre ayes y miradas, aquel estruendo del alma que palpitaba a trotes entre las nubes del pensamiento… Los elementos eran tan sólo sombras que no importunaban los veloces pies de las palabras del espíritu.

Y allí se quedaba ella, la mañana entera, los siglos que pasaban enseguida, los minutos eternos que parecían no haber existido una vez gastados, y allí con él parlaba en jadeante y agudo reclamo de amores…

Él nunca dejó de aguardarla cada día. Y ella acudió sin falta durante un tiempo…

Pero se fue mayo. Y vinieron otras semanas, y otros meses, atados a la cansada cantinela de los días, ¡y he aquí que ella olvidó que él la esperaba…!

Mayo regresó, y con él todas las efímeras flores, todas las tardes rosadas, todas las brisas pobladas de mensajes, y todos los amores enterrados. Todos, salvo uno: ella no volvió adonde él estaba. Mas él hubiera ido hasta ella, arrumbando montañas, bebiendo océanos, estrechando galaxias, si hubiera podido. Desgraciadamente no pudo. ¡No podía! ¡No podría!

Era su sino no tornar a contemplar su rostro.

Desde su tumba, añoraría los tristes y breves momentos en que ella iba a confesarle lo mucho que lo recordaba. Empero, él comprendió que su corazón había ya volado a otros recuerdos, a otras promesas, a praderas que hollaban otras plantas, a ríos que nadaban otras ninfas, a bosques que poblaban otros faunos. Comprendió y lloró.

Sabía, para su desgracia, que los muertos no viven en los vivos, y que los vivos no pueden vivir en los muertos.

Don Nadie el Deseado (II)

Seguimos la historia de Paco. Capítulo II. Espero que os guste.

II

Como siempre… Paco ha hecho lo contrario de lo que se proponía, y ha acabado muy lejos de donde pretendía llegar. Haciendo honor a su pasado, ni siquiera se lo reprocha a sí mismo; procurando no caer en la cuenta de lo que hace, abandona el autobús, cargado con una maleta más vacía que llena, desordenada y hambrienta, vestido como casi nunca: con vaqueros, camiseta, y con unas zapatillas marca adidas, o naik, o ribuk, o nisu, que también las hay, enfundando unos pies poco acostumbrados a andar, que ya al poco rato de salir del autocar se están quejando. Hace frío, a pesar de ser verano. El viento huele a sal y trae el aliento húmedo del mar. Ha terminado en algún pueblo de la costa norte de España, absolutamente desconocido para él. Este servidor lo ha visto alguna vez, aunque no recuerda dónde; y no tiene ni idea de cómo se llama. Es pequeño y solitario. Parece que lo hubieran lanzado al mundo el día siguiente de la creación en un rincón que sobraba, después de ocupar todos los demás rincones. Es antiguo. Verde, pero rancio. Hay niebla. Llueve un poco, casi con vergüenza de estar lloviendo. ¡Menuda suerte para un hombre en camiseta!

Lo primero que sintió fue la brisa gélida en el rostro y la humedad en el pecho. Se estremeció, al verse solo, junto a la carretera, una vez que el autobús se hubo marchado, como un gusano gigantesco y parsimonioso. Por un instante, le inundó el deseo de regresar… Pero, “¿adónde?” se dijo. Al fin, cogió sus bártulos y arrancó a caminar.

La diminuta aldea, somnolienta, lo recibió con el mismo silencio, con la misma indiferencia con que lo despidió la gran ciudad. Con más, si cabe, porque casi nadie vive en ella, apenas unas pocas familias dedicadas a la pesca y un añejo hostal al que suelen ir a pasar las vacaciones cinco o seis nostálgicos turistas, surfistas con pocos cuartos y varios buscavidas con necesidad de retiro temporal. El hotelucho permanece cerrado casi todo el año, debido a que su dueña no tiene más ayuda que un perro moribundo que nunca se termina de morir, y que por eso mismo se pasa los días tirado en la alfombra del recibidor, y la anciana antes prefiere cultivar el huerto que atender clientes. Pero es verano, y hay que desempolvar los sillones y quitar las telarañas, como dicen por allí; las puertas se hallan entreabiertas, aunque sea bastante temprano, quién sabe por qué razón, y en él se hospedan unos cuantos jóvenes que han ido a disfrutar de unas jornadas de viento y olas, y que están casi todo el día y la noche entera fuera.

