¿Por qué algunos pueblos rechazan la democracia?

Lejos de hacer largas disquisiciones, que ya llegarán, os lanzo una breve reflexión y una pregunta:

Los europeos y americanos suponemos que los pueblos desearán tener cada vez mayores ámbitos de libertad y derechos, y que por ello tenderán a aceptar y amar la democracia, de manera que cada vez más pueblos y naciones se incorporarán a la lista de los estados democráticos. Pero ello no sucede en la práctica. Pueblos como el ruso no solo no lo han hecho, sino que permanecen impávidos, y podría decirse que obedientes, bajo regímenes solo aparentemente democráticos, como el de Vladimir Putin, pero profundamente autocráticos. ¿Cuál es la razón? ¿Por qué algunos pueblos rechazan la democracia? ¿Qué les impide rebelarse ante los sistemas o gobiernos tiránicos y apostar por su propio progreso político, abrazando sistemas más abiertos y democráticos?

Espero vuestros comentarios.

Impluvia XV: utilidad de la filosofía 2

Dicen que la filosofía no es útil. Pero yo digo: ¿hay algo más útil que la verdad? Cualquiera que lo piense decentemente, reconocerá que no. Pues bien: la filosofía es sierva y esposa de la verdad. La busca consciente y constantemente; la anhela con ardor; la tiene por principio y fin de su ser, y vive en ella y en su deseo.

No queremos hacer lógica barata y engañosa. Pero está claro que la verdad nos hace bien, sea cual sea, si no inmediatamente, sí al menos a la larga y como simiente. Y si admitimos que la filosofía nace y se alimenta precisamente del anhelo de la verdad, de toda verdad, del cuestionamiento radical de cualquier verdad, de la actitud de búsqueda íntegra e inconformista de la verdad, entonces habremos de tenerla en gran estima. La cultivemos o no, valoraremos su existencia como un gran bien para todos. Comprenderemos sus desvaríos, sus caídas, que de todo hay en la viña del Señor, y disculparemos sus defectos. Pero sobre todo animaremos sus trabajos y honraremos a quien la frecuenta con espíritu humilde, dedicación, serenidad y compromiso.

Impluvia XIV: utilidad de la filosofía

Una de las mayores dificultades que he encontrado en mis años de vida a la hora de dedicarme a la filosofía es la obsesión por la utilidad. “¿Y la filosofía para qué sirve?” Es una pregunta que he oído muchas veces. Me han dicho que la filosofía no sirve para ganar dinero, que está llena de tonterías que te vuelven loco, que es cosa de gente que tiene muchas ganas de complicarse las ideas… De todas las objeciones, la que me parece más estúpida y más peligrosas es la de que la filosofía no da de comer. Y yo digo: puede que tengan razón, pero ¿para qué sirve comer sin un sentido por el que comer? La gente no piensa; como no piensa (es decir, no se preocupa por pensar), no se preguntan; como no se preguntan, tampoco saben. Y viven sin saber para qué viven, o para qué no viven, y se preocupan por gozar el poco tiempo de vida que se nos ha concedido sobre la tierra. Y así desperdician el mayor de nuestros dones: la inteligencia. Viviendo sin pensar, son como animales con una gran memoria: pueden aprender a usar instrumentos, pero no aprenderán a ser hombres de verdad. Ser hombre es saber contemplar, además de comer, andar, amar o ganar dinero. Estas cosas son importantes, pero también (más) lo es buscar. No digo ya saber, pero sí al menos buscar la sabiduría. Y para ello hay que contemplar… y saber dudar.

Un buen hombre, un buen padre

Queridos amigos de Somnia, quiero que compartáis mi dolor en este día.

Últimamente me estoy acostumbrado demasiado a las despedidas. Y no me gustan las despedidas… especialmente cuando no te puedes despedir. ¿Cómo se dice adiós después de unos días, después de la muerte? Las palabras son como orificios diminutos en un gran lago de pena: alivian muy paulatinamente, y no dan abasto para desalojar del alma el veneno del dolor. O quizás es que no es necesario, porque el veneno pasa a formar parte de nuestras células, se funde con nosotros y ya no nos abandona. En todo caso, da igual. Hay que expresarlo, y dejar que las palabras se vayan con el aire, y que nadie más vuelva a escucharlas o a leerlas, porque el tiempo corre, la vida sigue, el mundo gira, y nadie detendrá sus pasos hoy, siquiera un instante, para ser consciente de un que un ser humano bueno ha dejado de respirar (y con él, nosotros, su familia).

