Mi pueblo…

Ahí lo tenéis, al fondo, diminuto, somnoliento y hermoso, a pesar de todo.

Vendo textos/poemas

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Ya vienen los Reyes…

El AUTO DE LOS REYES MAGOS es considerado por filólogos y estudiosos de la Literatura Española la primera obra de teatro conocida en castellano.

Fue descubierta a principios del siglo XX por un Canónigo en la Catedral de Toledo, y puesta a disposición del lingüista y medievalista Menendez Pidal para su estudio y edición.

El manuscrito está datado hacia 1170 y fue copiado al final de unas páginas sobrantes del códice de la Biblioteca Nacional de Madrid vª 5-9, que contenía unos comentarios a unos textos bíblicos.

Aunque su creación dataría de fines del siglo XII, la versión que nos ha llegado tiene letra de principios del siglo XIII y según Pidal y otros estudiosos, el manuscrito procede de la Catedral de Toledo.

Para que la leáis en estas fiestas y disfrutéis de lo mejor de nuestra literatura antigua, os dejo a continuación la versión en Pdf que tiene a disposición del público la web del Instituto Cervantes. De libre descarga, porque la obra es de dominio público.

¡Felices Reyes a todos!

Regalo de Reyes para mis lectores: Extracto de «Canción Eterna»

Queridos somnianos:

Sé perfectamente que cuesta comprar libros de autores más o menos desconocidos como yo. Sé que es mucho más fácil lanzarse por los más conocidos, por los que tienen portadas o ediciones más cuidadas, incluso por los que salen por la televisión. Sé perfectamente que un libro desconocido siempre da algo de miedo. He escuchado demasiada veces, como si fuera una justificación, eso de «no he leído nada de este autor».

No quiero permitir que esto siga así. No vais a tener más la excusa de «no haber leído nada» mío para dejar de comprar mi última novela, Canción Eterna, publicada por Célebre Editorial, en marzo de 2020. Por eso, os traigo hoy un regalo inestimable: un capítulo entero de la primera edición de Canción Eterna. Ahora ya no os queda más remedio que acudir a Amazon y comprarla. Os aseguro que después de leer este capítulo querréis saber más, y no podréis evitarlo.

Os la dejo después de la imagen, y abajo del todo, tras el texto, os dejaré el enlace de Amazon para comprar mi novela. Espero que os guste. Si la pedís hoy mismo, quizás los Reyes os la dejen en casa mañana por la noche…

Extracto de «Canción Eterna»:

<<¿Por qué lo habían apresado?

Uscar no entendía nada. Puede que fuera por el golpe que había recibido en la cabeza, y la herida consecuente, que manaba aún un hilo de sangre. O puede que fuera por el desconcierto que le había invadido cuando había visto a aquella compañía de monstruos salir de todas partes al mismo tiempo, con fuego, con hachas, con lanzas, con flechas, sin previo aviso, sin alertas ni mensajes, sin tambores, sin música, sin gritos. Los vio penetrar en todas las casas, invadir todas las calles, y matar toda forma de vida con un salvajismo que jamás había contemplado. No perdonaban a niños, ni a mujeres, ni a ancianos, ni a animales. La pequeña guarnición de la aldea, compuesta más por campesinos que por verdaderos soldados, no había resistido el ataque ni por un momento. Fueron arrasados como el polvo cuando llega el huracán. En realidad, no se lo reprochaba. De todos ellos, él era el único que había sido adiestrado durante el suficiente tiempo para saber distinguir un brazal de un peto, o saber contraatacar frente a un enemigo con lanza corta. Por eso lo habían puesto como jefe del puesto. Por eso lo habían enviado. Y él, como jefe, había fracasado.

Les había fallado a todos. Desde Albia y otros fuertes, los mandos habían decidido organizar una defensa de guerrillas. A cada soldado capaz lo habían enviado a una aldea, para que tomara a su cargo a los campesinos y obreros y con ellos creara una guerrilla defensiva dispuesta a entorpecer todo lo posible el avance del enemigo y a proteger a las pequeñas comunidades, al menos mientras huían hacia la capital o cualquier otro lugar seguro. A él lo habían enviado allí, a aquel lugar remoto al que nadie podía imaginarse que los bárbaros llegarían jamás; en el que no había nada que pudiera interesarles, perdido en el medio de los bosques, con apenas unas decenas de personas, muchas de las cuales jamás habían oído hablar del Rey Roderik. A él, Uscar de Mand, tercer hijo del Barón de Barra de Hierro, torreón de madera viejo y apolillado donde su familia había reunido durante décadas una cohorte de servidores leales, junto a las marismas que se extendían hasta donde la vista alcanzaba, procedentes del embalse de las aguas del Com, el río de los dioses, augusto y diáfano, tranquilo y rico, lo habían puesto al frente de aquellos pobres, creyendo que haría de ellos una tropa de guerreros. Pero no había sido así. Era culpa suya. Los había fallado a todos.

Había fallado a Rib, aquel gigantón melenudo que tenía la fuerza de un titán, al que había enseñado a hacer de su azada un arma letal, pero al que no había sido capaz de hacer entender que debía esperar el movimiento del rival antes de lanzarse como un ciego al ataque. Aquel hombre podía mover un arado y horadar la tierra con la sola fuerza de sus piernas. Si no hubiera tenido un asno para arar sus tierras, él mismo podría haberlo hecho. Ahora estaba tumbado en un charco de barro, boca abajo, con la cabeza hundida, y dos lanzas en la espalda. Estúpido bruto… Si hubiera subido a las escaleras con él, como se lo había ordenado, puede que hubieran muerto los dos, pero se habrían llevado por delante a unos cuantos de aquellos monstruos sucios.

Había fallado a Yg, el jefe de la aldea, un anciano un tanto lerdo y egoísta acostumbrado a no hacer nada, pero que le había acogido con cariño. Había fallado a Axil, el pequeño niño siempre sonriente. Aún no tenía edad para sostener una espada, pero era muy listo para esconderse y escuchar lo que había que escuchar. Tenía cabeza para esas cosas. Ahora ya no escucharía más: estaría en algún sitio, con las tripas fuera, probablemente. Había fallado también a Krats, la vieja comadrona de la aldea, siempre dispuesta a escuchar y a dar un buen consejo. Había fallado a Elos, el herrero, un hombre gordo y encorvado que por mucho que trabajaba no adelgazaba jamás, y que siempre estaba refunfuñando, siempre quejándose, pero que nunca estaba inactivo. 

Le había fallado a ella. Se llamaba Rion. Era hermosa, tanto como jamás había conocido a mujer alguna. Era joven, apenas quince años. Tenía los ojos negros, el pelo negro, los labios gruesos, las mejillas estilizadas, el cuello terso, los pechos pequeños, el talle esbelto, las piernas ágiles, las manos finas, la barbilla orgullosa, la nariz proporcionada, y la mirada de una diosa. Él se había enamorado de ella desde el primer día en que la vio. Pero ella… Ella se había enamorado de otro. “Espero que en el más allá comprendas cuánto te he amado”, pensó, sorprendiéndose a sí mismo, a pesar de que creía que todo aquello ya no le importaba. Pero en el fondo aún le dolía. No era uno más de sus fracasos, sino el mayor.