Paco lo vio a lo lejos, inconfundible con sus grandes luces que se apagaban y se encendían con desgana, diciendo “ost”, pues la primera letra estaba muda, y alguna de las demás le tenía envidia; y tras caminar bajo la fina lluvia por la pista cubierta de aun más fina grava, se introdujo en la quejumbrosa penumbra del local, dispuesto a pedir cobijo, siquiera por un día.

No sabe el dinero que le costará ni por cuánto tiempo se quedará, poco importa. Se ha acostumbrado a no pensar en nada. Su mente, hace unas horas febrilmente inquieta, es ahora un mar rendido, sometido, esclavo de una indolente resignación, convertida en hábito y ley. Sucede para su alma lo mismo que para algunas zonas del planeta cercanas al Ecuador: se pasa de un momento a otro de la tormenta a la ausencia total de brisa y corrientes; los barcos que marchaban presurosos, de pronto, se convierten en meras estatuas de sal flotando sobre el cristal.

La antipática anciana lo recibe en el portal, vestida de paño azul, con una falda larga y una chaqueta del mismo color. Tiene el pelo blanco, ralo; y la boca desdentada. Al verla, Paco ha tenido la sensación de estar viendo a una de esas malvadas brujas de los cuentos infantiles… Por eso ha retirado inconscientemente la mirada, temeroso de ser hechizado. Al hacerlo, se ha visto aun más estúpido.

La vieja camina encorvada, pero se mueve deprisa a todos lados. Sus ojos siguen inmisericordes al viajero, ya que no le gusta de dar la bienvenida a extraños. Prefiere que los visitantes sean conocidos, que sean siempre los mismos o vengan bien acompañados. “Pasa como con los maridos viejos: ya sabes de qué lado de la cama les gusta dormir”, es su lema respecto a sus huéspedes. Paco se muestra impaciente, lo que desagrada aún más a la portera, quien no lo despacha, pero apenas le dirige la palabra.

– Habitación número dos –le espetó la bruja mientras le tendía la llave con desagradable tono.

Paco le dio las gracias lo más amablemente que pudo y subió por unas escaleras gastadas de madera que amenazaban con dar con sus tristes huesos en el suelo. El piso superior apenas tenía luz. Casi a tientas buscó su habitación, y tras instalarse en ella (apenas una silla, un pequeño armario y una cama muy usada) se tendió boca arriba sin saber qué hacer. Se miró las manos: eran tan nuevas, tan suaves, con unos dedos tan delgados… “La verdad es que no sé muy bien qué pinto aquí”, pensó. “No soy de este lugar… aunque en realidad no soy de ningún otro lugar; no tengo amigos ni a nadie que me quiera de verdad. Y en aquella ciudad ya no podía seguir. Todo me recordaba a ella, a mi antiguo trabajo, a mis estúpidos compañeros, a mi dolor…”.

De pronto sonaron unos golpes quedos en la puerta. Se levantó nervioso y abrió la puerta. Pero allí estaba la vieja del paño azul, la de la chaqueta arrugada y la falda interminable, menuda y agitada, hosca e inquieta, como siempre. Con su cara de bruja y sus ojos inquisitoriales. Le preguntó a bocajarro:

– ¿A qué ha venido usted a nuestro pequeño pueblo? ¿No será un periodista? O peor aún: ¿no será un delincuente?

– No, señora –respondió Paco sorprendido-; ni lo uno ni lo otro. Sólo un hombre desesperado que busca soledad. Aunque, la verdad, no sé lo que he venido a hacer aquí. He cogido el autobús sin pensar a dónde me dirigía, y tras pasar varias horas dormido, me han echado fuera y me he visto en el camino, dirigiéndome hacia aquí sin conocer ni siquiera el nombre de este pueblo. Pero prefiero no saberlo. Y estoy convencido de que usted tampoco quiere saber nada de mí, así que no se preocupe, estaré aquí unos días y luego me iré.