¿Cómo se despide uno de un ser querido? Supongo que no hay despedida posible. Pero de alguna forma hay que decir lo que hay que decir…

Murió Arturo, mi suegro, un buen hombre, un buen padre. Fue el sábado pasado, y la tierra ya ha recogido sus restos, tapiada con ladrillos la entrada de su nicho. Allí esperará el último día, descansando, hasta que todos seamos llamados al juicio final.

No hay palabras, en ningún idioma, que signifiquen la altura, la profundidad, la anchura y la intensidad del dolor de su familia, de la que me honra formar parte. Su ausencia deja un hueco inmenso. Ante tal ausencia, solo el silencio y las lágrimas dan una lejana idea de nuestra pérdida.

Lo quise como a un padre político, como a un amigo, y siempre me sentí acogido, desde el primer día, en su familia. Era un tipo con humor, generoso, siempre dispuesto a ayudar, que daba todo lo que tenía; apacible y sereno, trabajador, luchador, que cuidaba de su familia y se preocupaba de que estuvieran bien, que mimaba a sus nietos, que no tenía nunca una mala palabra para nadie, que sabía hacer amigos en cualquier situación y en cualquier lugar. Un buen padre, amado por sus hijos hasta la locura; un buen marido, que no se separó de su mujer un solo día en muchas décadas. Alguien que nunca dejaba un favor sin devolver. Un tipo tranquilo, que imponía, y que tenía un largo repertorio de chistes y anécdotas que te hacían reír. Alguien que dejó huella.

Aún no me creo que ya no esté. Así, tan de repente, tan sin verlo venir, como un rayo que brilla a pleno día…

Mis dedos tiemblan cuando escribo esto.

Recuerdo la primera vez que comí en su casa, y la broma que me gastó, aunque tuve suerte de no caer del todo en ella. Recuerdo que nos despedimos hace poco con la promesa de volvernos a ver pronto, promesa que ya no se cumplirá. Recuerdo nuestras aventuras en el tractor cuando íbamos a trabajar a las monterías. Recuerdo cada vez que brindamos con una botella de vino de pitarra nueva que le habían traído o que había hecho él mismo. Recuerdo incluso las veces que nos fumamos un puro juntos (nosotros, que no fumamos).

Supongo que el dolor es así: te hace recordar las cosas buenas y echarlas de menos como si nunca fueran a repetirse. Pero yo espero que la siguiente copa nos la tomemos en el cielo, quizás dentro de muchos años, juntos, brindando con un vino mejor.

Ahora quedamos los que quedamos, y en cierta forma me siento responsable de su familia. Él lo habría querido así, aunque no me lo habría pedido, porque era un hombre de pueblo, recio y duro, de los que no piden las cosas con la boca, pero las piden con los hechos. Él me encargó muchas veces sus asuntos personales, sus gestiones, y confiaba en mí. Habría visto con buenos ojos que yo cuidara de los suyos. Y eso es lo que siento. Siento que son mi familia, junto con mis padres, mi hermano, mis hijos. Todos juntos, una gran familia. Y siento que aún queda mucho por vivir y por recorrer, y que me necesitan. No les voy a fallar. He tenido grandes maestros, como mi propio padre, que espero que viva aún muchos años, y por supuesto mi suegro.

Uno aprende que en la vida está llamado a ser hijo, pero también a ser padre. Y es un hermoso camino. Es un bello destino.

¿Sabéis lo que más siento? Que no pueda estar en la Primera Comunión de mi hija, dentro de un par de meses. Que no pueda estar físicamente, porque yo estoy convencido de que su alma estará.

A él le dedico este texto sentido, dolido, llorado. ¡Adiós, Arturo! Guárdame una buena botella de vino del cielo, que nos la beberemos entre chistes cuando me llegue mi hora. Y no dejes de cuidar a tus nietos, que te necesitan ahora más que nunca.