¿Por qué no lo habían matado aún? Cuando los bárbaros cayeron sobre el poblado, en un movimiento envolvente que él debería haber previsto, comenzó una carnicería. Aquellos salvajes mataron indiscriminadamente, sin cuartel alguno. Su superioridad y la falta de capacidad defensiva de los aldeanos hicieron que todo hubiera terminado en apenas unos minutos. Atrincherado en una casa, esperaba poder resistir al menos hasta haber matado a unos cuantas de aquellas matas de pelos y piojos. Pero a pesar de que ensartó a algunos, otros ocupaban su lugar. Al final, después de golpearlo, arrastrarlo, incluso de cortarlo, lo metieron en aquella jaula de madera. Le llevaron al centro del pueblo para ver el terrible espectáculo, para que contemplara a Rion, a Yg, a Rib, a Krats, a Elos… Todos muertos.

Un hombre alto, con mejor porte que los demás, de mirada despejada, se adelantó y se aproximó a la jaula. Abrió la puerta y le invitó a salir. Desconfiado, Uscar no se atrevió a dar un paso fuera. El desconocido pidió dos sillas plegables y las colocó frente a la puerta. Pidió un trozo de paz y un trozo de queso, y un pellejo de cerveza. Y se lo ofreció a Uscar.

– ¡Vamos! No seas maleducado. ¿No aceptarás charlar un poco conmigo antes del final?

– ¿Por qué iba a querer hablar contigo? -replicó Uscar.

– Solo pretendo ser amable -dijo el desconocido. -No todos los Geoti somos salvajes, como éstos… -hizo un gesto de desprecio hacia los que le rodeaban, como si se trataran de chusma a su lado.

Uscar sospechó que pretendía sacarle información, y que esta era la alternativa a la tortura. Primero lo tratarían con deferencia. Luego, si mantenía la boca cerrada, lo maltratarían. Luego lo matarían. Y se acabó.

Rion. La buscó con la mirada. Estaba allí, ensartada en una lanza, contra una pared, con su cuerpo extrañamente doblado, su pelo negro cayéndole desgreñado. No se le veía la cara, vuelta hacia el suelo. Pero él sabía que era Rion. Conocía su cuerpo.

El desconocido se dio cuenta. Se sentó en una de las sillas y comenzó a comer. Y ofreciendo el pellejo de cerveza a Uscar, le dijo:

– Lo siento… No debimos matarla. ¿Era importante para ti? Háblame de ella.

Entonces Uscar, sin darse cuenta, mirando todavía el cuerpo inerte de Rion, se sentó junto al desconocido y dio un largo trago de cerveza, profundo. “El último trago”, pensó, instintivamente. “¿Qué más da? Aprovechemos estos últimos momentos”.

– ¿Era tu esposa? -quiso saber el desconocido.

– No. Yo la amaba, pero ella a mí no -replicó Uscar.

– Una pena… Sé lo que es el amor no correspondido. Es un dolor en el alma que nada puede curar. Yo mismo soy un despreciado… Incluso éstos que ves aquí -dijo señalando a los guardias que los flanqueaban a cierta distancia- me desprecian, aunque me temen. Pero a mí me gustaría ser amado, ¿sabes? ¿Cómo se llamaba?

– Rion -respondió Uscar comiendo algo de pan.

– Hermoso nombre para una chica. Seguro que era muy hermosa… ¿Qué ocurrió?

– Se enamoró de otro hombre.

– ¡Oh! -replicó el desconocido con una compasión en la voz que, de ser fingida, estaba muy conseguida. – Me gustaría conocer esa historia. ¿Y de quién se enamoró?

– De un hombre normal…

– ¿Un hombre normal? -se extrañó el desconocido. – ¿Qué clase de injusticia es esta? ¿Cómo pudo haberse enamorado de un hombre normal?

– Incomprensible, lo sé.

– Debió de ser duro para ti. Vencido por un hombre normal.

– Sí… Un mero hombre normal, sin don alguno por encima de los demás. Un hombre cualquiera, llamado Quip, un campesino con rasgos más hermosos que los míos, pero sin valor alguno.

– Un hombre más joven, quizás.

– Eso sería.

– Pero no un hombre mejor.

– Por supuesto que no. Y sin embargo… A lo largo de mi vida he seducido a decenas de mujeres, que me han mirado como un niño a una estrella fugaz. Pero ella no… Ella solo quería a un hombre normal, con una vida normal, con talentos ordinarios. Un hombre que la historia no recordará, que no dejará nada tras de sí. Un hombre de medianía en todo. ¡Solo un maldito hombre normal que me arrancó lo que más ansiaba! Y eso es lo que más me duele. Yo siempre me creí un hombre atractivo, con carisma, un buen líder y guerrero. Por eso me habían enviado. Porque creían que yo podría conteneros. Aunque está visto que no era así.

– Bueno, no te castigues por ello. Éramos demasiados. Y tú uno solo. Ni un héroe podría convertir a un atajo de campesinos en un ejército disciplinado. Pero esto no tiene por qué terminar aquí.

– Te equivocas. Tiene que terminar aquí. ¿De qué otra manera podría terminar? No trates de engañarme, seas quien seas. Sé lo que vais a hacerme después de esta conversación.

– No, si me dices lo que quiero saber.

Uscar lo miró tratando de adivinar sus verdaderos pensamientos. Por un momento, morir para reencontrarse con Rion le había resultado una idea atractiva. Pero ¿qué le diría? ¿Para qué servirían los reproches en el otro mundo? ¿Qué ganaría con ello? ¿No era acaso mejor vivir?

– ¿Y por qué no me lo has preguntado directamente? -quiso saber. – ¿Para qué andar intentando ganarte mi confianza indagando en mis amores frustrados?

– No todos somos tan salvajes como nos pintáis, ¿sabes? Es cierto que mucho de ellos son terribles, ignorantes, y puede que estúpidos, pero en el fondo entre los vuestros pasa lo mismo. La única diferencia es que los míos están más sucios. Admite que si se lavaran y se cortaran esas largas barbas anudadas con cuerdas que muestran, parecerían más civilizados. Pero entre los tuyos existen los mismos especímenes que no piensan con la cabeza, sino con alguna parte ciega y brutal de su anatomía; no sé, el estómago, el diafragma, las partes inmundas… Con algo que no se fija en el mérito y la virtud, sino en cosas tan despreciables como la normalidad. No digas que no con la cabeza. Tu chica, tu adorada chica de pocos años, esa belleza morena por la que hubieras dado la vida, era así. Admite que no usaba mucho el cerebro. Solo era hermosa, pero eso no es ninguna virtud. La naturaleza la hizo hermosa para ser amada por hombres fuertes como tú. Y ella se permitió cometer el error de preferir a otro; no otro más grande, más notorio, más poderoso, más hermoso, sino a otro inmensamente peor en todos los órdenes de la vida. Admítelo. Él solo era le proporcionaba “normalidad”, y quizás fuera eso lo que ella buscaba. Pero tú le podrías haber dado el mundo, la grandeza, la emoción, la pulsión de vivir al máximo cada minuto, como malditos dioses…