La vieja se tomó un momento para reflexionar. Su rostro parecía suavizarse por momentos. Al fin, con más amabilidad, terminó espetando al joven:

– ¿Desesperado, dice? Seguramente le han roto el corazón, muchacho. Pero no se agobie: a mí me lo rompieron todos los días, y no sólo el corazón, sino también algún hueso; y sin embargo, aquí sigo, hablando con usted, mirando el sol y las estrellas cuando mi vieja espalda me lo permite, respirando. No deje de respirar… Siempre hay mañana, jovencito. Búsquese un trabajo. Eso le ayudará y pagará mis facturas. No le diré el nombre de este pueblo, pero le diré algo mejor: me parece que el viejo Tomás Mencía necesita a alguien que le ayude con la pesca… Pero ándese con cuidado, porque no le gustan los forasteros –aquí hizo una extraña pausa, mirándole detenidamente de arriba abajo-, y menos si son hombres jóvenes y… desesperados, como usted dice. ¡Ésos son los que menos le gustan! En cuanto a mí, me basta con que me pague y deje mi mobiliario como lo encontró. ¿Me ha oído? Ándese con cuidado. No se lo repetiré dos veces. ¡Ah, y por las noches no hay calefacción, así que tome esta manta y procure usarla bien!

Dicho esto, le entregó la gruesa manta que traía en sus menudos brazos, metió las manos en los bolsillos de su raída chaqueta, miró cansada el suelo, se dio vuelta marcialmente y dejó a Paco allí, de pie en el vano de la puerta abierta. Paco esperó ver cómo se elevaba por el aire con su escoba… Y cuando la vio sencillamente bajar a duras penas las escaleras, sujetándose en la barandilla torcida anclada a la pared, cerró decepcionado la puerta, y algo aliviado también.

¡Cuántas cosas pasan en nuestras vidas de las que no somos conscientes y cuántas cosas pasarán que no podemos prever! Impávido, mirando estúpidamente la descolorida madera de su puerta, el alma desengañada, la mente vacía para no pensar y no sufrir, Paco comenzó a vislumbrar a lo lejos (quizás aún muy pequeña) una luz, un puntito de esperanza aún débil y puede que irreal… pero un puntito al fin y al cabo, algo hacia lo que caminar sin rendirse todavía.

Depositó la cálida manta sobre la cama, borrando con delicadeza sus arrugas con la palma de su mano, y se sentó en la desvencijada silla, cara a la ventana, pensando en ella, y no queriendo pensar, al mismo tiempo. Se concentró en ella para olvidarla, y trató de ver a través de ella, y más allá, y en torno a sí, aunque no pudiera ver nada… Pero sabía o intuía que debía seguir respirando, que había vida y universo fuera de los estrechos límites de su pena; y que sólo dejándose llevar por el río de la fe y de la existencia llegaría a nuevos territorios inexplorados para él. “Sin mapas”, se dijo. “Sin mapas ni guías… así es la vida. Tengo miedo. Pero continuaré. No cederé. No me rendiré. No aún…”.

No supo cuánto tiempo había permanecido absorto en sus cavilaciones. Cuando despertó de este estado, el sol ya bajaba hacia el horizonte. Se aprestó deprisa y dio un breve paseo por los alrededores, bebiendo la brisa del mar, tan extraña para él, sin alejarse mucho, por temor a que se hiciera de noche y no saber regresar. Finalmente, cuando estuvo de nuevo en el hostal, la vieja le preparó un plato de caldo y unos torreznos bien fritos, y cenó como hace mucho que no había cenado. Cuando se tumbó en su cama, no tardó en dormirse, sintiendo cómo su respiración se convertía en vaho nada más salir de su boca, y oliendo el frío húmedo que inundaba lentamente la estancia.

El (casi) oficio de escritor

Tú que lees estas líneas… para ti, ¿qué es ser escritor? Hoy te habla uno que escribe.

¿Es así la vida de un escritor? ¿Qué pensáis?

Hoy comienzo una serie de reflexiones, de número indeterminado, sobre mi experiencia como escritor, si bien he de advertir desde el comienzo que escribir no es para mí, todavía, un oficio, en el más positivo sentido de la palabra, sino que me encuentro más bien en trance de lograr que esta vocación se transforme en una dedicación plena. Hecha esta advertencia, entremos en materia.