Bono cultural

El pasado día 22 de marzo, se ha aprobado por el Gobierno de España el llamado «Bono cultural joven», que en realidad debería llamarse «paguita pa los quintos», como se hacía en los pueblos antiguamente, que a los que se iban a ir a la mili al año siguiente se les permitía montar un sindiós cojonudo y se les ayudaba con dinerito, de una manera o de otra, para que tuvieran la fiesta bien surtida de vaya usted qué cosas y para qué fines.

Aunque parezca mentira, a mí me toco ser quinto pero no fui a la mili, pues mi promoción fue la última antes de la supresión del servicio militar obligatorio, y por temas de estudios «me libré», que se decía también antiguamente.

Bueno, el caso es que el Gobierno este que tenemos de pringaos que creen que mandar en un país es como jugar al Age of Empires, pero diciendo mentiras en vez de presionar los botones del ratón, se ha sacado de la manga esto del Bono cultural joven, que consiste en dar pasta, gratis, por la face, a los que cumplan en este 2022 los 18 añitos para que se la puedan gastar en «cultura». De modo que si cumples 19 o 17, no vas a tener paguita. Eso es solo para los que votan este año por primera vez (o el año que viene, vamos, cuando sean las elecciones). El «presi», tan molón él, espera que esto le suponga unos cuantos votos más, porque los jóvenes estarán superfelices con él, por la paguita, que es mejor que los regalos que recibieron para su primera comunión (bueno, como eso ya no se estila, esta sería en realidad su «primera comunión» con el líder).

La paguita consiste en 400 euros por la cara, para gastar en «actividades y productos culturales». Esto está muy bien. La verdad es que, dicho así, parece una buena idea, tanto que me ha dado por pensar que, a lo mejor así, alguno se gasta el dinerito en libros, y aprende algo, o por lo menos pasa un buen rato con un entretenimiento culto, algo más complejo que un disco de reggaeton, y con más sustancia que unas pastillitas de esas que dice la canción que van «pa la seca en la discoteca». Pero resulta que no es así; no, señor. Por un lado dudo hasta de que la paguita termine en manos de los jóvenes, y no en las de los políticos de turno. Pero, incluso en caso de que la paguita se entregue de forma real a los cumpleañeros, estos no se la pueden gastar en lo que quieran, sino que hay limitaciones de gasto en función de la finalidad. Ni para gastar hay libertad en este país. Que digo yo que, ya que son jóvenes y tienen 18 años, quizás se les ocurra hacer una locura y comprar 20 libros de una vez, ¿no? Pues no pueden. O sea, son libres para votar, pero no para elegir qué producto cultural quieren, ¿verdad? Es lo que hay.

Con palabras de la web del Gobierno, «cada persona beneficiaria podrá destinar hasta 200 euros a artes en vivo, patrimonio cultural y artes audiovisuales; un máximo de 100 euros a bienes culturales en soporte físico; y otros 100 euros al consumo digital o en línea». Ahora bien, ¿qué es cada cosa? Pues vamos a tratar de desgranarlo un poco.

Para ello, nada mejor que usar otra vez las palabras de la web del Gobierno:

«El decreto establece que el gasto se distribuya y diversifique entre tres sectores distintos, con importes máximos por cada uno. Se prevé que el bono subvencione artes en vivo, patrimonio cultural y artes audiovisuales hasta un máximo de 200 euros por beneficiario. Se repartirá entre entradas y abonos para artes escénicas, música en directo, cine, museos, bibliotecas, exposiciones y festivales escénicos, literarios, musicales o audiovisuales.

Además, se recoge subvencionar productos culturales en soporte físico hasta un máximo de 100 euros: libros; revistas, prensa, u otras publicaciones periódicas; videojuegos, partituras musicales, discos, CD, DVD o Blu-ray.

Por su parte, cada persona beneficiaria podrá destinar hasta 100 euros al consumo digital o en línea: suscripciones y alquileres a plataformas musicales, de lectura o audiolectura, o audiovisuales, compra de audiolibros, compra de libros digitales (conocidos como e-books), suscripción para descarga de archivos multimedia (los conocidos como podcasts), suscripciones a videojuegos en línea, suscripciones digitales a prensa, revistas u otras publicaciones periódicas. Dichas suscripciones estarán limitadas a un máximo de cuatro meses.