Uscar lo escuchaba fascinado… Se preguntaba quién sería aquella persona que lo hablaba con tanta franqueza y con palabras tan seductoras. Se dejaba llevar por su discurso como el movimiento bamboleante y suave de las olas del mar. Veía ante sí las imágenes que sus argumentos le sugerían como si se mostraran ante él en piel y huesos, en sangre y carne, tan vívidas y reales como él mismo. Veía a Rion en brazos de Quip, besándolo. Veía los hijos que tenían. Veía cómo salía cada mañana a regar, a arar, a cortar las malas hierbas, cubierta con ropas gastadas y viejas, con un gorro de lana lleno de manchas, con un mandil de cuero cubierto de arañazos, y con las manos ajadas y arrugadas. Y no le daba pena, sino rabia. Rabia de que aquella niña tan hermosa hubiera preferido aquella vida tan estúpida, animal y triste, antes que amarlo a él, disfrutar a su lado de los placeres de la vida, y recorrer el mundo a su vera. Él la habría llevado hasta los confines de Somnia, le habría mostrado las altas montañas, las praderas interminables, los acantilados que besaban el mar. La habría vestido con ropas de princesa. La habría amado como solo puede amar un corazón de grandeza por encima de cualquier otro, de fuerza y vigor inconmensurables. Allí, ante sus ojos, la imagen cambió y se vio a sí mismo abrazado a ella, ante la playa desierta y las olas que llegaban calmas hasta la orilla, y ambos se besaban con una ternura infinita. Nadie podía arrebatarles aquel momento. Sería suyo para siempre. O mejor, podría haberlo sido si ella…

– ¿Por qué les da tanto miedo lo excepcional? -masculló sin darse cuenta, como ido. – ¿Por qué les aterrorizan los hombres grandes y prefieren a los mediocres?

De pronto, le llegó la voz agonizante de un niño e instintivamente giró la cabeza en dirección a la voz. “Axil”, pensó. La imagen que había ante sus ojos se desvaneció. Angustiado, buscó con su mirada el origen de la voz y vio al niño, a unas decenas de pasos, en un rincón de la plaza, gimiendo y tratando de liberarse de varios cuerpos que lo ahogaban. Entonces, sin venir a cuento, un soldado se adelantó, sacó la espada y lo ensartó contra el suelo, introduciendo la punta por su boca abierta.

El hechizo se deshizo.

Uscar vio de nuevo el cadáver de Rion y sintió un estremecimiento. Aun muerta, le parecía hermosa. ¡La había amado tanto! No tenía derecho a despreciarla. No tenía derecho a cuestionar lo que sentía su corazón. Ella había preferido a otro… Era justo. ¿Qué podía ofrecerle él, salvo muerte y guerra? ¿Cómo iba a fiarse de él, un caballero venido de lejos para poner espadas en las manos de los hombres de la aldea y guiarlos hacia una destrucción segura? Quizás eso que él consideraba grandeza no era sino estupidez y locura… 

Estupidez y locura. ¿Eso era lo que quedaría de su vida? ¿Eso es lo que dejaría como herencia? ¿Dirían de él que fue un caballero estúpido y loco, que fracasó como un cobarde? No podía permitirlo. Aún podía hacer algo para remediarlo…

Sin mostrar señal alguna previa, se abalanzó sobre el hombre amable, le arrebató la espada que llevaba al cinto, le propinó un rodillazo que le hizo curvarse, y le traspasó con la hoja de parte a parte. Fue todo tan rápido que nadie pudo evitarlo. Al fin y al cabo, él era un caballero de Albia, se había pasado muchos años entrenando y luchando, y sabía mejores trucos que aquel para matar a sus enemigos.

Sintió la punzada terrible de las flechas en su espalda y en su pecho. Lo esperaba. Incluso tardaron más de la cuenta. Pero llegaron… Los guardias habían visto la escena y habían disparado para evitar que siguiera golpeando al amable y desconocido torturador. Éste había caído al suelo. Estaba allí, con los ojos abiertos, mirándolo, con expresión fría. ¿Estaba muerto? No, no lo estaba. Comenzó a moverse. Comenzó a levantarse. ¿Cómo era posible? ¡Le había clavado la espada entre las costillas! Nadie podía levantarse de una herida así. Pero no manaba sangre de él. Sus ropas no se habían manchado. Parecía que no le había afectado. Se irguió y se plantó ante Uscar con media sonrisa. La muerte ya se apoderaba de Uscar a marchas forzadas. Las flechas habían hecho diana.

– ¿Qué eres? -acertó a decir, entre los estertores finales.

Pero el amable desconocido no contestó a su pregunta, sino que muy despacio le arrancó la espada de su mano, impoluta, y se la guardó en el cinto. Con parsimonia. Como si tuviera algún tipo de compasión. Luego le sujetó del cuello, le miró fijamente y le dijo:

– Muere y únete a ella, hombre mediocre.

Uscar cerró los ojos mientras sentía como su hálito se esfumaba, tratando de pronunciar su nombre. Cayó inerte al suelo. Todo se apagó.

El hombre se dio la vuelta y ordenó a sus adláteres:

– Quemadlo. Disponed una guarnición que permanezca aquí unos días. No quiero sorpresas. El resto aprestaos para la marcha, nos iremos enseguida. Al sur. 

El oficial que había cerca le contestó con una reverencia.

Al fin, el hombre amable miró a Uscar y, como si éste aún pudiera oírle, le espetó:

– El amor debilita. El amor humilla. El amor destruye. ¡Y luego dicen que yo soy malvado! Gracias por contarme todo lo que necesitaba saber.

Se dio vuelta y se marchó, poniendo sobre su cabeza la capucha de la capa, que le ocultó de nuevo el rostro. Al pasar junto a un cadáver pisó su cráneo y lo aplastó como a una cucaracha. Luego sacó la espada y lo acuchilló repetidas veces, con saña y rabia incontenidas. Al fin, se calmó y desapareció tras una esquina. La aldea se quedó en silencio, sin otro ruido más que el del fuego crepitando.>>


¿Te ha gustado?

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Breve semblanza de Tolkien, en su 130º aniversario

John Ronald Reuel Tolkien cumpliría hoy 130 años. ¡Felicidades, profesor!

Nació el día 3 de enero de 1892 en Bloemfontein (Sudáfrica). Su padre, Arthur Reuel Tolkien, trabajaba para el Bank of Africa, y estaba casado con Mabel Suffield desde el día 16 de abril de 1891.

El pequeño John tenía un hermano menor, Hilary Arthur, nacido en 1894.

Sin embargo, pronto ambos niños se quedaron huérfanos de padre. Arthur murió en 1896. Para entonces, Mabel ya vivía con los niños en Inglaterra, mientras Arthur resolvía unos negocios en Sudáfrica.

Los primeros años no fueron nada fáciles. La vida de John fue dura. Su madre murió poco después, en 1904, en medio de una creciente situación de pobreza de la familia, y habiendo sido despreciados por el resto de su familia, a causa de la conversión de Mabel al catolicismo antes de morir. Los niños quedaron al cargo de un sacerdote católico: Francis Morgan, de ascendencia española.

El joven John no se corrompió, a pesar de todo el dolor. En esto está la gran conquista de su vida, su mayor logro. Muchos en su lugar habrían torcido su camino. Pero él no. Todo este dolor y esta soledad no lo convirtieron en un ser malvado y cruel, sino en un ser bondadoso y dulce. En un soñador benevolente.

Lo demás es historia: se convirtió en un joven prometedor. Pasó por la Primera Guerra Mundial. Ya en pleno sigo XX, en una época de profundos claroscuros, J. R. R. Tolkien, profesor de anglosajón e historia del inglés en la universidad de Oxford, fue capaz de crear un extenso poema épico a partir de su propia imaginación. Echaba de menos una mitología propia de su país, y decidió escribirla él mismo. En la epopeya que comenzó en 1914 entrelazó la historia de Elfos, Hombres, Enanos, Orcos, Ents y Hobbits desde el inicio del mundo, como un grandioso homenaje a la patria que amaba entrañablemente.