Desde muy pequeño sentí la llamada de la escritura. Mis primeros recuerdos incluyen un cuaderno de rayas e historias de extraterrestres llegados en platillos volantes para aterrorizar a la raza humana. No sé por qué pero siempre los imaginaba con el aspecto de Predator, la mítica película de Arnold Schwarzenegger, con esas rastas y esa boca con extrañas garras, como una araña, con esos ojos pequeños pero de mirada amenazante, aguerridos, armados hasta los dientes, rápidos, invisibles… Está claro que me afectó el filme del musculado austríaco, pero no creáis que tuve pesadillas, sino que la visión de aquella historia me inspiró y despertó en mí el ansia por estremecer la inquietud y la sensibilidad de los demás, igual que había estremecido la mía. Curiosamente, desde entonces, siendo tan pequeño, no he vuelto a ver jamás aquella película entera. Nunca, os lo podéis creer. Creo que ni siquiera está entre mis favoritas. Pero fue como el aldabonazo que despertó en mí la Llamada, como la inyección que me inoculó el Veneno… Porque todo esto es la Literatura: una Llamada, un Veneno, así con mayúsculas. Es, ante todo y sobre todo, una Vocación, un Descubrimiento, una Semilla que está plantada en el alma, no sé desde cuándo ni por quién, y que en cierto momento se abre y germina. Aquella película fue el movimiento sísmico, la gota de agua, el rayo de sol, que hizo abrirse la Semilla en mi corazón. Y comencé a escribir…

Al principio solo fueron historias fraccionarias, perdidas en los más profundos sueños de la mente de un niño. Pero con el tiempo se desarrollaron y crecieron, y se transformaron en temáticas y motivos que se repetían una y otra vez, bajo formas cambiantes; en líneas narrativas que surgían de decenas de orígenes, al unísono o en disonancia, pero que terminaban confluyendo en las mismas marismas obsesivas, en los mismos amplios y arenosos deltas, o en idénticas bahías profundas de oscuros secretos. Cómo se forma la mente de un escritor y por qué siempre, lo quiera o no, acaba escribiendo sobre los mismos temas una y otra vez (amor, desamor, locura, miedo, muerte, odio, violencia, esperanza, grandeza, ira, fracaso…), yo no lo sé, pero sí sé que desde muy joven hubo una larga lista de historias, causas, desenlaces, personajes y situaciones que, fuera cual fuera su disfraz, regresaban una y otra vez a mi imaginación, a mi reflexión, a mis ensoñaciones y, por último, a mis manos. Porque un escritor es ante todo sus manos, no os equivoquéis. Es un mero conductor entre un mundo onírico (cuál sea su origen, es un misterio) que, en mezcolanza titánica en la esfera del idioma, con las palabras y sus reglas, termina produciendo una energía irrefrenable que mueve mil veces, un millón, sus manos, sus dedos, que transfieren en frenesí al papel o al ordenador un mundo que antes no existía. Y de pronto, ¡voilà!, la Creación. Donde antes no había nada, ni siquiera imaginado en sí mismo, ni siquiera prediseñado, como sí lo están los edificios en los planos que dibujan los arquitectos, se le otorga al ser a una idea, a una historia, a seres que son misteriosamente en sí mismos, dentro de su mundo, señores y soberanos de su propia vida, aunque sea una vida impostada, teatral y sombría: los personajes. Ellos son lo único importante de la Literatura. Amigos, enemigos, víctimas o verdugos, protagonistas o invitados de piedra… todos conviven conmigo desde el principio de mi existencia, conversan conmigo durante un instante o un mes o un año, y luego, no sé cómo, siguen con su propia vida fuera de mí, como si siempre hubieran sido libres, como ya nunca más pudiera contenerlos en mi alma.