No será subvencionable la adquisición de productos de papelería; libros de texto curriculares, ya sean impresos o digitales; equipos, software, hardware y consumibles de informática y electrónica; material artístico; instrumentos musicales; espectáculos deportivos y taurinos; moda y gastronomía. El bono tampoco cubrirá la adquisición de productos que hayan sido calificados como X o pornográficos».

¿Habéis entendido algo? Bueno, tranquilos, un par de pinceladas para que lo pilléis mejor:

-Podéis gastaros, si vais a cumplir 18 tacos este año, 200 pavos en «entradas y abonos para artes escénicas, música en directo, cine, museos, bibliotecas, exposiciones y festivales escénicos, literarios, musicales o audiovisuales». O sea, que el gobierno os paga la entradita al cine, o el pase full o premium de ese festival de música al que queréis ir con vuestros «panas». Ya no hace falta que se lo pidáis a papá. Se lo pedís al Estado. Ya se encargará este de reclamárselo a papá, tranquilos.

-Podéis gastaros también 100 pavos en Elden Ring o en God of War, o en Pokemon. Es lo que el gobierno quiere decir con lo de subvencionar «productos culturales en soporte físico hasta un máximo de 100 euros: libros; revistas, prensa, u otras publicaciones periódicas; videojuegos, partituras musicales, discos, CD, DVD o Blu-ray».

-Y también podéis gastaros otros 100 pavazos en Fornite, por supuesto, porque «cada persona beneficiaria podrá destinar hasta 100 euros al consumo digital o en línea».

Habiendo todas posibilidades, ¿quién de vosotros, jóvenes polluelos que pronto tendréis el destino del país en vuestras lánguidas y blancas manos, quién de vosotros, digo, va a optar por gastar su paguita en visitar el Museo del Prado o en comprar libros de Quevedo? ¡Amos hombre!

Pero, ¡ojo! Lo que no podéis hacer es gastaros la paguita en el Pornhub, ¿eh? No jodáis, a ver si vais a dedicar el dinerito del gobierno a haceros pajas. Para eso ya están las miles de páginas gratuitas que hay. Claro que, si en lugar de vivir en una sociedad que todo lo sexualiza y que es superficial hasta el grado extremo, tuvierais la suerte de vivir en una que diera más importancia a la filosofía, la literatura y la escritura, que se tomara las cosas con más calma y en la que los principios morales fueran la norma de actuación general, no necesitaríais ni siquiera las páginas gratuitas. En tal caso, tampoco necesitaríamos un gobierno que nos pagara por comprar suscripciones al Fornite.

Amigos míos, jóvenes polluelos de hoy, no os dejéis tratar como tontos. Gastaos el dinero en cultura, claro que sí, pero no pidáis paguitas ni ayuditas. Si es vuestro el dinero que gastáis, apreciaréis mucho más lo que vale y también el valor de las creaciones culturales, sea música, videojuegos, lectura, o simplemente un baile callejero. No seáis esclavos en jaulas de oro. Leed, id a conciertos, vivid, pero que no os seduzcan con sus paguitas, ni os embauquen con sus juegos de prestidigitador.

La indeterminación del Metaverso

Artículo mío publicado por mi amigo Daniel Vargas en su web Metaversal Post, que, recomiendo vivamente. Espero que os guste.

Pinchad en la imagen para aprender más sobre el Metaverso

La ajorca de oro (Bécquer) – Leyenda toledana

Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo;  hermosa con esa hermosura que no se parece en nada a la que soñamos en  los ángeles, que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal  vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la  tierra.  

Él la amaba; la amaba con ese amor que no conoce freno ni límites; la  amaba con ese amor en que se busca un goce y sólo se encuentran martirios;  amor que se asemeja a la felicidad, y que, no obstante, parece infundir el cielo  para la expiación de una culpa.  

Ella era caprichosa, caprichosa: y extravagante como todas las mujeres  del mundo.  

Él, supersticioso, supersticioso y valiente, como todos los hombres de su  época.  

Ella se llamaba María Antúnez.  

Él, Pedro Alfonso de Orellana.  

Los dos eran toledanos, y los dos vivían en la misma ciudad que los vio  nacer.  