En 1937, se publicó El Hobbit, y ante el éxito abrumador del libro, los editores le pidieron una continuación. Casi sin querer, Tolkien había comenzado a redactar su gran obra, El Señor de los Anillos. Ese libro fue el eslabón para unir las leyendas de El Silmarillion con el mundo más sencillo de Bilbo Bolsón y la Comarca.

Gracias a Tolkien, se produjo el renacimiento de un género tan antiguo como la epopeya. El impulso de su obra y su influencia duran todavía.

En el Everest no cabe todo el mundo. Vacunas y democracia.

Hay un debate en la calle, que los medios quizás no quieren afrontar porque son demasiado dependientes de los dispendios públicos, que no solamente pone en tela de juicio el diagnóstico de la pandemia que hicieron los poderes públicos, sino también su tratamiento y detención. No solo están los antivacunas, que por otra parte tienen menos poder del que ellos creen, sino que hay un verdadero revuelo de fondo, probablemente silencioso, pero latente, en torno a las consecuencias de la vacunación y la proporcionalidad de las medidas asumidas oficialmente para enfrentarse a las distintas «olas» del Covid-19.

En efecto, hay quienes niegan eficacia a las vacunas, e incluso quienes mantienen que son una gran mentira, una gran «fake new», destinada a fines mucho más oscuros de los confesados. Hay también quienes dudan no de las vacunas en sí, sino de su método de obtención, e incluso de los procesos científicos que han llegado a su sintetización, porque creen que no se han cumplido las debidas medidas de seguridad ni se han respetado los plazos. Pero también hay quienes aceptan las vacunas, defienden su eficacia y necesidad, pero se oponen a que sean obligatorias, bien directa, bien indirectamente. Por último, hay quienes pueden asumir la obligatoriedad de las vacunas, pero ponen en duda cualquier otra medida añadida para la lucha contra la pandemia, como las mascarillas.

El debate es mucho más profundo de lo que parece. Es una cuestión que afecta a las bases de nuestro sistema democrático. Porque la democracia no se basa en el mero juego de las mayorías electorales, sino que su verdadero sustento está en los derechos fundamentales y las libertades públicas. Y son estas las que están en juego. No es el bien común, entendido como algún tipo de entelequia o macrocifra opuesta al egoísmo particular, lo que fundamenta la democracia, como nos han enseñado los totalitarismos del siglo XX, sino el bien individual, incluso el interés del individuo entendido en un sentido egoísta. Los derechos no son del pueblo o del estado, sino que son del hombre concreto. No hay democracia sin verdadera libertad, aunque ello a veces suponga un peligro para el «bien común». Pongo esta expresión entre comillas, porque no hay bien común posible cuando se alcanza a pesar y a costa de los derechos y libertades individuales. En la Alemania nazi había muy poco paro, lo cual evidentemente es un objetivo común de cualquier sociedad avanzada, pero ello se lograba a costa de la vida de muchas personas a las que se «solucionó», y a costa de la propia economía nacional, que se sometió a un desgaste insoportable para prepararse para la guerra. Este ejemplo es muy extremo, pero ayuda a comprende la realidad de lo que nos estamos jugando.

¿Puede un Gobierno decretar cómo podemos ir por la calle o cuántos nos podemos reunir en una casa? Y si es así, ¿dónde está el límite? ¿Es una cuestión de procedimientos, o hay también límites conceptuales, de fondo, basados en la naturaleza de los derechos fundamentales?

Para quien esto suscribe, con intención de ser conciso, la respuesta no puede ser más evidente: los derechos no nacen de la Constitución, sino de la naturaleza humana, y desde luego no son disponibles por ningún Gobierno, y mucho por una situación tan poco dramática como una pandemia, agrandada desde los medios del poder para darle el tono apocalíptico que permitía infundir el miedo en la sociedad y, de esta forma, manipularla. ¿Vacunas? Sí, ¿quién puede oponerse a los avances científicos cuando alargan la vida humana y la hacen mejor, más llevadera? ¿Medidas contra el Covid? Sí, ¿quién puede negar que es necesario hacer algo para proteger la vida de tanta gente? Pero todo ello debe hacerse respetando los derechos fundamentales, porque la democracia adquiere su legitimidad, antes que nada, de la aquiescencia y aceptación de quienes van a ser gobernados.

Entonces, ¿por qué no someter a referéndum las medidas? Ahí lo dejo.

Os necesito para la segunda parte de Canción Eterna (encuesta con regalo especial)

Queridos somnianos:

Este artículo es muy importante. Casi diría que es trascendental. Tú puedes ser importante hoy para mí.

Canción Eterna salió al mercado en primavera del año 2020, y estaba planeada su presentación para el día 13 de marzo de 2020, evento que no se pudo realizar a causa del coronavirus. En efecto, amigos, la fecha de presentación estaba fijada desde mucho antes, pero tuvo que suspenderse porque estalló la gran crisis del Covid-19. El Gobierno de la región donde vivo canceló cualquier evento cultural de esa semana. Y os recuerdo que, el día 14 de marzo de 2020, el Gobierno del País decretó el confinamiento domiciliario. ¡Todo se fue a la porra!

De modo que, sin querer hacerme la víctima, a mí el Covid-19 me afectó doblemente: me afectó como a cualquier otra persona no contagiada, porque vi limitados mis derechos fundamentales y mis libertades públicas, y amenazada mi salud y la de los míos; pero también me afectó como escritor, diría que incluso me arruinó, porque no pude presentar públicamente y en persona mi gran novela. Siempre he dicho que Canción Eterna también tuvo el coronavirus, que nació con él.

Yo comencé a escribir la segunda parte de Canción Eterna antes de publicarse la primera, pero cuando verdaderamente tomó cuerpo fue en ese verano del Covid-19. Desde entonces, no he dejado de escribirla casi ningún día, poco a poco, letra a letra, línea a línea. Y si no he ido más deprisa a veces no ha sido por falta de ganas o de inspiración, sino por el agobio diario y, sobre todo, por culpa de mi dolencia de cuello, que ya conocéis aquí en esta página. Os he dado la lata más de una vez con mi dolor, que me convierte en una momia, tumbado en la cama sin poder moverme.

A pesar de ello, el manuscrito ha pasado la edad de la adolescencia, ha madurado y se ha convertido en un ladrillo que ya podría servirme para impedir que mi coche caiga por la cuesta abajo. Pero no os toméis esto en el sentido de que es aburrido, en realidad, a mí me parece mucho más divertido, rico en conceptos e ideas, y más profundo psicológicamente, que el primero. Si leísteis Canción Eterna y os quedasteis con ganas de más, la segunda parte no os decepcionará. Además, en esta segunda parte por fin vais a conocer al gran héroe de la historia, del cual oísteis hablar mucho en la primera parte, sin que pudierais verlo actuar y hablar en persona. Os aseguro que la espera valdrá la pena. Ároc no es un héroe cualquiera; no es el típico tipo duro que puede con todo, ni tampoco es el hombre medio al que una ocasión afortunada convierte en protagonista a su pesar. Aquí hay mucho que contar, creedme; Ároc es el personaje más interesante del que se ha escrito en los últimos años: es poliédrico, vive torturado, pero no es un monstruo; es poderoso, pero sabe amar y tiene paciencia con quienes lo desprecian; y es peligroso, mucho más de lo que creen sus enemigos, y sus amigos…

Si no leísteis Canción Eterna, aún tenéis varios meses para leerla, antes de que se publique la siguiente. No perdáis el tiempo, porque Canción Eterna es larga. No obstante, no se hace pesada, o al menos eso creo yo, el autor. Los que la han leído, pueden dar fe de ello.