Porque os voy a confesar algo: yo no escribo con un plan preconcebido. ¡Ojo! No os confundáis. Esto no quiere decir que no piense en lo que voy a escribir, que no prevea por dónde puede transcurrir una narración, que no imagine al os personajes antes de darles vida o sus destinos o sus grandes decisiones… Es inevitable pensar en todo eso, pero no porque me siente y me diga: «Voy a diseñar una novela». En realidad, ellos están ahí todos los días a todas horas, y mi mente en constante ebullición se pasa las horas en íntima convivencia con ellos. Los sueño cuando despierto y cuando me voy a dormir. Los imagino cuando camino en silencio y también cuando me hallo, ignoto y exótico, en medio de una multitud que no me importa. Ellos, ese mundo inmenso que compone mis creaciones pasadas y futuras, ellos… ellos me hacen escritor, porque me exigen cada día que les enfoque con la luz de mi palabra, porque me impetran cada noche que no los olvide, porque me impelen a rescatarlos de la efímera levedad de mi existencia corpórea y les otorgue el don de la inmortalidad escrita. Esto nadie puede entenderlo plenamente, sino el que lo siente dentro de sí. En ese mundo interior plagado de seres, de monstruos, de lugares, de nudos, de desenlaces, de misterios, de maravillas, de dolores, de extraños encapuchados, de sangre derramada, de abrazos en la noche más tenebrosa, de motivos para la fe y para el ateísmo… conviven, en una eterna fiesta silenciosa, millones de caras a las que quizá nunca pondré nombre, millones de mundos a los que quizá nunca daré vida. Pero están ahí… Y me llaman. Me gritan. No puedo permanecer impasible. Ellos… He aquí por qué soy escritor. Por ellos. Para que, al menos algunos, no sean olvidados para siempre cuando mi cuerpo repose en una fría tumba. Ellos tienen derecho a vivir su propia vida. Y la Humanidad tiene derecho a conocerlos.

Como os decía, nunca tengo un plan preconcebido con todos sus detalles prediseñados. Dispongo de una prefiguración general, de una visión profética o mistérica de una parte de la historia y de los personajes principales. Pero cuando me pongo a escribir… todo puede cambiar. ¿Por qué? Porque ellos son quienes «eligen» cómo quieren ser, ellos toman sus propias decisiones y dan sus propios pasos. Muy pocas veces yo los corrijo y rectifico sus actos. En cierta forma, me siento identificado con lo que decía el gran George R. R. Martin sobre su forma de escribir: se autodefinía como un jardinero, no como un arquitecto. ¿Comprendéis? El jardinero planta la semilla y la riega, pero la planta crece por sí misma, y su grosor, su altura, su hechura concreta, solo depende de ella, y no del jardinero, que lo mucho que puede hacer es podarla si las ramas crecen en demasía, para que el exceso de sarmientos no agote la savia del tronco; pero que no la construye en sí misma. El arquitecto, en cambio, diseña hasta el más mínimo detalle de su obra, y todo se ha de construir de acuerdo con ese diseño, incluso su final, su destrucción. No hay nada al azar, no hay nada que quede al arbitrio del constructor, no hay nada que quede fuera de su planificación. El arquitecto lo sabe todo; la obra es parte de él, hija y fruto de su frío intelecto. El jardinero apenas puede contemplar cómo se va desarrollando algo ajeno a él y vivo, algo que puede morir antes de tiempo, algo que puede enfermar o torcerse. Pues así me siento yo: soy un jardinero de este mundo de sombras que se van a haciendo sueños antes de convertirse en plantas vivas, unas coloridas y alegres, otras mortecinas y tortuosas. Por eso amo mi obra, porque vive en sí misma y fuera de mí, aunque primero lata en mi alma como un volcán que va a estallar. Y esto es lo que muchos no entienden: soy escritor para que ese volcán me deje vivir. No tengo más remedio que escribir… o morir.

Por cierto, desde hace muchos años he puesto un nombre al mundo gigantesco que pulula dentro de mí y que lucha por salir: Somnia.

Bienvenidos a mi mundo. Continuaremos otro día.

La voz del desierto

¿Habéis oído la voz del desierto?

Yo la oigo ahora,

rotunda, clara, monstruosa.

Y no sé qué decirle,

ni cómo rebatirla,

ni qué razones oponer

a su poder inconmovible.

Con su voz apaga la mía,

antaño cantarina.

Con su tormenta inunda mis ojos,

otrora luminosos.

Y hasta mi corazón sucumbe

ante su agresiva grandeza.

¿Dónde encontraré

las palabras-oasis

de este desierto de mi alma?

SIN PIRULETAS

La "Dolce Vita", en mi blog

Car_Carrie

Blog de Viajes, Pasiones & Sentires

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