La tradición que refiere esta maravillosa historia, acaecida hace muchos  años, no dice nada más acerca de los personajes que fueron sus héroes.  Yo, en mi calidad de cronista verídico, no añadiré ni una sola palabra de  mi cosecha para caracterizarlos mejor.  

II 

Él la encontró un día llorando y le preguntó:  

-¿Porqué lloras?  

Ella se enjugó los ojos, le miró fijamente, arrojó un suspiro y volvió a  llorar.  

Pedro entonces, acercándose a María, le tomó una mano, apoyó el codo  en el pretil árabe desde donde la hermosa miraba pasar la corriente del río, y  tornó a decirle:  

-¿Por qué lloras?  

El Tajo se retorcía gimiendo al pie del mirador entre las rocas sobre que  se asienta la ciudad imperial. El sol trasponía los montes vecinos, la niebla de  la tarde flotaba como un velo de gasa azul, y sólo el monótono ruido del agua  interrumpía el alto silencio.  

María exclamó:  

-No me preguntes por qué lloro, no me lo preguntes: pues ni yo sabré  contestarte, ni tú comprenderme. Hay deseos que se ahogan en nuestra alma  de mujer, sin que los revele más que un suspiro; ideas locas que cruzan por  nuestra imaginación, sin que ose formularlas el labio; fenómenos incomprensibles de nuestra naturaleza misteriosa, que el hombre no puede ni  aún concebir. Te lo ruego, no me preguntes la causa de mi dolor; si te la  revelase, acaso te arrancaría una carcajada. 

Cuando estas palabras expiraron, ella tornó a inclinar la frente y él a  reiterar sus preguntas.  

La hermosa, rompiendo al fin su obstinado silencio, dijo a su amante con  voz sorda y entrecortada:  

-Tú lo quieres, es una locura que te hará reír; pero no importa: te lo diré,  puesto que lo deseas.  

Ayer estuve en el templo. Se celebraba la fiesta de la Virgen; su imagen,  colocada en el altar mayor sobre un escabel de oro, resplandecía como un  ascua de fuego; las notas del órgano temblaban dilatándose de eco en eco por  el ámbito de la iglesia, y en el coro los sacerdotes entonaban el Salve, Regina.  Yo rezaba, rezaba absorta en mis pensamientos religiosos, cuando maquinalmente levanté la cabeza y mi vista se dirigió al altar. No sé por qué  mis ojos se fijaron desde luego en la imagen; digo mal, en la imagen no: se  fijaron en un objeto que hasta entonces no había visto, un objeto que, sin poder  explicármelo, llamaba sobre sí toda mi atención… No te rías… aquel objeto era  la ajorca de oro que tiene la Madre de Dios en uno de los brazos en que  descansa su divino Hijo… Yo aparté la vista y torné a rezar… ¡Imposible! Mis  ojos se volvían involuntariamente al mismo punto. Las luces del altar, reflejándose en las mil facetas de sus diamantes, se reproducían de una  manera prodigiosa. Millones de chispas de luz rojas y azules, verdes y amarillas, volteaban alrededor de las piedras como un torbellino de átomos de  fuego, como una vertiginosa ronda de esos espíritus de llamas que fascinan  con su brillo y su increíble inquietud…  

Salí del templo, vine a casa, pero vine con aquella idea fija en la  imaginación. Me acosté para dormir; no pude… Pasó la noche, eterna con  aquel pensamiento… Al amanecer se cerraron mis párpados, y, ¿lo creerás?,  aún en el sueño veía cruzar, perderse y tornar de nuevo una mujer, una mujer  morena y hermosa, que llevaba la joya de oro y de pedrería; una mujer, sí,  porque ya no era la Virgen que yo adoro y ante quien me humillo; era una  mujer, otra mujer como yo, que me miraba y se reía mofándose de mí. -¿La  ves? -parecía decirme, mostrándome la joya-. ¡Cómo brilla! Parece un círculo  de estrellas arrancadas del cielo de una noche de verano. ¿La ves? Pues no es  tuya, no lo será nunca, nunca… Tendrás acaso otras mejores, más ricas, si es  posible; pero ésta, ésta, que resplandece de un modo tan fantástico, tan  fascinador… nunca… nunca… Desperté; pero con la misma idea fija aquí, entonces como ahora semejante a un clavo ardiendo, diabólica, incontrastable,  inspirada sin duda por el mismo Satanás… ¿Y qué?… Callas, callas y doblas la  frente… ¿No te hace reír mi locura?  