¿Y cómo va el manuscrito de la segunda parte? Va bien, pero no tanto como me gustaría. Aun así, ya tiene casi 900 páginas de extensión en word, lo que asegura que, en su versión final en libro de papel, será bastante más extensa que la primera parte. Puede que incluso el doble.

Os necesito. ¿Por qué? Porque aún no tengo nombre para esta segunda parte. Por eso, os ofrezco varias respuestas, y necesito que votéis vuestra favorita, aunque también podéis poner alguna alternativa en comentarios. Para motivaros a participar, os voy a hacer un regalo que podréis leer más abajo: en exclusiva, el PRIMER CAPÍTULO de la segunda parte de Canción Eterna, tal como figura ahora mismo en mi manuscrito (por supuesto, no está permitido copiar ni tampoco citar). Os recomiendo que lo leáis antes, para haceros una idea del tono y temática de esta segunda novela de la saga.


A CONTINUACIÓN, OS DEJO EL PRIMER CAPÍTULO DEL MANUSCRITO DE LA SEGUNDA PARTE. Espero que os guste. Quiero comentarios aquí a tope, ¿eh? Y si queréis mandarme un whatsapp, podéis hacerlo gracias al formulario que dejaré al final de esta página. ¡Nadie que lea el texto se puede ir, sin enviarme un mensaje y decirme si le ha gustado!

Comenzamos:

«Taryan temía a la muerte y a la soledad, y pensaba mucho en ellas. Vivía con furia. Un fuego ardía en su interior, que amenazaba continuamente con incendiarlo todo. Solo el amor podía apaciguarlo.

Vosotros, que escucháis las leyendas que cantan los bardos, que trabajáis la tierra dura por la escarcha del invierno o que leéis los viejos pergaminos enterrados en mohosos arcones, dejad vuestras labores y atended ahora, con las potencias de vuestra alma en suspenso, para que conozcáis lo que no se ha contado y sepáis lo que no ha sido descubierto.

Hay muchas más cosas en Somnia de las que vemos con nuestros ojos. Y yo he de mostrároslas, aunque no sea un hombre excepcional, sino un simple escriba sin nombre. Fui escogido por Anup para cantar las Canciones Prohibidas, comenzando por las gestas de aquel que cambió de nombre mil veces, y que mil veces conoció la muerte a la que temía, pues la trajo al mundo, y que, sin embargo, finalmente, abrazó la vida.

La gloria del héroe es imperecedera, y la fama del guerrero, inmortal. Los siglos hablarán de quienes vivimos en este tiempo de dolor, y cantarán las loas de los hombres y los dioses que lucharon en esta guerra; los niños se aprenderán de memoria los nombres de los que tuvieron que sufrirla, unos para la victoria, otros para la derrota. Esta canción perdurará eternamente en el alma de los pueblos que nos sucedan. Pero todo empezó hace mucho, mucho tiempo, cuando los hombres eran jóvenes, los dioses andaban aún sobre la tierra con formas terribles y el barro de Apsu no se había secado del todo en los miembros mortales.

En aquel tiempo, no había reinos, ni imperios, ni ciudades altas y rocosas, ni los barcos surcaban el mar, ni las armaduras eran de hierro, ni había carros de ruedas redondas, ni los sabios escribían con sus punzones en las arcaicas tablillas de arcilla, allí, en los salones de los templos repletos de ofrendas. Los monstruos caminaban bajo los árboles o vivían en las cavernas; fieras de tamaño descomunal discutían al hombre el dominio del mundo, y otros muchos seres y razas que ya no son más que leyendas mostraban linajes antiguos y vigorosos.

Entre todos ellos, los seres humanos eran la especie menos prometedora. En aquella época oscura, los hombres se reunían en tribus desperdigadas aquí y allá sobre la faz de la tierra. Algunas eran nómadas, pero la mayoría se asentaban en un territorio y se alimentaban de lo que la tierra producía.

Los Sogures eran una tribu más, y no la mayor. Vivían en las tierras del norte, más allá de las Montañas de las Nieves del Verano, donde eternos bosques cubrían las laderas neblinosas de las colinas, y las marismas y los arroyos rodeaban y alimentaban el río Groud, a lo largo de miles de kilómetros sin fin que iban a morir al oeste infinito. Su tribu crecía y se extendía por aquellas tierras remotas, cuando no había nadie que pudiera contarlo en pergaminos ni libros, y solo los pastores solitarios y los chamanes sabían las viejas historias.

Entre los Sogures, Taryan despuntaba en fuerza y destreza. Los dioses le habían otorgado grandes dones. Como cazador, no tenía rival: suya era la gloria de haberse enfrentado solo al irascible mamut, de haberle hecho frente en el acantilado, y de haber sobrevivido, para ver muerto a su enemigo lanudo. También en la guerra se distinguía. Nunca rehuía una pelea. Manejaba bien el arco, pero con la espada se movía como el viento entre los árboles, invisible y poderoso. Tenía las espaldas tan anchas como un uro. Cuando andaba, parecía tan musculoso y salvaje como un león. Los hombres lo respetaban, incluso lo admiraban. No llevaba sobre el hombro la zarpa del tejón, animal patronímico del clan, que solo podía vestir el jefe, pero portaba sobre sí el liderazgo más real: el de la fuerza.

Deseoso de ganárselo como aliado, Nakra, el jefe, le prometió la mano de su hija Ail, una mujer hermosa y de voz delicada, a la que Taryan amaba. Pero esto despertó la envidia secreta de Bruz, otro gran guerrero, que también estaba enamorado de Ail, y que competía con Taryan en gestas y peligros.

Cada uno de ellos había reunido en torno a sí a varios hombres del clan, por lo que se formaron dos bandos enfrentados. Siempre que Taryan salía con su compañía a cazar, Bruz trataba de que los suyos fueran y trajeran más piezas; y si no podían lograrlo, no dudaban en trampear, en molestar, incluso directamente en atacarlos para que fracasaran. Siempre que Taryan salía con su compañía a alguna misión ordenada por el jefe, quizás para atacar a una tribu enemiga que había robado territorios o que había dañado a algún aliado, Bruz iba con los suyos para estropear sus afanes; en ocasiones no tenía reparos en ayudar a sus enemigos o avisarles del ataque de los hombres de Taryan. Así buscaba siempre la ruina de Taryan y, en cambio, procuraba su propio encumbramiento, sin importarle el daño que provocara a su propia tribu.

Taryan no quería quejarse de él ante Nakra, el jefe. Despreciaba sus argucias, mas no deseaba ser considerado un hombre débil que necesitaba que otro resolviera sus problemas. Además, no le parecía bien actuar por despecho. Esperaba poder pedir explicaciones a Bruz personalmente, en el momento oportuno y en secreto, sin revelarlo siquiera a su prometida. Ail sentía un profundo temor cada vez que veía a Bruz, y no dejaba de pedir a Taryan que se apartara de aquel hombre, pues tenía sobre sí una marca que apestaba a maldad. Pero Taryan trataba siempre de calmarla y le respondía que ningún hombre podría dañarla mientras él estuviera con ella.

Sucedió entonces que Nakra ordenó a Taryan que fuera con su gente a cazar una gran manada de lobos que bajaba de las montañas y hacía gran matanza de ciervos y jabalíes, y que de vez en cuando atacaba incluso los rebaños de la tribu y a sus pastores. Bruz, que tenía oídos cerca del jefe, lo supo y pensó cómo podía dañar el propósito de Nakra y acabar a la vez con la vida de Taryan. Siendo aún de noche, salió del poblado, mientras los hombres de Taryan dormían; y, cabalgando por tierras oscuras, llegó hasta la morada de Húra, jefe de la tribu rival, que odiaba a Taryan, pues mucho lo había dañado éste cuando ambas tribus habían disputado. Húra era tuerto del ojo izquierdo, tenía en la frente una gruesa cicatriz, que Taryan le causó en una batalla, y el brazo izquierdo atrofiado por una caída, pero su voluntad de poder y su ira no habían hecho más que aumentar con los años; y había ganado en astucia y en bienes. El rencor por las viejas rencillas se había convertido en odio implacable en su corazón. Bruz y él tenían, pues, un enemigo común. Cuando Bruz apareció, Húra supo que había llegado la oportunidad de vengarse que llevaba tanto tiempo esperando. Y sin esperar a conocer el plan de Bruz, hizo que sus mujeres cantaran para él y que sus hombres lo ovacionaran. 

Recibido como un amigo y un héroe, Bruz se cegó. Enardecido y viéndose ya jefe de los suyos, con el apoyo de amigo tan poderoso, le narró sus planes y sus fracasos, y le informó de la misión de Taryan y de sus hombres, y le prometió con todas las fórmulas de los hombres y de los dioses que, con su ayuda, pronto le entregaría las cabezas de Nakra y de Taryan. Con el calor y el arrobamiento del vino, le habló apasionadamente de Ail y se dejó llevar por sus sueños de lujuria. Festejaron en la gran tienda de la tribu, acompañados por los guerreros de Húra, brindando con sangre de oso especiada y caliente, como solían hacer siempre antes de partir a la guerra, aunque no fueran a entrar inmediatamente en batalla. Húra leyó en su corazón la malicia, el deseo y la ambición, y supo que aquel hombre le permitiría vencer sin sangrar, y resolvió que lo encumbraría con todo su poder, y le entregaría los recursos de su casa, hasta que tuviera en sus manos su cuello, y pudiera apretarlo a su gusto. Se imaginó ya dueño de vastas tierras de caza, y vio a sus enemigos a sus pies, y sus brazos cubiertos brazaletes de oro, y su tribu numerosa y fértil. “¡Qué extraños son los caminos de los dioses!”, pensó. “Me han entregado sin buscarlo lo que llevo tantos años persiguiendo con esfuerzo. Seamos generosos, pues, ahora con las promesas y los dones, para después tomar a manos llenas la recompensa”. Bruz era la respuesta a sus oraciones. Aunque lo hubiera proyectado él mismo, la cosa no podría haber sido más propicia. Como le había enseñado su propio padre, que había sido un guerrero formidable, en las guerras siempre había un traidor que creía que estaba haciendo el bien. Solo hacía falta saber aprovecharlo. «Los hombres pequeños son grandes traidores. Padre, tú lo sabías y me lo repetiste muchas veces. Me dijiste que me guardara de los hombres pequeños, y que los favoreciera solo cuando pudiera servirme de ellos para traicionasen a mis enemigos», le dijo Húra con su pensamiento. «Tenías razón, ha llegado la oportunidad de la que tanto me hablaste».

Brindaron y comieron, y sellaron su alianza con un juramento de sangre ante los dioses de Húra. Este le prometió a Bruz oro en abundancia y la jefatura de su propio clan, y le aseguró que asistiría a su matrimonio con Ail, la de cabellos suaves y pechos pequeños, para sellar la paz entre ambas tribus… una vez que hubiera podido escupir y mear sobre las cabezas de Taryan y de Nakra.

Tras de la opípara cena, regados por el vino y teñidos de sangre de oso, Húra ofreció a Bruz algunas de sus propias esclavas, para saciar su lujuria. El clan de los Bárculers aún conservaba la vieja costumbre de esclavizar a los rehenes y a los extraños; el jefe disponía de la vida de cualquiera que estuviera bajo su mando, de su cuerpo y de su alma, pues Húra no solo era líder y guerrero, sino también chamán. Bruz envidió aquel poder, y se prometió instaurarlo entre los Sogures cuando fuera su jefe. 

Cuando hubieron disfrutado de las esclavas, sacrificaron a un prisionero que Húra mantenía vivo para una ocasión especial, y con la ofrenda de su sangre aún caliente, repitieron su juramento ante el altar de los demonios de la oscuridad, para aplacar su envidia y su furia, en lo más recóndito de la montaña, rodeados solo por los otros chamanes del clan, que fumaban hierbas extrañas y llevaban máscaras grotescas, mientras cantaban canciones sin letra con voces guturales. Qué revelaciones les concedieron entonces sus oscuros tótems sin nombre y qué sacrificios futuros les exigieron, nadie lo sabe, pero allí se dieron la mano como hermanos, y allí también Húra prestó a Bruz cinco guerreros expertos en el arte de matar, que lo acompañarían bajo su mando, y que le ayudarían a lograr los secretos planes que habían trazado. No quiso Húra que aquella tarea fuera encomendada a los hombres de Bruz, pues temía que pudieran palidecer ante Taryan o Nakra en el momento crucial, y por ello Bruz se vio, de pronto, solo en medio de jaguares hambrientos que no conocía. Pero ya no podía echarse atrás.

«Si lo rechazo ahora, acabarán conmigo aquí, en lo profundo de la tierra, y nadie oirá mis gritos ni vendrá en mi auxilio». Bruz sintió miedo, y su voluntad orgullosa se doblegó.

Así pues, Bruz asumió el mando de aquel grupo, se despidió de Húra a la entrada de la caverna y ambos se perdieron en la noche.

En aquel mismo instante, a muchas leguas de distancia, Taryan despertó. Era una noche de principios de primavera. En silencio, se preparó y se presentó ante la puerta de la casa de su prometida, aunque los que iban a ser desposados tenían prohibido verse a solas en los días que antecedían a su boda. Ella lo esperaba, según lo convenido entre ambos mediante un mensaje secreto. Y sin que nadie lo notara, se dieron la mano tras la cabaña del jefe y se quedaron mirándose largo rato. Se dijeron juramentos de amor muy en silencio, y se despidieron por poco tiempo, pues estaba previsto que se casarían cuando la primavera estuviera en su esplendor y llegasen por fin los primeros frutos. Taryan estaría fuera varias semanas. De manera que a su vuelta lo esperaría su novia con todo dispuesto para mudarse a su nuevo hogar, tras los ritos y las fiestas ante los dioses y los hombres.

Taryan partió al rayar el alba con sus hombres, que lo esperaban despiertos junto a la Piedra del Brujo. Todos se sorprendieron al verlo sonriente, pues Taryan jamás reía si no era por una buena razón, y su rostro de ordinario era severo, aunque no triste. Eran nueve hombres y nueve caballos en los que cargaban lo necesario.