Pedro, con un movimiento convulsivo, oprimió el puño de su espada,  levantó la cabeza, que en efecto había inclinado, y dijo con voz sorda:  -¿Qué Virgen tiene esa presea?  

-¡La del Sagrario! -murmuró María.  

-¡La del Sagrario! -repitió el joven con acento de terror:  

-¡la del Sagrario de la Catedral!…  

Y en sus facciones se retrató un instante el estado de su alma, espantada en una idea.  

¡Ah! ¿por qué no la posee otra Virgen? -prosiguió con acento enérgico y  apasionado-; ¿por qué no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su corona  o el diablo entre sus garras? Yo se la arrancaría para ti, aunque me costase la vida o la condenación. Pero a la Virgen del Sagrario, a nuestra Santa Patrona,  yo… yo que he nacido en Toledo, ¡imposible, imposible!  

-¡Nunca! -murmuró María con voz casi imperceptible-; ¡nunca!  Y siguió llorando.  

Pedro fijó una mirada estúpida en la corriente del río. En la corriente, que  pasaba y pasaba sin cesar ante sus extraviados ojos, quebrándose al pie del  mirador entre las rocas sobre que se asienta la ciudad imperial.  

III 

¡La catedral de Toledo! Figuraos un bosque de gigantes palmeras de  granito que al entrelazar sus ramas forman una bóveda colosal y magnífica,  bajo la que se guarece y vive, con la vida que le ha prestado el genio, toda una  creación de seres imaginarios y reales.  

Figuraos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde se mezclan  y confunden con las tinieblas de las naves los rayos de colores de las ojivas;  donde lucha y se pierde con la oscuridad del santuario el fulgor de las lámparas.  

Figuraos un mundo de piedra, inmenso como el espíritu de nuestra  religión, sombrío como sus tradiciones, enigmático como sus parábolas, y  todavía no tendréis una idea remota de ese eterno monumento del entusiasmo  y la fe de nuestros mayores, sobre el que los siglos han derramado a porfía el  tesoro de sus creencias, de su inspiración y de sus artes.  

En su seno viven el silencio, la majestad, la poesía del misticismo, y un  santo horror que defiende sus umbrales contra los pensamientos mundanos y  las mezquinas pasiones de la tierra.  

La consunción material se alivia respirando el aire puro de las montañas,  el ateísmo debe curarse respirando su atmósfera de fe. Pero si grande, si  imponente se presenta la catedral a nuestros ojos a cualquiera hora que se  penetra en su recinto misterioso y sagrado, nunca produce una impresión tan  profunda como en los días en que despliega todas las galas de su pompa  religiosa, en que sus tabernáculos se cubren de oro y pedrería; sus gradas de  alfombra y sus pilares de tapices.  

Entonces, cuando arden despidiendo un torrente de luz sus mil lámparas  de plata; cuando flota en el aire una nube de incienso, y las voces del coro y la  armonía de los órganos y las campanas de la torre estremecen el edificio  desde sus cimientos más profundos hasta las más altas agujas que lo coronan,  entonces es cuando se comprende, al sentirla, la tremenda majestad de Dios  que vive en él, y lo anima con su soplo y lo llena con el reflejo de su omnipotencia.  

El mismo día en que tuvo lugar la escena que acabamos de referir, se  celebraba en la catedral de Toledo el último de la magnífica octava de la  Virgen.  

La fiesta religiosa había traído a ella una multitud inmensa de fieles; pero  ya ésta se había dispersado en todas direcciones, ya se habían apagado las  luces de las capillas y del altar mayor, y las colosales puertas del templo  habían rechinado sobre sus goznes para cerrarse detrás del último toledano,  cuando de entre las sombras, y pálido, tan pálido como la estatua de la tumba  en que se apoyó un instante mientras dominaba su emoción, se adelantó un hombre que vino deslizándose con el mayor sigilo hasta la verja del crucero.  Allí la claridad de una lámpara permitía distinguir sus facciones.  Era Pedro.  