Marcharon lejos, anduvieron sin descanso, cabalgando cuando el lugar lo permitía; recorrieron los valles y las montañas, y buscaron a los lobos en sus guaridas, arriba donde la nieve y las rocas formaban un único paisaje. Y cumplieron su misión tan bien, que ninguna bestia quedó en aquella región: las que no murieron a sus manos, huyeron lejos. Vaciaron los cubiles y ganaron hermosas pieles para las mujeres y los niños; pieles que les servirían para otros inviernos, y los calentarían en otras noches frías.

Un tiempo después, el hielo de las cumbres comenzó a correr por los arroyos, primero en sedientas corrientes y finos hilos transparentes, luego en incontenibles torrentes y cascadas. Entonces Taryan sintió nostalgia de su amada y dio orden de volver al poblado. Y bien lo celebraron sus hombres, que también tenían mujeres e hijos, y estaban cansados de vagar por lugares desiertos y perseguir sombras y aullidos en la noche.

Fue este el momento que los sicarios de Bruz eligieron para separarlo de sus hombres y tratar de matarlo, pues desde mucho antes los seguían y rastreaban todos sus pasos. Eran ocho los que iban con Taryan, pero él los superaba en todo y los conducía el primero de todos a la batalla o a la caza. Aquella mañana, vadeando un arroyo en el bosque, la niebla era muy densa. Taryan creyó ver un gran ciervo blanco a lo lejos bebiendo de la fresca corriente y avivó a su caballo, esperando que sus hombres pudieran seguirle. Sus enemigos conocían su fogoso ímpetu, y habían previsto que se lanzaría como el rayo tras el hermoso animal, que aquellos mercenarios habían capturado, para soltarlo precisamente en aquel instante, convenientemente disfrazado con nocivas artes de hechicería.

Pronto la niebla impidió a los compañeros de Taryan seguirlo de cerca. Tres hombres salieron de pronto entre las brumas y con lanzas y flechas los atacaron, hiriendo y matando a uno de ellos, mientras miraban a todas partes, perdidos y confusos. Esto bastó para entretenerlos e impedir que acudieran a tiempo a salvar a su capitán. Los atacantes salían de las sombras con rapidez para herir, y se escondían de nuevo en ellas, hasta que uno de los de Taryan, llamado Dúsh, más astuto que los otros, conoció el ardid y con saña puso en fuga a dos de los asaltantes y mató al tercero.

A Taryan lo siguieron los otros dos asesinos que acompañaban a Bruz, y éste mismo; y en una pendiente lo hicieron caer del caballo, pues habían dispuesto trampas alrededor, para que Taryan no pudiera huir, ni ninguno de los que iban con él. Por un segundo, el capitán se desmayó; y cuando volvió en sí, tres hombres se aproximaban hacia él con las espadas desenvainadas. Ya se acercaban y estaban a punto de alcanzarlo. Pero él, dando un salto, rodó hacia un lado y tuvo tiempo de sacar su espada, y los hizo frente, a pesar de que eran tres contra uno. Pero la destreza de Taryan y su fuerza no tenían comparación, y durante unos minutos se movió a su alrededor con ligereza y astucia, dañándolos, como el viento entre las ramas de los árboles de otoño, que hace caer las hojas aunque no ves de dónde viene ni a dónde va; y ellos no lo vencían. Reconoció entre ellos a Bruz, y le dirigió la palabra al refrenar ellos su ataque, cansados por su resistencia.

—¿Qué es esto, Bruz? ¿Quiénes son estos hombres que traes contigo y por qué me atacas con tanto odio? ¿Acaso te he ofendido yo en algo para que desees mi muerte?

Mientras preguntaba, llegaron los dos mercenarios que se habían quedado atrás, y los cinco hombres lo rodearon, implacables, dispuestos a acabar con él. Entonces Bruz, satisfecho, rio alto y le respondió con soberbia:

—Estúpido Taryan, ¡cómo esperaba este momento! Tú siempre has querido ser mejor que yo en todo. Sí, en muchas cosas me has superado, pero no en todas. Yo no soy tan fuerte ni tan noble como tú, pero, en cambio, soy más astuto. Ahora ha llegado el momento de mi venganza. Despídete de tu vida, perro. ¡Yo soy el jefe y tú no podrás arrebatarme lo que me pertenece por derecho! 

Pero Taryan le contestó:

—¿De qué estás hablando? Ya hay un jefe entre los Segures. ¿Por qué habríamos de preferirte a ti?

—A estas alturas —replicó Bruz—, Nakra duerme entre los gusanos, junto con su bella hija—. Y sabiendo cuánto era el amor de Taryan por su prometida, añadió: —Si hay algo que jamás olvidaré, es el olor de su cuerpo y de sus cabellos, y la tersura de su piel. Por desgracia, chillaba demasiado mientras la violaba, y tuve que rajarle el cuello para que se callara hasta que me vacié entre sus piernas.

Aquellos bastardos rieron con sorna la maldad de Bruz.

—Ail —gimió Taryan, con un dolor que se clavó en su corazón y lo rajó de parte a parte, haciéndolo sangrar como ningún otro hasta entonces ni después.

—No pongas esa cara —le corrigió Bruz—, pues yo también la amaba, ¿sabes? ¡Yo la amaba incluso más que tú!

—Si la amabas, ¿por qué la mataste? —gritó Taryan, a punto de desmayarse de dolor.

—¿Por qué la maté? ¿Por qué la maté? —chilló Bruz, fuera de sí—. ¡Porque ella te amaba a ti! ¡Por eso la maté! Porque podía hacer mío su cuerpo, pero jamás su corazón. Le prometí que la trataría bien, que querría mucho a nuestros hijos, pero no quiso acceder a casarse conmigo bajo ningún concepto. Fui amable con ella, le prometí que tendría todo cuanto pudiera desear… Pero ella seguía sin acceder. Me despreció y me dijo que jamás tu recuerdo se borraría de su corazón. Así que la maté. ¿Y sabes lo que más me dolió? Que mientras moría… ¡mientras moría te llamaba a ti…! Por eso nunca podré perdonarte que me hayas arrebatado a la mujer que amaba.

Taryan se sintió invadido entonces de una cólera enloquecida y los atacó; y aunque eran más y lo tenían rodeado, su valentía los confundió. Antes de que pudieran reaccionar, había matado a uno de los asaltantes y había herido a otros dos que habían tenido tiempo de defenderse.

Siguiendo los gritos, ya se aproximaban algunos de los amigos de Taryan, y lo llamaban a voces. Entonces Bruz se asustó tremendamente, temeroso ante la visión de Taryan fuera de sí, y huyó con el caballo de Taryan, que ya se había recuperado de su caída y se encontraba a pocos pasos, nervioso. Al verse abandonados por el intrigante Bruz y saber que los amigos de Taryan caerían sobre ellos, los hombres de Bruz se rindieron y pidieron clemencia tirando sus armas. Pero allí la violencia cruel de Taryan se había despertado y ya nada podía aplacarla. No les perdonó la vida, sino que los asesinó, rebanándoles el cuello y separando sus cabezas de sus cuerpos con la rapidez con que la cobra muerde a sus presas. Ni siquiera esperó a que sus compañeros lo encontraran. Viendo a sus enemigos caídos, y sabiendo que Bruz había huido, todavía embargado de una ciega ira, corrió durante varias horas, buscando a Bruz. Pero no lo encontró.