¿Qué había pasado entre los dos amantes para que se arrestara al fin a  poner por obra una idea que sólo el concebirla había erizado sus cabellos de  horror? Nunca pudo saberse. Pero él estaba allí, y estaba allí para llevar a cabo  su criminal propósito. En su mirada inquieta, en el temblor de sus rodillas, en el  sudor que corría en anchas gotas por su frente, llevaba escrito su pensamiento.  La catedral estaba sola, completamente sola, y sumergida en un silencio profundo.  

No obstante, de cuando en cuando se percibían como unos rumores  confusos: chasquidos de madera tal vez, o murmullos del viento, o ¿quién  sabe?, acaso ilusión de la fantasía, que oye y ve y palpa en su exaltación lo  que no existe; pero la verdad era que ya cerca, ya lejos, ora a sus espaldas,  ora a su lado mismo, sonaban como sollozos que se comprimen, como roce de  telas que se arrastran, como rumor de pasos que van y vienen sin cesar.  

Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su camino; llegó a la verja y subió la  primera grada de la capilla mayor. Alrededor de esta capilla están las tumbas  de los reyes, cuyas imágenes de piedra, con la mano en la empuñadura de la  espada, parecen velar noche y día por el santuario, a cuya sombra descansan  todos por una eternidad.  

-¡Adelante! -murmuró en voz baja, y quiso andar y no pudo. Parecía que  sus pies se habían clavado en el pavimento. Bajó los ojos, y sus cabellos se  erizaron de horror: el suelo de la capilla lo formaban anchas y oscuras losas  sepulcrales.  

Por un momento creyó que una mano fría y descarnada le sujetaba en  aquel punto con una fuerza invencible. Las moribundas lámparas que brillaban  en el fondo de las naves como estrellas perdidas entre las sombras, oscilaron a  su vista, y oscilaron las estatuas de los sepulcros y las imágenes del altar, y  osciló el templo todo con sus arcadas de granito y sus machones de sillería.  

¡Adelante! -volvió a exclamar Pedro como fuera de sí, y se acercó al ara,  y trepando por ella, subió hasta el escabel de la imagen. Todo alrededor suyo  se revestía de formas quiméricas y horribles; todo era tinieblas y luz dudosa,  más imponente aún que la oscuridad. Sólo la Reina de los cielos, suavemente  iluminada por una lámpara de oro, parecía sonreír tranquila, bondadosa y serena en medio de tanto horror.  

Sin embargo, aquella sonrisa muda e inmóvil que le tranquilizara un  instante concluyó por infundirle temor; un temor más extraño, más profundo  que el que hasta entonces había sentido.  

Tornó empero a dominarse, cerró los ojos para no verla, extendió la  mano con un movimiento convulsivo y le arrancó la ajorca de oro, piadosa  ofrenda de un santo arzobispo; la ajorca de oro cuyo valor equivalía a una  fortuna.  

Ya la presea estaba en su poder; sus dedos crispados la oprimían con  una fuerza sobrenatural; sólo restaba huir, huir con ella; pero para esto era  preciso abrir los ojos, y Pedro tenía miedo de ver, de ver la imagen, de ver los  reyes de las sepulturas, los demonios de las cornisas, los endriagos de los  capiteles, las fajas de sombras y los rayos de luz que, semejantes a blancos y  gigantescos fantasmas, se movían lentamente en el fondo de las naves, pobladas de rumores temerosos y extraños. 

Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un grito agudo se escapó de  sus labios.  

La catedral estaba llena de estatuas, estatuas que, vestidas con luengos  y no vistos ropajes, habían descendido de sus huecos y ocupaban todo el  ámbito de la iglesia, y le miraban con sus ojos sin pupila.  

Santos, monjas, ángeles, demonios, guerreros, damas, pajes, cenobitas  y villanos se rodeaban y confundían en las naves y en el altar. A sus pies  oficiaban, en presencia de los reyes, de hinojos sobre sus tumbas, los arzobispos de mármol que él había visto otras veces inmóviles sobre sus lechos mortuorios, mientras que arrastrándose por las losas, trepando por los  machones, acurrucados en los doseles, suspendidos de las bóvedas, pululaban, como los gusanos de un inmenso cadáver, todo un mundo de  reptiles y alimañas de granito, quiméricos, deformes, horrorosos.  