Sus compañeros, a su vez, lo buscaron a él. Lo llamaron por todas partes, viajaron hasta los límites de las cordilleras, esperando hasta que las nieves se hubieron derretido por completo, avergonzados de regresar a su poblado sin su capitán, aunque deseaban ciertamente abrazar a sus esposas. Pero finalmente abandonaron la búsqueda, y con pesar se apresuraron hacia sus hogares.

Taryan, enloquecido, perdió el rumbo y la cordura; vagó por los bosques y las montañas. Se escondía de los vivos y caminaba entre los muertos. Comía raíces y carne podrida, si no podía cazar, y bebía de los charcos de lodo, lamentándose por los valles y los riscos. Como un espectro depositado en lo más hondo de una tumba maldita por la peste, su cuerpo se consumía y su alma se envolvía en sombras cada vez más negras. Ya no deseaba vivir, y todo le producía náusea. Se enfrentaba a las bestias para que lo mataran, sin armas, con las manos desnudas. Pero todas huían ante su semblante. Incluso la muerte le daba la espalda. Y el dolor no dejaba de crecer en su interior, como un huracán que al contacto con el océano se multiplicaba y se fortalecía, alimentándose de las aguas infinitas y de los vientos desatados.

Al fin, una noche, perdido y angustiado, desesperado por la negrura de su espíritu, encontró un elevado montículo donde había un altar de piedra sobre una pesada base, y a su alrededor un pavoroso osario; tenebroso santuario donde brujos inmundos sacrificaban seres humanos a un demonio de la noche y de la muerte, al que ni los mismos Poderes osan nombrar.

Uno de aquellos indignos oficiantes se hallaba en lo más alto, tomando las vísceras de una de sus víctimas en sus manos, mirando hacia el futuro mediante las artes de la magia negra. Pero Amhesmu conocía la desgracia de Taryan, pues la telaraña del destino los unía. Tenía para él perversos planes. Entonces le habló, apareciéndosele sobre el altar manchado de sangre. Y el oficiante se hallada junto a Taryan, adorando al demonio. Con palabras dulces acarició los oídos de Taryan, e insufló en él deseos de consumar su venganza, y lo engañó con artes malignas, para que tuviera por enemigo a todo el género humano. Y le dijo:

—Si me sirves con fidelidad, te alzaré sobre todos los hombres, guerreros y señores, te daré dominio sobre todo lo viviente, y nada te será negado. Podrás vengarte de Bruz, tu enemigo, y de toda su progenie, y de la tribu que no salió en tu defensa, y de cuantos tramaron tu mal. Y cuando todo haya terminado, con mi poder traeré de entre los muertos a la que tanto amas.

Le mostró en su mente los reinos que conquistaría, las riquezas que serían suyas, los poderosos e invencibles ejércitos que conduciría en la batalla, y allí, al final del camino de la guerra, en la azotea de una alta torre, a la luz de la tarde cálida, a su esposa, entre sus brazos, cubierta tan solo con una leve túnica de seda transparente.

Un encantamiento de ira, crueldad y venganza cayó sobre Taryan.

Se arrodilló.

El demonio lo marcó en el pecho y puso su sello sobre él, quemándole la piel; le confirió un género de vida que no se agota con los años, acrecentó su inteligencia, su destreza y su fiereza con sus hechizos, y lo revistió de su maldad y de su poder, pues tenía pensado dañar a través de él a toda la humanidad, por hechos que ya ni los dioses recuerdan, salvo Anup, que todo lo ve. Lo revistió con su armadura negra, como la noche sin estrellas, como la boca del túnel más recóndito de las entrañas de la tierra, con una espada negra que no se manchaba de sangre y un yelmo en forma de boca de serpiente, coronado por una única nota de color: una pluma de hierro blanco, que parecía siempre a punto de caerse pero que jamás se desprendía.  Finalmente, le ordenó:

—Levántate, mata y come en mi honor.

Taryan así lo hizo, consumando la terrible orden del demonio: mató al sacerdote, aunque este, al verse atacado, había tratado de escabullirse; pero Taryan lo alcanzó, lo decapitó y, abriendo en canal su cuerpo, comió sus vísceras humeantes con sus propias manos, y bebió su sangre caliente, hasta quedar saciado, como una bestia con forma de hombre que llevara días sin alimentarse y se enfangara en las entrañas de su víctima, arrastrada por un hambre y una sed implacables.

Una nube negra atravesaba sus ojos. El demonio reía con suficiencia y orgullo. Puso entonces su mano negra y alargada sobre la cabeza de Taryan, y le impuso su espíritu, y le insufló el sueño de los condenados. Luego cayó desmayado junto al inmundo altar. El demonio lo tomó en sus brazos como si fuera una hoja arrastrada por la tormenta, y desaparecieron.

Desde entonces, la tribu de los Segures menguó, y vagó escondiéndose, siempre apartada del resto de los hombres, que fueron perseguidos sin descanso por Taryan y sus hordas de demonios. Pero siempre recordó la leyenda del gran hombre que cayó en la maldición de los infiernos a través de la desesperación y la venganza.

Una venganza que Taryan llevaría a cabo durante años y que sembraría el mundo de oscuridad.»


Otro signo de los tiempos: energía nuclear

Queridos somnianos:

Aquí tratamos de seguir la pista a los procesos que marcarán el futuro, y adivinar su llegada por medio de las señales que tenemos en el presente. Ya lo sabéis. No somos videntes, ni magos, ni oráculos, pero siempre nos ha interesado el misterio de cómo unos seres humanos ven el porvenir no en sí mismo, sino por sus enviados y profetas, para determinar qué nos muestran los signos de los tiempos.

Hoy he encontrado otro de esos signos, y se refiere a la energía del futuro, la que será completamente dominante en los años venideros: la energía nuclear.

Esto no es nada nuevo, diréis. Y os lo concedo: la energía nuclear no se ha inventado ahora. Pero lo novedoso es el cambio de tendencia que se aprecia en Europa. Aunque todavía hay países y políticos que predican el miedo a la energía nuclear, probablemente como parte de la crítica al capitalismo, representado por Estados Unidos, inventor de la bomba atómica, ya se nota un giro, precisamente en países que son «nucleares» en cuanto a las decisiones en la Unión Europea. De pronto, surge la convicción absoluta de que no hay otro futuro que la energía nuclear, y no porque sea más barata, sino porque es, en palabras del Presidente de Francia, Emmanuel Macron, «La energía nuclear es la energía más limpia, más verde, más ecológica». Estamos hablando, en efecto, de uno de los países más importantes: Francia.

En efecto, Emmanuel Macron anunció el pasado mes de noviembre que Francia construirá seis nuevos EPR (Reactor de Potencia Evolucionado), tras confirmar que la energía nuclear es la energía más verde y ecológica y permite garantizar el 72% del consumo de electricidad nacional. Este modelo energético consolida a Francia como tercera potencia atómica mundial y segundo productor mundial de electricidad de origen nuclear.

Por contra, en España sigue habiendo gente que considera la energía nuclear el auténtico demonio en persona, y que se empeña en vaciar los pantanos para producir electricidad o en invertir en los insuficientes y decepcionantes parques eólicos o solares. ¿Llegará aquí también el cambio que ya se atisba en Europa?

Os invito a leer la noticia en este enlace y haceros vuestra propia opinión:

https://www.abc.es/sociedad/abci-francia-encabeza-apuesta-ecologista-reactores-nucleares-202201020027_noticia.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.abc.es%2F

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