Ya no puedo resistir más. Las sienes le latieron con una violencia espantosa; una nube de sangre oscureció sus pupilas; arrojó un segundo grito,  un grito desgarrador y sobrehumano, y cayó desvanecido sobre el ara.  Cuando al otro día los dependientes de la iglesia le encontraron al pie del altar,  tenía aún la ajorca de oro entre sus manos, y al verlos aproximarse, exclamó  con una estridente carcajada:  

-¡Suya, suya!  

El infeliz estaba loco.

¿Os gusta la novela policíaca?

Pues yo he escrito dos, amigos míos. Dos novelas.

Para los que os gusta el suspense, la novela de crímenes, la novela policíaca de toda la vida, podéis encontrar dos fantásticas y breves novelas en mi biblioteca personal.

Charlot quiere morir, escrita en 2010, y que podéis comprarme a mí directamente, porque todavía tengo ejemplares. Os va a encantar, porque es el retrato de la maldad de un criminal, contado por él mismo.

No existen las princesas, escrita en 2019, que podéis encontrar en Amazon y en la web de la editorial. Para no cansaros con enlaces, os dejo enlace de Amazon directamente. Es una novela corta, llena de emociones y sorpresas, sobre cómo un hombre normal se topó con el crimen cara a cara, y al mismo tiempo con el amor.

Mi prosa poética

Queridos amigos:

Aquí un servidor también ha tenido su etapa de poeta soñador. Pero como la poesía no fue el don que quiso darme el cielo, me bastó con amoldar mis pobres líneas a ese tono intimista y estético de la prosa poética, aunque yo siempre he dicho que en realidad se trata de meditaciones concentradas, de literatura en píldoras puras.

Así fue como surgió El Maestro de los Vientos, colmado de recuerdos, de vivencias, de experiencia y de sentimientos, dividido en varias secciones: literatura libre y juguetona, amor, fe, familia, rebeldía, fracasos…

Lo más importante es que creo que cualquiera de vosotros puede sentirse identificado con algún retazo de esta obra. No es más que la vida de un corazón como el vuestro, con las mismas preocupaciones, las mismas ilusiones, las mismas decepciones y las mismas alegrías.

Por eso, si de verdad os interesa, os dejo a continuación dos enlaces: en el primero podréis adquirir El Maestro de los Vientos en formato digital, y en el segundo lo tendréis a vuestra disposición en formato papel. Espero sinceramente que os guste y que os emocione leerlo tanto o más que a mí escribirlo.


Yo quería vender libros digitales…

¡Qué le vamos a hacer! Era como un pequeño sueño que tenía, ya ve usted, qué raro. Soy un tipo extraño, con ideas extravagantes. ¿Un escritor que quiere vender libros? ¿Pero dónde se ha visto tamaña desfachatez? ¿Adónde vamos a llegar?

Bueno, yo insisto, aunque moleste o se rían de mí: yo quería vender libros. Tampoco pido mucho, porque son libros digitales y ni siquiera valen a un euro.

Por si acaso hay algún valiente dispuesto no a darme una limosna, sino a comprarme por un precio irrisorio algo valioso, aquí dejo uno de mis últimos libros digitales. Pero tengo más, solo tenéis que buscarme en Amazon, que seguro que tenéis cuenta de Amazon y gastáis un montón de dinero en ropa o artículos para regalos.

Porque sí, yo quiero vender libros, ¡leche!

El libro que te presento a continuación es una colección de relatos de temática bíblica, escritos durante una etapa de mi vida en que pude dedicar mucha reflexión a distintos personajes del Antiguo o del Nuevo Testamento que podrían tener un interés no tanto religioso, como literario. Hay cuentos vocacionales, relatos de asombro y mística, y hasta meditaciones sobre las consecuencias personales de los errores personales. Aunque no seas creyente, te interesará esta perspectiva diferente, casi quebrada, de personajes que no tienen una gran relevancia en la Biblia o que, teniéndola, son tratados con otro perfil. Y si eres creyente, disfrutarán con este compendio, te lo aseguro.

SIN PIRULETAS

La "Dolce Vita", en mi blog

Car_Carrie

Blog de Viajes, Pasiones & Sentires

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